viernes, 4 de abril de 2014

Es viernes, mamá: Largas tardes de invierno


Cuando se acaban las ideas, que suele ser muy a menudo, y no sabemos por dónde tirar, nada mejor que montar una torre con cajas de cartón. De dónde hemos sacado tantas y por qué las tenemos en casa es otra historia larga que no viene al caso, jajaja. También tengo que deciros que el chico en ningún momento corrió peligro. 

Y este post viene al caso porque esta semana mi creatividad se encuentra en unos niveles tan bajos que no me explico cómo sigo viviendo y rebuscando en el móvil entre las miles de fotos de la galería, apareció esta. Y viene al caso porque mirad, todavía estamos en invierno aunque el calendario nos haya dicho que entró la primavera; aún nos vemos obligados a pasar la tarde completa en casa inventando juegos y payasadas, y esta torre de cajas fue un divertimento curioso y fugaz que nos salvó una tarde invierno.

jueves, 3 de abril de 2014

Cambios: Post 7

Post 7.

Pero no hubo tornado. Viajó cómodamente allí dentro como quien se mece en una cuna. Era muy confortable, tirada sobre un paquete de pañuelos de papel que podía ser más blandito de lo que parecía en su vida anterior. También había alguna pelusilla que se le metía por la nariz y un bolígrafo que se le clavaba en las costillas, pero aparte de eso, todo iba como la seda. Decidió que era hora de salir y echar un ojo cuando pasó tanto tiempo que creía que se habría hecho de noche.

Lo que vio cuando salió del bolsillo de la chaqueta del inspector Arance no era lo que esperaba, no es que esperara algo en particular, pero quizá sí encontrarse en una comisaría llena de ruidos, de gente y de olores (Clara era de las que pensaban que cada lugar tenía un olor y un color determinados y como nunca había estado en una comisaría, su olor y su color solo los podía imaginar). Dio un giro de 360 grados y pudo comprobar que se encontraba en una sala no mucho más grande de la que había sido la sala multiusos de su propio apartamento, ese en el que había muerto hacía menos de veinticuatro horas. Todo estaba oscuro y la televisión puesta, con lo que el único punto de luz de la habitación era ese chisme encendido con la voz tan bajita que no podía adivinar el programa que estaban echando. La chaqueta estaba colgada en un perchero de pared desgastado que no se caía por obra y milagro de un tornillo que aguantaba a duras penas y las bombillas estaban desnudas en el techo, ni rastro de lámparas ni de ningún signo de decoración mínimamente decente. En la mesilla pequeña delante de la tele, los restos de una cena rápida y comprada seguramente en un bar reposaban esperando ser retirados alguno de estos días y al fondo, una puerta se encontraba bloqueada por un butacón viejo y raído de un color indeterminado, difícil de definir por lo estropeado y por la oscuridad. Espera, ¡eso de detrás era una terraza! El butacón impedía la salida a una terraza, ¿qué clase de persona se impide el paso a sí misma a un lujazo como ese? El inspector Arance comenzaba a perder puntos porque ya había supuesto que se encontraba en su casa.

De repente se abrió otra puerta a su espalda y el inspector salió con el pelo mojado y una toalla rodeándole la cintura: “Bien, Daniel, bien, ahora tendrías que llamar a tu madre, pero no, no tienes ganas. Mejor te tumbas en el sofá a ver qué echan por la tele”. Y sin más se espatarró, cogió el mando que sacó del hueco entre los cojines y le dio voz al aparato. De algún sitio en aquella cueva saltó un perro enorme y peludo a los pies de su amo y se puso a ladrar en dirección de Clara: “Tranquilo, Gumer, deja de ladrar o te encierro en la habitación”. Y Clara se quedó petrificada: ¿había dejado el cuchitril de su apartamento para meterse allí? Definitivamente se había ido de Guatemala para llegar a “Guatepeor”, como solía decirle constantemente su hermano. Hasta en el mundo paralelo tenía que llevar razón el “jodío”.

