lunes, 29 de septiembre de 2014

Cambios: Post 27.

Post 27.

Como aquel día en que dejó caer a Daniel delante de la floristería de Amelia, Clara provocó un estropicio difícil de limpiar. Las esquirlas de cerámica se habían metido bajo la cama y pululaban por el suelo de la habitación a su antojo porque Daniel no se caracterizaba, precisamente, por su detallismo a la hora de limpiar. Clara pudo notar en ese mismo instante en que la maceta volaba hacia el suelo cómo los sentimientos se agolpaban dentro del cuerpo de su protegido: sorpresa, incredulidad, rabia… y alivio. Ese pequeño regusto a alivio que el fantasma más pesado del mundo pudo distinguir entre la marea de movimientos y aspavientos inútiles para salvar la situación le transmitió que había hecho lo correcto casi en el mismo instante de hacerlo. Daniel no tendría otra opción que volver a la floristería.

La floristería, un lugar mágico para Daniel por lo que aquello empezaba a significar en su vida. Había ido apenas un par de veces allí, una de ellas sin intención alguna, y ahora repetía la visita con la buena sensación de que le gustaba hacerlo. Nunca la vegetación, las flores y todo lo que rodeaba a ese mundo le había llamado la atención, pero ese sitio tenía un no sé qué que qué sé yo que lo invitaba a tranquilizarse y a soltar lastre, un lastre que le pesaba ya demasiado. Aunque cuando se colocó frente a la puerta del establecimiento no supo si era la tienda o Amelia la que le provocaba semejante serenidad. Amelia, en una mesa de madera inmensa colocada al fondo, manipulaba macetas y tierra, trasplantaba y podaba, y cuando levantó sus ojos a la entrada, le regaló una sonrisa tan amplia y sincera que a Daniel casi se le paró el corazón.

- ¡Daniel, qué sorpresa! No esperaba verte por aquí.
- Ya ves, se me ha roto la maceta. – Podía haber contestado de algún otro modo, pero eso ya sería pedir demasiado.
- Eso tiene fácil solución, ven. – Amelia, limpiándose las manos con un trapo, se volvió y desprendió aquella misma fragancia que Daniel pudo oler la noche de la cena en casa de su madre. No era una fragancia, era su olor y Daniel se estaba volviendo loco. La siguió hasta la trastienda. – Mira, aquí tienes más modelos, escoge el que quieras.
- Con uno igual me vale, me gustaba.
- ¿Lo pintaste?
- Pues sí, ¿te sorprende?
- No sabes cuánto. – Acompañando la frase de una carcajada diáfana.
- ¿Tanto se me nota?
- Sí, Daniel, demasiado. Creía que sería tu madre quien la pintaría.
- Bueno, ya no vivo con ella, eso era solo temporal.
- Qué lástima, me encantó su casa. Siéntate, ¿quieres un café?
- No, tengo prisa, tengo que…
- ¿No puedes pararte a tomar un café? Hasta los más ocupados paran diez minutos. Quiero que me cuentes qué habías dibujado.

Y Daniel se sentó, quitándose la chaqueta y dejándola caer al suelo, haciendo que Clara diera un culazo y le doliera (porque si los fantasmas se caen y se dan golpes, también les duele). Se lo tenía bien merecido por los empujoncitos que había estado dando en aquella relación.


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