jueves, 15 de mayo de 2014

Cambios: Post 12

Post 12

Llevaba con Daniel dos meses, dos largos meses, con sus días, sus horas y sus minutos. Y por qué no, con sus segundos. Que yo parecía que desde que era etérea notaba el paso del tiempo hasta en su más mínima expresión. Y estaba empezando a cansarme. Al principio, asomarme a una vida diferente había sido interesante, obviando que a mí nunca me había gustado cotillear, pero a falta de otra actividad, esa era la mejor que se me había presentado. Y la búsqueda de una misión, para qué negarlo, ya estaba empezando a dudar de mi verdadero destino allí, ya estaba pensando que había hecho algo muy malo muy malo en mi vida para que me viera atrapada de aquel modo.

Ocurrió una tarde que volvíamos a casa. Ya me preguntaba dónde me metería cuando el calor que se avecinaba y que de vez en cuando dejaba verse cayera a hierro sobre nosotros. ¿En el bolsillo de la camisa? ¿En el del pantalón? Ninguno sería tan cómodo como el de la chaqueta, pero si no quería convertirme en un fantasma deprimido entre cuatro paredes, tendría que dejarme de remilgos y adaptarme a las nuevas situaciones conforme fueran llegando. Ocurrió una tarde cuando volvíamos a casa, decía, que pasamos por delante de mi floristería. Mi floristería, esa a la que iba yo cada dos semanas a hacerme con una planta que regar, ver crecer y regalar anónimamente a alguien que pasase por la calle. Qué añoranza de estar viva me sobrecogió. Me invadió una nostalgia sobrehumana (yo era sobrehumana) y miré a esa chica que me resultaba tan familiar afanándose en recoger todas las macetas que habían adornado su trozo de calle durante el día con una mezcla de llanto y sonrisa que me hizo saltar de aquel bolsillo y caer sobre un poto. Un poto grande, de un verde intenso, fresco y oloroso. Olía a planta, ese olor a planta que tanto me gustaba.

Y las cosas pasaron sin que me diera apenas cuenta. Como atados por un hilo invisible, en el momento de mi caída (¿o tendría que decir escapada?) del bolsillo, fruto de mi ansia por el recuerdo de lo que había sido mi vida en otros tiempos, Daniel se tropezó hacia atrás delante de la chica que guardaba las macetas. Era un poco ridículo porque, ¿quién se tropieza para atrás? Solo alguien que está unido a un fantasma que huye de su protegido (o protector) y que no sabe por qué ahí, justo en ese lugar de la ciudad, sí se le ha permitido salir del bolsillo de la chaqueta que ha sido su cárcel durante tanto tiempo.



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3 comentarios:

  1. Oy oy oy, me da a mí que a la chica esa le pasa algo interesante. Pero que giros que das, me encanta! Biquiños!

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  2. No sé por qué pero la chica de las macetas me recuerda a Amelie. Un besote!!!

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  3. uala!!!!!!!!!!!! venga ya!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! jajajajaj.. que bueno, que bueno!!!!!!!!!!!! y eso que a mí se me mueren todas las plantas... pero vaya, si hay que ser florista se es y punto!!

    me encanta como "giras" la historia que dice mandi... buena prosa nenuskis, buena prosa... mmmm.. ¿se dice así???... jajajjajj...

    besazoooo!!!!!!

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