jueves, 18 de septiembre de 2014

Cambios: Post 26

Post 26.

Cada día me maravillaba con Daniel: llevaba un par de semanas dedicando veinte minutos cada noche a pintar el tiesto para el poto, que seguía resplandeciente en el alféizar de la ventana de aquella habitación que ya comenzaba a ser algo más familiar para todos. Incluso Sultán había encontrado un rincón en ella para descansar y evadirse del mundo cuando lo necesitaba. Siempre había sido un perro muy especial, demasiado especial; tanto que yo, que después de lo que me había pasado ya podía creer en cualquier cosa, había llegado a pensar que debía tratarse de alguna persona reencarnada en perro.

Cuando Daniel se colocaba delante de la maceta, se quedaba pensativo al menos durante diez minutos y ahí es cuando se volvía más transparente que nunca porque bajaba las defensas de un modo inaudito hasta entonces. Realmente pintar le había reportado una buena válvula de escape para sus demonios: aunque siempre, cada noche, invariablemente venían a su mente las imágenes de aquel accidente; las imágenes de lo que sucedió después; las imágenes de un funeral que me ha hecho llorar día tras día desde que lo veo tan real; las imágenes de una risa infantil que parece no haberse apagado nunca y de una mirada tierna y anciana en unos ojos que parecen no haberse cerrado tampoco aún. Aunque cada noche, como digo, esto fuera así, como un ritual para flagelarse sin piedad, luego se ponía a pintar. Poca cosa, casi nada, como retrasando el momento de acabar su obra, porque nunca había sido su fuerte pintar y simplemente dejaba que la luz que le había transmitido Amelia no se perdiera en su cielo nublado. Pintaba y pensaba en ella, en la sonrisa que le regaló cuando entró en la sala por primera vez, ¿ya hacía dos semanas que habían cenado juntos? ¿Podía ser verdad que esa sonrisa se hubiera quedado tan prendida de su mente? Él, un ejemplo de lo que se suele llamar “mantenerse al margen”, “espantar a la gente” y “ser maleducado”. Pero Amelia obvió cualquier señal de esto y pasó por alto toda contestación desairada, porque a cada desplante respondió con una sonrisa, hasta que él se vio obligado a sentirse a gusto.

No me riñáis, tenía que pensar rápido, por poco que pintara cada día, dos semanas dan para mucho y la maceta estaba terminada. Y Daniel nunca me ha dado una sorpresa positiva, es decir, que nunca se ha caracterizado por llevar la iniciativa, ha necesitado siempre un empujoncito… El mismo empujoncito que le di yo al tiesto de barro cocido decorado con un dibujo raro e imposible de identificar con nada, provocando un estruendo horroroso al chocar este contra el suelo haciéndose añicos.


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2 comentarios:

  1. Ay Clara, Clara, como se las gasta jajaja. Pues a ver si va a la tienda a comprar otro :) Biquiños!

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  2. Eso, eso, que vaya a buscar otro tiesto... Besotes!!!

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