viernes, 27 de diciembre de 2013

Es viernes, mamá: Mañanas navideñas



El chico está de vacaciones. Hasta el día 7 de enero es el dueño y señor de todos los lugares por los que pasa las 24 horas del día y a mí se me agotan las ideas para tenerlo entretenido. ¿Que si lo llevo a la guarde para que desfogue? ¡Pues claro! Cansar a un niño de dos años y medio es contraproducente para la salud de un adulto, la de sus pulmones y la de su equilibrio mental. Así que hacerlo tantos días seguidos se me antoja una tarea ingente.

Pero Papá Noel ha acudido en nuestra ayuda y ha dejado en casa de los abuelos un arsenal de juguetes con los que deslumbrar al chico durante unos días hasta que lleguen los Reyes Magos y luego, mi regalo, la vuelta al cole. Un coche teledirigido, una pizarra magnética, una granja de Playmobil y un camión de basura (sí, se quedó prendado de él y ha habido que regalárselo, amarillo y con ruidos ensordecedores, como casi todos los vehículos de juguete). En casa le esperaba una alfombra con carreteras con la que intentamos, en vano, que no se sentara directamente sobre el suelo (no os lleve a error la imagen, así aguantó media hora).

Así que por delante se nos presentan muchas mañanas de juegos navideños bajo techo - si el tiempo sigue como hasta ahora -, redescubriendo juguetes que tenía olvidados (como el de la foto, unas construcciones de maderas que tiene desde hace más de una año, pero que hasta ahora no ha sabido apreciar) y aprovechando sus nuevas adquisiciones. Cuando pasen los Reyes Magos, sin duda me convertiré en una de esas madres que hace desaparecer por arte de magia algún que otro juguete.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Mi familia es vampira: IX. El plan continúa (2)

Roberto seguía avanzando en la oscuridad. Su visión ya estaba hecha a la claridad platina de la luna, pero aquella estancia era como un campo de fútbol a pesar de lo pequeña que parecía al principio. La lentitud con la que se tenía que mover era pasmosa, a cada paso le asaltaba un busto de mármol o una mesita de café del siglo XVIII – se decía para sus adentros este siglo como quien piensa en cualquier otro número –. Había lienzos apoyados en sillas antiguas que olían a madera vieja y galanes que en la oscuridad se asemejaban a personas esperándole de pie. No escuchaba nada, ni fuera ni dentro, hasta que la puerta se abrió. Desde detrás de un sofá estilo isabelino, con un estampado horroroso pensó Roberto, pudo observar la calva del mayordomo de su primo moviéndose eficazmente entre todo aquel caos, parecía que en su mente aquello tenía un orden, cogía de un lado y colocaba en otro hasta que encontró lo que estaba buscando: un bastón de madera negra con otro pomo rojo transparente y otro insecto disecado dentro. Cuando lo cogió dio un gran suspiro y cerró inmediatamente la puerta dejándolo todo de nuevo a oscuras. Roberto no pudo aguantar la tentación de acercarse al paragüero que contenía un docena de bastones iguales, excepto en el color de madera y en el de la bola transparente. Y vio con asco que no era un insecto lo que se encontraba disecado dentro de cada uno de ellos, sino un murciélago, empequeñecido no sabía de qué forma, pero murciélago al fin al cabo. Después del susto inicial optó por hacerse con uno de esos bastones, puede que en lo que restaba de misión pudiera necesitarlo.

Continuó su trayectoria diagonal hacia la esquina de la chimenea y sobre ella, tal como le dijo su abuela Celia, vería tres bolas gigantes como de hierro negro, justo en la balda sobre la rejilla y situadas en el centro. Tendría que tener maña y algo de fuerza para moverlas ya que había que mover dos a la vez – él era diestro y la mano izquierda normalmente era inútil para asuntos que requirieran hacer fuerza –. E inmediatamente después mover la de en medio, con lo que tendría que ser también bastante rápido. Comenzó a intentarlo. No fue hasta la quinta vez que lo consiguió: las dos bolas pequeñas de los extremos se movieron profundamente hacia el fondo de la balda y la bola grande central la trasladó hacia la izquierda. Una vez hechos los movimientos escuchó un clic parecido al chasquillo que hace un pestillo al cerrarse y la rejilla que cubría el hueco de la chimenea se abrió lentamente.

