Mi familia es vampira (Off)




I. El descubrimiento

I. 1

La mañana de su décimo cumpleaños, Roberto – Rober para todos – no solo cumplió diez, también hizo el descubrimiento de su vida.

Cuando empezó a bajar a hurtadillas, casi de madrugada, las escaleras que llevaban al sótano de su casa no sabía bien qué buscaba. Unos ruidos lo habían despertado, y no era la primera vez, pero si la única que había decidido que quería ver de qué se trataba. Se movía despacio cuidando que las maderas de los escalones no sonaran demasiado. Aquella casa vieja le ponía de los nervios con tantos sonidos escondidos.

Por la ranura de la puerta cerrada se veía luz y se escuchaban voces amortiguadas. Eran sus padres, de eso no cabía duda, ¿pero qué hacían a las seis de la mañana encerrados en el sótano? Quizás, pensó, estaban preparándole una sorpresa de cumpleaños. Sin embargo, a pesar de sentirse algo culpable por estar espiándoles, la curiosidad le pudo más. Seguro que no pasaba nada si miraba solo un poquito.

Su cabeza bullía de emoción, “una fiesta de cumpleaños, ¿quién vendrá? Seguro que los abuelos y los tíos, y los primos. Aunque el primo Rodolfo no me gustaría”. Rodolfo tenía solo seis meses más que él pero lo trataba como a un memo infantil, siempre iba dos pasos por delante de él y no sabía cómo evitarlo. Para colmo, como cumplía años en enero, estaba un curso por detrás: aunque se sabía más inteligente y más listo esto era un punto en contra. “¿Me habrán comprado la bicicleta? He dado tanta lata con eso que por no escucharme lo habrán hecho. Y el dinero de los abuelos… con eso me compraré el último juego de la videoconsola…”. Mientras pensaba en todos sus regalos, abrió la puerta y la empujó levemente hasta que apareció una rendija suficiente para ver qué estaba ocurriendo dentro. 

Y allí estaban sus padres y su hermano mayor Luis. Los tres sentados en grandes sillones de piel que estaba seguro que nunca había visto antes en casa y conectados a una extraña máquina que bombeaba un líquido rojo… ¿sangre?

Se quedó tan perplejo que creyó que aquello era un sueño, ¿qué hacían sus padres y su hermano conectados a aquella máquina? ¿Habían tenido un accidente? El miedo le subió hasta la cabeza que empezó a hormiguearle, solo pensar que les pudiera pasar algo a sus padres y a su hermano lo dejó aún más paralizado. Y la puerta se fue abriendo lentamente, de modo que los seis ojos que se encontraban dentro de la habitación se quedaron fijamente clavados en él. 

I. 2

Roberto no sabía qué hacer. Enseguida se convenció de que no habían tenido un accidente. Entonces, si no era por un accidente tendría que ser alguna enfermedad, alguna enfermedad gorda, desde luego, para que tuvieran que bajar los tres a hacerse transfusiones de sangre. ¿Pero por qué él no estaba enfermo? ¿Y por qué bajaban a hacerlo de madrugada? ¿Por qué lo mantenían en secreto? Un escalofrío recorrió su espalda, pero cuando iba a dar un salto hacia atrás para subir corriendo a su habitación a dormir y despertarse y comportarse luego como si no hubiera visto nada, su madre lo cogió del brazo muy suavemente.

Lo atrajo hacia sí y le tocó el pelo de esa manera en que solo ella lo hacía, no sabía por qué pero la notaba nerviosa, y eso que ella era muy buena actriz, lo había demostrado cuando fue a hablar con su profesora sobre las malas notas que sacó en el último trimestre y volvieron a casa sin que se le escapara un solo grito. Increíble. Pero ahora la notaba nerviosa. “¿Qué ocurre mamá? ¿Estáis enfermos?”. La sonrisa que esbozó la relajó un poco y su padre lo animó a que se acercara, Luis simplemente tenía los ojos cerrados y estaba ausente, solo le había sobresaltado la apertura de la puerta pero cuando vio de quién se trataba se abstrajo de nuevo en la música de su iPod.

Una vez dentro se le fue el miedo, ¿qué podía temer de sus padres? Aquello debía tener una explicación.

- Cariño, ¿por qué te has levantado tan temprano?
- Escuché ruido y bajé…
- Bueno, y ahora ¿qué?
- ¿Ahora qué? No sé, ¿qué estáis haciendo?... – como vio que sus padres no abrían la boca, continuó – ¿Puedo saberlo?
- ¡Qué más da ya! Tarde o temprano debe saberlo – dijo su padre. – Bien, Rober, esto que te vamos a contar es muy importante que entiendas que no debe saberlo nadie – su hermano miró de reojo, soltó un bufido y puso la música más alta. Cerró los ojos de nuevo antes de advertir la mirada de reprobación de su madre. – A ver, atiéndeme. – Roberto lo miró fijamente, estaba impaciente por que le contaran aquel secreto, se sentía como el protagonista de uno de esos libros de aventuras que siempre le traía su abuelo.

Cuando terminaron Roberto se fue a su habitación y cerró la puerta para poder “pensar”, como decía cada vez que se enfadaba y se quería quedar solo. Pero esta vez era de verdad, tenía que pensar en lo que le acababan de decir. ¿Cómo podía entender que sus padres y su hermano eran vampiros? Eso solo ocurría en los libros, él mismo había leído uno que le encantaba, “El pequeño vampiro”, los tenía todos. Pero no era eso solo, sus abuelos, sus tíos, sus primos… todos vampiros, ¿y él? No le gustó nada que le dijesen que todavía no había llegado el momento y que tendría que tener paciencia y que “con suerte” nunca tendría que necesitar aquello. El problema es que SÍ que quería aquello, todos en su familia lo eran, eran vampiros que necesitaban esas transfusiones para no convertirse en “vampiros de calle” como los había llamado su padre. 

Se quedó también pensando en la última frase “y creo que con esto debe bastar por ahora”. Debe bastar por ahora, encima de que no era vampiro como el resto de su familia le ocultaban cosas. Decididamente ese no era el día de cumpleaños que esperaba tener, menos mal que era sábado y se podía levantar tarde porque la cabeza le daba vueltas y más vueltas. 

II. El Cumpleaños

II.1

Cuando llegó a la cocina para desayunar y vio la escena que veía todos los fines de semana se preguntó si lo que recordaba no lo había soñado. Sin embargo, cuando su hermano le despeinó – más de lo que lo estaba – para felicitarle y decirle “bienvenido al club”, supo que de sueño nada. Su madre le puso el tazón de leche con sus cereales preferidos, nada diferente de un sábado como otro cualquiera cuando estaba permitido comer cereales saturados de azúcar, miel y grasas. Su padre leía el periódico del día en el sofá mientras escuchaba las noticias en la radio. Todo normal… pero tan diferente.

- Bueno, Rober ¿qué te apetece hacer hoy? - le preguntó su padre como quien no quería la cosa.
- No sé, es mi cumple – y se mordió la lengua para no decir que ya esperaba tener algún regalo. – ¿No van a venir los abuelos?
- ¿Quieres?
- Lo hacen todos los años. – ¿Qué significaba eso? ¿No iban a venir? Estaba pensando en sus juegos para la videcoconsola.
- Veremos qué podemos hacer.

Y se sumergió de nuevo en el periódico. Lo dejó confuso y continuó comiendo sus cereales sin decir palabra. Era el colmo, cumplía nada menos que diez años y parecía que nadie le prestaba atención.

Cuando subió a su habitación decidió que haría las tareas de la escuela mañana domingo. ¿Por qué no? Era su cumpleaños y podía hacer lo que quisiera, ese era su día y si nadie se preocupaba por ello, él lo haría personalmente. Ahora tenía cosas mejores que hacer, tenía que pensar en todo lo que había ocurrido, tenía tantas preguntas para sus padres… Pero éstos habían sido tajantes: “Después de esta charla, nada de preguntas, cuando seas algo mayor ya sabrás más cosas”. Así que tendría que investigar por su cuenta, si al menos se lo pudiera contar a su amigo el Chinche. El Chinche era Pedrito pero lo llamaban el Chinche porque siempre estaba chinchando a las niñas de la clase y más de una vez habían tenido problemas con los profesores por su culpa. Imposible, no podía traicionar a su familia de esa forma. Así que tenía trazado un plan, bajaría al trastero mientras sus padres estuvieran arreglando el jardín y su hermano se estuviese dando el lote con Estela en su cuarto y buscaría detalles sobre el secreto. No era un plan muy elaborado pero menos era nada…

- ¡Rober! ¡Teléfono! - La voz de su madre lo pilló desprevenido.
- ¡Lo cojo arriba!... ¿Sí?
- Hola Rober, ¿a qué hora en el campo de futbito?
- No, Chinche, no puedo salir hoy.
- No me digas que te han castigado el día de tu cumpleaños, si lo de ayer fue todo culpa mía y lo expliqué.
- No es eso, tengo tareas que hacer…
- ¿Las de la escuela? Déjalas para mañana como yo.
- Que no, Chinche, en serio, nos vemos otro día.
- Es que he quedado con todos y ahora nos quedamos cojos para jugar un partido.
- Pues lo siento mucho pero no puedo ir.
- ¿Puedo convencerte?
- No.
- Bueno, por lo menos déjanos el balón.
- Vale, pásate por casa – y colgó escuchando de fondo las protestas de su amigo.

Abajo seguían los sonidos de la cocina, ahora todo le daba coraje, no pensaba almorzar, tenía el estómago cerrado… ¿o eran los tres tazones de cereales que se había zampado? Al tercero su madre le echó una mirada fulminante y él, aunque no se la mantuvo se comportó sin prestarle atención, la desafió. Pero no le dijo nada. Llamaban a la puerta, “este Chinche cuando quiere sí que es rápido”. Bajó como una exhalación pero no lo suficientemente rápido, su madre ya tenía la puerta abierta.

- Hola Chinche ¿cómo estamos?
- Señora Carrasques, estoy dejando ese apodo, llámeme Pedrito por favor.
- Bueno, Pedrito, ¿buscando a Rober? – y el Chinche asintió así que la madre de Rober, Tatiana, se volvió para gritar su nombre.
- ¡Mamá, mamá! Ya estoy aquí no hace falta que grites.
- Bueno, hijo, ¿sales ya a jugar?
- No, hoy no salgo, toma Chinche el balón y lo quiero entero de vuelta.
- ¿Por qué no sales? – su madre insistía.
- Porque… porque… me duele la cabeza y… la cabeza y el estómago… - la mirada de la señora Carrasques estaba adivinando los pensamientos de su hijo.
- ¡Qué raro! Antes estabas bien…
- Eso Rober, vente a jugar, seguro que se te quita el dolor de tripa.
- Vomitando los tres tazones de cereales que me he desayunado.
- Eso no es nada, yo he desayunado cuatro y mi madre me ha quitado el tazón de en medio cuando iba a echar más y…
- Vale, Chinche, vale, vámonos a jugar. Mamá vuelvo a la hora de comer. – Y se fueron corriendo para el campo de futbito.

II.2

Tendría que posponer sus planes de investigación. Posiblemente la siesta fuera un mejor momento para hacerlo, todos dormían un poco después de comer y puede que Luis se fuera con Estela al cine.

En el campo de futbito estaban ya todos esperando y cuando los vieron aparecer empezaron a gritarles, pero el Chinche que estaba acostumbrado dijo: “O nos callamos o me llevo la pelota”, como si fuera suya, y comenzaron a jugar inmediatamente. Al final, se llevaron a  Rober a la esquina más alejada del campo de juego y le hicieron entrega de un regalo. Redondo. Abultado. Tan grande como la cabeza de Curro. Otro balón de fútbol. Habían puesto tres euros cada uno, la paga de una semana para muchos, y habían comprado el balón el día anterior. La madre de Damián los había llevado al centro comercial en su minibus. Hubiera sido más fácil comprar un balón nuevo de fondo común, pero pensaron que ese podía ser el viejo balón de Rober. Entonces todos se separaron y quedaron a las cinco en casa de Rober para ir al cine y celebrar su cumpleaños. Eso lo dejaba con muy poco margen de tiempo para buscar respuestas en casa.
Una vez de vuelta, Rober explicó sus planes de la tarde y su madre le advirtió que estuviese a tiempo para la cena, mandándolo al baño a lavarse las manos.

Durante la comida todo estuvo muy callado, por sorpresa Luis no estaba con Estela, “se habían dado un respiro”, no lo entendía. Parecía que todo se unía para no dejarlo investigar a sus anchas. Su padre se tumbó después en el sofá “¿no duermes en la cama?”, “no hijo hoy prefiero quedarme aquí”. Solo Tatiana cumplió las expectativas de Rober, se echó en su habitación y cerró la puerta. Bien, ahora solo tenía que esperar el momento adecuado.

- ¡Rober!
- ¡Qué mamá! - ¿Y ahora qué?
- ¡Dúchate ahora antes de que te haga la digestión!
- ¡Pero si me duché ayer! – Esto de hablar desde dos habitaciones diferentes era muy complicado.
- ¡O te duchas o no hay cine!

Otro obstáculo más.

