jueves, 11 de septiembre de 2014

Cambios: Post 25

Post 25.

Ese piso de alquiler era de todo menos personal. Clara no había visto ni estado en un lugar más aséptico en su vida. Y es que se notaba que ese piso era un lugar de paso del que los del seguro se valían en situaciones como esta, aunque no estaba tan segura de que hubiera tantos incendios como para que necesitaran de un lugar como ese. ¿Sería el nidito de amor de algún jefecillo? ¿El picadero? Mejor ni pensarlo. Clara pudo influir lo suficiente en la mente de Daniel como para que se llevase un par de mudas de cama de casa de su madre, no era ser melindres, era ser precavido.

Su ubicación tampoco es que le viniera de perlas a Daniel, tenía que coger dos autobuses hasta llegar a la comisaría, pero era lo que había y su fantasma tuvo que aclimatarse a un tercer hogar, por llamarlo de algún modo, en un muy corto espacio de tiempo. Si se ponía a pensarlo, echaba de menos incluso el primer cuchitril. Y Sultán tampoco estaba cómodo, corría de una habitación a otra buscando su sitio y cuando se sentía exhausto, se tiraba despatarrado donde le pillara, con los ojos entornados y con un pensamiento que Clara podía leer perfectamente: no me gusta nada de nada este sitio.

Y Celia se había quedado triste, impotente ante el muro de silencio que su hijo había construido sólidamente a su alrededor y que creía haber empezado a derribar, aunque ahora veía que no había sido más que un espejismo. Lo dejó marchar después de intentar convencerlo durante todo el día, prometiéndole no inmiscuirse más en su vida, disculpándose una y otra vez por haber invitado a aquella chica, que no sabía lo que le había pasado; mientras Daniel le intentaba explicar que ya lo tenía decidido hacía tiempo y que no había nada que hablar.

Pero había una cosa en la que Clara, la omnipresente Clara, ese fantasma que todo lo veía y que no hacía más que jugar con los hilos de la vida de Daniel hasta donde él la dejaba – que no era mucho – no había visto. En el fondo de la maleta de Daniel, bajo aquel maremágnum de ropa metida a toda prisa sin ningún orden ni concierto, estaba el nuevo tiesto de barro cocido que Amelia había llevado hacía un par de noches a casa de su madre junto a la pintura y los pinceles para pintarlo. Sobre el alféizar de la ventana del dormitorio, el poto, verde, radiante, lleno de vida. Justo la vida que le iba a insuflar a su dueño, porque Daniel no sabía que con aquel gesto había empezado a salir de una anterior vida llena de sombras para volver al mundo de los vivos, lleno de todos esos colores con los que iba a pintar el nuevo tiesto de su planta.


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3 comentarios:

  1. Ainsss, estoy deseando que pasen cositas rápido, pon la historia toda junta que me muerdo las uñas jejeje. Biquiños!

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  2. Hay que ver la trascendencia que está tomando el poto en la historia. Jajajaja. Besotes!!!

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  3. Tercera vivienda, se avecinan cambios lo presiento ;) queremos acción!! Besotes.

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