Descubre "Cambios" desde el principio pinchando aquí.

martes, 1 de abril de 2014

Martes de recomendación: La gente feliz lee y toma café


La gente feliz lee y toma café

Llegué a este libro atraída por la gran campaña de publicidad que ha tenido en las redes sociales. “La gente feliz lee y toma café” es, según nos han dicho, un verdadero ejercicio de “esto lo publico yo por mis narices” y ha salido tan bien que seguro no se vuelve a repetir en la vida. Agnès Martin-Lugand, la autora, harta de los rechazos editoriales, decidió publicar su relato en Amazon y ahí fue todo un éxito de ventas, tanto, que las editoriales de toda la vida se fijaron en ella y ahora tenemos el libro en papel.

El comienzo es brutal y no desvelo nada si digo que la protagonista, Diane, pierde a su marido y a su hija en un accidente de tráfico (no desvelo nada porque es lo primero que dice la pequeña sinopsis de la contraportada). Comenzar a leerlo es comenzar a saltársete la lágrima porque yo con estos temas estoy muy pero que muy sensible, la verdad. Comenzamos a acompañar a Diane al año siguiente de su terrible pérdida cuando decide marchase lejos, a Irlanda, a ver si la distancia y la gran diferencia entre Irlanda y París le ayudan a superar el bache. Allí conoce a gente muy amable y a Edward, un extraño irlandés que despertará de todo en el cuerpo de Diane: desde odio hasta deseo.

¿Qué decir de este libro? Que tiene momentos muy buenos. Yo considero momentos buenos aquellos que, al leerlos, te llegan al alma, sientes lo mismo que la protagonista, momentos en los que eres capaz de mimetizarte con ella. Y tiene momentos no tan buenos, más bien exagerados, extremos, que no se creería ni la más ingenua de las personas porque, a decir verdad, el comienzo de la relación entre Diane y Edward no tiene por dónde cogerse, al menos es mi sensación. En todo caso, es un libro que, pese a la desesperación inicial de la protagonista (natural por otro lado), es un canto a la esperanza y recalca aquello de que el tiempo, si no lo cura todo, al menos sí lo atenúa y que la vida puede enseñarnos a vivir con el más terrible de los dolores.

¿Lo recomiendo? Sí, por qué no. No es que me haya decepcionado, he aprendido hace mucho a no ilusionarme con lecturas que tienen un aluvión de buenas críticas, pero sí que me esperaba más, un poquito más. Así que sí, leedla, sentaos una tarde de domingo y devoradla, dejad que os deje ese regusto a café agradable y pasajero.

¡Buen martes y buenas lecturas!

lunes, 31 de marzo de 2014

Relato con Foto: La maceta


La maceta

Escondida detrás de la maceta lo veía llegar cada mañana. Lo observaba mientras dejaba la bici amarrada a un árbol y luego esperaba a que se fumase un cigarrillo mirando las fachadas de los edificios colindantes bajo esa luz matinal que tanto le gustaba.

A veces se hacía la encontradiza en el ascensor y lo saludaba con desparpajo, él le devolvía otro saludo con sabor a nicotina y café. Otras veces le pedía fuego a la entrada del edificio cuando bajaba justo en el momento en que él encendía su cigarro y así poder cruzar un par de palabras con aquel chico que conocía desde hacía cinco años y del que no sabía ni su nombre. 

El día que la maceta desapareció de la ventana de recepción se sintió desnuda, los atrevimientos que días atrás había tenido le parecieron arriesgados y el miedo a ser descubierta, demasiado grande como para tolerarlo. Nunca más le siguió con la mirada y de él solo supo por su bicicleta y por la colilla que diariamente había junto a ella.

* Fotografía cedida por Mandarica, ¡cuya colaboración me ha encantado! Podéis conocerla mejor en sus dos blogs, a cual más adictivo, Detrás de la pistola y Mejor será que corras, que os recomendaría por muchas cosas, pero creo que lo que más os convencería sería que te lo pasas genial leyéndolos. ¡Muchas gracias, Mandarica!