Por fin acabó de ducharse, se puso el vaquero rápidamente y miró a uno y otro lado. Todos dormían, ¡el sábado era un día estupendo! Al pasar junto a su padre este suspiró tan fuerte que se sentó corriendo en el sillón de al lado del sofá con el mando a distancia de la tele en la mano. Falsa alarma, solo se dio la vuelta. Continuó su camino. Bajó con sumo cuidado las escaleras del trastero mirando hacia atrás constantemente, nada, no veía a nadie. “¡Mierda! Tenía que haber cogido la linterna”, pero no podía arriesgarse a subir y perder tanto tiempo, tendría que valer sin linterna. Abrió la puerta fácilmente y no vio nada. No vio nada que no le resultase familiar: las estanterías empotradas en la pared llenas de trastos y juguetes viejos, la bicicleta en un rincón medio oxidada, la cortadora de césped en el otro rincón, las herramientas de papá… ni rastro de los sillones de piel ni de la máquina de bombear sangre. Además, aquello era más grande anoche. Estuvo dando vueltas en círculos pero no vio nada, hasta que se dio cuenta de una fisura pequeña al fondo de la pared, justo detrás de las baldas donde estaban las herramientas. La palpó y notó que tenía algo incrustado. Lo presionó y un sonido leve pero lo suficientemente intenso como para despertar a toda la casa dio paso a la apertura de la pared. Ahí estaba todo: los sillones, la máquina, otra estantería llena de carpetas, la luz blanca…

- Canijo como te cojan papá y mamá te la vas a cargar de verdad.
- ¡Me has asustado! – Rober dio un respingo, el corazón le latía a doscientos.
- Más te asustarás si bajan, ¿qué haces aquí?
- Pues investigar – de repente se sentía con derecho a saber algo más y se portó delante de su hermano como sabía que no se comportaría delante de sus padres.
-  ¿Investigar qué?
- Pues lo que me contaron anoche, más bien, todo lo que no me contaron anoche.
- Si ellos decidieron contarte solo eso, tendría que bastarte. Ahora date media vuelta y no diré nada.
- No, Luis, quiero saber más. ¿Cómo puede ser que todos seáis vampiros y yo no? ¿Y desde cuándo esto es así?
- ¿Y desde cuándo el mundo es mundo? – Rober odiaba que su hermano lo remedara.
- Vamos, Luis – Rober cambió de táctica – por favor, déjame curiosear un poco y prometo que me voy en diez minutos.
- No, chaval, que esto no es una biblioteca… - su móvil vibró. – Es Estela, sube ahora mismo. – El móvil seguía vibrando y Rober no se movía – O subes o te… - y Luis corrió arriba mientras abría la tapa de su móvil.

Bien.

¿Por dónde empezaba? Tenía poco tiempo. Se acercó a las carpetas que estaban en las estanterías del fondo. ¿Cómo había estado esa habitación ahí escondida todo este tiempo y él no se había dado cuenta? Cogió la primera que vio, de color marrón y con aspecto de tener muchos muchos años y salió de la habitación. ¿Ahora cómo se cerraba esto? Su hermano ya bajaba de nuevo. Dejó la carpeta escondida con sus juguetes.

- Venga, canijo, se acabó la función.
- Solo quería mirar…
- Pues no hay nada más que ver… - pulsó en otro botón que estaba escondido junto a la cortadora de césped y la pared se cerró definitivamente. Tendría que volver más tarde a por la carpeta.

Vieron la última de Batman. Cuando salieron todos del cine estaban gritando que la escena de la moto y el camión fue brutal y que no les importaría ser Batman a ninguno de ellos. La madre de Damián los esperaba en diez minutos en la puerta, así que todos entraron en tropel en la tienda de videojuegos. Todos menos Rober, que se quedó en la librería.

- ¿Pero qué haces?
- Nada, Chinche, esperadme aquí que vuelvo en cero coma tres. – Y desapareció por las estanterías de libros. Vampiros, vampiros, vampiros…

- Señora, perdone, señora… - por fin lo miraba - ¿Libros sobre vampiros?
- Primero de todo no me llames señora y segundo, ¿qué vampiros? – La chica de pelo rojo y cola de caballo tan tirante que tenía que dolerle la cara lo miraba como si le hubiera hablado en chino.
- Pues de vampiros, que te cuenten de dónde vienen, sus costumbres…
- ¡Puaf! Otro friki.
- ¿Friki?
- Sí, otro, hace un mes uno igual… ¿Vampiros, vampiros? – y lo remedó. Odiaba que lo remedaran.
- Bueno, ¿y? – Rober no quería continuar la conversación.
- Al fondo, con los libros de ciencia ficción.

Fue corriendo y encontró solo tres ejemplares: “Vampiros” – un título revelador –, “Todo lo que necesitarías saber sobre el Conde Drácula” y “Amanecer de sangre”. Vale, se quedaba con “Vampiros”.

Llegó a casa a eso de las ocho y cuando abrió la puerta encontró todo apagado. “Estupendo, me abandonan en el día de mi cumpleaños”. Y cuando iba a dar un paso… ¡sorpresa! La luz se encendió y vio a toda su familia alrededor de la entradita tirando guirnaldas y globos y una enorme pancarta con un gran “Felicidades Roberto”. Estupendo, ¿y ahora dónde dejaba el libro? Lo escurrió por detrás del paragüero de la entrada. Ya tenía que rescatar dos cosas al final del día.

Le alegró tantísimo ver a sus abuelos que se abalanzó sobre ellos dando un salto de casi un metro y comenzó a dar besos y a ser besuqueado. Sus tíos Roberto y Sebastián, con sus respectivas mujeres, Elisa y Julia; sus primos, Rodolfo, Roberto y Sara; más primos, Elia, Iris y Marta; más primos, Marisa y Joaquín. Más tíos, tío Santiago y tía Mary (venía de Londres y había que llamarla tía Mary no tía María), sus respectivos, Casandra y Mike. Sus abuelos, los cuatro. Sus padres y su hermano. Estela no estaba, parece que la llamada no dio buenos resultados. Estaba tan feliz que por un momento olvidó eso que lo había tenido absorto durante todo el día.

Una tarta inmensa – tenía que serlo si de ella tenía que comer tanta gente – presidía el salón y los vasos estaban ya llenos de batido y refresco. Justo detrás de la tarta había un montón de regalos y uno de ellos era enorme ¡seguro que era la bicicleta! Se fue directo hacia ellos, pero Tatiana lo cogió por el brazo y le dijo que las velas primero que no podía hacer esperar más a los invitados, así que después de un eterno “Cumpleaños feliz” y un apresurado soplo de velas fotografiado por decenas de flashes se arrojó sobre su botín. Efectivamente, ahí estaba la bici, roja brillante, con las ruedas más grandes y el manillar más bajo, como él quería. Un pijama de invierno – seguro que este era de la abuela -, un pantalón vaquero con una camisa, un juego de la consola ¡genial!, unos botines de marca ¡tres puntos!, un chándal sin marca ¡un punto!, otro balón de fútbol – sin calificación –… El salón se llenó de papeles fantasía.

Estaba tan contento que no se dio cuenta cuando Rodolfo se puso detrás de él y le dijo al oído: “¡Bienvenido al club!”. Lo miró extrañado, sabía que solo podía estar refiriéndose a eso. 

III. La historia

III.1

- ¿Lo sabes? - Rober miró sorprendido a su primo.
- Claro que lo sé, de aquí creo que eres el único que no sabía nada. – Rodolfo se reía entre dientes – Bueno, no, Iris es muy pequeña todavía para saber siquiera su nombre.
- Lo descubrí anoche.
- Entonces, ¿no eres vampiro? – Roberto se sintió pequeñito al lado de Rodolfo. No, no era vampiro, pero le daba vergüenza decirlo. ¿Por qué? ¿Él sí lo era? Su primo le adivinó el pensamiento. – No eres vampiro, me lo temía.
- No, todavía no soy vampiro, mis padres me han dicho que aún es pronto y que debo tener paciencia y que…
- Yo lo soy hace un año, tengo que hacerme transfusiones todas las noches. Lo fui incluso antes que tu hermano Luis.
- ¿Cómo que tú ya sí?
- Pues que soy uno de los vampiros más precoces de la familia, incluso el abuelo me felicitó, ¿qué te parece? – Roberto no sabía qué hacer, por un lado le invadía la envidia y quería irse lejos de Rodolfo; por otro quería quedarse allí para que Rodolfo le contara más cosas, aunque tuviera que aguantar sus bromas.
- Pues me parece muy bien, vamos, que me alegro quiero decir… ¿Mi hermano cuándo fue? – no sabía por dónde empezar a preguntar.
- A los catorce, ahora tiene dieciséis. Yo he sido a los nueve, todo un récord.
- ¿Y todos lo son?
- Todos sin excepción. Los abuelos, los tíos, los primos… ¿no te han contado nada tus padres?
- Bueno, algo… vamos, lo esencial, tampoco se podían poner a hablar tan directamente.
- No sabes nada – Roberto no contestó. – Pues entonces no sé si puedo seguir hablando, a lo mejor hay que protegerte. – Rodolfo hablaba como si tuviera delante un niño de cinco años y Roberto seguía sin responder, toqueteando sus deportivas nuevas. - ¿Puedo confiar en ti? – Roberto asintió y Rodolfo se lo llevó al jardín de atrás.

Una vez en el banco de madera de la esquina del patio, Rodolfo se sentó y tomó una postura muy interesante. Sabiendo que todo lo que dijera tendría una audiencia la mar de impaciente, se tomó su tiempo antes de hablar. 

“La familia Arennes es muy larga, es decir, la familia por parte de tu madre es muy larga, la de tu padre no lo sé muy bien porque no la conozco. Los abuelos han sido vampiros desde siempre; y sus abuelos y los abuelos de sus abuelos y así eternamente: somos una familia de vampiros de pura cepa – y sonreía cuando decía esto –. Pero hace tiempo que las cosas no son como antes, hace años… ¡siglos! que no se ven vampiros por la calle atacando a la gente y que se han integrado en la sociedad. Te sorprendería saber cuántos vampiros viven entre nosotros sin que se sepa nada. Una de las formas de integración es la transfusión de sangre. Los vampiros necesitan sangre, así que tienen que conseguirla de algún modo. Como ya no se ataca, pues se compra en mercados de sangre… – aquí observó la cara de Roberto que a cada palabra abría más y más los ojos, todo lo que le estaba contando era revelador, “mercados de sangre”, era impresionante. – Mis padres van todos los meses y compran en grandes cantidades para no quedarse sin existencias, no sé cómo lo harán los tuyos. Tenemos un congelador enorme en el sótano de casa y ahí es donde guardamos las provisiones… si alguna noche nos falta la transfusión te aseguro que no te gustaría ponerte en nuestro camino. Nos volvemos salvajes – Roberto notó cómo lo excluía, pero no le importó si a cambio se enteraba de algunas cosas más. – Me han contado casos en que han tenido que encadenar a uno de los nuestros a la pared para que no saliera a por su dosis “fresca” de sangre cuando se le ha pasado hacerse la transfusión. También que alguna vez que otra se han dado ataques a mortales… han sido tan terribles que no han salido ni en los periódicos.  – Roberto respiraba agitadamente, le estaba dando verdadero miedo. – Pero no te preocupes, en esta familia está todo muy controlado.De todas formas, a mí, en un futuro, me gustaría ser vampiro de calle, atacar de vez en cuando, debe de ser alucinante… – Rodolfo dejó ver un brillo en sus ojos que Roberto nunca antes había visto, ni siquiera cuando venía con unos botines nuevos y se los restregaba por la cara, ni aún cuando vino con esa consola portátil que le habían negado sus padres a su fiesta de noveno cumpleaños. Tembló por dentro, pero Rodolfo continuó. – El espacio de transfusiones de los abuelos es chulísimo, tiene de todo, incluso una pantalla de plasma de cuarenta… ¡no, cincuenta pulgadas por lo menos! Pero ellos casi nunca la ponen, no sé para qué la tienen allá abajo, ellos suelen escuchar música clásica o leen… un aburrimiento, las veces que me he quedado con ellos ha sido un rollazo…  – Rodolfo notó que la atención de Roberto se desvanecía así que contraatacó con lo que sabía que iba a dolerle más a su primo. – Pero cuando el abuelo me ve aburrido me cuenta historias de su juventud, de cómo tuvo que huir de Francia y viajó por toda Europa hasta que por fin se estableció aquí en Madrid. He pensado que cuando sea más mayor, – no dijo cuánto – voy a hacer el mismo viaje que él.  – Roberto se moría de ganas de ser vampiro, ahora no ansiaba otra cosa más en su vida que ser como toda su familia, pero si Luis se había convertido a los catorce a él le quedaban por lo menos cuatro años. Y entonces, se atrevió a preguntar.

- ¿Cómo te conviertes en vampiro?

III. 2

El ser vampiro lo llevas en la sangre. Cuando naces parece que unas hormonas o no sé qué célula impide que tengas necesidad de sangre, pero esas células mueren en algún momento y comienzas a necesitar sangre para calmar tus deseos. ¿Cómo te das cuenta? Muy fácil, un día te levantas y el padrastro que tienes en el dedo gordo sangra un poco y empiezas a chupar y chupar… Yo me puse el dedo morado, casi se me cae. Menos mal que mi madre se dio cuenta a tiempo, normalmente están muy pendientes de todas las heridas que te haces o de cómo miras las chuletas de cerdo – y aquí se rió con una carcajada, eso último era una broma –.

- ¿Y la luz del sol? – Roberto no quería parecer inexperto y preguntó sobre algo que todo el mundo sabe, los vampiros no aguantan la luz del sol.

¿El sol? ¿Los ajos? Puro cuento. Quizás alguna vez en la vida eso fuera de verdad pero cuando los vampiros empezaron a integrarse, se ve que algo en su genética cambió. Vamos, esto te lo digo por lógica, porque no nos derretimos si salimos por la mañana ni explotamos ni nos convertimos en ceniza.

- ¿Y somos inmortales? – dijo el “somos” muy consciente de lo que hacía.

Pues eso será algo que tendrás que preguntarle a tus padres porque es un asunto del que no puedo hablar. – 
Y se levantó y con un gesto muy teatral, le dijo: “Se acabó la función”. Se fue dando saltos al salón y dejó a Roberto en un estado de shock importante.

El abuelo vino a su rescate. El abuelo Mario era su héroe, ¿de verdad había viajado tanto? ¿Por qué no se lo había contado a él? Podía haberlo hecho sin mencionar el hecho de que era un vampiro, así que cuando lo vio acercarse se sintió defraudado.

