viernes, 24 de enero de 2014

Es viernes, mamá: Sus primeras botas de agua


No tenía pensado comprarle al chico unas botas de agua este año. La razón principal es que lo veía evitar charcos y suelos mojados allá por donde íbamos, haciendo alarde de una prudencia inaudita para un niño de algo más de dos años y medio.Tampoco salíamos cuando llovía, así que para qué gastarnos el dinero. Hasta que una tarde, la cabra tiró al monte. Estaba yo esperando en el ascensor del parking y el chico no venía, no venía, no venía... Y cuando fui a por él, ahí estaba: en un charco saltando extasiado y plasmando sus huellas por los alrededores.

Al día siguiente, tras una noche de lluvia intensa, aprovechamos para dar un paseo porque el sol estaba pletórico en el cielo, y al chico había que ir cogiéndolo al vuelo porque se nos metía hasta en los agujeros de los árboles. Esa misma mañana le compramos unas botas de agua y salió con ellas puestas de la tienda. Aparte de no saber cómo andar en los primeros momentos, luego nuestra misión fue buscar cada charco, por pequeño que fuera, para que se metiera en él y chapoteara. Más ilusión teníamos el señor M. y yo que el chico, que nos miraba como sorprendido de que le dejáramos hacer aquello que le habíamos dicho que no hiciera tan solo unos minutos antes.

Fue muy emocionante, tengo vídeos y fotografías de esas primeras botas de agua. Y de su cara de fascinación por poder andar a través del agua sin problema alguno.

jueves, 23 de enero de 2014

Mi familia es vampira: X. Fuera de planes (y 2)

X. 2

Roberto sudaba abundantemente, le temblaba todo, tanto que le costaba mucho dominar el movimiento. Miraba con fascinación la madeja de pelo que yacía en el suelo en tanto que su abuelo abría los cerrojos. La estaban ayudando a incorporarse cuando la luz se ensombreció al otro lado del pasillo.

Adrián los esperaba en la misma bifurcación donde se habían desviado de la salida. No sabía si era la luz de las antorchas, su sombra que se alargaba hasta casi tocar a los ahora tres prisioneros o que Adrián había crecido de forma inaudita, pero parecía tan grande que era imposible saber si su cabeza daría en el techo cuando comenzara a moverse. Roberto de nuevo se quedó totalmente conmocionado, ahora sí que estaban perdidos, su mente corrió hacia las mazmorras, las argollas que pendían de las cadenas, los cerrojos, los animales desangrados alrededor y vomitó. Su abuelo lo miró con ojos culpables: si se hubieran marchado, ahora ni él ni su nieto estarían allí. Él quizás pudiera defenderse, pero ¿podría defender a Roberto?

Adrián soltó una carcajada que sonó hueca en el pasillo. La mujer lo miraba desde el suelo, aún algo desvanecida pero recuperándose poco a poco.

- ¿Qué esto? ¿Os vais? Está feo irse sin despedirse del anfitrión.
- Adrián, te suplico que dejes marchar a Roberto, él no tiene nada que ver en esto.
- No, no, no, él ha tenido la oportunidad de marcharse con su hermano y con ese Richard, así que si ha elegido quedarse por algo será. Hay muchas celdas donde elegir, chico, puedes escoger la que más te guste. - Volvió a soltar una gran risotada. Ahora Adrián llevaba una capa negra enorme, con el fondo rojo, iban a ser ciertos esos dibujos del Conde Drácula que había visto en el libro que compró el día de su cumpleaños. El pelo era más negro que nunca y la dentadura brillaba, sobre todo los dos colmillos de arriba. Le sobrevino otra arcada pero ya no echaba nada.

De repente, de un salto Adrián se presentó delante de los tres, ahora la mujer estaba de pie y miraba la escena con unos ojos más calmados pero igual de atemorizados que los de abuelo y nieto. Mario empujó a Roberto detrás de ellos dos aunque tampoco había mucho espacio donde estar, el pasillo se cerraba con una pared de piedras, las mismas que había estado viendo a lo largo de todos los corredores desde que bajara por el tramo de escaleras. Todos, los tres adultos, se pusieron en una posición de ataque bastante peculiar, Roberto admirada la escena hechizado, sostenía el bastón del murciélago disecado con tanta fuerza que el pomo de cristal – este era azul – crujió en sus manos. Parecía que la cosa estaba en desigualdad de condiciones, pero de todos modos el hecho de que contra Adrián, un vampiro a toda vista más peligroso y acostumbrado a este tipo de peleas, con más fuerza y todas las capacidades de vampiro desarrolladas, se enfrentaran no uno sino dos vampiros “limpios”, por llamarlos de algún modo, era más ventajoso que si se lo hubiera encontrado cuando estaba a solas con su abuelo.

