jueves, 23 de enero de 2014

Mi familia es vampira: X. Fuera de planes (y 2)

X. 2

Roberto sudaba abundantemente, le temblaba todo, tanto que le costaba mucho dominar el movimiento. Miraba con fascinación la madeja de pelo que yacía en el suelo en tanto que su abuelo abría los cerrojos. La estaban ayudando a incorporarse cuando la luz se ensombreció al otro lado del pasillo.

Adrián los esperaba en la misma bifurcación donde se habían desviado de la salida. No sabía si era la luz de las antorchas, su sombra que se alargaba hasta casi tocar a los ahora tres prisioneros o que Adrián había crecido de forma inaudita, pero parecía tan grande que era imposible saber si su cabeza daría en el techo cuando comenzara a moverse. Roberto de nuevo se quedó totalmente conmocionado, ahora sí que estaban perdidos, su mente corrió hacia las mazmorras, las argollas que pendían de las cadenas, los cerrojos, los animales desangrados alrededor y vomitó. Su abuelo lo miró con ojos culpables: si se hubieran marchado, ahora ni él ni su nieto estarían allí. Él quizás pudiera defenderse, pero ¿podría defender a Roberto?

Adrián soltó una carcajada que sonó hueca en el pasillo. La mujer lo miraba desde el suelo, aún algo desvanecida pero recuperándose poco a poco.

- ¿Qué esto? ¿Os vais? Está feo irse sin despedirse del anfitrión.
- Adrián, te suplico que dejes marchar a Roberto, él no tiene nada que ver en esto.
- No, no, no, él ha tenido la oportunidad de marcharse con su hermano y con ese Richard, así que si ha elegido quedarse por algo será. Hay muchas celdas donde elegir, chico, puedes escoger la que más te guste. - Volvió a soltar una gran risotada. Ahora Adrián llevaba una capa negra enorme, con el fondo rojo, iban a ser ciertos esos dibujos del Conde Drácula que había visto en el libro que compró el día de su cumpleaños. El pelo era más negro que nunca y la dentadura brillaba, sobre todo los dos colmillos de arriba. Le sobrevino otra arcada pero ya no echaba nada.

De repente, de un salto Adrián se presentó delante de los tres, ahora la mujer estaba de pie y miraba la escena con unos ojos más calmados pero igual de atemorizados que los de abuelo y nieto. Mario empujó a Roberto detrás de ellos dos aunque tampoco había mucho espacio donde estar, el pasillo se cerraba con una pared de piedras, las mismas que había estado viendo a lo largo de todos los corredores desde que bajara por el tramo de escaleras. Todos, los tres adultos, se pusieron en una posición de ataque bastante peculiar, Roberto admirada la escena hechizado, sostenía el bastón del murciélago disecado con tanta fuerza que el pomo de cristal – este era azul – crujió en sus manos. Parecía que la cosa estaba en desigualdad de condiciones, pero de todos modos el hecho de que contra Adrián, un vampiro a toda vista más peligroso y acostumbrado a este tipo de peleas, con más fuerza y todas las capacidades de vampiro desarrolladas, se enfrentaran no uno sino dos vampiros “limpios”, por llamarlos de algún modo, era más ventajoso que si se lo hubiera encontrado cuando estaba a solas con su abuelo.

La mujer, con las uñas largas pintadas de negro, algunas rotas pero la mayoría peligrosas armas para Roberto – ya las había sufrido antes cuando la despertaron de su estado salvaje –, daba manotazos en dirección a Adrián llegando a desgarrar la camisa también negra que llevaba puesta. Mario había comenzado a andar en dirección a la bifurcación, todo su afán era alejar lo máximo posible la situación de su nieto.
Se movían de forma circular, sin llegar a dar la vuelta del todo, haciendo aspavientos y atacando tímidamente en algún momento, parecía que la pelea no iba a empezar nunca. Entonces sucedió, Adrián se abalanzó sobre Mario, en su mente estratégica debía dejar fuera de juego al más fuerte de los dos, sufriendo para ello las embestidas del más débil: por eso fue hacia él cogiéndolo de los brazos y dirigiéndose directamente a su cuello. Mario se revolvió y no dejó que lo mordiera y, aunque no pudo deshacerse de sus manos – tenía una fuerza sobre humana –, sí que pudo propinarle una patada en el estómago con lo que Adrián se encogió y la mujer se le echó encima de la espalda. Otra patada de Mario en la cara de Adrián sirvió para que éste reaccionara y se volviera más cruelmente a la mujer que tiró de un empujón al suelo, cogiéndola después del pelo.

Mario se volvió unos segundos: “¡Roberto! ¡La jeringuilla que falta! ¡Ahora!”. Roberto se acercó rápidamente a su abuelo y se la entregó. Para entonces Adrián ya se estaba dando la vuelta del suelo donde estaba la mujer malherida, y fue atacado de frente por Mario y por una aguja de diez centímetros que se le clavó en el pecho.

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