jueves, 29 de mayo de 2014

Cambios: Post 14




Post 14

Yo sabía que eso significaba algo. No había podido abandonar el bolsillo de la chaqueta de Daniel en ningún otro sitio y entonces, de repente, puedo saltar y llegar a un poto colocado justo en la floristería que yo frecuentaba en otra vida. O ese poto que llevaba ahora mi protegido en las manos, y en el que yo me balanceaba más feliz que una perdiz, era el objeto de mi misión o esta, la misión, no había hecho más que empezar gracias precisamente a ese poto. ¿Era la vida tan peregrina como para que mi objetivo como fantasma fuese la de Celestina? ¿Era la florista el final del camino para mí? Eso lo tendría que ir descubriendo poco a poco. De momento, ya tenía un hilo del que tirar.

Llegamos a casa Daniel, el poto y yo. Desde el minuto uno noté la incomodidad de Daniel con ese poto entre las manos, pero también noté como no lo tiró al contenedor de basura a sabiendas de que estaba pasando junto a él: no quería tirar el poto. Llegó a casa y, lejos de dejarlo de cualquier modo en cualquier sitio de su mugroso apartamento (admitámoslo, estaba mugroso, no había visto mucha actividad limpiadora en los meses que llevaba conviviendo con él, a Dios gracias que los fantasmas no tenemos el sentido del olfato muy desarrollado), lo llevó junto a la ventana del salón. Y una vez allí, se quedó pensativo en mitad del salón y mirando a su alrededor, y luego hizo lo que yo querría que hubiese hecho desde el principio: retiró el butacón de la entrada a la terraza, abrió la puerta – que chirrió como en las películas de miedo – y sacó el poto al exterior. Y como el ser fantasma venía con un don muy perturbador que me hacía reconocer el interés real con el que se hacían las cosas, supe que lo hacía para que esa planta no se marchitara en la oscuridad del piso y no por perderla de vista.

El perro gigante saltó rápidamente también a la terraza, parece que yo no era la única que echaba de menos algo de aire fresco entre esas cuatro paredes. El animal estaba feliz, iba de un lado a otro de la pequeña estancia mirando entre las rejas de la baranda y sosteniéndose sobre sus dos patas traseras para asomarse a ella. Todo un espectáculo. Olisqueó el poto y me miró a los ojos: “Ni se te ocurra hacerle nada a esta planta, chucho”. Sonrió, porque los perros también sonríen, y me ladró contento dejándome medio sorda del oído izquierdo. Luego volvió dentro volviéndose cada dos por tres para comprobar que la puerta al cielo seguía abierta y que todo aquello no había sido solo un espejismo.

Daniel volvió al poco, ya cambiado de ropa y descalzo, una costumbre suya que no me gustaba nada porque mi madre siempre me había hecho ver que ir descalzo conlleva sus peligros aunque sea en tu casa. Llevaba un vaso grande de agua. ¡Iba a regar el poto! No solo estaba interesado en que la planta sobreviviera sino que se preocupaba de ella desde el principio… ¡Y qué buen principio!

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4 comentarios:

  1. Uohhh!! buen principio si!! por cierto los gatos también sonrien? igual mi Manolo se está partiendo de risa de mi y yo pensando que el pobre está harto de aguantarme!! ;) Besos.

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  2. Si es que la florista le ha hecho tilín. Qué bonito... Besotes!!!

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  3. Todo un mundo dentro de un poto... la terraza necesita pintor?

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  4. Pon un Poto en tu vida!!! ;D
    Un día de estos te enseño mi Potorro XDDD

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