Cambios



Foto: Dejando lo paranormal para el jueves... Cambios, ¡y vaya cambios!


Post 1

El sol entraba a raudales por la ventana. Era imposible no darse cuenta, no echó las persianas la noche anterior. Eso era porque contorsionando un poco el cuerpo, podía llegar a observar algunas estrellas desde su cama; cómo envidiaba esas habitaciones de hotel que, desde las fotografías de las revistas, mostraban unas camas enormes con una visión no solo del cielo, sino también del mar.

Si el sol entraba de esa forma tan violenta, tan rotunda, seguramente era ya muy tarde, demasiado como para poner un mensaje al trabajo y decir que estaba enferma. Podría decir que había sufrido un secuestro exprés, que la habían retenido durante 24 horas y la habían dejado ir cuando se habían dado cuenta de que no tenía nada en su poder. Ni siquiera ese pisito de 30 metros cuadrados, propiedad de un primo suyo que se lo dejaba por un alquiler abusivo por encontrarse cerca (que no "en") del centro.

Bah, tampoco es que le importara mucho perder el trabajo. Había decidido, en el segundo uno del año, cuando intentaba asimilar las doce uvas que se amontonaban en su boca, dar un cambio radical en su vida. Lo malo de esos cambios radicales es que se necesita dinero para hacerlos, por mucho que parezca que no, por muy idílicas que parezcan esas huidas a la India, ¿cómo demonios iba a juntar el dinero tan solo del billete de avión? No tenía sentido. Había pensado en hacer un cambio más asequible, de esos de los que solo te das cuenta tú y que son un logro en tu existencia. Aún no sabía cuál sería, si tendría que ver con su anatomía, su pelo, su vida, su trabajo... Pero la inspiración debía llegar de un momento a otro porque, a lo tonto, había pasado ya más de medio mes de enero.

En esas se encontraba cuando oyó un estruendo fuerte en la puerta de entrada. Más bien escuchó cómo la puerta se abría violentamente, haciendo saltar la endeble cerradura que la protegía del mundo exterior. No, si al final lo del secuestro exprés iba a ser cierto. Pasos apresurados, ventanas abriéndose y un bombero que entraba en su habitación antes si quiera que le diera tiempo a taparse. Cerca de su armario, ese armario de IKEA que su primo se había negado a pagar a pesar de que debía hacerlo, intentaba gritar qué pasaba allí, pero nada, nadie la miraba, nadie le contestaba. Entonces se vio, a ella, tendida en la cama, contorsionada, alargando el cuello para llegar al cuadradito de ventana que le permitía ver el cielo.

Menudo cambio, desde luego ella sola se daba cuenta de él: ahora a ver cómo deshacía ese desaguisado.


Post 2

"¡Clara, Clara!". Dios, mi hermano entrando junto con los bomberos. "Alguien la ha matado, ¡mirad qué postura!". Siempre tan tremendista. Menos mal que le obligan a marcharse inmediatamente.

No hacen más que hablar del gas y de que afortunadamente no ha pasado una tragedia mayor. ¿No hay tragedia mayor que morirse? Sé que se refieren a una explosión que se hubiera llevado por delante a un montón de vecinos que ni conozco ni han querido conocerme, pero ¿qué hay de mí? Estoy tan confundida, ¿qué se supone que tengo que hacer ahora?

¿Y la luz? ¿Y el camino? ¿Y el túnel? Por Dios, ¿dónde está mi túnel? No lo entiendo. Me han echado una sábana por encima y no sé qué se supone que debo hacer ahora. Estoy sentada en la butaca observando: gente que viene y va; esos vecinos que han estado a punto de morir conmigo agolpándose en la puerta del piso, puedo oír sus voces; mis padres que lloran en el salón, no los han dejado entrar; mi tía diciendo que nunca debí independizarme tan pronto, tengo 32 años, no sé para cuándo quería que lo dejara; y mi hermano se afana en hablar por teléfono lo suficientemente alto como para que lo escuche el edificio entero. Todos esperan al juez para que levante mi cadáver y por lo visto ha sido una noche movidita, así que no se le espera temprano. Eso me da algo de tiempo para intentar solucionar este marrón.

Aunque me dé vergüenza admitirlo, he intentado eso de colocarme sobre mí misma en la misma postura. No ha pasado nada, no es que esperara revivir, pero quizá sí desaparecer o ascender o descender... O cualquier cosa que no fuera estar entre los vivos y que nadie sea capaz de verme porque soy, soy... soy ¿un espíritu? He rezado, he hablado con Dios, con el Dios que conozco, con el que he crecido y al que hace tiempo no presto atención, intentando ablandarle un poco el corazón con mi desesperada situación, pero nada. He salido de la habitación y abrazado virtualmente a mi madre, está desconsolada, ¿por qué no se la llevan ya? Mi padre intenta levantarla y ella se deja hacer, entonces, cuando abre su bolso para coger un pañuelito de papel, salto dentro de él y me voy con ella a tomar esa tila que sé que no le hará nada.


Post 3

Meterse en el bolso de su madre fue la mejor de las ideas que pudo haber tenido. Allí dentro encajó perfectamente, se sentía como en casa: olía a su madre, todas las cosas que tenía alrededor desprendían una familiaridad difícil de obtener en cualquier otro lugar y tenía a mano el eterno "Cuaderno de todas las cosas". 

Ese cuaderno había acompañado a su madre desde que Clara tenía uso de razón. Bueno, no fue siempre el mismo porque sus páginas llegado un punto se agotaban, pero siempre eran iguales. No sabía dónde los conseguía y quería continuar sin saberlo porque hay cosas que mejor no conocer para hacer que se mantenga la magia. En ese bloc de notas su madre apuntaba desde una comparativa de precios de productos en diferentes supermercados hasta una frase hecha que había escuchado en la sala de espera del médico; títulos de libros que nunca leería, nombres de contactos (hijas de amigas de amigas que podían echarle, quizá, una mano en esto del trabajo); números de teléfono de peluquerías o ideas geniales de negocios inviables. Así era ella.

Allí dentro se dio cuenta de que lo mucho que se parecía a su madre. Todo lo que veía era un fiel reflejo de lo que ella misma llevaba en su bolso: las tiritas sueltas y pegadas por el forro, el regaliz empezado, la gamuza para las gafas fuera de su funda... Hay que ver lo que eran los genes. Hacía poco había escuchado a su madre en su propia voz al reprender a uno de sus sobrinos. Se sintió tan extraña que no volvió a dirigirle la palabra al crío en toda la tarde. Tal vez no estuviera tan mal eso de parecerse a su madre después de todo.

En esas estaba, reflexionando de todo un poco, haciéndose la intensa e intentando echar de menos el mundo terrenal porque eso es lo que se supone que debía hacer, cuando el bamboleo cesó de repente y sintió un fuerte tirón que la empujó hacia fuera.  ¿Sería eso la muerte? ¿Por qué se había retrasado? ¿También había fallos de horarios a este otro lado? Nada se escapaba a las negligencias, qué barbaridad. 


Post 4

¿Os habéis imaginado alguna vez cómo puedes sentirte si eres absorbido por una aspiradora? Así me sentí yo: absorbida sin compasión, en una espiral de aire y tiempo que me dejó pegada a la puerta de casa.

Observé cómo mis padres bajaban por las escaleras en busca de su tila. Acompañados de mi tía, que sujetaba fuertemente a mi madre por el brazo derecho (habría que recordarle que ese es el brazo chungo de mamá). Bajaban las escaleras bajo la atenta mirada de los pocos vecinos que se resistían a abandonar el patio de luces. Había disminuido el número, pero en las caras de los que quedaban se podía percibir el morbo del que está a punto de ver un cadáver por primera vez. Mi cadáver. Carroñeros de mierda. (Yo misma me pegué un bofetón en la boca, como hubiera hecho mi madre, pero más flojo, que la echaba de menos pero no como para infligirme dolor innecesariamente).

Se ve, a todas luces, que yo no podía abandonar el escenario del crimen. De eso había película, estoy segura de haberla visto. Pero un momento: ¿no podría salir ya nunca de allí? ¿Tendría que soportar a los nuevos inquilinos que le alquilasen el piso al abusón de mi primo? ¿Quién querría alquilar un piso en el que había muerto una persona? En fin, sin querer meterme en dilemas morales de las futuras personas que viviesen allí, decidí que tenía que hacer algo y rápido. Y ya que meterme en el bolso de mi madre y huir de allí (puestos a disponer de todo el tiempo del mundo, qué menos que poder escoger con quién pasarlo) no había dado resultado, lo mejor sería buscar señales a mi alrededor.

Allí estaba mi hermano. Seguía hablando por teléfono, pero en esta ocasión en voz baja. ¿Quién sería? Yo lo sabía, ¿a que era su novia? Esa novia que siempre me negó que tenía. “No, cari, no puedo ir ahora, ha ocurrido… algo”. ¿Algo? ¿Solo ha ocurrido algo? ¿Qué tipo de relación es esa en la que no puedes decir que tu hermana ha muerto? “No puedo hablar de eso ahora… No, no me encuentro muy bien, te veo esta tarde, ¿vale?”. Pobrecito, me dio pena eso de “no me encuentro muy bien”. Y ahora se pone a llorar, en fin.

En la habitación estaba la Policía. Por lo visto llegarían en ese breve instante de libertad que tuve metida en el bolso de mi madre. Un chico alto, con cara de no haber roto nunca un plato, se paseaba por mi habitación con las manos en los bolsillos. Yo seguía bajo una sábana, menos mal, porque ahora me doy cuenta de que aquello que me dijo mi madre se cumplía: “No duermas en bragas, niña, que no sabes qué puede pasar”, una variante de: “Lleva siempre ropa interior limpia”.

- Entonces, el gas estaba puesto cuando usted llegó. – Le hablaba al bombero buenorro que entró primero en mi habitación y que me vio en bolas nada más llegar. De él, no me importó.
- Sí. Lo hemos apagado, pero había un fuerte olor por toda la casa, pensamos que esa es la causa principal del suceso.
- Eso es lo que usted piensa, ahora vendrán los peritos a atestiguarlo.
- Por supuesto.
- ¿Notó algo raro?
- ¿Algo raro? Bueno, no sé, quizá la postura, es lo que más nos ha desorientado.
- Por Dios, ¿no ve que solo intentaba ver las estrellas por la noche?

