viernes, 7 de febrero de 2014

Es viernes, mamá: ¡Error! ¡Acierto!

Si os digo la verdad, tenía un post preparado sobre los berrinches padre que se está cogiendo el chico últimamente, pero lo dejo en la nevera porque... ¿No os apetece más saber que el anuncio de Acierto.com es otro de los top ten del chico?


Es escucharlo y dejar todo lo que esté haciendo para verlo de cerca y acompañarlo en su ¡error! y en su ¡acierto! de viva voz y con su dedo a lo romano. ¡Me encanta!

jueves, 6 de febrero de 2014

Mi familia es vampira: XII. Hogar dulce hogar

XII. 1

Roberto dormía en su habitación como hacía días que no lo hacía. Cuando despertó pensó que todo lo que había pasado había sido un sueño, pero escuchó la voz amortiguada de su abuelo abajo, en el salón, y supo que todo lo que había ocurrido sí que había sido cierto. “¡Guauuu! Tengo diez años y he luchado contra un vampiro de verdad. Y toda mi familia es vampira y yo he salvado a mi abuelo y…”, dejó de pensar porque le estaba dando algo de vértigo aún estando acostado.

Miró a su alrededor y reparó en sus sábanas, eran las sábanas de avioncitos, esas que tanto odiaba hacía una semana y que ahora le resultaban de lo más acogedoras. ¿Qué podía hacer? Si se levantaba no podría disfrutar del calor de su cama un poco más, a la vez se moría de ganas por bajar y hablar más y más sobre todo lo ocurrido la noche anterior. Ese no era un tema tabú porque él había tenido parte en él, entonces no tendrían que ocultar nada porque ya lo sabía todo. Aún así le seguía dando reparo, todo esto había comenzado precisamente por su excesiva curiosidad.

Bajó atropelladamente por la escalera y se encaramó de un salto en el sofá junto a su abuelo que lo acogió con un fuerte abrazo.

- ¡Buenos días, grandullón! ¿Cómo has dormido?
- Como un bebé…
- ¡Como si aún no lo fuera! – exclamó su abuela que le cogió uno de esos dolorosos pellizcos en la mejilla.
- ¿Cómo tienes la herida? – le preguntó su abuelo, que echó la vista atrás para buscarle el mordisco.
- ¡Ah! Lo había olvidado… creo que bien, no me duele – se podían percibir dos pequeños moratones en el lado izquierdo de su cuello. Era cierto que no le dolía, sintió el pinchazo en el momento de ser mordido pero había sido tan poco tiempo que no recordaba nada más. Ni se había mareado más tarde ni había sentido cosas extrañas ni había percibido un crecimiento anómalo de dientes o uñas. Así que no se le dio más importancia. - ¡Abuelo! ¿Vamos a ir hoy al centro comercial?
- No, valiente. Hoy me voy al campo, tengo que descansar un poco. - Roberto lo miró con ojos tristes y Mario continuó – Tú eres muy joven y te repones pronto de estas cosas, pero yo… Han sido demasiados días preso y luego, ¡han pasado tantas cosas! – se refería sobre todo a que se había visto obligado a hacer uso de los animales vivos que Adrián le había estado proporcionando en su estancia en la mazmorra.
- El abuelo necesita descansar, compréndelo, Roberto – su madre lo levantaba del sofá. – Y ahora vete a la cocina a desayunar, tienes el cuenco y los cereales de miel en la mesa. Coge la leche de la despensa que no queda nada en el frigo, ¿Vale?

Roberto se dejó levantar y se fue a la cocina a desayunar y, aunque poder tomar cereales lo conformaba un poco con la situación, se volvió en el último momento a mitad de camino.

- Sólo una pregunta, abuelo, – los ojos de su madre se clavaron como lanzas en los suyos. No quería preguntar, pero su curiosidad había sido más rápida que su mente y lo había lanzado a hacerlo incluso sin querer.
- Sólo una, campeón.
- ¿Cómo salió Adrián de la mazmorra? ¿Y cómo entró Adrián en los pasadizos? Yo era el único que por tamaño podía entrar allí dentro y por donde salimos fue imposible porque…
- ¡Ay! Roberto, nunca aprenderás… - su abuelo lo miró sonriendo – Adrián es un murciélago, chico, ¡un murciélago! – y se echó a reír a carcajadas. Roberto se dio media vuelta creyendo que le habían tomado el pelo.

A quien no había vuelto a ver era a la señora que salvaron en las celdas del subterráneo. Después de volar de nuevo a Madrid, había cogido otro coche y había desaparecido. Si no había preguntado por ella era porque se le había olvidado, tanta presión hizo que ni siquiera reparara en su ausencia la noche anterior. Y ahora estaba hambriento, además, se le había terminado el turno de preguntas, la mirada de mamá lo había dejado muy claro. De todas formas, tampoco hubiese conseguido una respuesta convincente si tenía en cuenta la contestación del abuelo. 

