lunes, 20 de octubre de 2014

Cambios: Post 30

Post 30.

Estaba harta de tanta caja y tanto trasiego. Era la tercera mudanza que aguantaba. Por fin el piso de Daniel estaba listo y nos íbamos a la mañana siguiente. Amelia se había convertido en una tranquilizadora presencia usual y, por suerte, la madre de Daniel también. Ella estaba exultante, Amelia estaba exultante, Daniel estaba… exultante y yo, yo estaba intentando buscar mi nuevo objetivo. ¿Mirar la felicidad desde fuera? ¿Ser la espectadora privilegiada de una película de amor ideal? En fin…

Me metí en la caja de los libros como no podía ser de otra forma, por lo menos podría viajar por páginas y páginas de textos emocionantes – conocía los libros que tenía Daniel y en general todos me gustaban porque me los había leído o porque los tenía en mi lista de pendientes, ahora eternos – mientras viajaba en realidad en el maletero del coche de Amelia. Había descubierto que sí que podía ir de un sitio a otro en cosas de Daniel, no tenía que ser necesariamente con él en alguno de sus bolsillos o en las ranuras de sus zapatos – sí, lo había tenido que hacer en alguna ocasión y no había sido ni muy elegante ni muy agradable, pero el deber es el deber -. Caí a plomo en aquel maletero asfixiante, aunque no más que la caja cerrada con cinta americana que aún olía a suavizante, su anterior contenido. Me imbuí en las letras de “Los pilares de la Tierra”. Lo había leído de adolescente y aún conservaba el regusto de una lectura bien aprovechada. Al desenredar las frases, coma tras coma y punto tras punto, podía recordar cómo en mi primera lectura le robé horas al sueño para avanzar terreno sabiendo positivamente que jamás podría acabarlo esa misma noche. También me vino como una bofetada la sensación que me embargó cuando cerré el libro por última vez: ¿de verdad podría sobrevivir sin aquellos personajes que se habían convertido casi como en personas de mi familia? Qué tiempos.

Y así estaba, perdida en tinta negra sobre blanco y en recuerdos de adolescente cuando me despertó de pronto otro golpe que me dejó la rabadilla mal parada. Ya podrían tener más cuidado Daniel, Amelia o Celia, mucho amor y mucha delicadeza, pero esa costumbre de tirar las cajas de aquella forma tan brusca estaba costándome unos cuantos dolores de cabeza, y hablo de forma literal. A continuación, el cartón de la caja se rasgó con impaciencia y agradecí la ráfaga de aire que me golpeó la cara con violencia. No agradecí tanto el haz de luz que me dejó ciega durante el próximo minuto y medio de mi vida. Cuando abrí los ojos y enfoqué con normalidad, unos ojos desconocidos estaban asomados a la caja revolviendo su contenido y cuando salí, aquello no era la casa de Daniel, aquello era… aquello era… ¡aquello era una biblioteca!



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3 comentarios:

  1. Alaaa, esto sí que no me lo esperaba. A ver que sale de aquí, ¡qué ganas! :) Biquiños!

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  2. Ay, que se nos va a quedar ahí encerrada la fantasmita... Un besote!!!

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  3. Es malo iniciar la lectura desde la mitad... ¡¡tengo que que leerte desde el principio!!

    pero te mando un abrazo gigante de lunes para que me sonrías como nunca!
    Muaks!

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