Me enamoré ipso facto.


Post 5

¿Puede un fantasma sentir amor? ¿Y enamorarse? No tenía ningún sentido porque lo único que podría provocar semejante situación era dolor, dolor porque no es que tuviera pocas probabilidades de éxito, es que no tenía ninguna.

Hasta ese momento, Clara se había sentido un bicho raro capaz de sorprender a todos cuantos se encontraban a su alrededor con sus extrañas costumbres: le gustaba leer bajo la luz de la luna (vale que no era muy sano hacerlo y solamente lo había hecho una vez dejándose los ojos en ello, pero la experiencia fue de lo más satisfactoria – a pesar del dolor de cabeza que le acarreó luego –); compraba una maceta cada semana, la mimaba durante un mes y luego la regalaba, a quien fuera, a amigos o a desconocidos por la calle porque pensaba que ese gesto significaba mucho más que decir algo; y también se contorsionaba para ver las estrellas desde su habitación para poder decir luego bien alto: “Anoche me dormí viendo las estrellas”. Nadie había entendido el sentido de sus costumbres, nadie hasta que apareció ese policía espigado, con cara de no haber roto un plato y manos en los bolsillos. ¿Por qué no lo conocería antes? ¿Por qué no fue él uno de los afortunados destinatarios de una de sus macetas de la amistad? Seguía teniendo mala suerte incluso después de muerta.

Se le quedó mirando y notó que él hacía lo mismo, sus ojos entre verdes y marrones la traspasaban como si fueran rayos X.

- Hola. - Alcanzó a decir Clara después de que se colocara a escasos milímetros de su nariz.
- ¿No hay nada más que nos tengan que contar? – El policía se volvió de nuevo al bombero buenorro.
- Creo que no.
- Muy bien, puede marcharse, pero déjeme su número por si necesito hablar con usted de nuevo. Y tome, esta es mi tarjeta, por si recuerda algo luego.
- Inspector Arance – leyó el bombero. – De acuerdo, lo tendré en cuenta. – Y se fue dejando a Clara y al inspector Arance solos en la habitación.
- Dime, Clara, dime, ¿de verdad no notaste que el gas estaba abierto?
- El gas está estropeado desde hace un mes y mi primo no ha querido arreglármelo, mira tú por dónde, ahora va a ser él el culpable de esta situación. – Clara le habló como si pudiera escucharla.
- Mmmm… estropeado…
- ¿Cómo? – Clara, que ahora estaba mirando por la ventana cómo los bomberos abandonaban su calle y la gente seguía con su ferviente actividad a pesar del terrible suceso que había sucedido a solo unos metros de ellos, se volvió con tanta energía que la cortina se levantó. ¿El inspector Arance podía escucharla? Y eso de la cortina, ¿qué había sido?


Post 6

Hasta ese momento había vagado por casa, del dormitorio a la sala y vuelta (no había más habitaciones en ese apartamento que bien podría parecer un cuchitril), sin pensar siquiera que alguien pudiera oírme. Pero cuando el inspector Arance, moría por saber su nombre, refirió ese “estropeado” a mí se me cayeron los palos del sombrajo.

El episodio de la cortina me dio aún más seguridad de que yo tenía más poder del que creía y decidí coger el toro por los cuernos. ¿Cómo era eso de que yo no iba a poder salir de ese sitio que me había traído tan mala suerte? Seguí al inspector que ahora se encontraba solo curioseando por mis cosas a cada paso que daba e intenté llamar su atención de mil maneras diferentes, entre ellas, posarme delante de él y mirarlo fijamente, tan fijamente que descubrí que a los fantasmas también nos puede doler la cabeza si hacemos el tonto. Además puedo afirmar que la sensación de que te atraviesen no es nada agradable, muy al contrario, es como si todo tú – todo yo – se expandiera, se separara y se volviera a juntar una vez eres atravesado. Lo hice un par de veces y a la tercera me aparté antes de que me traspasara de nuevo. Pero estaba convencida: el inspector Arance me había escuchado, aunque no de la forma habitual, no con los oídos. ¿Cómo si no había reproducido lo mismo que yo le había dicho segundos antes?

Yo he visto “Ghost”, cómo no, y aunque no la hubiese visto, sé que hay gente que tiene ese poder, esa capacidad de comunicarse con ese otro mundo, ese otro mundo en el que ahora me encuentro yo. Ni he sido espiritual ni he ido con lazos de colores en la cabeza, tampoco he sido de las personas que tienen experiencias extremas, pero creía en esa existencia paralela por el simple hecho de que me resultaba inconcebible que la vida se acabara y ya está. Ahora lo estaba comprobando en mis propias carnes (una forma de hablar más, claro) y tenía que encontrarle sentido a lo que había pasado porque esa existencia paralela no se podía limitar a dejarme pulular por la que fue mi casa en los últimos tiempos, si acaso, me debería dejar recalar en el que fue mi hogar durante más años, la casa de mis padres, el lugar al que seguía considerando eso, hogar. Sin embargo, no me habían dejado volver allí en el bolso de mi madre, hecho de una crueldad infinita para alguien confuso y triste que busca arreglar un desaguisado de tal magnitud.

Pues algo tenía que pasar, algún propósito tenía que tener mi presencia espiritual por estos lares porque si no, no le veía la razón de mi existencia (fantasmal, claro). Igual que hice con el bolso de mi madre, hice con el bolsillo de la chaqueta del inspector Arance: me metí de cabeza como si no hubiera un mañana y empujé con todas mis fuerzas hacia dentro preparándome para vencer el tornado que creía me absorbería en cuanto él cruzase la puerta de casa.


Post 7

Pero no hubo tornado. Viajó cómodamente allí dentro como quien se mece en una cuna. Era muy confortable, tirada sobre un paquete de pañuelos de papel que podía ser más blandito de lo que parecía en su vida anterior. También había alguna pelusilla que se le metía por la nariz y un bolígrafo que se le clavaba en las costillas, pero aparte de eso, todo iba como la seda. Decidió que era hora de salir y echar un ojo cuando pasó tanto tiempo que creía que se habría hecho de noche.

Lo que vio cuando salió del bolsillo de la chaqueta del inspector Arance no era lo que esperaba, no es que esperara algo en particular, pero quizá sí encontrarse en una comisaría llena de ruidos, de gente y de olores (Clara era de las que pensaban que cada lugar tenía un olor y un color determinados y como nunca había estado en una comisaría, su olor y su color solo los podía imaginar). Dio un giro de 360 grados y pudo comprobar que se encontraba en una sala no mucho más grande de la que había sido la sala multiusos de su propio apartamento, ese en el que había muerto hacía menos de veinticuatro horas. Todo estaba oscuro y la televisión puesta, con lo que el único punto de luz de la habitación era ese chisme encendido con la voz tan bajita que no podía adivinar el programa que estaban echando. La chaqueta estaba colgada en un perchero de pared desgastado que no se caía por obra y milagro de un tornillo que aguantaba a duras penas y las bombillas estaban desnudas en el techo, ni rastro de lámparas ni de ningún signo de decoración mínimamente decente. En la mesilla pequeña delante de la tele, los restos de una cena rápida y comprada seguramente en un bar reposaban esperando ser retirados alguno de estos días y al fondo, una puerta se encontraba bloqueada por un butacón viejo y raído de un color indeterminado, difícil de definir por lo estropeado y por la oscuridad. Espera, ¡eso de detrás era una terraza! El butacón impedía la salida a una terraza, ¿qué clase de persona se impide el paso a sí misma a un lujazo como ese? El inspector Arance comenzaba a perder puntos porque ya había supuesto que se encontraba en su casa.

De repente se abrió otra puerta a su espalda y el inspector salió con el pelo mojado y una toalla rodeándole la cintura: “Bien, Daniel, bien, ahora tendrías que llamar a tu madre, pero no, no tienes ganas. Mejor te tumbas en el sofá a ver qué echan por la tele”. Y sin más se espatarró, cogió el mando que sacó del hueco entre los cojines y le dio voz al aparato. De algún sitio en aquella cueva saltó un perro enorme y peludo a los pies de su amo y se puso a ladrar en dirección de Clara: “Tranquilo, Gumer, deja de ladrar o te encierro en la habitación”. Y Clara se quedó petrificada: ¿había dejado el cuchitril de su apartamento para meterse allí? Definitivamente se había ido de Guatemala para llegar a “Guatepeor”, como solía decirle constantemente su hermano. Hasta en el mundo paralelo tenía que llevar razón el “jodío”.


Post 8

Pulular por una vida que no era la mía no me hacía ninguna gracia. Nunca había desarrollado ese morbo por saber de los demás que es tan intrínseco a la naturaleza humana. Y ahora allí estaba, sin otra cosa que hacer que husmear en la vida del inspector Arance, de Daniel.

Daniel hubiera sido mi tipo ideal, pensé, hubiera sido genial habérmelo encontrado un poquitín antes. Y las cosas podían dar muchos giros, pero la vuelta a la vida era algo que no entraba entre mis planes. Prefería seguir muerta con todo lo que ello conllevaba que salir en los periódicos por protagonizar un milagro en el anatómico forense. Y así me encontraba, en compañía de un perro enorme que me olisqueaba a cada paso que daba y perdida, muy perdida.

Por lo poco que había podido ver, Daniel era una persona solitaria, cerrada, triste por alguna razón que desconocía y que tenía una madre preocupada y que él ignoraba una y otra vez a base de no devolverle las llamadas. De esa mujer solo conocía su voz que había escuchado en el contestador más de diez veces en el par de días que llevaba instalada en mi nueva casa.