- ¿Qué pasa campeón?
- Nada.
- ¿No pareces un poco tristón para ser el niño del cumpleaños?
- Ya.
- Estamos poco habladores hoy, ¿eh? A ver, cuéntame, qué ha dicho el granuja de tu primo.
- Pues muchísimas cosas más de lo que me han dicho mis padres. Me siento engañado.
- “Me siento engañado”, ¿dónde has escuchado esa frase?
- La escuché ayer en una serie.
- Seguro que era muy mala… Roberto, no quieras crecer antes de tiempo – pero Roberto no dejaba de mirar al césped. – Venga, puedes hacerme una pregunta, pero solo una, así que piénsala bien – esta proposición captó inmediatamente la atención de su nieto que puso su cara de pensar. Al rato soltó:
- Quiero saber… la historia de tu vida. – su abuelo se quedó muy callado y miró su reloj.
- Creo que no vamos a tener tiempo para eso…
- ¿Ves? Déjalo, me lo temía…
- Déjame acabar, no vamos a tener tiempo ahora pero ¿tienes e-mail?
- ¡Sí!
- Esta misma noche comenzaré a escribírtela y de aquí a una semana recibirás tu respuesta.

Entonces el hombre se levantó y fue a abrazar a Iris, que correteaba alrededor de un globo que se resistía a ser cogido.

La fiesta de cumpleaños continuó con total normalidad, sin contar las bravuconadas que tenía que aguantar de su primo Rodolfo que no sabía por qué no se acercó a él mucho más en toda la tarde, solo lo hizo para montarse el primero en su bici nueva. Por muy vampiro que fuese seguía siendo el mismo envidioso de siempre. Cuando se acostó estaba tan cansado que agradeció a todos los dioses del cielo, al destino y al gobierno porque mañana fuera domingo y que fuera oficial que era un día de fiesta y que no había colegio. Su madre fue a arroparlo como cada noche. No quería admitirlo, pero le encantaba que lo siguiera haciendo.

- ¿Lo has pasado bien, cariño?
- Sí, mamá, ha sido una fiesta genial, muchas gracias por la bici.
- No te la llegamos a comprar y tenemos que aguantar tus preguntas hasta las navidades de este año y para eso faltan todavía otros once meses y medio, así que era más fácil eso que no comprártela. – Se rieron los dos. – Oye, te he visto hablando mucho rato con tu primo Rodolfo, ¿de qué habéis hablado?
- De nada, vamos, de nuestras cosas, de las cosas de dos niños de diez años. Él tiene once pero que somos iguales… – su madre lo miró suspicaz.
- Habéis estado hablando del tema, ¿verdad? – Roberto negó con la cabeza, pero no pareció nada convincente. – Te digo, y espero que sea la última, que por favor dejes estar el asunto, no estás preparado para tanta información. Ahora mismo con lo que sabes es suficiente, vive como hasta ahora, ¿entendido?
- ¿Pero por qué él es ya un vampiro y yo no?
- Entonces sí que habéis hablado de eso… Pues él es un vampiro por la sencilla razón de que en sus genes había un cien por cien de posibilidades de que lo fuera y lo ha sido y ha resultado ser también precoz.
- Como que en sus genes había un cien por cien. ¿Y en los míos?
- Esto es lo último que te digo para que entiendas un poco más la situación, pero prométeme que te vas a olvidar de todo y no vas a volver a preguntar. – Roberto asintió, pero por debajo de las mantas estaba cruzando los dedos. – Tu padre no viene de familia vampira, entonces tú solo tienes un cincuenta por ciento de posibilidades de que desarrolles esa… característica, ¿comprendes?  – Roberto no daba crédito a lo que escuchaba, eso quería decir que quizás él no fuera vampiro nunca, no era nada justo. – No pongas esa cara, ¿no entiendes que si no lo desarrollas, vivirás muchísimo mejor?
- Pero yo quiero ser como vosotros, yo quiero ser uno de los vuestros.
- Cariño, ya eres uno de los nuestros, nunca dejarás de serlo. Ahora duerme y deja de pensar ya en el tema.

Le dio un beso en la frente, lo arropó y apagó la luz. Pero Roberto no pudo quedarse dormido a la primera ni a la segunda ni a la tercera. Además tenía que recoger la carpeta marrón y el libro de vampiros que compró en la librería, tenía que esperar el e-mail del abuelo y poner en orden todas sus ideas. Pensando en ello finalmente se durmió. 

IV. Más revelaciones

A la mañana siguiente se levantó temprano, pero no tanto como para pillar de nuevo a sus padres y a su hermano “haciendo eso que deben hacer todos los días sin que nadie se entere”. Su madre había vuelto a la cama y su padre estaba en el jardín luchando con el cortacésped, su hermano había salido bien temprano con Estela. ¿Su enésima reconciliación? Le había cogido cariño a esa chica, era la primera novia de su hermano que era amable con él y que no lo trataba como a un tonto. Así que aprovechó y rescató la carpeta marrón – estaba ansioso por saber qué era lo que escondía – y su libro sobre vampiros. Aunque ahora que lo pensaba bien, seguramente ese libro no contaría más que tópicos y mentiras, de todos modos lo leería. Escondió sus adquisiciones entre el colchón y el somier de su cama y se bajó a desayunar. Hoy no podría comer cereales con miel, demasiado dulce el día anterior, así que se hizo unas tostadas… ¿Y si se saltaba la regla y comía cereales? Total, sus padres no estaban en la cocina y no iban a saberlo. Pero en algún sitio había escuchado, o leído, que los vampiros tenían el olfato sobre desarrollado, ¿y si olían la miel? Esa era una de las razones por las que quería saber más sobre ellos, también sería una buena forma de conocerse a sí mismo cuando llegara el momento. Cogió las tostadas sin querer tentar a la suerte y subió a su cuarto lo más rápido posible aludiendo a sus tareas del colegio para no ayudar a su padre con el jardín.

Se sentó en el suelo, sobre la alfombra, y encendió el radiador, allí hacía un frío que pelaba. Se cubrió con el edredón nórdico y se colocó la gruesa carpeta marrón sobre las piernas cruzadas considerando seriamente si estaba bien aquello que estaba haciendo. Podría darle la carpeta a su hermano cuando volviera haciéndole prometer que no diría nada y asunto arreglado, pero sabía que nunca se lo perdonaría a sí mismo. Aquella carpeta tenía que tener datos interesantes sobre cómo eran los vampiros, qué hacían los de hoy en día, si había muchos – este era un tema que lo tenía en vilo –. No lo pensó más y la abrió. Se cayeron al suelo varios papeles pequeños con anotaciones a bolígrafo y a lápiz, direcciones, teléfonos, nombres, algunos de ellos le resultaban familiares, los puso a un lado ordenados, y sacó la montaña de papeles. Comenzó a verlos uno a uno.

Lo primero que hizo fue desplegar una hoja de papel enorme – lo más grande que él conocía en papel era un A3, y éste era más de dos veces este formato –. Contenía un árbol genealógico que acababa en su hermano y en él. Era muy curioso, la lista de antecesores llegaba muy arriba y, a su parecer, era casi infinita, Roberto pensó que seguramente si hubiera habido más papel se hubieran seguido añadiendo nombres. Se fijó en los apellidos, eran algo diferentes de los que conocía él. Por ejemplo, él era Roberto Carrasques Arennes, sin embargo en el papel no era Arennes lo que aparecía, sino Haretne, sonaba casi igual pero no era lo mismo. No le prestó mucha más atención seguramente eso sería el desarrollo de las palabras y los sonidos, lo había estudiado hacía poco en Lengua y Literatura, así que ¿por qué no le podía pasar lo mismo a su apellido?
El segundo documento era un cuaderno de ejercicios. Aquella parecía la letra de mamá y eran ejercicios de matemáticas, geografía… pero todo en una lengua muy extraña. No lo entendía para nada, sabía que eran matemáticas porque había números y que otros ejercicios eran de geografía porque había mapas, pero nada más. Lo dejó a un lado, si no podía descifrarlo no tenía sentido prestarle más atención.

Lo tercero era un diario, también de su madre. Al principio estaba escrito en ese idioma tan extraño, pero a partir de cierta fecha – más o menos cuando se casaron sus padres – comenzaba a escribir en castellano. Leyó: “he conocido a un hombre fantástico, es divertido, culto, le gusta la misma música que a mí, el mismo cine, los mismos libros… pero no es vampiro. Sé que a mi padre no le va a hacer gracia, pero quiero que sea algo más que mi amigo”. Se sintió como un intruso y dejó el diario también a un lado, no pensaba leer los sentimientos de su madre, no le parecía justo, además de que le daba un poco de vergüenza.

Se fue directamente a por un volumen de unas cincuenta páginas encuadernadas con una cubierta de piel color rojo y cerrado con un lazo de piel del mismo color. El tomo contenía muchos nombres y direcciones, era como un listado gigante: nombre – apellidos – dirección – teléfono – observaciones. En observaciones se podía leer de todo: “ha escapado y ahora está en paradero desconocido” “no se ha quedado con nosotros, una lástima” o “muy bueno en buscar y encontrar desaparecidos”. Todas esas anotaciones eran muy emocionantes, ese listado era casi casi lo que más impresionó a Roberto. También era el cuaderno que formaba el grueso de la carpeta, después de ese documento ya no había mucho más, solo algunos papeles sueltos sin importancia, como si él tuviera la capacidad de juzgar qué era importante y qué no.

Guardó todos los papeles y cuadernos en la carpeta marrón y la metió en su mochila del colegio, la dejaría en su sitio a la primera ocasión. Lo guardó todo menos el volumen rojo, que volvió a esconder entre el colchón y el somier para seguir estudiándolo. Ahora tendría que ponerse a hacer las tareas del colegio si no quería llevarse una bronca de su padre.

Y haciendo estaba las tareas cuando su madre abrió la puerta. No sabía por qué pero esperaba verlo haciendo algo que no debía. “Cariño, el Chinche está al teléfono… otra vez. Le dices que hoy no puedes salir, es domingo y tienes que acabar las tareas”. Roberto salió a toda prisa para acabar con el Chinche cuanto antes, a su madre no le hacía gracia que perdiera el tiempo mientras estaba con los deberes del colegio. Y solo quería hablar de su cumpleaños, qué le habían regalado, si había caído algo de dinero para comprar juegos de la consola, la bici para irse los sábados por la mañana al parque… Vamos, que no lo dejó tranquilo hasta que obtuvo una promesa firme de que el sábado que viene irían a la tienda de viedojuegos en sus bicis para ver qué había de nuevo y comprar el próximo juego común.

Más tarde ese domingo, su hermano volvió con la cara larga. Algo había pasado. Probablemente sería la enésima ruptura definitiva con Estela, pero era mejor no preguntarle porque voló desde la puerta de la entrada hasta su habitación (esto es un decir, no voló, aunque fuera vampiro aún no tenía desarrollada esa capacidad, si es que la los vampiros de hoy en día la tenían). Así que, ante la perspectiva de pasar una tarde entera de domingo con sus padres en el salón, pidió permiso para irse a jugar a la consola a casa de Pedrito, el Chinche, donde podría hacerse un poquito más de rogar para lo del famoso juego de la consola.

Por la noche, una vez dadas las buenas noches y sintiéndose más mayor por aquello de tener diez años y un día y por todo lo que había pasado ese fin de semana: realmente era increíble que toda su familia fuera vampiro. Su cabeza bullía de actividad con tanta intensidad que cuando se quedó dormido eran más de la doce la noche. 

V. La sorpresa

V. 1

Un mes entero pasó sin que tuviera noticias electrónicas de su abuelo. Tras diez días de espera, tres largos días mirando varias veces su correo electrónico, supo que se había quedado con él. No era propio de su abuelo, pero sabía que podía pasar, era una persona mayor y al final haría lo que todas las personas mayores hacen, “lo mejor para nosotros”, sin contar en ningún momento con sus opiniones. ¡Qué podía esperar! Pero al mes saltó a sus ojos un sobrecito cerrado en su bandeja de entrada. Era de su abuelo.

De: Mario Arenne
Para: robertransformer
Asunto: La historia de mi vida

LA HISTORIA DE MARIO ARENNE

Lo prometido es deuda, y ahora te voy a contar de dónde vengo y por tanto de dónde venimos todos.

Nací en Budapest, Hungría. ¿Sabes dónde está? ¿No? Busca en el mapa y ponte en situación antes de seguir leyendo… ¿Ya? Eso espero. Pues nací allí en 1938. No sé si sabrás que en esa época más o menos comenzó toda la historia de la extensión nazi y un poco más tarde la Segunda Guerra Mundial. Eso es algo complicado así que no te voy a dar clases de historia, ya lo harás en el colegio. Yo tuve la suerte de ser demasiado pequeño como para preocuparme de mí mismo en esa época y de que fueran mis padres los que me dijeran lo que tenía que hacer. Los judíos estaban perseguidos, pero nosotros aunque no éramos judíos también guardábamos un secreto, así que huimos igualmente. Eso fue en 1944, cuando vinieron a pocos meses de terminar la guerra y deportaron a miles de judíos. Huimos a un pueblo muy a las afueras donde no había ni luz ni agua, había que ir a un río a recoger agua para beber, para lavarnos, para todo. Supimos más tarde que los nuestros, es decir los vampiros, que se quedaron en la ciudad fueron apresados también. Eran muy sospechosos, sus extrañas costumbres, las luces encendidas por las noches, las puertas atrancadas por las mañanas. Vinieron los guardias y se los llevaron una de esas noches, dicen que lo que vieron fue tan dantesco que los encadenaron como a perros y se los llevaron con bozales. No se sabe qué hicieron con ellos, unos rumorean que hicieron experimentos, otros que los quemaron por miedo a que no hubiera otra forma de matarlos. Lo que sí es cierto es que nunca más se supo.

Ya en esa época se estaba ensayando con lo que hoy llamamos “transfusiones limpias”. Mis padres, mis tíos, mis abuelos y su círculo más cercano estaban hartos de atacar a la gente. De atacar a buenos amigos porque una noche no se le pusiera nadie por delante nada más que ellos. También habían tenido muchos problemas con las autoridades, siempre estaban pagando bajo cuerda para que no los tuvieran en cuenta en sus investigaciones por crímenes. Así que aprovecharon ese exilio para perfeccionar la técnica: se sacaban sangre por la mañana y se la volvían a inyectar por la noche. Comenzaron a ver que de esa forma podían pasar los días sin atacar a nadie. Sin embargo, si se inyectaban demasiada pasaban una jornada terrible por la pesadez; y si se inyectaban demasiado poco, el día era igualmente terrible por la ansiedad. Vieron que a lo mejor podrían volver algún día a la ciudad si seguían estudiando el método.

