viernes, 14 de febrero de 2014

Es viernes, mamá: El cruasán de chocolate


No os preguntaréis qué es eso de la foto porque el título del post lo dice abiertamente: un cruasán de chocolate. ¿Que por qué traigo una imagen de un cruasán de chocolate a medio comer a "Es viernes, mamá"? Muy sencillo: ¿no os apetece a vosotros hacer lo que el chico hizo el otro día en la merienda? Comerse lo más bueno del pastel y dejar el resto porque no tenemos ganas de más.

Igual que hace con los cruasanes de chocolate, que les abre un túnel para sacarle lo más jugoso, hace también con las tostadas de paté: se come la parte de arriba y luego incluso repite pidiéndonos que volvamos a untarle más paté al resto del pan que le ha quedado.

Si es que a veces nos gustaría tener la libertad que tienen ellos para hacer todo este tipo de cosas, ¿o no? Malditas convenciones sociales que me hacen comerme la porción entera cuando yo solo estaba interesada en la nata, grrrrr.

jueves, 13 de febrero de 2014

Mi familia es vampira: XII. Hogar dulce hogar (y 2)

XII. 2

Era Oriana. Había escuchado su nombre en el avión y luego en el coche, mientras el abuelo ponía al día a su abuela. Oriana, había algo en ese nombre que le sonaba mucho… ¡Oriana Raspatto! Ese nombre lo había leído en el cuaderno de cubiertas de piel roja. Oriana Raspatto vivía en Roma y era especialista en genética, también ponía algo así como “contacto seguro para nuevos miembros”. Ya no tendría que preguntar por ella, era un contacto seguro y una especialista en genética y era importante, no cabía duda. Se la habían llevado, estaba mal, su pelo se caía a manojos y no era capaz de dar dos pasos seguidos. Le gustaría saber dónde y cómo se encontraba, pero tuvo que confesarse a sí mismo que de lo que más ganas tenía en ese momento era de irse a jugar un partido de futbito con sus amigos, empezando por el Chinche, que no había parado de llamarlo al móvil en todo el tiempo que había estado fuera. De hecho, tenía cuarenta llamadas perdidas, muchas de ellas sin minutos de separación entre medias. Estaba claro que quería hablar con él a toda costa.

- Hola Chinche, ¿hace un partido a las doce?
- ¡Rober, tío! ¿Dónde te has metido todos estos días? La profesora ha estado preguntando por ti, no sabía dónde estabas, hasta que llegó el viernes y ya no lo hizo y cuando le pregunté yo me mandó callar y…
- Bueno, tío, ¿quedamos para jugar o no?
- Sí claro, yo ya he hablado con los demás, pero no a las doce, a las once y media en el campito, paso a recogerte y tráete el balón…
- ¿El balón? ¿Dónde está el común?
- Se lo llevaron los mayores el otro día. Yo intenté detenerlos pero no pude, ya sabes…
- Sí, me lo imagino, me llevaré el balón. Hasta luego.

Roberto saltó del taburete de la cocina y subió “en cero coma tres” para plantarse el chándal y la camiseta del equipo. Como sabía que si no se ponía una camiseta de interior de manga larga tendría que subir de nuevo a ponérsela en cuanto su madre lo pillara, no hizo falta ni pensárselo, se la colocó a la primera.
Cuando bajó sus abuelos ya se estaban despidiendo de sus padres. Habían sido unos días duros, en particular las últimas veinticuatro horas y el abuelo parecía que había envejecido diez años en solo una noche. Le dio un abrazo muy fuerte y su abuelo le dijo que lo esperaría en el campo el fin de semana siguiente, tenían que hablar de muchas cosas. Por ejemplo del cuaderno de tapas rojas que guardaba bajo su colchón, Roberto lo miró sorprendido, pero Mario se dio dos toquecitos en la nariz y luego se puso los dedos en los labios, “guárdalo bien”, dándole un enorme beso en la frente. Si hubiera sabido que aquella iba a ser la última vez que viera a su abuelo seguramente le hubiera devuelto una y mil veces ese beso.
Pero como todo no se había vuelto gris todavía, salió corriendo cuando sonó el timbre de la puerta. El Chinche le esperaba con una felpa sujetándole el pelo, “tío, es de mi hermana, se la he visto a Guti y me gusta”. Roberto prefirió decirle que la cinta de Guti no tenía rayas y estrellas, y tampoco era tan ancha.


AVANCE

La lucha no ha hecho más que comenzar. Mientras Mario, sus nietos, Charles y la misteriosa Oriana viajaban a Madrid, Adrián no se ha quedado con los brazos cruzados. Su plan ha seguido adelante, sabe que Mario está tocado de muerte, aunque él ni lo sospeche. Solo tiene una incertidumbre, ese nieto suyo, ese Roberto. Le ha visto algo en los ojos, y su sabor… es diferente. Sin duda, uno de sus objetivos, aunque quizás no el prioritario será apresarlo y estudiarlo.

