viernes, 2 de mayo de 2014

Es viernes, mamá: El termómetro



El chico anda maluscón y como cada vez que tiene lo más mínimo la temperatura se le dispara, andamos como si el termómetro fuera el accesorio estrella de nuestra existencia. Tomar la temperatura no duele, no molesta, pero para un niño de casi tres años incómodo por la destemplanza y por la incubación de algún virus, el enésimo levantamiento de brazo para colocar el termómetro es como si le pidieras que anduviera sobre brasas ardiendo: no quiere, llora, se retira en el sofá y  monta el drama. Así que el único modo de convencerlo es prometerle que, mientras eres tú quien le pone el termómetro a él, él puede ponérselo a su muñeco preferido: Winnie. Y ahí lo tenemos, tomándole la temperatura a Winnie. Creo que en esa ocasión no tenía fiebre, ni el chico ni el peluche.

Aún así, no siempre funciona y da igual todas las milongas que le contemos que no claudica, entonces ese drama que monta llega a máximos niveles. Y sí, ha pegado el estirón, uno bastante grande.



jueves, 1 de mayo de 2014

Cambios: Post 10

Post 10

Pues yo nunca había pasado por un trago tan amargo como ese. Mi sexto sentido de fantasma, condición que había empezado a asimilar bastante bien tras una semana, me decía que el sufrimiento tuvo que ser tan grande que destruyó la vida de mucha gente, no solo de las personas que iban en ese coche. Y que sus consecuencias aún se dejaban notar. ¿Cuándo había pasado? No lo sabía, pero la sensación era tan fuerte que el accidente de coche podría haber ocurrido ayer mismo. Tampoco había que ser muy lista para saber que Mara era la chica que iba de copiloto.

Daniel volvió al sofá y yo me senté a su lado. Tenía mi expediente a su lado con una etiqueta que decía: “Accidente de gas”. Parece que mi caso ya estaba cerrado, así de sencillo, un escape de gas había truncado mi vida y con una pegatina se terminaba mi existencia. Pero mi papel en la existencia de la gente no, más en concreto, mi papel en la existencia de Daniel no había terminado. Observándolo, pensaba: si no puedo salir de casa con mi madre, pero sí con Daniel, es que es con él con quien debo estar; si una vez en su casa, no soy capaz de salir de aquí, a no ser que me meta en el bolsillo de su chaqueta, es que es con Daniel con quien debo estar; si he visto su sufrimiento, pero no pude ver el sufrimiento de mi madre o de mi padre o incluso de mi hermano, es que es con Daniel con quien debo estar. Y es a Daniel a quien debo ayudar.

¿Pero cómo? Bueno, nadie dijo que iba a ser fácil esto de ser fantasma, tendría que inventarme la forma, descubrir el modo en que yo pudiera actuar para sacar a Daniel del pozo en que había caído. Sacarlo de ese pozo que hacía que se separara de su familia, de Mara y de una vida con sentido. Porque allí sentada, cruzada de piernas, con mi mano tan cerca de su mejilla que podría tocarlo y consolarlo, pude coger una lágrima que caía inagotable y continua y, solo con el dedo, supe que sabía amarga, salada y amarga. Y los fantasmas, señores, los fantasmas también podemos llorar.

Descubre "Cambios" desde el principio pinchando aquí.


martes, 29 de abril de 2014

Martes de recomendación: El enigma Flatey


El enigma Flatey

Creo que con esta lectura, y a pesar de mi abandono - por diversos motivos -  entre medias de “Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes (que no es un abandono en sí, sino más bien un luego te retomo), puedo decir que mi vuelta a la vida lectora es todo un hecho. Y no puedo encontrarme más satisfecha y feliz.

Con este título en particular he hecho otra vuelta, eso de volver y volver parece que se me está dando bien, en esta ocasión a la novela negra nórdica que tras el boom de hace unos años, parece que había olvidado o más bien, me había saturado (eso unido a mi desidia lectora blablablá). Yo me leí de un tirón la trilogía de Millenium, la devoré sin importarme los miles de páginas que la conformaban y pocas novelas y conjuntos de novelas encontraré tan completas en todos los sentidos como esas. “El enigma Flatey”, de Viktor Ingólfsson, no se le acerca, pero te hace pasar un buen rato dándote otras cosas: misterio, lectura relajada y un paisaje sin igual, el de los fiordos islandeses. (Solo de decirlo me da frío).

El autor dibuja un pueblo que, si no fuera por el frío que desprende en cada descripción aún siendo verano cuando se desarrollan los hechos, se parecería bastante a ese pueblo de “Se ha escrito un crimen” en el que la entrañable Jessica Fletcher se dedicaba a ejercer de detective de andar por casa. Todo en esa aldea rezuma familiaridad, leyenda y buena voluntad, aspectos que se ven sacudidos por el hallazgo de un cadáver en extrañas circunstancias y más tarde de otro, en más extrañas circunstancias aún. Un buen dibujo de los personajes y un avance que te ayuda a ir asumiendo todos los hechos con naturalidad, completan una narración pulcra que, sin embargo, encuentro en su desenlace algo rebuscada: ¿alguna casualidad más que podamos meter? Seguramente no, porque ya no cabe ninguna otra. Aunque, como digo siempre: si no fuera por esas casualidades, no tendríamos película (en este caso, historia).

Tengo que reconocer que el principio me costó por muy diversos motivos: no es una historia que me haya robado el sueño (cuando eso pasa, sí recomiendo el libro con una sonrisa); el juego de poner al final de cada capítulo parte de la narración de otra historia (que luego, ¡sorpresa! sabremos a qué pertenece) me ha parecido original pero no clave para darle un punto de diferencia; y los nombres islandeses me han costado asimilar (aunque claro, no los veo yo llamándose Manolo, Pepe o Antonio).

¿Lo recomiendo? ¿Por qué no? Está bien, lectura fácil, rápida y te introduce en las historias y sagas vikingas. Un libro para el verano, para hacer de puente entre dos lecturas más densas o para aquellos que no tengan tiempo de meterse en un embolado mayor.

PD: vuelvo a decir, me compraría todos los libros de Alfaguara, con independencia de la historia que contaran, solo por sus portadas. Qué gran trabajo el de esta editorial.

lunes, 28 de abril de 2014

Relato con Foto: Punto muerto

Punto muerto
Llegó allí sin saber cómo. La velocidad había sido tal que había perdido la noción del tiempo y se maravillaba del modo en que la Policía no la había detenido por las calles de la ciudad. Reía frenéticamente, tanto es así que pensó que si la viera alguien en ese momento, creería que estaba loca. Pero es que no era para menos, después de meses de intensa búsqueda, allí estaba, en aquel parking, ante aquel trastero abierto que parecía estar vacío. Que parecía estar vacío, pero que no lo estaba porque allí dentro estaba el secreto que había estado buscando con tanto ahínco.

* Continuamos con las colaboraciones en My Stories Project Blog. En esta ocasión, es CrisMandarica quien vuelve a repetir enviando foto y yo, por supuesto, encantada de que lo haga. Y también vuelvo a enlazar con sus dos blogs: Mejor será que corras y Detrás de la pistola. No dejéis de visitarlos, os haréis adictos, os lo aseguro.