Después de dos años allí, en esa aldea, me acostumbré al aire libre. Tenía un amigo, Adrián. Era mi primo, siempre estábamos juntos. Sembrábamos los huertos, trabajábamos en casa del herrero por las tardes y por las mañanas íbamos a la escuela de su padre. Éramos muchos niños, no todos vampiros, los había de la aldea, pero la mayoría sí que veníamos huyendo de la ciudad. Todo iba bastante bien, yo ya me veía toda mi vida allí, como los viejos que se sentaban en las puertas de las casas las noches de verano, hasta que comenzaron a pasar cosas.

Primero fueron animales. Aparecían por la mañana. Decenas de animales muertos. Durante un mes encontramos todas las mañanas conejos, ciervos, aves… todos desangrados. Sabíamos que alguien se estaba saltando las normas, pero no podíamos saber quién podía ser si no espiábamos. Y los mayores actuaron. Mis padres, mis tíos y los demás adultos formaron secretamente unas brigadas nocturnas. Después de transferirse su propia sangre, salían de madrugada para buscar al culpable que estaba dejando esa huella en la aldea. Los lugareños estaban comenzando a sospechar y si descubrían algo, ¿dónde podríamos huir entonces? Pasó una semana sin que ocurriera nada, hasta que volvió a ocurrir. Pero esta vez lo que apareció fue un hombre. Un ermitaño de las montañas que solo bajaba a la aldea cuando se le acababan las provisiones. Podría haber sido cualquier cosa, pero eso puso a todos en alerta. ¿Sabes quién era?

Era mi primo Adrián. Había desarrollado su capacidad mucho antes que los demás niños – yo no lo desarrollé hasta los doce años – y sus padres no se habían dado cuenta. Nunca me dijeron cómo lo descubrieron, ni qué estaba haciendo cuando lo hicieron, pero mi primo ya nunca fue el mismo. De todas formas, ya era demasiado tarde para reconciliarse con los aldeanos. Ellos sabían que nosotros teníamos algo que ver, así que tuvimos que coger de nuevo nuestras cosas y marcharnos. De nuevo a la ciudad, a la que mis padres querían volver tarde o temprano, y que ahora estaba bajo el poder de los rusos.

V. 2

Allí nos distribuimos por los mismos barrios de los que habíamos huido. Muchos de nuestros antiguos vecinos se alegraron de vernos, pero otros no nos miraron nunca más a la cara. Allí acabé mis estudios, pero todavía quedaba algo más que hacer.

Cuando cumplí los dieciocho mi padre me dijo que Budapest de momento no tenía futuro, que no podría llegar más lejos de lo que había llegado él – era carpintero – y que quería algo más para mí, así que me planeó la huída a Londres. Ellos se quedarían allí, cuando fueran a buscarnos pondrían mil excusas y nos darían tiempo para terminar de escapar. Yo ya tenía totalmente asimilada mi condición de vampiro y desde el principio fui un vampiro limpio, nunca tomé sangre de otra persona o de algún animal. Sabía inyectarme la dosis exacta de sangre cada noche, si lo hacía podía hacer una vida normal por la mañana, podría aguantar la luz del sol sin problemas y el olor a ajo no me dañaría mi nariz - eso es broma, Rober, el ajo nunca nos ha producido nada de nada –.

Adrián se vino conmigo, íbamos a ser dos en esa huida. No éramos los primeros que lo hacían, Budapest estaba llena de jóvenes que querían salir de allí y siempre nos llegaban noticias de detenciones de personas saliendo del país. Intentaríamos que eso no ocurriera, si nos cogían estaríamos realmente perdidos.

Llegamos a Londres cuatro meses después de dejar nuestras casas. Allí teníamos un contacto: Peter Rashford, amigo de infancia de nuestros padres. No me preguntes cómo se conocieron porque no lo supe nunca. Nos alojamos en su casa y sí, también era vampiro. Era un hombre peculiar: rico, elegante, daba muchas fiestas, tenía dos coches, servicio doméstico y un montón de amigos de todo tipo. Yo me enamoré de su sobrina, Celia, tu abuela, nada más verla. Pero no se lo dije hasta varios años más tarde.

Allí fui a la universidad, estudié Biología y me puse a trabajar para pagarme la estancia a pesar de que Rashford nos costeaba todo. Mi primo no hizo lo mismo, le fascinó la vida de nuestro anfitrión y llegó un momento en que no nos veíamos nunca, él vivía de noche y yo vivía de día. Cuando me licencié y comencé a trabajar en el laboratorio de la universidad como adjunto busqué un pequeño apartamento cerca del campus para independizarme y perdí el contacto con Rashford y con mi primo. Pero no con tu abuela. Ella vivía a dos manzanas de mí y empezamos a quedar para ir a escuchar música a los clubs, a almorzar, al cine... ella me mantenía informado de la vida de Adrián. No iba por buen camino, me dejó entrever que había noches que no se hacía las transfusiones, pero yo no podía creerlo: si no se hacía las transfusiones lo único que podía significar era que estaba atacando a personas. Así que no le daba mucho crédito a sus sensaciones.

Una noche, la primera noche que tu abuela estaba en mi casa cenando con unos amigos, llamaron a la puerta. Muy fuerte, muchos golpes seguidos. Fui a abrir corriendo, era Adrián. Tenía sangre en la camisa de su traje, la chaqueta rasgada y el pañuelo del cuello hecho jirones. Lo escondí en la cocina mientras despachaba a mis amigos y Celia y yo lo ayudamos a tranquilizarse. Lo perseguía la policía, no sabía adónde ir. Tenían un coche apostado en casa de Rashford, así que no podía volver allí. No quiso contar por qué lo buscaban, pero yo ya sabía por qué era.

Fue un escándalo en Londres. La nieta de uno de los decanos de la Facultaddonde yo estudié apareció cerca de un río sin signos de violencia aparente, parecía que había muerto desangrada. La última persona con la que se le había visto era mi primo. Es muy largo de contar, pero al final tuvimos que huir todos. De nuevo. El decano llegó en sus investigaciones hasta el final y aunque al principio lo llamaron loco, cuando mostró más sucesos anteriores y más pruebas a su favor – era biólogo y podía descubrir muchas cosas – comenzaron a prestarle más atención, sobre todo los periódicos que estaban ansiosos por tener historias fantásticas de ese tipo, como que había un vampiro suelto por Londres. Las miradas se volvieron hacia mí cuando se supo que Adrián era mi primo. Antes de que se desatara una caza de brujas, todos: Peter Rashford, Celia, Adrián y yo salimos del país. Ninguno de los amigos, de los amigos vampiros que eran muchos, de Rashford se quiso mojar, así que nos encontramos otra vez escapando.

Fue en París donde me casé con Celia al poco tiempo de llegar. Adrián comenzó de nuevo a inyectarse sangre por las noches. Para esa época ya estaba todo más estudiado. Yo había llegado a la conclusión de que si nos transferíamos sangre de personas no vampiros, la calidad de vida podía subir muchísimo. Y, Roberto, como en Europa somos muchos, pronto se tejió una red de compra-venta de sangre que ha sido nuestra salvación hasta ahora. Hay clínicas de recogida de sangre en todos los países, prácticamente en todas las ciudades. A los que van a “donar” sangre se les paga convenientemente, porque son clínicas privadas, y todos tan contentos. Ellos creen que donan para gente enferma, pero qué más da, donan para nosotros que aunque no es una enfermedad, se le parece bastante. Con esta solución Adrián mejoró muchísimo. Parece que su sangre era demasiado tóxica para él y por eso dejó las transfusiones la primera vez, ahora sí que podría integrarse de verdad.

Años después, tu abuela y yo nos mudamos a Madrid, a mí me ofrecieron un trabajo en la Facultad de Biología. En París todo estaba saturado, el laboratorio donde trabajaba cada vez era más político que emprendedor, Rashford volvió a su vida de Londres, grandes cenas y fiestas, una vida desordenada y nos quería arrastrar con él. Antes de que esto ocurriera nos fuimos. Por aquel entonces ya habían nacido tus tíos y tu madre y no quería que ellos crecieran en ese ambiente. Así que nos mudamos a Madrid.

Y aquí, Roberto, hijo mío, la historia se acaba. Ya sabes el resto, soy decano de la Facultad de Biología, algo que me costó mucho conseguir. Secretamente sigo investigando nuestra condición y he llegado a muchas conclusiones muy interesantes. Sigo trabajando para integrarnos cien por cien en la sociedad y lo estoy logrando.

Ahora espero haber satisfecho tu curiosidad. Un beso muy grande.

Tu abuelo que te quiere,
Mario Arenne

El e-mail le había dejado totalmente anonadado. No sabía bien por dónde empezar a pensar. Es decir, había tanta información, tantas preguntas en el aire… Pero había prometido que no haría más preguntas. Sin embargo, ¿qué había sido de sus padres? ¿Los había vuelto a ver? ¿Y su primo Adrián? ¿Y ese tal Peter Rashford? ¿Qué pasó realmente para que se fueran de París? ¿Qué era lo que estaba estudiando y a qué conclusiones había llegado? Y una pregunta que lo tenía en vilo y que no se atrevía a preguntar a nadie: ¿era cierto que los vampiros eran inmortales? Le tranquilizaba que su abuelo siguiera teniendo palabra, pero su historia lo había dejado aún más confuso.

VI. Y la vida no sigue igual

El día que Roberto volvió del colegio y encontró que no había nadie en casa supo enseguida que había pasado algo. Tenía como un sexto sentido, le gustaba pensar que se debía a que su sino era ser vampiro y seguramente ellos lo tenían, pero lo cierto es que no era por eso, simplemente se daba cuenta de cosas antes que mucha gente porque era más observador.

Dejó la mochila junto al paragüero de la entrada y comenzó a mirar habitación por habitación. Fue primero a la cocina por si le habían dejado algún tipo de nota, pero nada; a su dormitorio, quizás la hubieran dejado allí, sobre la mesilla, nada; en el salón, pegada en la televisión, nada. No había nada ni nadie. Se asustó. No sabía qué hacer. Iba a llamar al móvil de su padre cuando la puerta de casa se abrió. Apareció Luis: “¡Te vengo a buscar!”. Ante las protestas de Roberto por que le contara inmediatamente lo que estaba sucediendo, Luis le respondió con un seco “ahora te lo cuento”, y se lo llevó a un coche que estaba aparcado frente a la entrada de casa. Él no sabía conducir y tampoco tenía edad, así que alguien debía de estar esperando en el asiento del conductor.

Y así era. Al volante iba un señor que nunca había visto antes. Tenía una cabeza grande, quizás algo desproporcionada para su cuerpo, pero llevaba una barba muy bien cuidada y unas gafas de diseño que le daban un aspecto más favorecedor. No dijo una palabra en todo el camino y Roberto se sintió intimidado por el traje, el silencio y la barba de ese señor. Luis no respondía a sus miradas, así que tendría que esperar a llegar allá dónde fuera que fuesen.

Llegaron a casa de su abuelo. Al menos se sentía aliviado por ir a un lugar conocido, seguramente dentro de casa estarían esperándoles sus padres y sus abuelos y le explicarían qué demonios estaba ocurriendo. Se bajaron los tres del coche y Roberto se sintió igualmente sorprendido de que ese señor, al que aún no le habían presentado, entrase con tanta naturalidad en casa de su abuelo. Con grandes zancadas, él intentaba seguir de cerca al señor y a su hermano recorriendo los pasillos hasta que se plantaron en la sala de la biblioteca. Allí, efectivamente, se encontraban sus padres y su abuela. Su madre estaba sentada en uno de los sillones mullidos del abuelo, ese en el que le gustaba tanto sentarse a leer. Tenía los ojos rojos e hinchados, como si hubiera estado llorando mucho tiempo y aún lo siguiera haciendo. Su padre aguardaba de pie junto a una estantería, la mirada perdida en la vista de la ventana hacia el jardín. Y su abuela hablaba por teléfono con tono decidido. Cuando entró corrió hacia su madre que le dio un abrazo de oso, como esos que hacía tiempo no le daba.

- ¿Qué ha pasado mamá?
- Hijo mío. Han secuestrado al abuelo.
- Pero… - no podía creer lo que acababa de escuchar. ¿De verdad habían secuestrado al abuelo? Y se lo había dicho así, sin paños calientes, la cosa tenía que ser muy seria. – Pero…
- Sí, hijo, y ahora necesitamos algo de ti… algo muy importante. – Su padre y su abuela lo rodearon y Roberto sintió como la sangre le acudía a la cabeza en masa, dejando su cuerpo casi descolorido, ¿qué podían necesitar de él? – Dime, ¿te envió tu abuelo un e-mail hace poco? Dime la verdad, no me voy a enfadar ni nada, pero es importante que nos cuentes la verdad.
- Pues, mamá, no te enfades, pero… - no le cabía duda de que lo iba a contar todo, se acordó de las películas de espías que tanto le gustaban y de cómo los malos cantaban a las primeras de cambio. No le gustó la comparación que se hizo a sí mismo, pero se obligó a continuar ante la mirada de ansiedad de su madre. – Pues, bueno, el abuelo sí que me envió un e-mail.
-¿ Y qué decía ese mensaje?
- Bueno, es que en el cumpleaños, hace dos semanas, le pedí que me contara la historia de su vida y me prometió que me enviaría un e-mail y hace una semana me lo envió.
- ¿Pero yo qué es lo que te dije? ¡Que dejaras el asunto en paz! – La voz de su madre se elevó de tono y lo miró con una mezcla de enfado y decepción que dejó a Roberto aún más abatido de lo que ya estaba. Luis lo condujo al otro sillón y su padre se encargó de consolar a su madre mientras su abuela iba a hablar con el señor de la barba recortada.