La mujer, con las uñas largas pintadas de negro, algunas rotas pero la mayoría peligrosas armas para Roberto – ya las había sufrido antes cuando la despertaron de su estado salvaje –, daba manotazos en dirección a Adrián llegando a desgarrar la camisa también negra que llevaba puesta. Mario había comenzado a andar en dirección a la bifurcación, todo su afán era alejar lo máximo posible la situación de su nieto.
Se movían de forma circular, sin llegar a dar la vuelta del todo, haciendo aspavientos y atacando tímidamente en algún momento, parecía que la pelea no iba a empezar nunca. Entonces sucedió, Adrián se abalanzó sobre Mario, en su mente estratégica debía dejar fuera de juego al más fuerte de los dos, sufriendo para ello las embestidas del más débil: por eso fue hacia él cogiéndolo de los brazos y dirigiéndose directamente a su cuello. Mario se revolvió y no dejó que lo mordiera y, aunque no pudo deshacerse de sus manos – tenía una fuerza sobre humana –, sí que pudo propinarle una patada en el estómago con lo que Adrián se encogió y la mujer se le echó encima de la espalda. Otra patada de Mario en la cara de Adrián sirvió para que éste reaccionara y se volviera más cruelmente a la mujer que tiró de un empujón al suelo, cogiéndola después del pelo.

Mario se volvió unos segundos: “¡Roberto! ¡La jeringuilla que falta! ¡Ahora!”. Roberto se acercó rápidamente a su abuelo y se la entregó. Para entonces Adrián ya se estaba dando la vuelta del suelo donde estaba la mujer malherida, y fue atacado de frente por Mario y por una aguja de diez centímetros que se le clavó en el pecho.

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martes, 21 de enero de 2014

Ictus

Según la Wikipedia, un ictus es sinónimo de accidente cerebrovascular e infarto cerebral. Me quedo con accidente cerebrovascular, ese suceso eventual que altera el orden regular de las cosas (cogido de la RAE) en un entorno tan delicado y fuerte como es el cerebro. Pero ictus es una palabra que está de moda ahora y, sin embargo, todo lo que engloba un ictus no, no está de moda, está entre nosotros desde siempre.

Me ha gustado especialmente parte de la definición que se da de él en la web de El Observatorio del Ictus: el ictus es el equivalente a un infarto de corazón, pero en el cerebro. Todos estamos tan familiarizados con los infartos de corazón que este paralelismo entre ambos es bastante esclarecedor.

Pero no voy a hacer un post sobre definiciones del ictus, qué hacer en caso de sufrir alguno, etc. Creo que para eso hay docenas de webs especializadas que te dan detalles con más conocimiento que yo. Y aunque al principio era reacia a escribir sobre esto, puede que no esté mal hacerlo ya que puede llegar a gente y que le ayude a ver las cosas de otro modo porque: mi madre sufrió un ictus hace un mes y ahora estamos saliendo de ello.

Ha parecido como la presentación de un nuevo participante de una reunión de Alcohólicos Anónimos (no es que haya estado en ninguna, pero las películas son muy  malas). Es así: a tu madre le pasa "algo", en la puerta de Observación te dicen que es un "accidente cerebrovascular", tú te preguntas si no se estarán equivocando de paciente porque eso no le puede estar pasando a tu madre; luego te hablan de tratamientos, de uno que puede hacerle sangrar incluso por la encía y firmas el papel de consentimiento porque qué otra cosa puedes hacer. Tu padre y tú os miráis y él te dice una y otra vez cómo pasó todo intentando con ello controlar la situación. Y luego, después de verla, después de comprobar que el lado izquierdo lo tiene fuera de juego, pero que habla con todo el sentido del mundo, comienzas a despejar las dudas de la incertidumbre que te ha tenido como en otro mundo las horas anteriores. Más tarde, algo más tarde, surge la palabra ictus y tu cabeza encaja piezas que ni sabías que estaban desencajadas porque esa palabra la has escuchado mucho últimamente en la tele, en las noticias, sobre Silvia Abascal... Pero todo no ha hecho más que empezar.

