viernes, 10 de enero de 2014

Es viernes, mamá: El Picasso



Si no lo hubiera visto montar al señor Potato bien un millón de veces, pensaría que el chico tiene una percepción algo extraña de la realidad y podría llegar a preocuparme. Sin embargo, como lo ha hecho, no me preocupo y me río con su forma de crear. Porque Picasso alguna vez también fue niño y seguro que desmontó algún muñeco para después rehacerlo a su manera.

Luego, cuando terminó, dejó al pobre señor Potato ahí abandonado, mirando a ras de suelo, oliendo las nubes y saludando desde arriba. Es genial ver cómo cambia el chico y su forma de entretenerse día a día. Es genial y cansado, sorprendente y agotador. Pero la maternidad es así, tan demoledoramente sensacional como terriblemente trabajosa. 

jueves, 9 de enero de 2014

Mi familia es vampira: IX. El plan continúa (y 3)

IX. 3

Sí, mazmorras. Cuando llegó al final del corredor giró obligatoriamente a la derecha y en ese corredor toda la pared izquierda estaba llena de mazmorras, unas más grandes que otras. Estaban vacías pero hacían ver que habían tenido habitantes no hacía mucho tiempo. Todas ellas las cerraban unos barrotes gruesos y mugrientos y en el interior se hundía en la pared una cadena en cuyo extremo había una argolla. Un escalofrío recorrió la espalda de Roberto, estar ahí dentro comenzaba a producirle claustrofobia, nunca había sentido nada de eso, de hecho la primera vez que había escuchado esa palabra había sido en la televisión hacía dos meses cuando su padre estaba corrigiendo un trabajo de un alumno de la facultad, puso un documental que hablaba de la claustrofobia, del miedo a los espacios pequeños y del pánico de las personas que lo sienten, incluso había testimonios reales, se quedó fascinado por aquello, pero nunca pensó que pudiera sentirlo en sus propias carnes. Comenzó a respirar fuertemente y rápido, tan rápido que le dolía el pecho. Decidió pararse a descansar, sus piernas estaban temblando y veía cuatro manos en lugar de dos, así que no confiaba muy bien en sí mismo.

Se apoyó en la pared y cerró los ojos. Imaginó que estaba en casa, en su habitación, en la seguridad de su cama, de sus estúpidas sábanas con aviones – cuántas veces le había dicho a su madre que no quería que las volviera a poner y ahora las echaba tanto de menos –. Pensó en el Chinche, su amigo, solo hacía una semana que habían suspendido juntos el examen de Matemáticas y se habían tenido que quedar después de clase para las horas de recuperación. Deseaba estar en esas clases de recuperación y en el campo de futbito y que llegara el fin de semana y desayunar cereales, creía que iba a gritar de desesperación cuando escuchó un gemido. Abrió los ojos y le costó asimilar el lugar en el que se encontraba, el pasadizo de las mazmorras ¿vacías? El gemido continuaba hacia el final del pasillo, ¿el abuelo? Esta esperanza lo azuzó a recorrer lo que le quedaba de pasillo con rapidez, cuando llegó a la última mazmorra no podía dar crédito a lo que veía.
Su abuelo, si es que aún seguía siendo él, estaba acurrucado en una esquina con su pie aprisionado por la argolla. Cuando abrió los ojos vio que no eran de color marrón, como lo habían sido siempre, sino de un rojo antinatural en sus pupilas. Y al verlo, dio un salto prodigioso hasta los barrotes obligando a Roberto a saltar a su vez hacia atrás para no ser capturado por las garras de su abuelo. La boca de Mario se abrió tanto que Roberto creía que podría caberle un melón entero dentro de la boca, pero lo peor fueron sus colmillos, eran enormes, exactamente iguales que los de Adrián cuando fue a atacar a Luis.

- ¡Abuelo! ¿Pero qué te ha pasado? – ya se lo había advertido la abuela, pero no creía que aquello fuera a ser cierto. Los ojos rojos no decían nada, seguía manoteando y Roberto cada vez se estrujaba más contra la pared de enfrente.

Celia le había explicado que seguramente Adrián no hubiera proporcionado transfusiones limpias a Mario y que era muy probable que lo encontrara “en un estado en el que nunca antes lo habrás visto, pero tienes que pensar que ese no es tu abuelo, que él no es así”. Vio varios animales por el suelo de la mazmorra, su abuelo se mantenía con vida porque Adrián le había estado proporcionando seres vivos, si había entendido bien la historia de su abuelo, esta sería la primera vez que había hecho algo así. Contra su voluntad.

Pensó rápido. Se abrió el anorak y cogió la bandolera que mantenía pegada a su cuerpo como si fuera oro en paño. Abrió el bolso y cogió una jeringuilla inyectable. Contenía un líquido rojo, sangre sana mezclada con un suero calmante que bajaría la actividad del cuerpo de Mario. Pero ¿cómo iba a inyectárselo? No podía tardar mucho tiempo en pensarlo, su abuelo estaba haciendo demasiado ruido, no sabía a cuánta distancia se hallaban del agudo oído de Adrián ni de ese mayordomo que parecía controlar la casa como si fuera un ser vivo. Si entraba de nuevo en la habitación-pasadizo, caería en la distinta posición de las bolas de hierro de la chimenea, tenía que actuar con rapidez.

Sin embargo, su abuelo no parecía calmarse por más que él intentaba identificarse, no podía reconocerlo, estaba cegado. Eso es lo que quería Adrián, verlo en un estado en el que no había estado nunca antes; mantenerlo con vida, pero en unas condiciones que eran una verdadera humillación para Mario. ¿Por qué le hacía una cosa así? Cada vez que su abuelo manoteaba, intentaba pincharlo con la aguja, pero debía ir con cuidado porque la fuerza era brutal y de una sola sacudida podía atraparlo.

Después de una lucha desigual, Roberto consiguió hundir la aguja en su bíceps. Mario apartó el brazo aullando de dolor, la aguja tenía como diez centímetros de largo así que debió hacerle bastante daño. No importaba, si se la arrancaba tenía otras dos jeringuillas de repuesto, aunque no sabía ya cómo utilizarlas. Pero no hicieron falta, cuando retiró el brazo hundió la jeringuilla en la pared y el líquido que había dentro se inyectó en el cuerpo de Mario que en cuestión de segundo cayó desvanecido en la mazmorra. 

Descubre "Mi familia es vampira" desde el principio.