Sí. El objetivo principal en todo este plan es conseguir el “Tomo de los Nombres”, sólo con él podrá llegar a todos y cada uno de los miembros del grupo de Mario. Sin ese cuaderno, tardará muchísimo más y puede que alguno se le escape. Sí, ese tomo es prioritario, pero la familia de Mario también es muy amplia, puede estar en cualquier sitio. De momento, las propiedades de Londres ya no serán un secreto para él. Su primer paso será pasar allí unas “largas vacaciones”.


Mientras, Roberto tiene tanto que indagar que a veces le parece imposible abarcarlo todo. Sin embargo, después de la experiencia por la que ha pasado prefiere dejar estar las cosas un poco, redimir su culpa y sentirse de nuevo preparado para preguntar, se merece que le contesten después de todo lo que ha pasado. Por ejemplo, si su padre no era vampiro, ¿por qué también se hace transfusiones? ¿Qué capacidades son las que realmente tienen más desarrolladas los vampiros? ¿Cuándo será él un vampiro? Tiene mucho que investigar.

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martes, 11 de febrero de 2014

Martes literario: La cocinera de Himmler

La lectura siempre ha tenido un lugar importante en mi vida, por no decir imprescindible o protagonista, pero hacía un tiempo (un tiempo demasiado largo), el desencanto se había instalado en este aspecto. Podría achacarlo a eso de ser madre, no tener tiempo, aprovechar todos los minutos libres para dar minicabezadas, etc. Lo cierto es que hacía tiempo que un libro no me atraía lo suficiente como para acabarlo y mi estantería se llenaba de "cadáveres" literarios de los que apenas había leído unas 50 páginas. Hasta que llegó este título: "La cocinera de Himmler".


Cierto es que me he obligado a retomar el rico y placentero hobby de leer (en mi lista de intenciones no escritas para 2014), pero si te acompaña la lectura con la que lo intentas, se te hace más fácil. "La cocinera de Himmler" es un viaje por todo el siglo XX, más bien, por todos los horrores del s. XX, "el siglo de los asesinos" (aunque creo que el s. XXI no se está quedando atrás). Un viaje que hacemos de la mano de Rose, una mujer de la que sorprenden sus formas, su fuerza, sus ganas por salir adelante y cuya vida se ve golpeada por todos estos horrores. Sorprende que a una sola persona le pasen tantas cosas, pero claro, si no, no tendríamos libro.

Rose es terrenal, visceral, cínica, pero siempre fiel a sus principios, que no tienen por qué ser, y de hecho no son, los socialmente bien vistos. Me ha sorprendido el uso que hace de la venganza, la ve necesaria y la acepta como ingrediente de su vida, como ingrediente para seguir viviendo.

Su lectura te deja frases como sentencias y una visión, después de todo, positiva de la vida, a pesar de las desgracias que te sobrevengan. No quiero extenderme:

- ¿Recomiendo su lectura? Sí.
- ¿Es pesado? No, no da lugar a que se haga pesado porque no es largo ni tedioso, va al grano en todo lo que le ocurre, sin rodeos ni descripciones empalagosas.
- ¿Está documentado? A mí sí me lo ha parecido.
- ¿Con qué me quedo? Con sus siete mandamientos, entre los que me aplico: "Vivid cada día como si fuera el último" (aunque esto puede ser agotador); "No dudéis en caminar contra corriente. Sólo los peces muertos la siguen"; y "Moríos vivos", después de leer el libro, sabréis a lo que se refiere.

¡Feliz lectura!

PD: Ya lo decía al principio de su lectura en algún tuit, Alfaguara cuida las cubiertas de sus libros de una forma extraordinaria. Me encanta esta cubierta, pero esta y muchas de esta editorial. Dan ganas de tener el libro en papel por el simple hecho de tener su cubierta entre las manos.

lunes, 10 de febrero de 2014

Relato con Foto: 1793


Llevaba tiempo soñando con ese número. Aparecía en sus sueños y en sus ensimismamientos diurnos. De repente, veía que lo había escrito sin razón alguna en su cuaderno de notas o que había un documento en su ordenador que llevaba como título ese número: 1793.

Lo había sumado, restado y puesto en contexto de todo lo que se le podía ocurrir. No le encontraba sentido. También había indagado, hasta donde pudo y por Internet, qué pudo ocurrir ese año de especial. Nada que pudiera estar conectado con él. 

Y ya, cuando dando un paseo se topó con ese número en el suelo, su cabeza se desbocó y su mente comenzó a maquinar cientos de historias, ninguna buena, sobre qué podía significar aquello en su vida. 

Quizá fue la falta de costumbre, la poca suerte que creía haber tenido en la vida o su tendencia a lo negativo,  pero el caso es que acabó desquiciado. Esa misma noche, esa fue la combinación ganadora de la lotería.