jueves, 17 de julio de 2014

Cambios: Post 21

Post 21

- ¡Hola! Sabía que volverías. – La florista salió de detrás del mostrador. – Ya estaba cerrando la caja de hoy, pero por ti esperaré un poco.

Daniel se asombró de la tremenda confianza con que lo trataba aquella extraña. O quizá era que estaba tan poco acostumbrado a las relaciones sociales que confundía amabilidad con pesadez. Y eso era precisamente lo que Clara no quería que Daniel pensara de… de… ¿Cómo diablos se llamaba aquella chica? Tanto tiempo yendo a la misma floristería y resulta que nunca había sabido su nombre.

- Qué chica tan agradable. – Cortó Celia a su hijo cuando este estaba, seguramente, a punto de soltar una inconveniencia.
- Si venimos en mal momento, podemos volver otro día. – Clara podía leer un NUNCA en letras mayúsculas en el centro de los pensamientos de Daniel.
- En absoluto. ¿Qué ha pasado? ¿Te ha enamorado tanto el poto que vienes a por otro? – Y Celia se carcajeó tanto como Clara, que aún seguía junto a su oreja pasándoselo bomba.
- Mamá, ¿estás bien? ¿Has tomado algo?
- No, hijo, no sé por qué lo dices. –Y se volvió a la joven que los miraba curiosa. – Venimos a por un tiesto para el poto.
- ¡Lo sabía! Sabía que le ibas a coger cariño y que querrías tenerlo bonito.
- Ay, no, hija, no. – Daniel estaba espeluznado. Normalmente su madre era un ejemplo de discreción y prudencia y allí estaba ahora, reconvertida en cotorra. No daba crédito. – El piso de mi hijo se incendió. – Ella dio un respingo. – Nada, no te preocupes, él está perfectamente, pero el poto… El tiesto de plástico en el que venía está algo chamuscado.
- Claro, claro, entiendo. Un momento.

La chica desapareció en la trastienda, hizo algo de ruido y al poco apareció con una maceta de barro cocido lo suficientemente grande como para albergar dos potos.

- A ver, os explico: el poto va a crecer y no quiero daros un tiesto que se os quede pequeño a las primeras de cambio, sobre todo porque, y esto os va a gustar… - miraba cómplice a ambos, madre e hijo, aunque sabía que el segundo no tendría el menor interés en lo que iba  a decir a continuación. Aún así, le divertía. – Este tiesto es para que lo pintéis vosotros mismos. – Celia esbozó una sonrisa amplia y Daniel puso los ojos en blanco sin ningún tipo de reparo en que la chica se diera cuenta.
- ¿No tienes algo más normal?
- ¡No, hijo! Es fantástico.
- Mamá, si a ti nunca te ha gustado pintar.
- Nunca es tarde para empezar. ¿Tú qué piensas?
- Que estoy con usted. – Desde luego se estaba divirtiendo de lo lindo. – Además, la maceta tiene unas líneas muy actuales y el pack viene con pintura y un folleto lleno de ideas.

Celia miraba a su hijo extasiada. Daniel se propuso, y esto Clara lo vio con nitidez, buscar piso lo antes posible, aunque eso supusiera dejarse el suelo entre pagar las reformas en su apartamento chamuscado y pagar otro alquiler. Y a ese piso nuevo no iría el poto, podía jurarlo.

Cuando él empezó a coger la cartera, la chica le paró en seco:

- Ni lo intentes, recuerda que tienes barra libre.
- Seguramente ese tiesto vale más de 15 euros.
- Seguramente, pero no te lo voy a coger y esta vez soy yo la que se planta. – Daniel la observaba midiendo las consecuencias de insistir y pagarle. No estaba muy ducho en las convenciones sociales, pero tampoco quería ser un mal educado.
- ¡Estupendo! – Fue Celia quien encaminó la situación. – Pues te invito a cenar.
- ¿Qué? – Daniel no daba crédito.
- Que la invitamos a cenar, esta noche, no puedes decir que no. Te traes el tiesto con las pinturas, me enseñas cómo va todo y yo hago una de mis pizzas caseras.
- Eh… - La chica no sabía qué decir, aquello había llegado más lejos de lo que ella había calculado.
- Ya te lo he dicho: no puedes decir que no. Espera. – Cogió un bolígrafo y un papel de su bolso y apuntó su dirección. – Aquí tienes. Te espero sobre las nueve y media…
- Amelia.
- ¡Amelia, qué nombre tan bonito! Estupendo.

Una vez fuera del local, habiendo dejado a Amelia temblando como un flan sentada sobre la butaca de detrás del mostrador, Daniel y su madre iban discutiendo calle abajo.

- Mamá, no puedo creer que hayas invitado a cenar a una desconocida a casa.
- Ni yo, hijo, ni yo.
- ¿Entonces?
- No sé, pero me ha dado muy buenas vibraciones.

Y se fueron sin comprar nada en la panadería de al lado.


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