“Daniel, cariño, llámame de vez en cuando que te echo de menos. Tu hermana ha venido a comer hoy con los niños, están grandísimos. No hacían más que preguntar por su tío el policía. ¡Si los hubieras visto!”. O “Daniel, soy mamá, otro domingo más sin verte. Sé que tienes mucho trabajo, el caso de la chica esta lo llevas tú, ¿verdad? De todas formas, acércate por casa, tengo unas cosas para ti, te las trajo Mara. Un beso.” Y todos los mensajes iban en esa línea, siempre le conminaba a ir a casa por algo: para ver a su hermana, a sus sobrinos, a recoger cosas… Y el resultado siempre era también el mismo: Daniel podía vivir sin ver a nadie y sin esas cosas tan importantes que le había traído esa tal Mara. Solo me di cuenta de que Daniel tenía sangre en las venas y que de verdad había algún sentimiento recorriendo parte de su cuerpo cuando esa noche, tras escuchar ese último mensaje, tras escuchar el nombre de Mara, se puso tenso y una lágrima saltó sin que él pudiese hacer nada por evitarlo de su ojo izquierdo. Del derecho no sé si llegó a salir algo porque solo controlaba ese perfil de él. Tan pronto se repuso, se sentó en su sofá raído y se echó atrás, mirando el techo hasta que cerró los ojos. Y entonces descubrí algo que no sabía que podía hacer: podía saber qué pensaba la gente, como en una película los pensamientos de Daniel aparecieron delante de mí como si estuviese viendo una película en 3D. Y fue brutal.


Post 9

Clara se vio inmersa en un mundo tan real como el que acaba de dejar: los recuerdos de Daniel tomaron forma de un modo vertiginoso, a una velocidad que la mareó y se vio dentro de un coche con Daniel, una chica, un señor mayor y un niño. Por las ventanillas se veían pasar árboles a uno y otro lado y era de noche, una luna blanca y enorme lo culminaba todo vigilando desde lo alto del cielo oscuro. El niño y el anciano reían y charlaban animosamente, se hacían bromas y se buscaban mutuamente; el ambiente de los asientos traseros contrastaba con el silencio tenso que se vivía delante. Daniel conducía con un rictus serio y fijaba su mirada al frente de forma obstinada y la chica miraba por la ventanilla desganada.

- ¿Te parece si cuando lleguemos a la ciudad, nos pasamos por el supermercado? No tenemos nada en la nevera, compraremos unas pizzas para cenar. – La chica se rehízo en el asiento mientras decía esto sin mirar a Daniel.
- ¡Pizza, pizza! – Atrás, el chico saltaba y daba palmas.
- Raúl, no grites. – La chica miró hacia atrás y Clara pudo verle los ojos, había llorado, podría jurar que había estado llorando hasta pocos instantes antes de darse la vuelta.
- Sí, sin problema. – Fue la primera vez que Daniel cambió su gesto en todo el tiempo que llevaba Clara en el coche – ¿Usted quiere que lo llevemos también a algún sitio, Joaquín?
- No, hijo, yo, con que me dejes en mi casa, tengo suficiente.
- Bien, pues dejamos primero a tu padre y luego nos pasamos por el súper.

Y esa fue la última frase que se dijo en el coche. Inmediatamente después una luz imponente lo saturó todo, una fuerza como de otro mundo despidió el coche hacia arriba y todo dio vueltas. Cuando Clara abrió los ojos, Daniel la estaba mirando fijamente desde el sofá, aunque ella ya sabía que no la veía. Él se levantó lentamente, arrastraba levemente una pierna, como si aquello fuera un mal recuerdo de lo que pasó aquella noche. Fue a la cocina y Clara escuchó trasteo de vajilla y cubiertos. Ella no pudo seguirlo. Aunque no había visto lo que había resultado de aquel accidente, sabía que no había sido nada bueno, más bien había sido algo muy malo. En su mente aún retumbaban las risas del niño y del anciano y una nube muy negra que parecía ocupar su cabeza le decía que precisamente eran esas risas las que se habían callado para siempre.

Post 10

Pues yo nunca había pasado por un trago tan amargo como ese. Mi sexto sentido de fantasma, condición que había empezado a asimilar bastante bien tras una semana, me decía que el sufrimiento tuvo que ser tan grande que destruyó la vida de mucha gente, no solo de las personas que iban en ese coche. Y que sus consecuencias aún se dejaban notar. ¿Cuándo había pasado? No lo sabía, pero la sensación era tan fuerte que el accidente de coche podría haber ocurrido ayer mismo. Tampoco había que ser muy lista para saber que Mara era la chica que iba de copiloto.

Daniel volvió al sofá y yo me senté a su lado. Tenía mi expediente a su lado con una etiqueta que decía: “Accidente de gas”. Parece que mi caso ya estaba cerrado, así de sencillo, un escape de gas había truncado mi vida y con una pegatina se terminaba mi existencia. Pero mi papel en la existencia de la gente no, más en concreto, mi papel en la existencia de Daniel no había terminado. Observándolo, pensaba: si no puedo salir de casa con mi madre, pero sí con Daniel, es que es con él con quien debo estar; si una vez en su casa, no soy capaz de salir de aquí, a no ser que me meta en el bolsillo de su chaqueta, es que es con Daniel con quien debo estar; si he visto su sufrimiento, pero no pude ver el sufrimiento de mi madre o de mi padre o incluso de mi hermano, es que es con Daniel con quien debo estar. Y es a Daniel a quien debo ayudar.

¿Pero cómo? Bueno, nadie dijo que iba a ser fácil esto de ser fantasma, tendría que inventarme la forma, descubrir el modo en que yo pudiera actuar para sacar a Daniel del pozo en que había caído. Sacarlo de ese pozo que hacía que se separara de su familia, de Mara y de una vida con sentido. Porque allí sentada, cruzada de piernas, con mi mano tan cerca de su mejilla que podría tocarlo y consolarlo, pude coger una lágrima que caía inagotable y continua y, solo con el dedo, supe que sabía amarga, salada y amarga. Y los fantasmas, señores, los fantasmas también podemos llorar.


Post 11

Clara, resuelta a enderezar su confusa vida de fantasma, se enroló en el bolsillo de la chaqueta de Daniel como si esta fuera un barco con un destino largo e incierto y ella, un polizón. Se decidió que no dejaría a su anfitrión ni a sol ni a sombra. Y así lo hizo.

Desde la abertura de ese bolsillo, pudo observar que las rutinas de Daniel estaban bastante marcadas: después del café en casa y el zumo en el bar de la esquina, se iba directamente a la comisaría y salía solo si era necesario y su trabajo se lo indicaba, lo cual era bastante a menudo. Lo veía vagar de un lado a otro sin mucho humor, sin mucha conversación con la gente que tenía alrededor y con un semblante en el que la risa, la sonrisa o cualquier tipo de gesto amable parecían haber sido desterrados de modo fulminante. Clara también pudo observar que en la mesa de su trabajo, en mitad de un espacio rodeado de más mesas y más policías, unos más simpáticos que otros, reinaba un orden que contrastaba con el caos que dominaba su casa. Allí todo era pulcritud: carpetas de casos bien apiladas en una bandeja de rejilla, tres lápices en un lapicero, un ordenador en el que no había ni una mota de polvo… Una bipolaridad difícil de asimilar y de explicar. ¿Cuál era el verdadero Daniel? ¿El obseso por el orden y la limpieza o el abandonado a la dejadez? Tendría que descubrirlo.

Todavía no sabía cómo iba a poder ella salvar el alma atormentada de aquel policía, pero día a día iba descubriendo, aparte de nuevas cosas sobre su protegido, cosas sobre su nueva situación, que ya no era tan nueva. Había ganado en fortaleza, esa levedad con que se movía por todos sitios al principio había desaparecido. Ahora era capaz de mantenerse en equilibrio y sin pensar mucho en ello en cualquier lugar. Bien es verdad que cualquier intento de salir del bolsillo de la chaqueta de Daniel era respondido con un contundente golpe hacia atrás que se lo prohibía, pero eso no hacía si no confirmarle su objetivo, aún por concretar. También había aprendido a mover cosas, o al menos a hacer físicas sus manos. Coger la lágrima aquel día había sido un comienzo, ahora, si se lo proponía, era capaz de mover monedas, tarjetas, botones, pequeños objetos que esperaba que fueran en aumento con el paso de los días. Clara tenía todo el tiempo del mundo para progresar.

Y mientras eso ocurría, absorbía todo lo posible de la vida de Daniel: gustos, costumbres, familia, amigos, lecturas. En su habitación había descubierto una gran biblioteca, bueno, no como tal, sino en forma de montañas de libros que no caían gracias a estar apoyadas sobre la pared. Daba la sensación de que esos libros habían habitado una estantería en tiempos mejores y que ahora estaban allí, castigados tras una ruptura. De Mara, probablemente. Por fin conoció a su madre una noche que la mujer se cansó de no ver respondidas sus llamadas y los sorprendió a ambos sentados en el sofá viendo una de esas películas antiguas que tanto le gustaban a Daniel y que ella había empezado a cogerles gusto. Y también había tenido oportunidad de coincidir con un amigo, pensaba que el único que podía llamarse así en la vida de Daniel, una tarde que quedó excepcionalmente para tomar un café en una cafetería del centro. Este chico era alto, guapo y educado. Hablaron sosegadamente y se despidieron con la promesa de una próxima quedada que había quedado en eso, en promesa porque no se habían vuelto a ver en más del mes y medio que había pasado desde entonces.


Post 12

Llevaba con Daniel dos meses, dos largos meses, con sus días, sus horas y sus minutos. Y por qué no, con sus segundos. Que yo parecía que desde que era etérea notaba el paso del tiempo hasta en su más mínima expresión. Y estaba empezando a cansarme. Al principio, asomarme a una vida diferente había sido interesante, obviando que a mí nunca me había gustado cotillear, pero a falta de otra actividad, esa era la mejor que se me había presentado. Y la búsqueda de una misión, para qué negarlo, ya estaba empezando a dudar de mi verdadero destino allí, ya estaba pensando que había hecho algo muy malo muy malo en mi vida para que me viera atrapada de aquel modo.