Las horas pasaban. Llevaba dos horas allí sentado, le dolía el culo, tenía hambre y la boca seca. Nadie le había ofrecido nada de comer ni de beber, a pesar de que no lo hacía desde el recreo en el colegio, y eso quedaba tan lejos que cada vez que lo pensaba se le venía a la cabeza su estómago vacío y protestón. Se sentía mal por sentir hambre cuando su abuelo estaba secuestrado. En su cabeza bullían cientos de pensamientos. Si su madre se había puesto así después de su confesión es que esa confesión tenía algo que ver con la desaparición de su abuelo. Pero ¿cómo había llegado nadie a leer un correo privado de él? Aunque hoy en día era muy fácil piratear los sistemas informáticos: sin duda, si alguien quería acceder a su correo personal, lo habría hecho sin problemas con unos cuantos conocimientos en ordenadores. Se sentía culpable. Su madre le había dicho que dejara estar el tema de los vampiros, que tuviera paciencia, que cuando llegara el momento se lo contarían todo. Pero no, él no podía haberse esperado, su deseo de saber más y más le había podido y eso había puesto en peligro a su abuelo.

Sonó el teléfono, su abuela se quedó tiesa, como esperando un segundo tono que vino inmediatamente. Se dio la vuelta y con paso firme y sereno se acercó a él. Lo cogió al tercer toque. La conversación fue corta, más que nada porque la abuela Celia no habló apenas nada, se limitó a asentir y a decir “de acuerdo”. Cuando colgó dijo: “Ya tenemos las instrucciones”. Todos se levantaron y fueron hacia el despacho del abuelo. Él se sintió tentado de seguir al pelotón, pero su hermano detuvo su impulso con el brazo: “Vamos a comer algo”. Quizás no estuviera tan mal comer algo después de todo. 

VII. Un propósito difícil

Nunca una tostada con paté le había sentado tan bien ni le había parecido tan buena. Le hizo casi olvidar el motivo por el cual estaba sentado a las siete de la tarde en la cocina de su abuela un día entre semana. Su hermano lo acompañaba bebiendo un vaso de zumo, lo miraba de reojo como preguntándose si podía hablarle o no. Finalmente lo hizo.



- Canijo, ¿qué te dijo el abuelo en ese mensaje?

- ¿De verdad quieres saberlo?

- Pues claro, si no, no te lo preguntaría.

- Primero dime qué sabes sobre el secuestro – su gesto debió de ser bastante decisivo porque su hermano se lo soltó a la primera.

- Parece que alguien vino anoche de madrugada y estuvo hablando con el abuelo. Alguien conocido porque llamaron a la puerta y él lo dejó pasar. La abuela se levantó pero los dejó solos enseguida. Cuando se levantó esta mañana, la biblioteca estaba revuelta, el ordenador portátil encendido y la ventana abierta.
- ¿Quién era el hombre que vino a ver al abuelo?
- Han dicho Adrián o algo así…
- ¿Adrián? – Roberto estaba pálido. Adrián era el primo de su abuelo, pero no podía ser que lo hubiera secuestrado, se llevaban bien, lo salvó en Londres y lo curó en París, ¿por qué le iba a hacer daño?
- ¿Lo conoces? – Luis lo miró suspicaz, como desconfiando.
- Sí, bueno, en la historia del abuelo había un Adrián, su primo. - Luis lo miraba esperando más información – y no era del todo bueno, pero hasta donde yo sé se volvió mejor y vivía en Francia.
- ¿Ya no sabes nada más?
- No.

Y la conversación quedó ahí porque su abuela apareció en la puerta de la cocina, tenía algo muy importante que decirles a sus nietos. Los hizo pasar al despacho, Luis se quedó más alejado y Roberto se sentó junto a su madre que más tranquila le cogió la mano apretándosela, infundiéndole calor y trasmitiéndole que no estaba enfadada con él.
  
EL RELATO DE LA ABUELA

El abuelo ha sido secuestrado por Adrián Arenne, su primo. Roberto, supongo que tú sabrás algo de él porque hemos leído la historia que te envió por e-mail, nuestro amigo Charles ha logrado entrar en la cuenta de Internet de Mario y ha ido a la bandeja de mensajes enviados.

Adrián no es trigo limpio. Una de las razones por la que nos fuimos de París no solo era que Peter, mi tío, estaba volviendo a la misma vida de antes y nosotros teníamos ya una familia que proteger. Viviendo junto a él no estábamos a salvo, demasiado libre albedrío para criar a unos niños pequeños. Adrián también se volvió un peligro constante. A pesar de que las transfusiones se perfeccionaron y que con ellas podía hacer una vida normal, parecía que nunca estaba satisfecho con nada, andaba siempre recriminando a vuestro abuelo que intentara negar su condición de vampiro con todas esas investigaciones. Había rachas que lo llevaba peor y dejaba las transfusiones de sangre, cuando algún escándalo era más sonado regresaba a ellas para dejar correr el tiempo y que la gente se olvidara del asunto.

No podíamos seguir así, el abuelo tenía un vínculo muy fuerte con su primo y si no nos alejábamos pronto nos iba a perjudicar mucho. A nosotros y a nuestros hijos. Así que cuando le llegó la oferta de la Universidad de Madrid fue como un milagro. A mí me faltó tiempo para hacer las maletas. Mario no estaba tan seguro, Adrián era la única familia que le quedaba. Hacía años que no sabía de sus padres, la Guerra Fría había roto cualquier tipo de comunicación. Él se sentía en cierta forma responsable de la vida de su primo, pero tuvo que mirar por sus hijos. Una noche hicimos las maletas y nos fuimos sin avisar y sin contarle a nadie adónde íbamos. Comenzaríamos de cero una nueva vida.

Aunque era cuestión de tiempo que Adrián nos encontrase, no sé por qué pensé que quizás cuando viera que nos habíamos ido de esa forma nos dejaría en paz, entendería que nosotros querríamos llevar otra clase de vida. Así ha sido hasta hace un par de meses. Adrián se puso en contacto con vuestro abuelo por e-mail, no sé cómo consiguió su dirección. Sin pensarlo dos veces, Mario le respondió y empezaron otra vez a estar en contacto. Le hacía muchas preguntas sobre sus investigaciones y el abuelo siempre le respondía con lo mismo, que había dejado hacía ya mucho tiempo ese aspecto de su vida, que era demasiado mayor para seguir con ese ritmo de trabajo y que ya lo único que quería era disfrutar de sus hijos y de sus nietos. A la misma vez comenzaron a salir noticias de atentados contra nuestros bancos de sangre, nuestros mercados. Ataques esporádicos pero continuos.

No, Roberto, no somos inmortales. Podemos, pero hemos elegido no serlo porque queremos vivir una vida normal, como la gente de a pie. Cuando te haces las transfusiones con sangre de un no vampiro nuestro organismo se va resintiendo, y aunque podemos vivir más que cualquier mortal, nuestra vida va tomando fecha de caducidad. Es un alivio para nosotros saber eso, aunque nuestra meta siempre ha sido encontrar el modo de inhibir la necesidad de sangre, eso es lo único que nos diferencia de los humanos. Una vez que encontremos y aislemos el gen que lo produce, podremos decir que hemos triunfado. Comenzaremos nuevas investigaciones para manipularlo y conseguir ser humanos.

Tu abuelo mentía cuando le decía a Adrián que había dejado la investigación de lado. Ha avanzado muchísimo y se ha relacionado con investigadores de todo el mundo. Charles es uno de ellos. Y además es un experto en informática –Charles asintió con la cabeza mientras seguía con gran interés el relato de la abuela –. Voló directamente desde Londres y gracias a él hemos conseguido saber qué pasó anoche aquí. Adrián interceptó el mensaje que tu abuelo te envió y donde te decía claramente que seguía investigando, era la prueba que necesitaba para secuestrarlo. Él no quiere que haya más investigaciones, no quiere bancos de sangre ni mercados ni nada. Él quiere que los vampiros salgan del mundo normal y vuelvan a ser salvajes, sembrando el pánico por las noches y atentando contra los humanos, como hace siglos ocurría en todo el mundo. Él no entiende que eso conllevaría de nuevo las cazas de brujas, las persecuciones, las sospechas infundadas, todo. Intuimos también que los ataques a nuestros mercados y bancos de sangre tienen que ver con él, pero necesitamos algo más de información.

¿Por qué os cuento todo esto? – y miró a Roberto y a Luis – porque os tengo que pedir vuestra ayuda para salvar al abuelo

Esta última frase dejó a ambos hermanos sorprendidos. Sobre todo porque aquella sería una empresa complicada y peligrosa y sus padres habían accedido a que ellos participaran. Luis notó cómo la sangre le venía de golpe a la cabeza. Si él no estaba preparado ni para pasar de curso, ¿cómo iba a estarlo para embarcarse en una misión para salvar a su abuelo de las garras de un hombre tan poderoso como era su primo Adrián? Roberto se quedó pensativo. Nunca le había tenido miedo a nada, más bien sus padres tenían que regañarlo constantemente para que aprendiera a ver el peligro en las cosas: fue el primero de su edad en saltar desde el trampolín más alto de la escuela, ante la mirada atónita de compañeros y profesores; el primero en tirarse por la barra en la excursión que hizo con su clase a un parque de bomberos; o el único que se enfrentó a los chicos mayores cuando les quitaron el balón en el campo de futbito. Desde ese día nunca más les volvieron a molestar. Sin embargo, esto era diferente. Era una misión en toda regla y él tenía diez años, solo diez años. Hace solo un mes se había sentido tan mayor, pero ahora se veía tan pequeño e inútil que le daba miedo pensarlo. Miedo, lo que nunca había tenido. 

VIII. Una empresa difícil

VIII. 1

La casa estaba totalmente a oscuras. Roberto nunca había viajado en avión. Y menos en un avión privado en mitad de la noche, así que la oscuridad y la grandiosidad de la casa aún no podían sorprenderle porque todavía estaba abrumado por el hecho de haber volado. Era la mansión donde sus abuelos se mudaron junto a Adrián y el tío de Celia después de huir de Londres. Charles, el amigo del abuelo, estaba con Luis y con él en la puerta y la miraba como quien miraba a un demonio. Se le veía en los ojos una sombra de miedo, algo que no habían percibido en los días anteriores, cuando estuvieron en casa de la abuela ultimando todos los detalles.

Luis había pasado por tres fases: la negación, la aceptación y la participación activa. Al principio dijo que él no podría hacerse responsable de una misión así “¡Si no soy capaz de mantener mi relación con Estela más de dos semanas seguidas!”. Luego aceptó que tenía que ayudar: “La familia a la que pertenezco es mucho más importante que mis miedos”, Roberto no sabía de dónde podría haber sacado una frase tan pomposa porque Luis no es que leyera demasiado y estaba seguro de que no podría haber salido de su cabeza así como así. Por último: “¡Me muero de ganas de terminar con todo esto y darle a ese Adrián en las narices!”. Roberto, sin embargo, había aceptado desde el principio que su papel estaba ayudando a su abuelo. Sería un poco por culpabilidad, desde luego, reconocía que su deseo desmesurado por conocer más y más sobre la vida de su familia y de su abuelo en particular había sido el causante de esta situación. Pero iba un poco más allá, sabía que su papel era ese del mismo modo que sabía que los sábados por la mañana estaba permitido desayunar cereales. Algo extraño, de todos era el más sereno, su madre no paraba de decirle lo orgullosa que estaba de él y lo abrazada continuamente. No cabía duda de que temía mucho por su hijo, pero no había otra salida.

Con el paso de los días – pasaron tres hasta que cogieron el avión a París – comenzaron a llegar todos sus tíos a casa de los abuelos. Lo miraban asintiendo una vez que les explicaban los planes. Una vez que él preguntó si Rodolfo, su primo que seguramente era más valiente que Luis y él juntos, podía participar en la misión, le contestaron con un no rotundo. “Rodolfo no está preparado para esto”, le respondieron y dejaron estar el tema. Ya había aprendido a no preguntar, pero se quedó pensativo.
Allí estaban, sin llamar a la puerta, ninguno de los tres daba el primer paso, pero la puerta se abrió sola. Los recibió un mayordomo al estilo antiguo, su cara alargada era blanca como la cera, grandes ojeras le llegaban hasta la barbilla y era calvo. Eso era lo que más destacaba de él porque, a pesar de la oscuridad la calva brillaba a la luz de la luna.

- Pasen, el señor les espera.

Los tres entraron con parsimonia. Desde luego no era para demostrar que no tenían miedo de nada, muy al contrario, entraron con esa tranquilidad porque se obligaron un poco a guardar las formas, si no fuera de ese modo hubieran salido corriendo inmediatamente. Todo estaba oscuro mientras avanzaban por un pasillo largo que iba hasta el fondo de la casa, dejando a ambos lados numerosas puertas cerradas. Al fondo, donde se dirigían, había otra puerta entornada desde la que salía algo de luz en movimiento. Seguro que había una chimenea encendida.

Así era, cuando la puerta se abrió lo primero que vino a sus ojos fue un enorme fuego al fondo de la estancia. Estaba todo forrado de telas de terciopelo rojo; no había luz eléctrica, sino candelabros con gruesas velas también rojas distribuidas por toda la habitación. El mobiliario tampoco era más moderno que eso, un gran aparador de color oscuro ocupaba casi toda una pared, en otra pared había un gran ventanal con grandes cortinajes negros - ¿o eran también rojos? -  y en la otra estaba la chimenea con varias baldas a los lados llenas de motivos bastante fúnebres: pequeños cráneos oscuros - ¿serían reales? –, una colección de dagas y varias fotografías antiguas.

De espaldas a la puerta, de un sillón sobresalía una cabeza llena de pelo negro algo encanecido desde donde se oyó: “Pasad todos y tomad asiento, debéis estar agotados”. Los tres miraron alrededor, el mayordomo había desaparecido y se vieron empujados por una fuerza invisible dentro de la habitación. Luis y Roberto se sentaron en el sofá de un lado y Charles tomó asiento en el otro sillón. En medio de todos una mesa baja de la misma madera que el aparador contenía una tetera con cuatro vasos pequeños de vidrio verduzco. 