Más bien empezó cuando mi madre tuvo la fortaleza suficiente para soportar de forma estoica el envite de un accidente cerebrovascular de semejantes características. Ahí empezó para ella, la verdadera protagonista de esta historia y de la que me siento profundamente orgullosa por la entereza con la que está llevando todo el proceso y el ánimo y tesón que prodiga a diestro y siniestro. Para nosotros, su familia, empezó en casa. Porque la semana que estás en el hospital, te encuentras como en una nube, protegida por los protocolos del centro, con la ayuda y comprensión de enfermeras y celadores (mi agradecimiento más sincero para el equipo de la Unidad de Ictus del hospital Virgen del Rocío de Sevilla). En casa, esa tarde que llegamos tras el alta, la situación desbordó nuestras fronteras y durante unas horas nos sentimos algo perdidos. Hasta que la mente te suelta un latigazo de realidad y echas a andar, aprendiendo cada cosa que haces para atender a tu ser querido, equivocándote con ella y alegrándoos ambas con cada progreso pequeñito que logra (y que sientes como tuyo).

La actitud de mi madre frente a toda esta situación, frente a su pérdida de autonomía, nos ha ayudado a todos a seguir también adelante. Tiene sus momentos, entonces estamos para decirle que siga, que esto es una carrera de fondo, que va a lograrlo y que la rehabilitación es imprescindible por muy cansada que se encuentre. Pero esos son los menos, lo aseguro. Paciencia, comprensión y rutina. Paciencia porque todos tendemos a perder los nervios fácilmente, o no tan fácilmente, por pequeñas cosas, habiendo soportado algunas más grande. Comprensión, para ponerte en su lugar cada vez que algo pueda hacerte perder la paciencia. Y rutina, porque solo así logras sobrellevar con paciencia y comprensión la situación.  

lunes, 20 de enero de 2014

Relato sin Foto: Cambios

El sol entraba a raudales por la ventana. Era imposible no darse cuenta, no echó las persianas la noche anterior. Eso era porque contorsionando un poco el cuerpo, podía llegar a observar algunas estrellas desde su cama; cómo envidiaba esas habitaciones de hotel que, desde las fotografías de las revistas, mostraban una camas enormes con una visión no solo del cielo, sino también del mar.

Si el sol entraba de esa forma tan violenta, tan rotunda, seguramente era ya muy tarde, demasiado como para poner un mensaje al trabajo y decir que estaba enferma. Podría decir que había sufrido un secuestro exprés, que la habían retenido durante 24 horas y la habían dejado ir cuando se habían dado cuenta de que no tenía nada en su poder. Ni siquiera ese pisito de 30 metros cuadrados, propiedad de un primo suyo que se lo dejaba por un alquiler abusivo por encontrarse cerca (que no "en") del centro.

Bah, tampoco es que le importara mucho perder el trabajo. Había decidido, en el segundo uno del año, cuando intentaba asimilar las doce uvas que se amontonaban en su boca, dar un cambio radical en su vida. Lo malo de esos cambios radicales es que se necesita dinero para hacerlos, por mucho que parezca que no, por muy idílicas que parezcan esas huidas a la India, ¿cómo demonios iba a juntar el dinero tan solo del billete de avión? No tenía sentido. Había pensado en hacer un cambio más asequible, de esos de los que solo te das cuenta tú y que son un logro en tu existencia. Aún no sabía cuál sería, si tendría que ver con su anatomía, su pelo, su vida, su trabajo... Pero la inspiración debía llegar de un momento a otro porque, a lo tonto, había pasado ya más de medio mes de enero.

En esas se encontraba cuando oyó un estruendo fuerte en la puerta de entrada. Más bien escuchó cómo la puerta se abría violentamente, haciendo saltar la endeble cerradura que la protegía del mundo exterior. No, si al final lo del secuestro exprés iba a ser cierto. Pasos apresurados, ventanas abriéndose y un bombero que entraba en su habitación antes si quiera que le diera tiempo a taparse. Cerca de su armario, ese armario de IKEA que su primo se había negado a pagar a pesar de que debía hacerlo, intentaba gritar qué pasaba allí, pero nada, nadie la miraba, nadie le contestaba. Entonces se vio, a ella, tendida en la cama, contorsionada, alargando el cuello para llegar al cuadradito de ventana que le permitía ver el cielo.

Menudo cambio, desde luego ella sola se daba cuenta de él: ahora a ver cómo deshacía ese desaguisado.