Ocurrió una tarde que volvíamos a casa. Ya me preguntaba dónde me metería cuando el calor que se avecinaba y que de vez en cuando dejaba verse cayera a hierro sobre nosotros. ¿En el bolsillo de la camisa? ¿En el del pantalón? Ninguno sería tan cómodo como el de la chaqueta, pero si no quería convertirme en un fantasma deprimido entre cuatro paredes, tendría que dejarme de remilgos y adaptarme a las nuevas situaciones conforme fueran llegando. Ocurrió una tarde cuando volvíamos a casa, decía, que pasamos por delante de mi floristería. Mi floristería, esa a la que iba yo cada dos semanas a hacerme con una planta que regar, ver crecer y regalar anónimamente a alguien que pasase por la calle. Qué añoranza de estar viva me sobrecogió. Me invadió una nostalgia sobrehumana (yo era sobrehumana) y miré a esa chica que me resultaba tan familiar afanándose en recoger todas las macetas que habían adornado su trozo de calle durante el día con una mezcla de llanto y sonrisa que me hizo saltar de aquel bolsillo y caer sobre un poto. Un poto grande, de un verde intenso, fresco y oloroso. Olía a planta, ese olor a planta que tanto me gustaba.

Y las cosas pasaron sin que me diera apenas cuenta. Como atados por un hilo invisible, en el momento de mi caída (¿o tendría que decir escapada?) del bolsillo, fruto de mi ansia por el recuerdo de lo que había sido mi vida en otros tiempos, Daniel se tropezó hacia atrás delante de la chica que guardaba las macetas. Era un poco ridículo porque, ¿quién se tropieza para atrás? Solo alguien que está unido a un fantasma que huye de su protegido (o protector) y que no sabe por qué ahí, justo en ese lugar de la ciudad, sí se le ha permitido salir del bolsillo de la chaqueta que ha sido su cárcel durante tanto tiempo.


Post 13

La chica dejó caer una maceta que estalló en varios trozos de barro cocido mezclado con tierra y mantillo. No llegó a estampársele en la cabeza a Daniel de puro milagro. O más bien fue el milagro que hizo su fantasma el que lo salvó de tener un traumatismo craneoencefálico seguro.

- ¡Perdona, perdona! – La chica reaccionó tirando la flor azul, lo único que había podido salvar de la maceta, a la montaña de de pequeños escombros que se amontonaba en la acera, junto a la cabeza de Daniel.
- No, perdóname tú a mí, no sé lo que ha pasado. – Daniel se levantaba sacudiéndose los restos de tierra de la chaqueta. – Dime qué te debo por la maceta.
- ¿Cómo? ¡No, por favor!
- Insisto, dime cuánto vale y…
- Mira, si quieres darme dinero, te vas a tener que llevar una maceta. Esta no, por supuesto.
- No, no me entiendes, solo quiero pagarte la maceta que se ha roto. Yo no sirvo para tener plantas y además mi piso es muy oscuro…
- Tiene ventanas, ¿verdad?
- Claro.
- Pues no necesitas más, toma este poto. – Con bastante agilidad, saltó por encima del estropicio y cogió otra maceta, esta vez con un tiesto de plástico.
- Pero…
- Son quince euros.
- Vale. – Daniel no tenía ganas de discutir y menos con una desconocida y por una maceta de la que podría deshacerse en cuanto doblase la esquina. Sacó la cartera y le tendió dos billetes, uno de veinte y otro de diez.
- Bien, veo que no tienes remedio: tienes barra libre para la próxima vez que vengas.
- ¿La próxima?
- ¡Claro! No tardarás mucho en comprarle un tiesto bonito a esta preciosidad. – Mientras decía esto, le acercaba el poto donde Clara descansaba mirando sonriente a uno y a otro. Por fin tendría un sitio mejor en el que dormitar su eterno sueño de fantasma que no fuera aquel raído sofá del piso de Daniel. Y qué mejor sitio que un oloroso poto para maquinar su estrategia en esa misión que empezó a tomar forma en su cabeza.

Así las cosas, Daniel se alejó de la floristería dejando a aquella chica menuda limpiando la acera con una manguera y sacudiéndose, esta vez mentalmente, la sensación de ridículo doble que llevaba encima: una, por caerse de un modo tan estúpido; y dos, por ir por la calle con un poto. Sin embargo, se olvidó de tirarlo en el contenedor que había de camino a su casa.


Post 14

Yo sabía que eso significaba algo. No había podido abandonar el bolsillo de la chaqueta de Daniel en ningún otro sitio y entonces, de repente, puedo saltar y llegar a un poto colocado justo en la floristería que yo frecuentaba en otra vida. O ese poto que llevaba ahora mi protegido en las manos, y en el que yo me balanceaba más feliz que una perdiz, era el objeto de mi misión o esta, la misión, no había hecho más que empezar gracias precisamente a ese poto. ¿Era la vida tan peregrina como para que mi objetivo como fantasma fuese la de Celestina? ¿Era la florista el final del camino para mí? Eso lo tendría que ir descubriendo poco a poco. De momento, ya tenía un hilo del que tirar.

Llegamos a casa Daniel, el poto y yo. Desde el minuto uno noté la incomodidad de Daniel con ese poto entre las manos, pero también noté como no lo tiró al contenedor de basura a sabiendas de que estaba pasando junto a él: no quería tirar el poto. Llegó a casa y, lejos de dejarlo de cualquier modo en cualquier sitio de su mugroso apartamento (admitámoslo, estaba mugroso, no había visto mucha actividad limpiadora en los meses que llevaba conviviendo con él, a Dios gracias que los fantasmas no tenemos el sentido del olfato muy desarrollado), lo llevó junto a la ventana del salón. Y una vez allí, se quedó pensativo en mitad del salón y mirando a su alrededor, y luego hizo lo que yo querría que hubiese hecho desde el principio: retiró el butacón de la entrada a la terraza, abrió la puerta – que chirrió como en las películas de miedo – y sacó el poto al exterior. Y como el ser fantasma venía con un don muy perturbador que me hacía reconocer el interés real con el que se hacían las cosas, supe que lo hacía para que esa planta no se marchitara en la oscuridad del piso y no por perderla de vista.

El perro gigante saltó rápidamente también a la terraza, parece que yo no era la única que echaba de menos algo de aire fresco entre esas cuatro paredes. El animal estaba feliz, iba de un lado a otro de la pequeña estancia mirando entre las rejas de la baranda y sosteniéndose sobre sus dos patas traseras para asomarse a ella. Todo un espectáculo. Olisqueó el poto y me miró a los ojos: “Ni se te ocurra hacerle nada a esta planta, chucho”. Sonrió, porque los perros también sonríen, y me ladró contento dejándome medio sorda del oído izquierdo. Luego volvió dentro volviéndose cada dos por tres para comprobar que la puerta al cielo seguía abierta y que todo aquello no había sido solo un espejismo.

Daniel volvió al poco, ya cambiado de ropa y descalzo, una costumbre suya que no me gustaba nada porque mi madre siempre me había hecho ver que ir descalzo conlleva sus peligros aunque sea en tu casa. Llevaba un vaso grande de agua. ¡Iba a regar el poto! No solo estaba interesado en que la planta sobreviviera sino que se preocupaba de ella desde el principio… ¡Y qué buen principio!


Post 15

No se podía dormir en los laureles. Clara por fin sabía que una de las premisas de su objetivo aún por concretar era salvar ese poto y se estaba concentrando en ello: dejaba caer vasos de agua sobre la maceta, hacía que Sultán (¿aún no había dicho el nombre del perro?) desobedeciera a su dueño e hiciera sus necesidades mayores en la maceta – a falta de abono, buena era la mierda de perro, con perdón – y hacía salir a Daniel de vez en cuando para que le hablara a la planta. Porque todo el mundo sabe que hablarles a las plantas es bueno para que sean felices, mimarlas: crecen más verdes, más fuertes.

Y ahí estaba Daniel, en la terraza de su piso, una terraza que, Clara estaba segura, había pisado más veces en la última semana que en el último año. Le hablaba al poto con naturalidad, con una elocuencia que no gastaba ni con Sultán. ¿Lo malo? Se estaba fumando un cigarrillo. Y eso, además de ser perjudicial para la salud de él, también lo era para la planta. Pero Clara no se iba a poner tiquismiquis: Daniel no solía fumar, solo lo hacía en las ocasiones en las que su ansiedad lo requería. Y aquella noche era una de ellas, había terminado un caso complicado y Daniel era tan bueno en su trabajo que incluso una vez cerrados los casos, tenía que expiar todas las sensaciones que ello le causaba.

Exhalaba el humo blanco del cigarrillo y le decía al poto algo así como: “Cómo he podido clausurar esta terraza durante tanto tiempo”, cuando otro humo diferente empezó a colarse fuera. Daniel lanzó la colilla al vacío y entró en el piso trastabillando. Sultán ladraba y Clara iba de acá para allá como pollo sin cabeza. Las llamas salían de la cocina y tenían que abandonar el piso cuanto antes porque la cosa se había descontrolado en cuestión de segundos. Él cogió al perro por el collar y lo llevó a la puerta de salida, pero cuando iban a salir ambos, algo tiró de Daniel hacia atrás, exactamente igual que cuando se cayó a los pies de aquella florista. Clara gritaba y sabía que no era el crepitar de las llamas lo que le impedía ser escuchada: ”¡El poto!”.

Quince minutos más tarde, los bomberos le decían a un Daniel abatido, en chándal, con un perro saltando alrededor y un poto en las manos que su casa era siniestro total.


Post 16

No había otro sitio al que pudiéramos ir que no fuera la casa de Daniel, quiero decir la casa de los padres de Daniel. Me apetecía muchísimo conocer ese sitio, quizá ahí pudiera comprender más cosas sobre lo que realmente pasaba en la vida de mi protegido y de ese modo pudiera actuar más en consecuencia. De todas formas, estaba orgullosa y feliz de que el salvamento in extremis del poto hubiera sido un éxito. Todo podría haber acabado como el rosario de la Aurora, hasta el bombero se echó las manos a la cabeza cuando vio aparecer al bueno de Daniel con el poto, con la cara negra y tosiendo como quien en lugar de pulmones tiene bolsas de plástico.

En ese momento, más bien instantes antes, cuando intentábamos llegar a la terraza para coger la planta evitando las llamaradas y tapándonos la boca para evitar en lo posible el humo (a mí no me afectaba, pero reconozco que aún me duran algunos comportamientos humanos), se me ocurrió que a lo mejor lo que pasaba es que Daniel debía morir allí mismo. Ya, ya, ya lo sé, no me juzguéis mal: ¿quién me decía que ese no era el objetivo? Uno muy feo pero válido al fin y al cabo. Sin embargo, al alcanzar la calle con un ataque de tos que acabaría por limpiar completamente los pulmones  de Daniel, vi que no, que su destino más inmediato no era morir en un incendio. Pero sí, el poto debía vivir a toda costa.