VIII. 2

Roberto miró fijamente a la cara de su interlocutor, Adrián. Tendría la misma edad que el abuelo, incluso le encontraba algo de parecido, un aire. ¿Cómo podía haber secuestrado Adrián a su propio primo? ¿Dónde lo tenía? Y lo peor, ¿qué podía haberle hecho? Todas esas preguntas quedarían respondidas en breve, pero Roberto se sentía fascinado por Adrián. Los ojos le brillaban de una forma fuera de lo normal, quizás – y eso ya lo pensaba él – el efecto se vería algo sobredimensionado por el titilar del fuego de la chimenea, pero aún así ese brillo natural no podría venir de otro sitio que del interior del propio Adrián. Su pelo, aunque cano, guardaba todavía un fuerte color negro, ¡tan diferente al abuelo! Nadie diría que ambos tenían en ese momento los mismos 70 años. El abuelo tenía un aspecto afable con toda esa cabellera blanca repeinada, esas arrugas alrededor de la boca y de la nariz y esas manos rugosas y suaves. Adrián no, este hombre tenía 70 años pero tenía aspecto de tener cuarenta y cinco. Sus manos largas, huesudas y afiladas, manoseaban un bastón con una bola de cristal ámbar en uno de los extremos donde había un insecto disecado dentro. El traje y los zapatos negros, sus piernas cruzadas y su media sonrisa, observando a sus tres “negociadores” le hacían parecer totalmente invencible.

- ¿Y bien? ¿Vosotros sois los negociadores que Celia me ha enviado? – ninguno de los tres contestó, Charles comenzó a sacar unos papeles de la carpeta rojo intenso que traía consigo.
- Adrián, estos papeles son para ti. Una carta de Celia y un documento donde te cede sus propiedades en Londres.
- Vaya, no quiero comenzar por ahí, no soy… tan materialista. Dejadme adivinar, tú debes ser Luis, de las últimas adquisiciones de la familia. Eres tan igual a tu abuelo de joven, diría que dos gotas de agua. Seguro que jamás has sido libre. - Luis comenzó a vocalizar una pregunta, ¿qué quiere decir eso de libre? Pero no lo dejó – Sí, chico, se te ve en la mirada, seguro que aún estás en esa fase en que si te inyectas la suficiente sangre ajena puedes aguantar sin una dosis hasta una semana. – Soltó una carcajada y dejó ver una dentadura perfecta con unos colmillos muy desarrollados, aunque no tanto como para llamar la atención en la calle si no se ensañaban demasiado. Aún así Roberto no pudo evitar fijarse en ellos.
- Adrián, por favor, no hemos venido aquí para esto.
- Charles, querido, estoy conociendo a mi familia, estos chicos son familia mía y me siento algo melancólico. – Tal como lo decía parecía que no se sentía así en absoluto. – No sabía que Celia hiciera venir a dos críos a hablar conmigo, tú tienes que ser Roberto, ¿me equivoco? – Roberto negó con la cabeza. – Sí, en tus ojos veo que aún no estás entre nosotros. - Se quedó pensativo. - ¡Muy lista la prima Celia! Ahora caigo en la cuenta.
- ¡Adrián! – Charles se levantó y le fulminó con la mirada.
- Y tú Charles, ¿qué has tomado? ¿Qué es lo que te han  hecho tomar para hacerte inmune a mí? No sois tan ignorantes como pensaba, habéis venido los que no sois capaces de asalvajarse tan fácilmente. Un medio vampiro imberbe, un chaval que aún no ha evolucionado y un mortal con litros de suero inmune en sangre. Pues eso no os va a servir de nada.
- Adrián, en tu conversación con Celia exigiste dinero y sus propiedades en Londres es lo único que tienen para darte, no tiene más que eso…
- ¡Exigí que dejarais de investigar! Lo del dinero fue un ardid para que no os quedaran recursos para la investigación. Trae esos papeles. – Adrián también se había levantado y su altura era colosal bajo la mirada atónita por su reacción de los dos chicos que aún aguardaban sentados en el sofá, empequeñecidos. – Por supuesto que me quedaré con las posesiones de Londres, pero ¿qué pruebas me dais de que no vais a seguir investigando?
- Sabes que no somos los únicos que llevan a cabo este tipo de estudios, en todo el mundo hay muchos de nosotros que quieren llegar al gen de la diferencia.
- Sí, pero Mario es el líder de todos, si queda fuera de juego todo se ralentizará y yo podré… - Adrián calló.
- No, primo Adrián, no podemos garantizarte con ningún documento que vayamos a dejar las investigaciones. – Quien hablaba era Roberto, que se había levantado y miraba a su familiar desde abajo con un tono de humildad rayando, sin embargo, el orgullo. – No hay papel firmado en el que puedas confiar, así que solo te queda nuestra palabra. Sin dinero, solo con la pensión del abuelo para poder subsistir, dudo mucho que puedan llevar el ritmo de investigaciones que estaban llevando últimamente. – Hablaba con una seguridad que seguramente nacía del temblor imperceptible de sus piernas, temblor que creía que en cualquier momento lo iba a dejar caer en el suelo de madera. – Ni pruebas ni instrumental ni electricidad, todo eso no se puede pagar con la pensión de jubilación de un profesor de facultad. Has atacado la única fuente de ingresos que poseíamos.
- Hablas como tu abuelo, intentó convencerme con sus palabras, pero creo que ya ha sido suficiente, esto no sirve de nada, creía que hablaría con Celia y me ha enviado a un mequetrefe – miró a Charles – y a dos críos asustados – señaló con desdén a los hermanos. – Podéis iros, decidle a Celia que desde este momento esto no es un secuestro, es un funeral.

Roberto soltó un grito, Luis se revolvió en su asiento y se abalanzó sobre Adrián, pero éste abrió la boca y los colmillos que antes eran comedidamente grandes ahora eran inmensos. Luis retrocedió dos pasos, Charles intentó mediar en el amago de pelea y los tres se acercaron a la puerta de salida de la habitación dejando a un Adrián pensativo y observando la noche que había caído completamente a través de la ventana. Daba la espalda, pero es que no tenía nada que temer.

IX. El plan continúa

IX. 1

Salieron los tres atropelladamente del salón mientras Adrián observaba la oscuridad de la noche. ¿Había sido todo aquello un error? Sabían que no, conocían bien los planes de Adrián, no hacía falta que él se los desvelara. Habían tardado menos tiempo que el estipulado, apenas media hora, pero sería suficiente. Ahora llegaba quizás lo más complicado: Roberto debía meterse en una de las habitaciones del gran pasillo de salida sin ser visto. A su favor tenían que el mayordomo, como buen conocedor de su amo, no se había personado en la habitación para acompañarlos a la salida, así que estaban ellos solos recorriendo la distancia que había hasta la entrada. En menos de tres minutos, Roberto se escondía en la tercera habitación de la derecha, dejando a su hermano y a Charles solos y apresurados dirigiéndose a la salida.

La habitación estaba oscura, como todo en aquella casa, tan tétrica y destartalada a pesar de parecer lujosa y ostentosa. No quería mirar alrededor porque, aunque oscuro, la claridad de la luna hacía que se pudiera distinguir todo. Y  no quería hacerlo porque tenía miedo de lo que pudiera encontrar. No obstante era necesario que lo hiciera, si había actuado correctamente debería estar en una habitación-pasadizo, es decir, un modo de entrar en las entrañas de la mansión. Abrió los ojos lo más que pudo y miró fuertemente, tenía que acostumbrar sus ojos a esa nueva claridad. Desde dentro, la luna parecía tan poco terrorífica, todavía se acordaba cuando por la noche esa visión le fascinaba y le atemorizaba a la vez. Sí, debía ser la habitación correcta. En una esquina había una chimenea, se supone que sin uso real, tras ella debía encontrarse una rejilla así que avanzó sigilosamente sin querer tropezar con nada, lo cual era complicado.



Toda la estancia estaba llena de chismes, parecía como si aquella fuera la habitación de los trastos. En realidad estaba destinada a guardar todas las obras de arte que Adrián había ido acumulando a lo largo de toda su vida. Los cuadros normalmente los exponía en los largos pasillos de toda la casa pero las esculturas y muebles antiguos que colocaba por todas los espacios cuando organizaba algún evento, los amontonaba allí, detestaba tener tantos tiestos por medio. Ese había sido uno de los defectos de su mentor, Peter Rashford, menos mal que al fin aquella casa era suya y podía hacer con ella lo que le viniera en gana. Por eso Roberto debía andarse con cuidado de no hacer ningún ruido, el oído agudizado de Adrián se percataría inmediatamente de que alguien andaba por la casa, ya se lo dijo su abuela bien claro “si te enviamos a ti es porque a ti no puede hacerte nada aún. Pero también porque eres el único que tiene el tamaño suficiente para caber por el hueco de la chimenea sin problemas”. Le había instado a dejarlo, a no hacerlo, lo comprenderían perfectamente, tenía solo diez años, hacía apenas un mes que sabía de la historia familiar y puede que aún no la comprendiera del todo. Además, aquella era una aventura peligrosa, pero “confiamos en ti, eres uno de los nuestros al fin y al cabo, y los nuestros nunca han tenido una vida normal”. Cuando escuchó aquello supo que aquella misión debía ser para él. ¿Por qué la presencia de Luís? Simplemente para despistar. También Adrián había estado en lo cierto, habían enviado a “negociar” con él a las personas a las que menos daño podía hacer, sabían no obstante que nunca forzaría ni secuestraría a los nietos de Mario sin poder sacar algo en claro de ello. Pero el hecho de que no pudieran asalvajarse tan fácilmente les daba puntos a su favor, por eso los dejó marchar. No les servían para nada, ni siquiera para estar junto a él como vampiros consolidados, así que ese era un riesgo que debían correr y, afortunadamente, estuvieron en lo cierto y los dejó marchar. 

IX. 2

oberto seguía avanzando en la oscuridad. Su visión ya estaba hecha a la claridad platina de la luna, pero aquella estancia era como un campo de fútbol a pesar de lo pequeña que parecía al principio. La lentitud con la que se tenía que mover era pasmosa, a cada paso le asaltaba un busto de mármol o una mesita de café del siglo XVIII – se decía para sus adentros este siglo como quien piensa en cualquier otro número –. Había lienzos apoyados en sillas antiguas que olían a madera vieja y galanes que en la oscuridad se asemejaban a personas esperándole de pie. No escuchaba nada, ni fuera ni dentro, hasta que la puerta se abrió. Desde detrás de un sofá estilo isabelino, con un estampado horroroso pensó Roberto, pudo observar la calva del mayordomo de su primo moviéndose eficazmente entre todo aquel caos, parecía que en su mente aquello tenía un orden, cogía de un lado y colocaba en otro hasta que encontró lo que estaba buscando: un bastón de madera negra con otro pomo rojo transparente y otro insecto disecado dentro. Cuando lo cogió dio un gran suspiro y cerró inmediatamente la puerta dejándolo todo de nuevo a oscuras. Roberto no pudo aguantar la tentación de acercarse al paragüero que contenía un docena de bastones iguales, excepto en el color de madera y en el de la bola transparente. Y vio con asco que no era un insecto lo que se encontraba disecado dentro de cada uno de ellos, sino un murciélago, empequeñecido no sabía de qué forma, pero murciélago al fin al cabo. Después del susto inicial optó por hacerse con uno de esos bastones, puede que en lo que restaba de misión pudiera necesitarlo.

Continuó su trayectoria diagonal hacia la esquina de la chimenea y sobre ella, tal como le dijo su abuela Celia, vería tres bolas gigantes como de hierro negro, justo en la balda sobre la rejilla y situadas en el centro. Tendría que tener maña y algo de fuerza para moverlas ya que había que mover dos a la vez – él era diestro y la mano izquierda normalmente era inútil para asuntos que requirieran hacer fuerza –. E inmediatamente después mover la de en medio, con lo que tendría que ser también bastante rápido. Comenzó a intentarlo. No fue hasta la quinta vez que lo consiguió: las dos bolas pequeñas de los extremos se movieron profundamente hacia el fondo de la balda y la bola grande central la trasladó hacia la izquierda. Una vez hechos los movimientos escuchó un clic parecido al chasquillo que hace un pestillo al cerrarse y la rejilla que cubría el hueco de la chimenea se abrió lentamente.

Un aire frío casi glacial salía de aquel hueco. Roberto se ajustó el anorak y comenzó a bajar repitiéndose una y otra vez que no tendría miedo. Sin embargo, los escalones le invitaban precisamente a lo contrario, a salir pitando, aunque pensándolo bien era mejor continuar que volverse porque, ¿cómo salir de allí si no era con el abuelo? Así que empezó a descender. Debía tener cuidado, los peldaños estaban mohosos, oscuros de humedad y con sombras verduzcas en las esquinas, verduzcas como el vidrio de los vasos de té que les había ofrecido Adrián. No había luz en el pasadizo descendente pero al final, a lo lejos, podía observarse algo de claridad de nuevo en movimiento. Usó el bastón para tantear cada escalón, mira por donde le había buscado utilidad antes de lo esperado. Descubrió al final de la escalera que le seguía un corredor más fúnebre aún lleno de antorchas en ambas paredes, tan juntas estaban que parecía que las antorchas formaban un arco. No quería apoyar las manos en las paredes del corredor, podía ver cómo los gusanos salían y entraban entre las grietas de las piedras que conformaban aquella construcción, el musgo que parecía crecer de la piedra mismo parecía a su vez que lo engullía y todo volvía a comenzar cuando el gusano volvía a emerger hacia el exterior. Decidió que seguiría mirando hacia delante sin fijarse en los laterales a no ser que fuera estrictamente necesario.

Estuvo andando como diez minutos. Pensó en un momento dado que había ido en horizontal, nada de bajadas, a parte del tramo de escaleras del principio, por lo que sospechaba que ya debía estar debajo de la casa de enfrente de la de Adrián. Aún así dudaba mucho que sus vecinos supieran en primer lugar quién era la verdadera persona que vivía en la casa de enfrente y segundo que bajo ellos hubiera un intrincado laberinto de pasadizos y mazmorras.

