viernes, 21 de marzo de 2014

Es viernes, mamá: Caos

El domingo pasado no salimos de casa a pesar de la tarde tan buena que hacía. Muchas cosas que hacer y ninguna gana de aguantar el parque. Además, el chico ya había salido por la mañana, visto los carnavales que pasaban en charanga por la calle, así que mi cargo de conciencia estaba en un nivel aceptable para dedicarme a mis cosas y dejarlo a él libre como el viento por toda la casa. Dato importante: su padre se iba al fútbol a eso de las seis de la tarde, el chico era todo mío. Todo.

Antes de que el señor M. saliera por la puerta vino y me dijo: "Está tirando en la habitación todo lo que puede tirar y más". Y yo, sentada en el sofá con mi portátil sobre las rodillas lo miré indolente y le contesté: "Déjalo, ya me sulfuraré luego". De todas formas ya escuchaba yo ruidos que venían de su localización, lo veía ir y venir del salón a su habitación llevándose cosas y aún así no me inmutaba, ¿de qué servía? Mientras estuviera destrozando su habitación, no me estaría destrozando a mí y, dicho sea de paso, podría estar unos minutos más dedicándome a mis cosas. El señor M. se fue. Y al poco ya me levanté, solo cuando no podía evitar más lo inevitable y lo que me encontré estaba tan lejos de lo que yo había imaginado que casi me da un pasmo...


Tragué saliva, saqué a pasear a mi rinoceronte naranja, le di al botoncito de la paciencia (que todo hay que decir, estaba ya algo encasquillado y era difícil que funcionara) y me senté en el suelo intentando posar el culo en algún sitio libre entre tanto juguete porque cuando el destrozo es menor, lo dejo que recoja solo como le venga bien, mas esto superaba la normalidad. Luego cogí al chico por banda y le dije que a recoger (bajo la promesa de que le ayudaría a coger una hoja que se le había caído tras su baúl, que las cosas no salen así de naturales). Yo le ayudaba, pero principalmente le seleccionaba las cosas para que las fuera guardando en su sitio: las construcciones, los Legos, las herramientas, los animales, la malla azul... Y los libros. Aquí le eché un rapapolvo que creo que no caló en absoluto:

- Los libros NO se tiran al suelo, ¿entiendes? (Repetido como cuatro o cinco veces). Los libros se cuidan, se leen, se ven los dibujos y NO se tiran al suelo.
- Vaaaaale, mamá.

Y este es el resultado, que creo que no está nada mal...


En fin, igual otros días me escondería en el fondo del armario, igual otros días grito tanto que hasta me siento culpable por la noche, igual otros días simplemente mi rinoceronte naranja no está apto para salir, pero el domingo, el domingo gané yo y mi paciencia. ¡Olé yo! ¡Olé la mamá del chico!

jueves, 20 de marzo de 2014

Cambios: Post 5

Post 5.

¿Puede un fantasma sentir amor? ¿Y enamorarse? No tenía ningún sentido porque lo único que podría provocar semejante situación era dolor, dolor porque no es que tuviera pocas probabilidades de éxito, es que no tenía ninguna.

Hasta ese momento, Clara se había sentido un bicho raro capaz de sorprender a todos cuantos se encontraban a su alrededor con sus extrañas costumbres: le gustaba leer bajo la luz de la luna (vale que no era muy sano hacerlo y solamente lo había hecho una vez dejándose los ojos en ello, pero la experiencia fue de lo más satisfactoria – a pesar del dolor de cabeza que le acarreó luego –); compraba una maceta cada semana, la mimaba durante un mes y luego la regalaba, a quien fuera, a amigos o a desconocidos por la calle porque pensaba que ese gesto significaba mucho más que decir algo; y también se contorsionaba para ver las estrellas desde su habitación para poder decir luego bien alto: “Anoche me dormí viendo las estrellas”. Nadie había entendido el sentido de sus costumbres, nadie hasta que apareció ese policía espigado, con cara de no haber roto un plato y manos en los bolsillos. ¿Por qué no lo conocería antes? ¿Por qué no fue él uno de los afortunados destinatarios de una de sus macetas de la amistad? Seguía teniendo mala suerte incluso después de muerta.

Se le quedó mirando y notó que él hacía lo mismo, sus ojos entre verdes y marrones la traspasaban como si fueran rayos X.