Desde el móvil de uno de esos vecinos a los que Daniel no conocía, pudo avisar a su madre de que iba esa noche a dormir a casa. Ya me imagino el tono de sorpresa de la pobre mujer, acostumbrada como estaba a que su hijo no le devolviera las llamadas. “No, mamá, no ha pasado nada. Nos vemos en media hora”. Y colgó dándole las gracias al hombre mayor que lo miraba de hito en hito intentando descifrar alguna información más en la cara del dueño del piso incendiado. Ya lo veía yo hablar con los demás vecinos: “Sí, me pidió el móvil para llamar a alguien, no sé a quién, creo que a su madre. Pobre, no quiso decirle el porqué de la llamada para no asustarla”, cuando en realidad lo que quería Daniel era devolver ese teléfono lo antes posible y salir corriendo de allí. Ya valoraría todos los daños luego.

De ese modo, la estampa se volvió a repetir un poco más tarde: Daniel, con Sultán saltando a su alrededor y un poto en la mano, ante una sorprendida madre que abre la puerta y da un grito de susto al ver la cara negra de su hijo. Todo un cuadro.


Post 17

La madre abrazó a Daniel con efusividad. ¿Cuánto hacía que no se veían? ¿Dos, tres meses? ¿Más? Solo cuando la mujer pudo reprimir las lágrimas, se separó de él y reparó en lo que realmente había pasado.

- Pero, Daniel, hijo, ¿qué ha pasado? ¿Por qué estás negro?
- Se ha incendiado mi piso.
- ¿Cómo?
- Sí, no sé cómo ha pasado, habrá sido alguna colilla mal apagada, o… no sé, la verdad que no lo sé, mamá, ¿puedo pasar y ducharme?
- ¡Claro! Pero qué tonta, ¡pasa! – Daniel le dejó el poto en las manos y entró cansado y con familiaridad en un lugar en el que, por mucho que le costara reconocer, se sentía muy cómodo.

La casa estaba igual que la última vez que la visitó Daniel, pero Clara aún no la había visto así que para ella todo era nuevo. Era bastante reconfortante entrar en un lugar así después de vivir en un piso cuchitril como en el que había estado viviendo no solo en los últimos meses como fantasma, sino en los últimos años cuando estaba vivita y coleando. La luz de las farolas se filtraba a través de las cortinas echadas y dentro solo estaba encendida una luz pequeña: la madre de Daniel estaba leyendo, su libro descansaba sobra la mesilla. Clara decidió enseguida que esa mujer le caía bien. Se acercó a la mesa y vio el título: “La mujer del viajero en el tiempo”, sí, esa mujer le iba a gustar muchísimo. Ese libro era su preferido, lo había leído mil veces, se lo había llevado de viaje solo por el placer de hacer más hogareña la habitación de un hotel. Y entonces descubrió algo más sobre sus habilidades: tal era su emoción que se metió entre las páginas del libro y las recorrió como una niña pequeña, riendo y saltando, iba de un lugar a otro leyendo párrafos que podría recitar de memoria, viajaba por esas páginas como si viajara en el tiempo, igual que el protagonista. Hasta que un ruido fuerte llamó la atención de Daniel y su madre que se habían entretenido a la entrada de la sala hablando sobre el incendio: el libro se había caído al suelo, a pesar de que estaba bien colocado sobre la mesa.


Daniel se fue a la ducha y su madre - ¿cómo se llamaría? – fue a la cocina a preparar algo de cena. Ninguno de los dos vio nada raro en la caída del libro. Lo que Clara sí vio claro es que Sultán, el poto y la madre de Daniel eran elementos imprescindibles para su objetivo que ya estaba comenzando a vislumbrar en su cabeza de fantasma.

Post 18

El objetivo es el siguiente: Daniel debe encontrar de nuevo el amor. Y no, no es que yo me haya convertido en una Celestina etérea que necesite desplegar su poder en el mundo terrenal, es que viendo, escuchando y viviendo en casa de la madre de Daniel – que por cierto se llama Celia, un nombre maravilloso – he descubierto lo que esa parte oscura de la mente de su hijo siempre me ocultaba y que aquella vez que viví un recuerdo suyo casi me desvela: Mara era su novia, el niño y el hombre mayor que viajaban en el asiento trasero del coche eran el hijo y el padre de ella y cuando tuvieron el accidente, las risas se apagaron por los motivos que todos podemos imaginar y que a mí me cuesta tanto escribir. La relación entre Mara y Daniel ya no podía ser más, ya no. Y Daniel ya nunca fue el mismo. Yo tampoco lo hubiera sido.

¿Que  por qué es el amor la solución? Porque nadie puede vivir solo. Y hay quien me dirá que se puede vivir acompañado de muy diferentes formas, que no tiene que haber amor de esas características de por medio, pero con las piezas que el destino me ha ido dando, esta es la casa que yo me he montado:

- Objetivo: la florista. Sí, me encanta. Me gustaba antes cuando estaba viva y ahora que no lo estoy, la adoro. Esa forma de mirar a Daniel, de mimarlo, de insistirle para que se llevase el poto. Estoy segura de que sabía que él necesitaba hacerse cargo de algo y mantenerlo vivo para mantenerse vivo él mismo. ¡Qué psicología!

- Herramientas: el poto, el eje sobre el que gira todo el plan. Quién le iba a decir a Daniel que se iba a tomar tan en serio la supervivencia de esta planta verde y hermosa que esa chica le puso en las manos. Yo no. Luego, a medida que iba descubriendo el plan que el destino le tenía deparado, reconozco que algo hice para conservar vivo ese sentimiento de responsabilidad.
Sultán, el perro, nuestro perro. Ya lo considero mío, es tan entrañable. Un perro siempre es una buena baza para montar escenitas pintorescas y hasta ridículas.
Celia, su madre. Con ese nombre, podría llevarla al fin del mundo, aunque en realidad es porque una madre puede actuar en beneficio de su hijo sin saber incluso que lo está haciendo. Así de misteriosos son los lazos que unen a un hijo con su madre.
Y yo, que fui encomendada a este plan y que se me ha revelado cuando poco a poco se me han ido revelando muchas más capacidades que seguro me van a servir a la hora de llevarlo a cabo.

No puedo estar más feliz porque no solo seguimos viviendo en casa de Celia, sino porque ya sé lo que tengo que hacer. Y feliz a pesar de mis circunstancias, cuando descubro cada día que pasa que Daniel hubiera sido mi chico ideal y que un fantasma también puede enamorarse y sufrir por amor sin tener un corazón que lata en el estricto sentido de la palabra.


Post 19

Es difícil hacer encajar las piezas por muy claras que las tengas y Clara se imaginaba haciendo malabarismos con todas ellas o haciendo un puzle de esos de cinco mil que jamás pudo ni quiso intentar hacer.

La estancia en casa de Celia no podía ser más gratificante. Ahora que tenía la certeza de su objetivo, ya no se iba tanto en el bolsillo de Daniel como lo hacía antes – en gran medida también porque con el calor que últimamente los estaba castigando, llevársela sería de locos e ir en el bolsillo de los pantalones se le antojaba un poco subido de tono –. Así que podía disfrutar de aquellas habitaciones y de los libros, que la mujer almacenaba por todos los rincones. Incluso se sintió dichosa al jugar con los ruidosos sobrinos de Daniel que se presentaron “por sorpresa” un día que su hermana se dejó caer por allí como quien no quiere la cosa. Solo Clara conocía la llamada telefónica que por la mañana ideó ese plan. Celia era genial. Y genial era el pequeño Andrés, de unos cinco años, que se le quedó mirando muy fijamente a Clara a los ojos y le respondió sonriendo y un ok cuando ésta última se llevó el dedo índice a los labios implorando que no la descubriera. Como si el resto de la familia fuera a creerse que había visto algo.

Así las cosas, tenía que empezar a actuar ya: bastó un meneo de su etéreo culo y una sonrisa maliciosa para que el poto se cayera del alféizar de la ventana al patio y un Sultán tan bien adiestrado que, bajo la atenta mirada de Clara, amenazara a ladridos con destruir la pobre planta para que el plan comenzara a rodar.

- Daniel, hijo, sabes que no me gusta meterme en nada, pero ¿no estaría bien que le compraras un tiesto nuevo al poto? ¡Sultán, aparta, por favor! – Celia se agachaba a recoger el desaguisado: había tierra negra por todo el patio y la pobre planta de debatía entre salir del tiesto de plástico en el que fue vendida o continuar allí prisionera. – Además, este tiesto… este tiesto está algo chamuscado.
- Normal, salvé la planta de un incendio, algo tenía que pasarle. – Daniel la observaba desde la ventana, dentro de la cocina, fumándose un cigarrillo.
- Qué poco me gusta que fumes en casa, ya lo sabes. Seguramente fue eso lo que provocó el incendio.
- Imposible, yo estaba en la terraza.
- Dijiste que sería una colilla mal apagada lo que provocó el incendio.
- Bueno, el seguro no está tan convencido, están investigando.
- Tú y yo sabemos que cada vez estás fumando más, no me lo niegues.
- Vale, mamá, mañana mismo iré a esa floristería a por un tiesto de cerámica, ¿contenta?
- Mucho, aunque más lo estaría si dejaras de fumar.
- Sí, claro, dejar de fumar. – Y se volvió hacia dentro de la casa no sin antes apagar el cigarro, al que aún le quedaban un buen número de caladas, con el agua del fregadero.

La sonrisa de Celia, la madre de Daniel, y de Clara eran exactamente iguales en ese momento. 


Post 20

La trampa estaba hecha y yo ardía en deseos de que terminara de suceder todo lo que tenía en mente. No hay nada como ilusionarse con la vida de los demás cuando la tuya ha dejado de tener actividad, una lástima hacerlo, pero la realidad era así y yo no era quién para cuestionarla. Así las cosas: podía dejar ir a Daniel a la tienda solo o acompañado.

