jueves, 24 de julio de 2014

Cambios: Post 22.

Post 22.

¿Está bien bailar de alegría cuando alguien se encuentra tan desesperado? Así era la situación. Daniel aún intentaba encajar que esa noche tendría una inesperada, y molesta para qué negarlo, visita en casa y yo lo seguía correteando por toda la casa intentando cambiar algo su actitud. Pero si bien a Celia era bastante fácil influirla, a Daniel era tan complicado que por momentos me daban ganas de tirar la toalla. Al menos sabía que su educación lo perdería y no tendría que sufrir unas consecuencias muy devastadoras, me caía bien la chica, me caía bien Amelia y no quería que aquello que yo había provocado le afectara demasiado. Solo quería que le afectara lo justo, vamos, que se enamorara de Daniel y Daniel de ella. Sí, era posible, debía serlo.

Y Amelia fue más que puntual, se adelantó incluso cinco minutos.

- ¡Yo voy! – Gritó Celia saliendo aprisa de la cocina, desde la que se escapaba un aroma delicioso a tomate y orégano.
- Ya, yo no iba a ir.
- Daniel, por favor, cambia esa cara. Ya está hecho y no vamos a darle una mala impresión a la chica. – Su hijo le contestó con un gruñido. - ¡Y no gruñas!

Amelia entró sonriente en la sala de estar cargada con un paquete, sin duda era la maceta y las pinturas para decorarla, y una botella de vino.

- ¿Os gusta el vino? Espero que este sí, el chico de la tienda le tiene mucha fe.
- Hola, sí, claro, trae que meto la botella en el congelador. – Daniel parecía que iba a desplegar todo su encanto porque dejó asomar en su boca una media sonrisa de la que hasta su madre se sintió sorprendida.
- Amelia, querida, vamos al patio, ¿te parece? He preparado allí la mesa.
- ¡Oh, genial! Un patio, el sueño de todos, ¿no?
- ¿No tienes patio, querida?
- En mi piso de treinta metros creo que no tengo espacio para ello. – Y soltó una carcajada tan limpia, tan sincera, que Daniel no tuvo otro remedio que levantar su vista del congelador donde estaba guardando el vino y reparar un poco más detalladamente en Amelia.

Amelia era joven, pero no tanto como para que se notara mucho la diferencia entre ambos. Era menuda y vivaracha, con un pelo largo que recogía siempre (las dos ocasiones en que la había visto en la floristería) en una cola alta; esa noche lo llevaba recogido también, sí, pero en un moño bajo y despeinado que le confería una imagen dulce y espontánea de la que era difícil mantenerse indiferente. Yo podría decir que no es amor si tienes a un fantasma detrás cantándote las bondades de una persona, pero que él levantara los ojos hacia ella después de escuchar su risa fue totalmente ajeno a mí. Digamos que yo solamente iba a regar lo que ellos mismos sembraron el mismo día en que Daniel se cayó delante de ella en la floristería. ¿Qué se cayó por mi culpa (o gracias a mí? Eso no tenía nada que ver.


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