- Hola. - Alcanzó a decir Clara después de que se colocara a escasos milímetros de su nariz.
- ¿No hay nada más que nos tengan que contar? – El policía se volvió de nuevo al bombero buenorro.
- Creo que no.
- Muy bien, puede marcharse, pero déjeme su número por si necesito hablar con usted de nuevo. Y tome, esta es mi tarjeta, por si recuerda algo luego.
- Inspector Arance – leyó el bombero. – De acuerdo, lo tendré en cuenta. – Y se fue dejando a Clara y al inspector Arance solos en la habitación.
- Dime, Clara, dime, ¿de verdad no notaste que el gas estaba abierto?
- El gas está estropeado desde hace un mes y mi primo no ha querido arreglármelo, mira tú por dónde, ahora va a ser él el culpable de esta situación. – Clara le habló como si pudiera escucharla.
- Mmmm… estropeado…
- ¿Cómo? – Clara, que ahora estaba mirando por la ventana cómo los bomberos abandonaban su calle y la gente seguía con su ferviente actividad a pesar del terrible suceso que había sucedido a solo unos metros de ellos, se volvió con tanta energía que la cortina se levantó. ¿El inspector Arance podía escucharla? Y eso de la cortina, ¿qué había sido?

Descubre "Cambios" desde el principio pinchando aquí.

martes, 18 de marzo de 2014

Martes de libro: En tiempo de prodigios




La lectura ya ha vuelto a mi vida, lo puedo dar como un hecho toda vez que llevo tres libros, de diferentes grosores, en mi haber desde que comenzó el año y ya he comenzado el cuarto. Así que me doy por satisfecha.

Hoy traigo el segundo de mi lista de 2014: “En tiempo de prodigios” de Marta Rivera de la Cruz. Tengo que reconocer que, después de haber visto “El tiempo entre costuras”, me quedé con ganas de más intrigas de la Guerra Civil Española, un tema que no me ha atraído nunca y que ahora parece que ha vuelto a estar de moda (ya adelanto que el cuarto libro de mi reto lector 2014 es “Las tres bodas de Manolita” de Almudena Grandes - y actualizando, también se ha convertido en mi primer abandono, está muy bien, pero demasiado denso para mí en mi vuelta lectora, lo dejaré para más adelante porque la prosa de Almudena Grandes me ha fascinado -) y a mí me ha absorbido o me he dejado absorber, claro.

El libro cuenta dos historias: la de Cecilia y la de Silvio. Ella, amiga de la nieta del segundo, se encarga de visitar y hacer compañía al anciano Silvio en unos meses en los que estará solo en Madrid y ahí fraguarán una profunda relación en la que él desmigará su historia: una historia que adelanto no tiene desperdicio ninguno y que recorre desde principios del s. XX, la Guerra Civil y la Posguerra españolas. La historia de Cecilia se basa en la pérdida reciente de su madre y su situación personal actual, mezclando reflexiones y recuerdos.

Solo justo antes de comprarlo, vi que había sido finalista del Premio Planeta 2006, y dicen que los finalistas siempre fueron mejores que los ganadores. Este libro me ha gustado en conjunto. Como aún tengo que superar obstáculos de mi época no lectora, tengo que reconocer que me han costado algunos capítulos por extensos y demasiado reflexivos, sin embargo, venciendo mis reticencias, he llegado a una tercera parte (el libro se divide en tres partes) que he devorado como hacía tiempo que no hacía, quitándole horas al sueño como antiguamente. Me acosté cansada pero feliz.


¿Recomiendo su lectura? Sin duda alguna. Es un libro que te dará conocimientos sobre asuntos más allá de la historia de ficción que es una historia de vida plagada por el amor, la energía de la juventud y los sueños que fueron, pudieron ser y no fueron. 

lunes, 17 de marzo de 2014

Relato con Foto: Zapatillas


Zapatillas

Si las zapatillas pudieran hablar por sí mismas dirían que ella se alejó por la orilla olvidándolas allí en la arena; dirían que las olvidó porque sus pensamientos volaban a un sitio muy concreto que la hacían enajenarse de todo a su alrededor; dirían que aquella mañana ya sabían que se quedarían olvidadas porque notaron sus pies huidizos; dirían de ella que la comprendían, porque no se podían comparar con sentir el agua del mar sobre su piel; dirían que la echarían de menos porque fueron los pies más divertidos que habían albergado nunca y su historia, la más interesante que jamás hubiesen vivido. Ahora les tocaba ser encontradas por otra dueña, solo esperaban pasárselo tan bien con ella como con la anterior.

* Fotografía cedida por mi hermana Rocío, ¡qué red más extensa de colaboradores!