Si iba solo, puede que la cosa no fuera a mayores: no más de diez minutos para comprar una maceta para el poto y asunto acabado. Sin embargo, si iba con Celia, la cosa podía extenderse en lo que a tiempo se refería y ese era el objetivo, aunque ligar con la madre del chico observando (daba por supuesto que quien flirtearía sería ella, Daniel no se daría cuenta de nada) no fuera la más ideal de las circunstancias.

Haciendo uso de mi nueva capacidad adquirida, hablé largo y tendido del horno repostero que había junto a la floristería. Cómo me acordaba yo de esas milhojas rosas, pasteles San Marcos y selvas negras; los dulces de nata, bollos de leche y cruasanes; del pan recién hecho y las ragañás caseras… “Un verdadero paraíso para el paladar”, dijo Celia en voz alta, yo me había pasado en la puesta en práctica de mis nuevas habilidades.

Cogió el bolso, las gafas de sol y a Sultán y salió alegremente de casa a pesar de que eran las dos de la tarde de una calurosa tarde de verano.

- ¡Mamá!
- ¡Hola, Daniel, hijo! ¿Qué haces aquí?
- ¿Yo? ¿Qué haces tú aquí? – Sultán saltó hacia su amo dándole un abrazo digno de un gigante y no de un perro.
- He venido a comprar pan recién hecho. – Celia sonreía angelical tirando de la correa del Sultán.
- ¿Tan lejos de casa? – Y Daniel la miraba de hito en hito mientras yo sonreía traviesa detrás de Celia mientras le susurraba al oído.
- Es que me han hablado muy bien de esta panadería, hijo, no podía dejar de probar. ¿Y tú?
- ¡A comprar el tiesto para el poto! – señaló la floristería como si fuera la cosa más normal del mundo.
- ¡Ay, qué casualidad! Venga, que te acompaño. – Y dejó al perro atado a la entrada del local que se presentaba ante ellos y ante mí como otro paraíso, pero esta vez de flores y plantas que recorrían suelo, paredes y estanterías.


Solo así, siendo fantasma, es cómo percibo la sorpresa y la emoción más genuinas en las personas, creo. A la florista se le iluminó la cara con una enorme sonrisa al ver entrar a Daniel en su tienda, como si lo hubiera estado esperando desde el mismo día en que lo conoció.

Y a mí se me apagó un poquito mi luz.


Post 21

- ¡Hola! Sabía que volverías. – La florista salió de detrás del mostrador. – Ya estaba cerrando la caja de hoy, pero por ti esperaré un poco.

Daniel se asombró de la tremenda confianza con que lo trataba aquella extraña. O quizá era que estaba tan poco acostumbrado a las relaciones sociales que confundía amabilidad con pesadez. Y eso era precisamente lo que Clara no quería que Daniel pensara de… de… ¿Cómo diablos se llamaba aquella chica? Tanto tiempo yendo a la misma floristería y resulta que nunca había sabido su nombre.

- Qué chica tan agradable. – Cortó Celia a su hijo cuando este estaba, seguramente, a punto de soltar una inconveniencia.
- Si venimos en mal momento, podemos volver otro día. – Clara podía leer un NUNCA en letras mayúsculas en el centro de los pensamientos de Daniel.
- En absoluto. ¿Qué ha pasado? ¿Te ha enamorado tanto el poto que vienes a por otro? – Y Celia se carcajeó tanto como Clara, que aún seguía junto a su oreja pasándoselo bomba.
- Mamá, ¿estás bien? ¿Has tomado algo?
- No, hijo, no sé por qué lo dices. –Y se volvió a la joven que los miraba curiosa. – Venimos a por un tiesto para el poto.
- ¡Lo sabía! Sabía que le ibas a coger cariño y que querrías tenerlo bonito.
- Ay, no, hija, no. – Daniel estaba espeluznado. Normalmente su madre era un ejemplo de discreción y prudencia y allí estaba ahora, reconvertida en cotorra. No daba crédito. – El piso de mi hijo se incendió. – Ella dio un respingo. – Nada, no te preocupes, él está perfectamente, pero el poto… El tiesto de plástico en el que venía está algo chamuscado.
- Claro, claro, entiendo. Un momento.

La chica desapareció en la trastienda, hizo algo de ruido y al poco apareció con una maceta de barro cocido lo suficientemente grande como para albergar dos potos.

- A ver, os explico: el poto va a crecer y no quiero daros un tiesto que se os quede pequeño a las primeras de cambio, sobre todo porque, y esto os va a gustar… - miraba cómplice a ambos, madre e hijo, aunque sabía que el segundo no tendría el menor interés en lo que iba  a decir a continuación. Aún así, le divertía. – Este tiesto es para que lo pintéis vosotros mismos. – Celia esbozó una sonrisa amplia y Daniel puso los ojos en blanco sin ningún tipo de reparo en que la chica se diera cuenta.
- ¿No tienes algo más normal?
- ¡No, hijo! Es fantástico.
- Mamá, si a ti nunca te ha gustado pintar.
- Nunca es tarde para empezar. ¿Tú qué piensas?
- Que estoy con usted. – Desde luego se estaba divirtiendo de lo lindo. – Además, la maceta tiene unas líneas muy actuales y el pack viene con pintura y un folleto lleno de ideas.

Celia miraba a su hijo extasiada. Daniel se propuso, y esto Clara lo vio con nitidez, buscar piso lo antes posible, aunque eso supusiera dejarse el suelo entre pagar las reformas en su apartamento chamuscado y pagar otro alquiler. Y a ese piso nuevo no iría el poto, podía jurarlo.

Cuando él empezó a coger la cartera, la chica le paró en seco:

- Ni lo intentes, recuerda que tienes barra libre.
- Seguramente ese tiesto vale más de 15 euros.
- Seguramente, pero no te lo voy a coger y esta vez soy yo la que se planta. – Daniel la observaba midiendo las consecuencias de insistir y pagarle. No estaba muy ducho en las convenciones sociales, pero tampoco quería ser un mal educado.
- ¡Estupendo! – Fue Celia quien encaminó la situación. – Pues te invito a cenar.
- ¿Qué? – Daniel no daba crédito.
- Que la invitamos a cenar, esta noche, no puedes decir que no. Te traes el tiesto con las pinturas, me enseñas cómo va todo y yo hago una de mis pizzas caseras.
- Eh… - La chica no sabía qué decir, aquello había llegado más lejos de lo que ella había calculado.
- Ya te lo he dicho: no puedes decir que no. Espera. – Cogió un bolígrafo y un papel de su bolso y apuntó su dirección. – Aquí tienes. Te espero sobre las nueve y media…
- Amelia.
- ¡Amelia, qué nombre tan bonito! Estupendo.

Una vez fuera del local, habiendo dejado a Amelia temblando como un flan sentada sobre la butaca de detrás del mostrador, Daniel y su madre iban discutiendo calle abajo.

- Mamá, no puedo creer que hayas invitado a cenar a una desconocida a casa.
- Ni yo, hijo, ni yo.
- ¿Entonces?
- No sé, pero me ha dado muy buenas vibraciones.

Y se fueron sin comprar nada en la panadería de al lado.


Post 22.

¿Está bien bailar de alegría cuando alguien se encuentra tan desesperado? Así era la situación. Daniel aún intentaba encajar que esa noche tendría una inesperada, y molesta para qué negarlo, visita en casa y yo lo seguía correteando por toda la casa intentando cambiar algo su actitud. Pero si bien a Celia era bastante fácil influirla, a Daniel era tan complicado que por momentos me daban ganas de tirar la toalla. Al menos sabía que su educación lo perdería y no tendría que sufrir unas consecuencias muy devastadoras, me caía bien la chica, me caía bien Amelia y no quería que aquello que yo había provocado le afectara demasiado. Solo quería que le afectara lo justo, vamos, que se enamorara de Daniel y Daniel de ella. Sí, era posible, debía serlo.

Y Amelia fue más que puntual, se adelantó incluso cinco minutos.

- ¡Yo voy! – Gritó Celia saliendo aprisa de la cocina, desde la que se escapaba un aroma delicioso a tomate y orégano.
- Ya, yo no iba a ir.
- Daniel, por favor, cambia esa cara. Ya está hecho y no vamos a darle una mala impresión a la chica. – Su hijo le contestó con un gruñido. - ¡Y no gruñas!

Amelia entró sonriente en la sala de estar cargada con un paquete, sin duda era la maceta y las pinturas para decorarla, y una botella de vino.

- ¿Os gusta el vino? Espero que este sí, el chico de la tienda le tiene mucha fe.
- Hola, sí, claro, trae que meto la botella en el congelador. – Daniel parecía que iba a desplegar todo su encanto porque dejó asomar en su boca una media sonrisa de la que hasta su madre se sintió sorprendida.
- Amelia, querida, vamos al patio, ¿te parece? He preparado allí la mesa.
- ¡Oh, genial! Un patio, el sueño de todos, ¿no?
- ¿No tienes patio, querida?
- En mi piso de treinta metros creo que no tengo espacio para ello. – Y soltó una carcajada tan limpia, tan sincera, que Daniel no tuvo otro remedio que levantar su vista del congelador donde estaba guardando el vino y reparar un poco más detalladamente en Amelia.

Amelia era joven, pero no tanto como para que se notara mucho la diferencia entre ambos. Era menuda y vivaracha, con un pelo largo que recogía siempre (las dos ocasiones en que la había visto en la floristería) en una cola alta; esa noche lo llevaba recogido también, sí, pero en un moño bajo y despeinado que le confería una imagen dulce y espontánea de la que era difícil mantenerse indiferente. Yo podría decir que no es amor si tienes a un fantasma detrás cantándote las bondades de una persona, pero que él levantara los ojos hacia ella después de escuchar su risa fue totalmente ajeno a mí. Digamos que yo solamente iba a regar lo que ellos mismos sembraron el mismo día en que Daniel se cayó delante de ella en la floristería. ¿Qué se cayó por mi culpa (o gracias a mí? Eso no tenía nada que ver.


Post 23.