Descubre "Mi familia es vampira" desde el principio.

martes, 4 de febrero de 2014

Serieando: El tiempo entre costuras

Hoy traigo a mi martes libre "El tiempo entre costuras", por fin pude verla. Porque yo soy de las que necesita tener todos los capítulos de una temporada - léase miniserie - para hacer sesión doble si quiero. Que es lo que he estado haciendo esta última semana, enlazando un capítulo con otro hasta horas intempestivas para una mamá con el niño malo (las dos de la mañana) porque era el único momento de mi vida en que tenía tiempo libre. Y porque empezaba con MI serie después de compartir con el señor M. un buen plato de gore desproporcionado de la mano de la última temporada de "The walking dead".


¿Qué puedo decir de ella? Que me ha encantado, igual que lo hizo el libro. De hecho, si me he acostado durante tres días seguidos a las dos de la mañana es por algo. Me ha gustado desde la ambientación (gran trabajo, lo mires por donde lo mires) hasta el casting. No sé dónde leía el fin de semana que María Dueñas parece que escribió el libro pensando en Adriana Ugarte, totalmente de acuerdo. Esta chica borda el papel. Pero no es la única, que para ser la protagonista absoluta debía hacerlo. Uno de los personajes que más me ha llegado al corazón ha sido el de Dolores, la madre de Sira, encarnado por Elvira Mínguez. De hecho, me ha llegado tan lejos porque la interpretación ha sido de diez, y eso que yo no entiendo, pero como espectadora me he creído tanto a Dolores que le he cogido un cariño especial a pesar de lo poco que sale. Y es que los personajes han estado yendo y viniendo igual que iban y venían de la vida de Sira. Como ocurre con el inspector Váquez, un Francesc Garrido soberbio, contando lo justo y diciendo mucho más. Que ha habido personajes que me he creído menos, pues sí: Marcus Logan me ha convencido más adelante, aunque no del todo; y los giros vulgares y de calle de Candelaria para mi gusto sonaban a veces demasiado forzados. Pero ahora que les he visto las caras a todos, ninguno podía tener otra más que la que han tenido. 

Y hablo de la luz con la que han narrado los episodios africanos, una luz que entraba a raudales por ventanas y callejuelas; de lo gris de Lisboa; de lo sobrio de Madrid. Hablo de la limpieza en la imagen, del cuidado de los decorados y del detalle en la recreación del mundo cotidiano en la primera mitad del s. XX, en la que el vestuario - por ser ella modista - ha tenido un protagonismo de primer plano que para sí quisieran algunos actores. Y por supuesto, hablo de una banda sonora creo que imprescindible para contar esta historia. 

¿Algo malo? Hasta el capítulo 10 todo ha ido como la seda, ni la, a priori, larga duración de los capítulos me ha molestado porque, como digo, me sabían a poco. Han sido las escenas de espías y de acción donde he visto el talón de Aquiles de "El tiempo entre costuras". Me ocurrió lo mismo con el libro, así que no me coge de sorpresa que ahora me haya pasado igual. Sin embargo, esto no desluce en absoluto el conjunto de una producción, a mi parecer, estupenda y bien trabajada.

Y por si no se ha notado a lo largo de todo el texto, la recomiendo.

lunes, 3 de febrero de 2014

Relato sin foto: Cambios III

Si has entrado aquí por primera vez, debes saber que este relato es la tercera parte de una serie de relatos de los que el primero se publica el lunes 20 de enero (para leerlo, pincha aquí); y el segundo se publica el 27 de enero (para leerlo, pincha aquí).

Meterse en el bolso de su madre fue la mejor de las ideas que pudo haber tenido. Allí dentro encajó perfectamente, se sentía como en casa: olía a su madre, todas las cosas que tenía alrededor desprendían una familiaridad difícil de obtener en cualquier otro lugar y tenía a mano el eterno "Cuaderno de todas las cosas". 

Ese cuaderno había acompañado a su madre desde que Clara tenía uso de razón. Bueno, no fue siempre el mismo porque sus páginas llegado un punto se agotaban, pero siempre eran iguales. No sabía dónde los conseguía y quería continuar sin saberlo porque hay cosas que mejor no conocer para hacer que se mantenga la magia. En ese bloc de notas su madre apuntaba desde una comparativa de precios de productos en diferentes supermercados hasta una frase hecha que había escuchado en la sala de espera del médico; títulos de libros que nunca leería, nombres de contactos (hijas de amigas de amigas que podían echarle, quizá, una mano en esto del trabajo); números de teléfono de peluquerías o ideas geniales de negocios inviables. Así era ella.

Allí dentro se dio cuenta de que lo mucho que se parecía a su madre. Todo lo que veía era un fiel reflejo de lo que ella misma llevaba en su bolso: las tiritas sueltas y pegadas por el forro, el regaliz empezado, la gamuza para las gafas fuera de su funda... Hay que ver lo que eran los genes. Hacía poco había escuchado a su madre en su propia voz al reprender a uno de sus sobrinos. Se sintió tan extraña que no volvió a dirigirle la palabra al crío en toda la tarde. Tal vez no estuviera tan mal eso de parecerse a su madre después de todo.

En esas estaba, reflexionando de todo un poco, haciéndose la intensa e intentando echar de menos el mundo terrenal porque eso es lo que se supone que debía hacer, cuando el bamboleo cesó de repente y sintió un fuerte tirón que la empujó hacia fuera.  ¿Sería eso la muerte? ¿Por qué se había retrasado? ¿También había fallos de horarios a este otro lado? Nada se escapaba a las negligencias, qué barbaridad.