IX. 3

Sí, mazmorras. Cuando llegó al final del corredor giró obligatoriamente a la derecha y en ese corredor toda la pared izquierda estaba llena de mazmorras, unas más grandes que otras. Estaban vacías pero hacían ver que habían tenido habitantes no hacía mucho tiempo. Todas ellas las cerraban unos barrotes gruesos y mugrientos y en el interior se hundía en la pared una cadena en cuyo extremo había una argolla. Un escalofrío recorrió la espalda de Roberto, estar ahí dentro comenzaba a producirle claustrofobia, nunca había sentido nada de eso, de hecho la primera vez que había escuchado esa palabra había sido en la televisión hacía dos meses cuando su padre estaba corrigiendo un trabajo de un alumno de la facultad, puso un documental que hablaba de la claustrofobia, del miedo a los espacios pequeños y del pánico de las personas que lo sienten, incluso había testimonios reales, se quedó fascinado por aquello, pero nunca pensó que pudiera sentirlo en sus propias carnes. Comenzó a respirar fuertemente y rápido, tan rápido que le dolía el pecho. Decidió pararse a descansar, sus piernas estaban temblando y veía cuatro manos en lugar de dos, así que no confiaba muy bien en sí mismo.

Se apoyó en la pared y cerró los ojos. Imaginó que estaba en casa, en su habitación, en la seguridad de su cama, de sus estúpidas sábanas con aviones – cuántas veces le había dicho a su madre que no quería que las volviera a poner y ahora las echaba tanto de menos –. Pensó en el Chinche, su amigo, solo hacía una semana que habían suspendido juntos el examen de Matemáticas y se habían tenido que quedar después de clase para las horas de recuperación. Deseaba estar en esas clases de recuperación y en el campo de futbito y que llegara el fin de semana y desayunar cereales, creía que iba a gritar de desesperación cuando escuchó un gemido. Abrió los ojos y le costó asimilar el lugar en el que se encontraba, el pasadizo de las mazmorras ¿vacías? El gemido continuaba hacia el final del pasillo, ¿el abuelo? Esta esperanza lo azuzó a recorrer lo que le quedaba de pasillo con rapidez, cuando llegó a la última mazmorra no podía dar crédito a lo que veía.
Su abuelo, si es que aún seguía siendo él, estaba acurrucado en una esquina con su pie aprisionado por la argolla. Cuando abrió los ojos vio que no eran de color marrón, como lo habían sido siempre, sino de un rojo antinatural en sus pupilas. Y al verlo, dio un salto prodigioso hasta los barrotes obligando a Roberto a saltar a su vez hacia atrás para no ser capturado por las garras de su abuelo. La boca de Mario se abrió tanto que Roberto creía que podría caberle un melón entero dentro de la boca, pero lo peor fueron sus colmillos, eran enormes, exactamente iguales que los de Adrián cuando fue a atacar a Luis.

- ¡Abuelo! ¿Pero qué te ha pasado? – ya se lo había advertido la abuela, pero no creía que aquello fuera a ser cierto. Los ojos rojos no decían nada, seguía manoteando y Roberto cada vez se estrujaba más contra la pared de enfrente.

Celia le había explicado que seguramente Adrián no hubiera proporcionado transfusiones limpias a Mario y que era muy probable que lo encontrara “en un estado en el que nunca antes lo habrás visto, pero tienes que pensar que ese no es tu abuelo, que él no es así”. Vio varios animales por el suelo de la mazmorra, su abuelo se mantenía con vida porque Adrián le había estado proporcionando seres vivos, si había entendido bien la historia de su abuelo, esta sería la primera vez que había hecho algo así. Contra su voluntad.

Pensó rápido. Se abrió el anorak y cogió la bandolera que mantenía pegada a su cuerpo como si fuera oro en paño. Abrió el bolso y cogió una jeringuilla inyectable. Contenía un líquido rojo, sangre sana mezclada con un suero calmante que bajaría la actividad del cuerpo de Mario. Pero ¿cómo iba a inyectárselo? No podía tardar mucho tiempo en pensarlo, su abuelo estaba haciendo demasiado ruido, no sabía a cuánta distancia se hallaban del agudo oído de Adrián ni de ese mayordomo que parecía controlar la casa como si fuera un ser vivo. Si entraba de nuevo en la habitación-pasadizo, caería en la distinta posición de las bolas de hierro de la chimenea, tenía que actuar con rapidez.

Sin embargo, su abuelo no parecía calmarse por más que él intentaba identificarse, no podía reconocerlo, estaba cegado. Eso es lo que quería Adrián, verlo en un estado en el que no había estado nunca antes; mantenerlo con vida, pero en unas condiciones que eran una verdadera humillación para Mario. ¿Por qué le hacía una cosa así? Cada vez que su abuelo manoteaba, intentaba pincharlo con la aguja, pero debía ir con cuidado porque la fuerza era brutal y de una sola sacudida podía atraparlo.

Después de una lucha desigual, Roberto consiguió hundir la aguja en su bíceps. Mario apartó el brazo aullando de dolor, la aguja tenía como diez centímetros de largo así que debió hacerle bastante daño. No importaba, si se la arrancaba tenía otras dos jeringuillas de repuesto, aunque no sabía ya cómo utilizarlas. Pero no hicieron falta, cuando retiró el brazo hundió la jeringuilla en la pared y el líquido que había dentro se inyectó en el cuerpo de Mario que en cuestión de segundo cayó desvanecido en la mazmorra. 


X. Fuera de planes

X. 1

Tardó unos minutos en volver en sí. Mientras tanto, Roberto gritaba a su abuelo porque le urgía que se despertara y se marcharan de allí enseguida. Con todo el alboroto que habían armado, se sorprendía de que ni Adrián ni su mayordomo no estuviesen ya allí. Así que cuando Mario abrió los ojos y esbozó una sonrisa al reconocer la cara que asomaba entre los barrotes, Roberto se echó a llorar. Pero no había tiempo de sentimentalismos y Roberto sacó de su bolso una ganzúa. La abuela Celia se la había dado y, aunque él había dudado un poco al principio de que su abuelo supiera utilizarla, la cogió con confianza.

Y Mario Arenne sí que sabía utilizarla, con un rápido movimiento de muñeca abrió la argolla que le aprisionaba el pie; se encaramó entre los barrotes y metió la ganzúa esta vez en la cerradura de la mazmorra, también la abrió fácilmente. ¿Dónde habría aprendido a abrir candados de una forma tan eficaz? De camino a casa tendría que preguntárselo y de paso le pediría que se lo enseñara, no estaba de más saber una cosa así. Cuando su abuelo salió al corredor le dio un fuerte abrazo. Olía mal, lo sabía, pero Roberto no se separó, lo mantuvo cogido con tal fuerza que Mario tuvo que separarlo y decirle que tenían que irse pronto de allí. Roberto dio media vuelta, pero como tendría que haber pensado, su abuelo no cabría por el hueco de la chimenea, él lo había hecho a duras penas. No hizo falta preguntarlo, Mario comenzó a andar hacia el otro lado donde el corredor se bifurcaba en dos: a la derecha, más mazmorras; a la izquierda, una salida donde la ganzúa que sabía utilizar muy bien su abuelo y la rapidez con que se movieran los llevaría de nuevo a casa.

Cuando se lo explicó, Roberto tomó inmediatamente el camino de la izquierda. Su abuelo lo paró en seco: “Antes de seguir tenemos que rescatar a otra persona”. Roberto lo miró sorprendido, ¿otra persona? Ya era peligroso seguir allí, así que otra persona más podía complicarles bastante la huida. Giraron a la derecha, no había nada que hacer ni que discutir. Era otro pasillo largo lleno de mazmorras, iluminado por antorchas que dejaban caer aceite. Sin embargo, el olor era más intenso, un olor a moho y a humedad que se hacía realmente insoportable. Al final del pasillo se escuchó algo. Al final del pasillo, donde ya no había bifurcaciones ni peldaños ni nada de nada, solo una pared que cortaba el paso. En la última celda había una mujer en un estado aún peor que el del abuelo: su pelo estaba hecho trizas, los ojos le salían de las órbitas y el rojo se le había extendido a todo el globo ocular. Su boca parecía la de un animal. Cuando los vio llegar, se abalanzó con tanta fuerza hacia las rejas que la cadena hizo de tope y del mismo modo que llegaba bruscamente a la entrada de la mazmorra, se vio despedida hacia atrás. Lo cual no fue obstáculo para que siguiera luchando. Miraba a Roberto como si fuera un trozo de carne, mejor aún, un tetra brik de sangre fresca y joven. Tuvo un estremecimiento por todo el cuerpo y se quedó pasmado mientras su abuelo a duras penas intentaba sujetarle los brazos, pero no podía. “¡Roberto ayúdame! Cógela de ahí”. Pero no podía moverse. “¡Roberto!”. Y salió de su ensimismamiento, la cogió como pudo sufriendo arañazos y golpes en la cara. A cada arañazo parecía que la mujer se volvía más loca, “debe ser el olor de la sangre” pensó el chico. Le dio una jeringuilla a su abuelo una vez que la tuvieron inmovilizada, sus chillidos eran insoportables, era como un gato al que estuvieran pegando, le iban a estallar los tímpanos… hasta que se calló. Los diez centímetros de aguja penetraron en su antebrazo y tras los dos segundos que su abuelo tardó en inyectarle el preparado, la mujer cayó desmayada en el suelo de su celda.

X. 2

Roberto sudaba abundantemente, le temblaba todo, tanto que le costaba mucho dominar el movimiento. Miraba con fascinación la madeja de pelo que yacía en el suelo en tanto que su abuelo abría los cerrojos. La estaban ayudando a incorporarse cuando la luz se ensombreció al otro lado del pasillo.

Adrián los esperaba en la misma bifurcación donde se habían desviado de la salida. No sabía si era la luz de las antorchas, su sombra que se alargaba hasta casi tocar a los ahora tres prisioneros o que Adrián había crecido de forma inaudita, pero parecía tan grande que era imposible saber si su cabeza daría en el techo cuando comenzara a moverse. Roberto de nuevo se quedó totalmente conmocionado, ahora sí que estaban perdidos, su mente corrió hacia las mazmorras, las argollas que pendían de las cadenas, los cerrojos, los animales desangrados alrededor y vomitó. Su abuelo lo miró con ojos culpables: si se hubieran marchado, ahora ni él ni su nieto estarían allí. Él quizás pudiera defenderse, pero ¿podría defender a Roberto?

Adrián soltó una carcajada que sonó hueca en el pasillo. La mujer lo miraba desde el suelo, aún algo desvanecida pero recuperándose poco a poco.

- ¿Qué esto? ¿Os vais? Está feo irse sin despedirse del anfitrión.
- Adrián, te suplico que dejes marchar a Roberto, él no tiene nada que ver en esto.
- No, no, no, él ha tenido la oportunidad de marcharse con su hermano y con ese Richard, así que si ha elegido quedarse por algo será. Hay muchas celdas donde elegir, chico, puedes escoger la que más te guste. - Volvió a soltar una gran risotada. Ahora Adrián llevaba una capa negra enorme, con el fondo rojo, iban a ser ciertos esos dibujos del Conde Drácula que había visto en el libro que compró el día de su cumpleaños. El pelo era más negro que nunca y la dentadura brillaba, sobre todo los dos colmillos de arriba. Le sobrevino otra arcada pero ya no echaba nada.

De repente, de un salto Adrián se presentó delante de los tres, ahora la mujer estaba de pie y miraba la escena con unos ojos más calmados pero igual de atemorizados que los de abuelo y nieto. Mario empujó a Roberto detrás de ellos dos aunque tampoco había mucho espacio donde estar, el pasillo se cerraba con una pared de piedras, las mismas que había estado viendo a lo largo de todos los corredores desde que bajara por el tramo de escaleras. Todos, los tres adultos, se pusieron en una posición de ataque bastante peculiar, Roberto admirada la escena hechizado, sostenía el bastón del murciélago disecado con tanta fuerza que el pomo de cristal – este era azul – crujió en sus manos. Parecía que la cosa estaba en desigualdad de condiciones, pero de todos modos el hecho de que contra Adrián, un vampiro a toda vista más peligroso y acostumbrado a este tipo de peleas, con más fuerza y todas las capacidades de vampiro desarrolladas, se enfrentaran no uno sino dos vampiros “limpios”, por llamarlos de algún modo, era más ventajoso que si se lo hubiera encontrado cuando estaba a solas con su abuelo.

La mujer, con las uñas largas pintadas de negro, algunas rotas pero la mayoría peligrosas armas para Roberto – ya las había sufrido antes cuando la despertaron de su estado salvaje –, daba manotazos en dirección a Adrián llegando a desgarrar la camisa también negra que llevaba puesta. Mario había comenzado a andar en dirección a la bifurcación, todo su afán era alejar lo máximo posible la situación de su nieto.
Se movían de forma circular, sin llegar a dar la vuelta del todo, haciendo aspavientos y atacando tímidamente en algún momento, parecía que la pelea no iba a empezar nunca. Entonces sucedió, Adrián se abalanzó sobre Mario, en su mente estratégica debía dejar fuera de juego al más fuerte de los dos, sufriendo para ello las embestidas del más débil: por eso fue hacia él cogiéndolo de los brazos y dirigiéndose directamente a su cuello. Mario se revolvió y no dejó que lo mordiera y, aunque no pudo deshacerse de sus manos – tenía una fuerza sobre humana –, sí que pudo propinarle una patada en el estómago con lo que Adrián se encogió y la mujer se le echó encima de la espalda. Otra patada de Mario en la cara de Adrián sirvió para que éste reaccionara y se volviera más cruelmente a la mujer que tiró de un empujón al suelo, cogiéndola después del pelo.

Mario se volvió unos segundos: “¡Roberto! ¡La jeringuilla que falta! ¡Ahora!”. Roberto se acercó rápidamente a su abuelo y se la entregó. Para entonces Adrián ya se estaba dando la vuelta del suelo donde estaba la mujer malherida, y fue atacado de frente por Mario y por una aguja de diez centímetros que se le clavó en el pecho.

XI. Escapar

Después de un profundo alarido que resonó en toda la mazmorra, se hizo el silencio. Adrián cayó cuan largo era en el corredor y los ojos antes rojos como tomates ahora se habían vuelto pálidos, de un color blanquecino como la leche. Temblaba en el suelo, como si sufriera un ataque. Sus colmillos volvieron imperceptiblemente a su tamaño normal y su pelo se cubrió inmediatamente por un manto de canas. No parecía el mismo que minutos antes los había sorprendido a la entrada del pasillo.