Amelia era consciente de lo extraña de la situación, ¿cuándo había ella aceptado una invitación de unos desconocidos? Nunca. Y es que tampoco nunca le había pasado, así que era como estar haciendo las reglas en aquel mismo momento. Daniel le había gustado, le había llamado la atención su expresión perdida y huraña, sus ojos huidizos, su pelo revuelto y su chaqueta que le quedaba demasiado grande aquel día en que se cayó delante de ella. ¿Qué su madre había querido hacer de Celestina? No iba a ser ella quien le aguara la fiesta. Había vivido poco, pero lo suficiente para saber que mejor arrepentirse de lo que nunca has hecho.

Y la noche fue pasando rápida, para sorpresa de todos, de Daniel incluido. Escuchar hablar a aquella chica era tan refrescante, oír su risa intercalada cada par de frases, observar cómo atendía cada palabra de él o su madre con una intensa mirada de concentración y un adorable ceño fruncido. Adorable para Daniel, del que Clara se había alejado hacía ya rato y lo observaba sentada en el poto con ojos alegres y tristes a la vez, si eso era posible.

- ¿La floristería? – Amelia miraba a Celia con satisfacción. – La floristería fue el negocio de mi madre durante veinte años. Luego lo cerró y yo lo volví a abrir hace un par de años. Y me encanta.
- ¿El local es tuyo? – Era Daniel quien le había preguntado en esta ocasión, como no podía ser de otra forma.
- Sí. Y el pequeño piso de encima también. Es la herencia que recibí de ella cuando murió.
- ¡Oh, lo siento!
- Gracias. Fue hace bastante tiempo, nunca estará superado pero sí aceptado.
- Aceptado. – Daniel hablaba para sí mismo.
- Sí, Daniel, aceptado.

Se hizo un silencio que Amelia no supo interpretar y que no rompió por miedo a parecer inoportuno. A partir de ahí, supo que la noche había terminado, declinó la invitación de Celia para quedarse a tomar una copa con la excusa de tener que abrir temprano la floristería y Daniel también se volvió a cerrar en sí mismo dejando un raro sabor de boca a una velada que había sido perfecta en todos los sentidos, una velada de la que sorprendentemente había disfrutado. 


Post 24.

El sol había salido hacía rato y yo jugaba con los rayos que se colaban en el patio. Todavía quedaban los restos de la cena de la noche anterior. Celia y Daniel se fueron a dormir sin terminar de recoger la mesa, solo estaban en la cocina las copas y los platos que Amelia se había empeñado en llevar antes de marcharse.

- ¡Mira las hormigas! – Celia espantaba las hormigas como podía de encima de la mesa.
- Bueno, mamá, normal, ya sabes que siempre pasa igual.
- Te dije que tendríamos que haber recogido, te lo dije.
- No seas gruñona, un día es un día. – Daniel estaba de mejor humor del que esperaba Celia a tenor de cómo acabó la velada y preparaba la manguera para regar.
- Oye, no me has dicho nada.
- Nada de qué.
- No te hagas el tonto, no me has dicho nada de Amelia.
- Una chica muy agradable.
- Y guapísima.
- Sí, tienes razón, es muy guapa.
- ¿Entonces?
- ¿Entonces? A veces creo que lo haces queriendo, hijo. ¿No vas a hacer nada?
- Si supieras lo poco que me gusta que te hagas la Celestina conmigo…
- No me hago la Celestina, pero…
- Mamá, mañana me voy.
- ¿Cómo?

Daniel se iba de casa de su madre. Yo lo sabía, pero no quería terminar de creérmelo porque confiaba en el poder de persuasión de Celia. No sirvió de nada.

- ¡Pero  si tu piso todavía no está listo!
- Me voy de alquiler, he hablado con el seguro y me van a pagar parte del mes. Necesito independencia.
- No creo que yo te quite demasiado espacio.
- Sabes que no es por eso.

Yo sabía que no era por Celia, que no era por aquella casa maravillosa de la que tendría que despedirme en breve. Yo sabía que Daniel seguía martirizándose por el accidente y que necesitaba seguir fustigándose con la soledad, con la tristeza de volver a un piso vacío y sin vida. Sin embargo, había adivinado algo de bienestar y felicidad anoche, un halo de viento fresco que había despejado sus pensamientos, una brisa que venía de un lugar muy concreto, de una persona muy concreta: Amelia.


Post 25.

Ese piso de alquiler era de todo menos personal. Clara no había visto ni estado en un lugar más aséptico en su vida. Y es que se notaba que ese piso era un lugar de paso del que los del seguro se valían en situaciones como esta, aunque no estaba tan segura de que hubiera tantos incendios como para que necesitaran de un lugar como ese. ¿Sería el nidito de amor de algún jefecillo? ¿El picadero? Mejor ni pensarlo. Clara pudo influir lo suficiente en la mente de Daniel como para que se llevase un par de mudas de cama de casa de su madre, no era ser melindres, era ser precavido.

Su ubicación tampoco es que le viniera de perlas a Daniel, tenía que coger dos autobuses hasta llegar a la comisaría, pero era lo que había y su fantasma tuvo que aclimatarse a un tercer hogar, por llamarlo de algún modo, en un muy corto espacio de tiempo. Si se ponía a pensarlo, echaba de menos incluso el primer cuchitril. Y Sultán tampoco estaba cómodo, corría de una habitación a otra buscando su sitio y cuando se sentía exhausto, se tiraba despatarrado donde le pillara, con los ojos entornados y con un pensamiento que Clara podía leer perfectamente: no me gusta nada de nada este sitio.

Y Celia se había quedado triste, impotente ante el muro de silencio que su hijo había construido sólidamente a su alrededor y que creía haber empezado a derribar, aunque ahora veía que no había sido más que un espejismo. Lo dejó marchar después de intentar convencerlo durante todo el día, prometiéndole no inmiscuirse más en su vida, disculpándose una y otra vez por haber invitado a aquella chica, que no sabía lo que le había pasado; mientras Daniel le intentaba explicar que ya lo tenía decidido hacía tiempo y que no había nada que hablar.

Pero había una cosa en la que Clara, la omnipresente Clara, ese fantasma que todo lo veía y que no hacía más que jugar con los hilos de la vida de Daniel hasta donde él la dejaba – que no era mucho – no había visto. En el fondo de la maleta de Daniel, bajo aquel maremágnum de ropa metida a toda prisa sin ningún orden ni concierto, estaba el nuevo tiesto de barro cocido que Amelia había llevado hacía un par de noches a casa de su madre junto a la pintura y los pinceles para pintarlo. Sobre el alféizar de la ventana del dormitorio, el poto, verde, radiante, lleno de vida. Justo la vida que le iba a insuflar a su dueño, porque Daniel no sabía que con aquel gesto había empezado a salir de una anterior vida llena de sombras para volver al mundo de los vivos, lleno de todos esos colores con los que iba a pintar el nuevo tiesto de su planta.


Post 26.

Cada día me maravillaba con Daniel: llevaba un par de semanas dedicando veinte minutos cada noche a pintar el tiesto para el poto, que seguía resplandeciente en el alféizar de la ventana de aquella habitación que ya comenzaba a ser algo más familiar para todos. Incluso Sultán había encontrado un rincón en ella para descansar y evadirse del mundo cuando lo necesitaba. Siempre había sido un perro muy especial, demasiado especial; tanto que yo, que después de lo que me había pasado ya podía creer en cualquier cosa, había llegado a pensar que debía tratarse de alguna persona reencarnada en perro.

Cuando Daniel se colocaba delante de la maceta, se quedaba pensativo al menos durante diez minutos y ahí es cuando se volvía más transparente que nunca porque bajaba las defensas de un modo inaudito hasta entonces. Realmente pintar le había reportado una buena válvula de escape para sus demonios: aunque siempre, cada noche, invariablemente venían a su mente las imágenes de aquel accidente; las imágenes de lo que sucedió después; las imágenes de un funeral que me ha hecho llorar día tras día desde que lo veo tan real; las imágenes de una risa infantil que parece no haberse apagado nunca y de una mirada tierna y anciana en unos ojos que parecen no haberse cerrado tampoco aún. Aunque cada noche, como digo, esto fuera así, como un ritual para flagelarse sin piedad, luego se ponía a pintar. Poca cosa, casi nada, como retrasando el momento de acabar su obra, porque nunca había sido su fuerte pintar y simplemente dejaba que la luz que le había transmitido Amelia no se perdiera en su cielo nublado. Pintaba y pensaba en ella, en la sonrisa que le regaló cuando entró en la sala por primera vez, ¿ya hacía dos semanas que habían cenado juntos? ¿Podía ser verdad que esa sonrisa se hubiera quedado tan prendida de su mente? Él, un ejemplo de lo que se suele llamar “mantenerse al margen”, “espantar a la gente” y “ser maleducado”. Pero Amelia obvió cualquier señal de esto y pasó por alto toda contestación desairada, porque a cada desplante respondió con una sonrisa, hasta que él se vio obligado a sentirse a gusto.

No me riñáis, tenía que pensar rápido, por poco que pintara cada día, dos semanas dan para mucho y la maceta estaba terminada. Y Daniel nunca me ha dado una sorpresa positiva, es decir, que nunca se ha caracterizado por llevar la iniciativa, ha necesitado siempre un empujoncito… El mismo empujoncito que le di yo al tiesto de barro cocido decorado con un dibujo raro e imposible de identificar con nada, provocando un estruendo horroroso al chocar este contra el suelo haciéndose añicos.


Post 27.

Como aquel día en que dejó caer a Daniel delante de la floristería de Amelia, Clara provocó un estropicio difícil de limpiar. Las esquirlas de cerámica se habían metido bajo la cama y pululaban por el suelo de la habitación a su antojo porque Daniel no se caracterizaba, precisamente, por su detallismo a la hora de limpiar. Clara pudo notar en ese mismo instante en que la maceta volaba hacia el suelo cómo los sentimientos se agolpaban dentro del cuerpo de su protegido: sorpresa, incredulidad, rabia… y alivio. Ese pequeño regusto a alivio que el fantasma más pesado del mundo pudo distinguir entre la marea de movimientos y aspavientos inútiles para salvar la situación le transmitió que había hecho lo correcto casi en el mismo instante de hacerlo. Daniel no tendría otra opción que volver a la floristería.