Tras arrastrar a Adrián a la celda que antes había ocupado su nueva compañera y apresarlo con la misma cadena que la había mantenido cautiva ella, Mario cogió a su nieto de la mano y se dirigieron a la mujer que estaba tumbada en el suelo hecha un ovillo. La había mordido pero no tenía pinta de ser grave, así que la ayudaron a incorporarse y comenzaron a andar deprisa, sin mirar atrás. Aún les quedaba un trecho. Roberto le dio el bastón a la señora aunque él también lo necesitaba, y mucho: le temblaban las piernas, tanto que temía que se notara. Andaba como si estuviera borracho, pero como no había mucho espacio para hacer eses, lograba guardar el equilibrio y seguir adelante sin desentonar.

Llegaron por fin a la salida, era una trampilla en el techo. Se subía por una escalera clavada en la pared y ahora sí lo entendía todo, solo podía abrirse desde dentro. Su abuelo subió hasta el último peldaño y suspendido en el aire volvió a poner en práctica sus conocimientos con la ganzúa. La luz de las primeras horas de la mañana se filtró por el agujero que quedó cuando la trampilla se abrió del todo, la luna todavía podía verse opaca y difuminada. El aire fresco y frío invadió los pulmones de Roberto que se sintió libre mucho antes de llegar a pisar el suelo de la calle, solo con eso se disipó la sensación de opresión que tenía desde que bajara por el primer tramo de escalera de la chimenea.

Mario se descolgó de las escaleras y cogió a su nieto de la mano para ayudarlo a subir, pero Adrián volvió a aparecer cogiéndolo del otro brazo. De repente, Roberto se encontró en mitad de una lucha en la que el trofeo no era otro que él mismo. La mujer, débil y mareada, se había desmayado en un rincón y ahora estaba a merced de quien tuviera más fuerza de los dos. Los brazos le dolían, su abuelo lo aferró a su vez del anorak, él tironeaba para zafarse de Adrián, pero éste era como un pulpo. Lo cogió del cuello y del pelo, gritaba de dolor. Solo una vez en su vida le habían tirado del pelo y había descubierto que era una de las formas de tortura más espantosas. En el recreo, hacía un año, cuando se peleó con el matón de la clase de al lado. Les había robado la pelota y el único que se había atrevido a plantarle cara había sido Roberto. Se ganó una buena paliza y el otro tampoco escapó muy  bien, así que los dos acabaron en el despacho del director, castigados sin recreo durante un mes, pero con la pelota en manos de quien debía estar, del Chinche… el Chinche… ¡Echaba tanto de menos al Chinche!

Seguía la lucha por ver quién arrancaba primero el brazo a Roberto, Mario comenzaba a dar las primeras señales de agotamiento y Adrián, azuzado por la humillación anterior, parecía que había vencido la mezcla que estaba corriendo ahora mismo por sus venas. Se lo arrebató. Roberto se encontró en un pispás metido dentro de la capa de Adrián. Olía muy raro allí dentro, engarzado entre sus brazos sintió el aliento del vampiro a un milímetro de su oído, se puso blanco, eso solo podía significar una cosa, le iba a morder. Empezó a retorcerse, a alejar su cuello, pero lo tenían fuertemente cogido. Sintió un latigazo agudo y como un pinchazo de dos segundos. Lo que tardó su abuelo en darle un bastonazo en la cabeza a Adrián.

Cayó de espaldas, Roberto estaba desorientado, se llevó los dedos al cuello y dos hilillos de sangre caían finos hacia su pecho. Su abuelo le tapó la herida con un trozo de pañuelo y murmuró: “Sólo han sido dos segundos”. En un abrir y cerrar de ojos estaban en la calle con la trampilla cerrada a cal y canto y profundamente agotados.

XII. Hogar dulce hogar

XII. 1

Roberto dormía en su habitación como hacía días que no lo hacía. Cuando despertó pensó que todo lo que había pasado había sido un sueño, pero escuchó la voz amortiguada de su abuelo abajo, en el salón, y supo que todo lo que había ocurrido sí que había sido cierto. “¡Guauuu! Tengo diez años y he luchado contra un vampiro de verdad. Y toda mi familia es vampira y yo he salvado a mi abuelo y…”, dejó de pensar porque le estaba dando algo de vértigo aún estando acostado.

Miró a su alrededor y reparó en sus sábanas, eran las sábanas de avioncitos, esas que tanto odiaba hacía una semana y que ahora le resultaban de lo más acogedoras. ¿Qué podía hacer? Si se levantaba no podría disfrutar del calor de su cama un poco más, a la vez se moría de ganas por bajar y hablar más y más sobre todo lo ocurrido la noche anterior. Ese no era un tema tabú porque él había tenido parte en él, entonces no tendrían que ocultar nada porque ya lo sabía todo. Aún así le seguía dando reparo, todo esto había comenzado precisamente por su excesiva curiosidad.

Bajó atropelladamente por la escalera y se encaramó de un salto en el sofá junto a su abuelo que lo acogió con un fuerte abrazo.

- ¡Buenos días, grandullón! ¿Cómo has dormido?
- Como un bebé…
- ¡Como si aún no lo fuera! – exclamó su abuela que le cogió uno de esos dolorosos pellizcos en la mejilla.
- ¿Cómo tienes la herida? – le preguntó su abuelo, que echó la vista atrás para buscarle el mordisco.
- ¡Ah! Lo había olvidado… creo que bien, no me duele – se podían percibir dos pequeños moratones en el lado izquierdo de su cuello. Era cierto que no le dolía, sintió el pinchazo en el momento de ser mordido pero había sido tan poco tiempo que no recordaba nada más. Ni se había mareado más tarde ni había sentido cosas extrañas ni había percibido un crecimiento anómalo de dientes o uñas. Así que no se le dio más importancia. - ¡Abuelo! ¿Vamos a ir hoy al centro comercial?
- No, valiente. Hoy me voy al campo, tengo que descansar un poco. - Roberto lo miró con ojos tristes y Mario continuó – Tú eres muy joven y te repones pronto de estas cosas, pero yo… Han sido demasiados días preso y luego, ¡han pasado tantas cosas! – se refería sobre todo a que se había visto obligado a hacer uso de los animales vivos que Adrián le había estado proporcionando en su estancia en la mazmorra.
- El abuelo necesita descansar, compréndelo, Roberto – su madre lo levantaba del sofá. – Y ahora vete a la cocina a desayunar, tienes el cuenco y los cereales de miel en la mesa. Coge la leche de la despensa que no queda nada en el frigo, ¿Vale?

Roberto se dejó levantar y se fue a la cocina a desayunar y, aunque poder tomar cereales lo conformaba un poco con la situación, se volvió en el último momento a mitad de camino.

- Sólo una pregunta, abuelo, – los ojos de su madre se clavaron como lanzas en los suyos. No quería preguntar, pero su curiosidad había sido más rápida que su mente y lo había lanzado a hacerlo incluso sin querer.
- Sólo una, campeón.
- ¿Cómo salió Adrián de la mazmorra? ¿Y cómo entró Adrián en los pasadizos? Yo era el único que por tamaño podía entrar allí dentro y por donde salimos fue imposible porque…
- ¡Ay! Roberto, nunca aprenderás… - su abuelo lo miró sonriendo – Adrián es un murciélago, chico, ¡un murciélago! – y se echó a reír a carcajadas. Roberto se dio media vuelta creyendo que le habían tomado el pelo.

A quien no había vuelto a ver era a la señora que salvaron en las celdas del subterráneo. Después de volar de nuevo a Madrid, había cogido otro coche y había desaparecido. Si no había preguntado por ella era porque se le había olvidado, tanta presión hizo que ni siquiera reparara en su ausencia la noche anterior. Y ahora estaba hambriento, además, se le había terminado el turno de preguntas, la mirada de mamá lo había dejado muy claro. De todas formas, tampoco hubiese conseguido una respuesta convincente si tenía en cuenta la contestación del abuelo. 

XII. 2

Era Oriana. Había escuchado su nombre en el avión y luego en el coche, mientras el abuelo ponía al día a su abuela. Oriana, había algo en ese nombre que le sonaba mucho… ¡Oriana Raspatto! Ese nombre lo había leído en el cuaderno de cubiertas de piel roja. Oriana Raspatto vivía en Roma y era especialista en genética, también ponía algo así como “contacto seguro para nuevos miembros”. Ya no tendría que preguntar por ella, era un contacto seguro y una especialista en genética y era importante, no cabía duda. Se la habían llevado, estaba mal, su pelo se caía a manojos y no era capaz de dar dos pasos seguidos. Le gustaría saber dónde y cómo se encontraba, pero tuvo que confesarse a sí mismo que de lo que más ganas tenía en ese momento era de irse a jugar un partido de futbito con sus amigos, empezando por el Chinche, que no había parado de llamarlo al móvil en todo el tiempo que había estado fuera. De hecho, tenía cuarenta llamadas perdidas, muchas de ellas sin minutos de separación entre medias. Estaba claro que quería hablar con él a toda costa.

- Hola Chinche, ¿hace un partido a las doce?
- ¡Rober, tío! ¿Dónde te has metido todos estos días? La profesora ha estado preguntando por ti, no sabía dónde estabas, hasta que llegó el viernes y ya no lo hizo y cuando le pregunté yo me mandó callar y…
- Bueno, tío, ¿quedamos para jugar o no?
- Sí claro, yo ya he hablado con los demás, pero no a las doce, a las once y media en el campito, paso a recogerte y tráete el balón…
- ¿El balón? ¿Dónde está el común?
- Se lo llevaron los mayores el otro día. Yo intenté detenerlos pero no pude, ya sabes…
- Sí, me lo imagino, me llevaré el balón. Hasta luego.

Roberto saltó del taburete de la cocina y subió “en cero coma tres” para plantarse el chándal y la camiseta del equipo. Como sabía que si no se ponía una camiseta de interior de manga larga tendría que subir de nuevo a ponérsela en cuanto su madre lo pillara, no hizo falta ni pensárselo, se la colocó a la primera.
Cuando bajó sus abuelos ya se estaban despidiendo de sus padres. Habían sido unos días duros, en particular las últimas veinticuatro horas y el abuelo parecía que había envejecido diez años en solo una noche. Le dio un abrazo muy fuerte y su abuelo le dijo que lo esperaría en el campo el fin de semana siguiente, tenían que hablar de muchas cosas. Por ejemplo del cuaderno de tapas rojas que guardaba bajo su colchón, Roberto lo miró sorprendido, pero Mario se dio dos toquecitos en la nariz y luego se puso los dedos en los labios, “guárdalo bien”, dándole un enorme beso en la frente. Si hubiera sabido que aquella iba a ser la última vez que viera a su abuelo seguramente le hubiera devuelto una y mil veces ese beso.
Pero como todo no se había vuelto gris todavía, salió corriendo cuando sonó el timbre de la puerta. El Chinche le esperaba con una felpa sujetándole el pelo, “tío, es de mi hermana, se la he visto a Guti y me gusta”. Roberto prefirió decirle que la cinta de Guti no tenía rayas y estrellas, y tampoco era tan ancha.

AVANCE

La lucha no ha hecho más que comenzar. Mientras Mario, sus nietos, Charles y la misteriosa Oriana viajaban a Madrid, Adrián no se ha quedado con los brazos cruzados. Su plan ha seguido adelante, sabe que Mario está tocado de muerte, aunque él ni lo sospeche. Solo tiene una incertidumbre, ese nieto suyo, ese Roberto. Le ha visto algo en los ojos, y su sabor… es diferente. Sin duda, uno de sus objetivos, aunque quizás no el prioritario será apresarlo y estudiarlo.

Sí. El objetivo principal en todo este plan es conseguir el “Tomo de los Nombres”, sólo con él podrá llegar a todos y cada uno de los miembros del grupo de Mario. Sin ese cuaderno, tardará muchísimo más y puede que alguno se le escape. Sí, ese tomo es prioritario, pero la familia de Mario también es muy amplia, puede estar en cualquier sitio. De momento, las propiedades de Londres ya no serán un secreto para él. Su primer paso será pasar allí unas “largas vacaciones”.

Mientras, Roberto tiene tanto que indagar que a veces le parece imposible abarcarlo todo. Sin embargo, después de la experiencia por la que ha pasado prefiere dejar estar las cosas un poco, redimir su culpa y sentirse de nuevo preparado para preguntar, se merece que le contesten después de todo lo que ha pasado. Por ejemplo, si su padre no era vampiro, ¿por qué también se hace transfusiones? ¿Qué capacidades son las que realmente tienen más desarrolladas los vampiros? ¿Cuándo será él un vampiro? Tiene mucho que investigar.

FIN



4 comentarios:

  1. Yo también me hago esas preguntas, pero me ha gustado el final. Me encanta tu forma de escribir, tengo envidia, de la sana sí, aunque hay quien dice que no es posible ;) Me encanta como escribes y creo que este relato se merece continuación. Me ha encantado leerte. Biquiños!

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    1. Ay, Mandarica! Este relato tiene añossss, con muchas "S". Lo escribí antes de que saltara la fama de los vampiros y los crepúsculos, así que imagínate. Para publicarlo aquí lo he corregido un poco y eso, pero la esencia es totalmente la de aquel entonces.

      Muchas, muchas gracias, de verdad, porque no sabes lo satisfactorio que es que alguien, que no es tu madre o tu marido, te diga que está bien lo que escribes. ;)

      Un beso grande!

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  2. Hello!!! me voy a imprimir todo para leerte!!!
    me va fatal leerlo en el ordenata XD
    Muuaks!

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    1. Halagada me tienes, David! Porque la verdad, hoy en día que te lean en papel es muy complicado, y te lo digo sin ninguna broma. Así que espero que disfrutes, ya te he dicho que tiene algunos años (bastantes) y que es algo infantil, pero me apetecía sacarlo, ¿por qué no? No todo van a ser Cármenes y Claras, jajajaja

      Gracias!!!! Y besos, of course.

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