La floristería, un lugar mágico para Daniel por lo que aquello empezaba a significar en su vida. Había ido apenas un par de veces allí, una de ellas sin intención alguna, y ahora repetía la visita con la buena sensación de que le gustaba hacerlo. Nunca la vegetación, las flores y todo lo que rodeaba a ese mundo le había llamado la atención, pero ese sitio tenía un no sé qué que qué sé yo que lo invitaba a tranquilizarse y a soltar lastre, un lastre que le pesaba ya demasiado. Aunque cuando se colocó frente a la puerta del establecimiento no supo si era la tienda o Amelia la que le provocaba semejante serenidad. Amelia, en una mesa de madera inmensa colocada al fondo, manipulaba macetas y tierra, trasplantaba y podaba, y cuando levantó sus ojos a la entrada, le regaló una sonrisa tan amplia y sincera que a Daniel casi se le paró el corazón.

- ¡Daniel, qué sorpresa! No esperaba verte por aquí.
- Ya ves, se me ha roto la maceta. – Podía haber contestado de algún otro modo, pero eso ya sería pedir demasiado.
- Eso tiene fácil solución, ven. – Amelia, limpiándose las manos con un trapo, se volvió y desprendió aquella misma fragancia que Daniel pudo oler la noche de la cena en casa de su madre. No era una fragancia, era su olor y Daniel se estaba volviendo loco. La siguió hasta la trastienda. – Mira, aquí tienes más modelos, escoge el que quieras.
- Con uno igual me vale, me gustaba.
- ¿Lo pintaste?
- Pues sí, ¿te sorprende?
- No sabes cuánto. – Acompañando la frase de una carcajada diáfana.
- ¿Tanto se me nota?
- Sí, Daniel, demasiado. Creía que sería tu madre quien la pintaría.
- Bueno, ya no vivo con ella, eso era solo temporal.
- Qué lástima, me encantó su casa. Siéntate, ¿quieres un café?
- No, tengo prisa, tengo que…
- ¿No puedes pararte a tomar un café? Hasta los más ocupados paran diez minutos. Quiero que me cuentes qué habías dibujado.

Y Daniel se sentó, quitándose la chaqueta y dejándola caer al suelo, haciendo que Clara diera un culazo y le doliera (porque si los fantasmas se caen y se dan golpes, también les duele). Se lo tenía bien merecido por los empujoncitos que había estado dando en aquella relación.


Post 28.

- ¿Con leche? – Amelia estaba en una habitación pequeña y oscura al fondo de la tienda de donde ya salía un suave aroma a café y yo, yo ya me había recuperado del señor culazo que me había dado por los descuidos de Daniel con su chaqueta.
- ¡Sin leche y sin azúcar! – Grité yo.
- ¡Sin leche y sin azúcar, gracias! – Respondió Daniel, mientras dibujaba tonterías sin sentido con la tierra que cubría la gran mesa de madera a la que estaba sentado.
- Ya decía yo que debías ser de esos que se provocan úlceras gastrointestinales. – Amelia le tendía una taza humeante y ella se sentaba con otra junto a él. – Ahora cuéntame, ¿qué habías pintado?
- ¿Cómo? Nada, es decir, cosas que no… que no eran nada, no he sabido dibujar nunca.
- ¿Entonces?
- ¿Entonces qué?
- ¿Entonces por qué has estado dibujando? Quiero decir, si nunca has sabido dibujar, supongo que nunca te ha gustado. – Bebió un largo trago de su café, parecía no importarle lo caliente que estaba.
- Me relajaba. – Y Daniel bajó la guardia, lo noté en ese preciso instante.


Bajó la guardia y yo me repanchingué en una de las plantas que colgaban del techo a observar con atención el espectáculo. Fue como en una película romántica de esas que yo me quedaba a ver hasta tarde cuando estaba viva. Miento, fue mejor que una de esas pelis. Entre sonrisas y miradas cargadas de intención, comenzó entre los dos un baile de flirteo y sensibilidad difícil de superar en la ficción, porque no siempre la ficción es mejor que la realidad. Me sentí en un momento dado incluso como una intrusa, pero entonces me repetí que yo estaba allí por una buena razón y seguí mirando embelesada cómo Daniel dejaba caer completamente un muro que ni su madre ni su hermana ni nadie de su familia habían logrado destruir en muchísimo más tiempo. Con un leve siseo, volteé el cartelito de abierto hacia cerrado porque no quería que aquello terminase de forma abrupta por ninguna visita inesperada y sonreí melancólica. ¿Se puede sonreír melancólica? Oh, sí se puede, sin ninguna duda. Cómo deseaba estar viva.


Post 29.

Clara deseaba estar viva más que otra cosa en el mundo, volver a sentir todo de un modo real. Porque ahora que era fantasma se había dado cuenta de algo: seguía sintiendo, sí, pero no podía hacer nada para compartir una alegría o para diluir una pena, no podía hacer nada para acurrucarse y dejarse consolar por alguien, se sentía más sola que nunca. Tal vez, cuando Daniel era otra alma solitaria, esto pasaba por alto, de puntillas, disfrutaba de esa presencia no presente en la que se había convertido. Ahora que Daniel por fin había dado el salto, Clara ya se sentía fuera de lugar, ¿qué tenía que hacer entonces? ¿Seguir sufriendo viendo como el hombre del que se podía haber enamorado perfectamente en su vida diaria rehacía su existencia con otra chica que, mal que le pesase, le caía perfectamente desde el primer día en que le compró un poto para hacer su regalo anónimo?

Hacía tiempo que se había dado cuenta de algo: Amelia y Daniel estaban predestinados mucho antes de que a ella le pasara ese mal llamado accidente con el gas. Mal llamado accidente porque ciertamente fue una dejadez en las funciones de casero de su primo, pero no iba a guardarle rencor, nadie piensa que una negligencia de ese tipo desemboque en unas consecuencias tan escandalosas. En fin, sabía que estaban predestinados, lo había ido descubriendo con el paso del tiempo, en el sinfín de horas que había tenido para reflexionar sobre el tema, sobre el porqué de su vagancia por el mundo de un modo tan absurdo. Ella sabía a ciencia cierta, esa ciencia cierta que solo te da el poder ver dentro de los pensamientos de las personas, que el siguiente poto que comprase, ese que quizá se había llevado finalmente Daniel a su casa, y que cuidaría y pondría bonito acabaría en manos de Daniel, su certero siguiente “receptor”. El poto haría su trabajo provocando que se encontrasen ambos y Daniel saldría de su coraza creada a golpe de malos recuerdos y falsas culpabilidades gracias a Amelia. De una forma u otra.

Y Clara. Clara hubiera seguido con su vida tan felizmente, imaginando romances incompletos intentando ver las estrellas desde su habitación colocada de una forma tan extraña en la cama porque esa era la única manera de poder observarlas desde la comodidad de su colchón.

Pero la situación era la siguiente: Clara seguía en el piso de Daniel, ese piso de paso que a Daniel le había proporcionado el seguro preparando de nuevo la mudanza al cuchitril original. Amelia se había convertido en una habitual en su día a día, primero con cafés y conversaciones agradables como lociones relajantes, más tarde como confidente y mucho más tarde como el bálsamo que solo un beso es capaz de proporcionar. Y así Clara no podía continuar.


Post 30.

Estaba harta de tanta caja y tanto trasiego. Era la tercera mudanza que aguantaba. Por fin el piso de Daniel estaba listo y nos íbamos a la mañana siguiente. Amelia se había convertido en una tranquilizadora presencia usual y, por suerte, la madre de Daniel también. Ella estaba exultante, Amelia estaba exultante, Daniel estaba… exultante y yo, yo estaba intentando buscar mi nuevo objetivo. ¿Mirar la felicidad desde fuera? ¿Ser la espectadora privilegiada de una película de amor ideal? En fin…

Me metí en la caja de los libros como no podía ser de otra forma, por lo menos podría viajar por páginas y páginas de textos emocionantes – conocía los libros que tenía Daniel y en general todos me gustaban porque me los había leído o porque los tenía en mi lista de pendientes, ahora eternos – mientras viajaba en realidad en el maletero del coche de Amelia. Había descubierto que sí que podía ir de un sitio a otro en cosas de Daniel, no tenía que ser necesariamente con él en alguno de sus bolsillos o en las ranuras de sus zapatos – sí, lo había tenido que hacer en alguna ocasión y no había sido ni muy elegante ni muy agradable, pero el deber es el deber -. Caí a plomo en aquel maletero asfixiante, aunque no más que la caja cerrada con cinta americana que aún olía a suavizante, su anterior contenido. Me imbuí en las letras de “Los pilares de la Tierra”. Lo había leído de adolescente y aún conservaba el regusto de una lectura bien aprovechada. Al desenredar las frases, coma tras coma y punto tras punto, podía recordar cómo en mi primera lectura le robé horas al sueño para avanzar terreno sabiendo positivamente que jamás podría acabarlo esa misma noche. También me vino como una bofetada la sensación que me embargó cuando cerré el libro por última vez: ¿de verdad podría sobrevivir sin aquellos personajes que se habían convertido casi como en personas de mi familia? Qué tiempos.


Y así estaba, perdida en tinta negra sobre blanco y en recuerdos de adolescente cuando me despertó de pronto otro golpe que me dejó la rabadilla mal parada. Ya podrían tener más cuidado Daniel, Amelia o Celia, mucho amor y mucha delicadeza, pero esa costumbre de tirar las cajas de aquella forma tan brusca estaba costándome unos cuantos dolores de cabeza, y hablo de forma literal. A continuación, el cartón de la caja se rasgó con impaciencia y agradecí la ráfaga de aire que me golpeó la cara con violencia. No agradecí tanto el haz de luz que me dejó ciega durante el próximo minuto y medio de mi vida. Cuando abrí los ojos y enfoqué con normalidad, unos ojos desconocidos estaban asomados a la caja revolviendo su contenido y cuando salí, aquello no era la casa de Daniel, aquello era… aquello era… ¡aquello era una biblioteca!

FIN DE LA PRIMERA TEMPORADA




1 comentario:

  1. ya estoy enganchado!!!! esperando el siguiente!!!

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