Un aire frío casi glacial salía de aquel hueco. Roberto se ajustó el anorak y comenzó a bajar repitiéndose una y otra vez que no tendría miedo. Sin embargo, los escalones le invitaban precisamente a lo contrario, a salir pitando, aunque pensándolo bien era mejor continuar que volverse porque, ¿cómo salir de allí si no era con el abuelo? Así que empezó a descender. Debía tener cuidado, los peldaños estaban mohosos, oscuros de humedad y con sombras verduzcas en las esquinas, verduzcas como el vidrio de los vasos de té que les había ofrecido Adrián. No había luz en el pasadizo descendente pero al final, a lo lejos, podía observarse algo de claridad de nuevo en movimiento. Usó el bastón para tantear cada escalón, mira por donde le había buscado utilidad antes de lo esperado. Descubrió al final de la escalera que le seguía un corredor más fúnebre aún lleno de antorchas en ambas paredes, tan juntas estaban que parecía que las antorchas formaban un arco. No quería apoyar las manos en las paredes del corredor, podía ver cómo los gusanos salían y entraban entre las grietas de las piedras que conformaban aquella construcción, el musgo que parecía crecer de la piedra mismo parecía a su vez que lo engullía y todo volvía a comenzar cuando el gusano volvía a emerger hacia el exterior. Decidió que seguiría mirando hacia delante sin fijarse en los laterales a no ser que fuera estrictamente necesario.

Estuvo andando como diez minutos. Pensó en un momento dado que había ido en horizontal, nada de bajadas, a parte del tramo de escaleras del principio, por lo que sospechaba que ya debía estar debajo de la casa de enfrente de la de Adrián. Aún así dudaba mucho que sus vecinos supieran en primer lugar quién era la verdadera persona que vivía en la casa de enfrente y segundo que bajo ellos hubiera un intrincado laberinto de pasadizos y mazmorras.

Descubre "Mi familia es vampira" desde el principio.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Carmen, mi suerte en la vida: De cuando Carmen se fue a celebrar el día 25

Que Carmen se nos ha ido a celebrar el día 25 estando en pleno verano en el pueblo. Eso pasa por contar su vida de forma tan atemporal, pero bueno, nos gusta de todos modos.

"El día 25 en casa siempre ha sido un caos. Lo único seguro que pasa ese día es que el almuerzo son las sobras de la noche anterior. Una noche en que mi madre es capaz de hacer comida para un regimiento de infantería hambriento después de unas prácticas reales en un campo de batalla plagado de minas, sin ser capaz de medir los puñados de arroz que echarle al caldo del puchero cuando solo estoy yo como novedad a la mesa. Así que sí, el día 25 es un día de tranquilidad alimentaria, pero de desasosiego general porque:

- Ese día pueden aparecer el hermano de mi padre y su mujer. No me caen bien, ella siempre me ha mirado mal, diría que desde pequeña. Se queda hablando con mi hermana como si ella fuera la única mujer de la reunión y mi madre le deja el último café de la cafetera para vengarse de forma encubierta. Ahora tienen cafetera de cápsulas, así que lo que hace es reutilizar una cápsula ya usada para su taza. Me maravillo de los modos que tiene mi madre para dar rienda suelta a su imaginación.

- Mi abuela se pone melancólica y nos suele ir cogiendo a todos, uno por uno, para contarnos las mismas historias de siempre de sus Navidades de pequeña en el pueblo cuando no tenían nada que echarse a la boca y se reunían alrededor de un puchero del que tenían que sacar para diez por lo menos (no eran tantos hermanos, pero cada año aumenta el número de comensales). Al principio la evitaba, pensando que podría salvarme; últimamente procuro que me capte pronto porque tarde o temprano lo termina haciendo, así que cuanto antes mejor.

- Los vecinos de abajo en lugar de salir, entran de fiesta navideña con sus guitarras, sus cajas de sonido y un coro rociero de lo más profesional. Sabemos cuándo empiezan, pero no cuando acaban, así que ha habido años que nos hemos unido a la fiesta.

- El corazón ya no me da un vuelco cada vez que escucho un petardo, en el barrio de mis padres hay un gran nivel de tiradores de petardos a cual más enorme y sin tener en cuenta la hora a la que se tiran, en Navidad da igual, todas las horas son buenas.

- Gloria se acerca por la tarde, a veces lo hace con su madre y cuando eso pasa, las dos matriarcas mantienen una guerra soterrada sobre cuál de las dos ha hecho más cosas y mejor en Navidad. Hay un intercambio pasivo de recetas navideñas que no tendrá fruto alguno porque normalmente todo se zanja con: "Es que yo tengo como tradición ese plato y no creo que vaya a cambiar".

- Mi padre canta villancicos. Nos obliga a mi hermana y a mí a hacerlo. Es el único momento del año en que me siento más unida a ella.

Pero nos damos los regalos los unos a las otros porque Papá Noel es una tradición que cuajó en casa no sé en qué momento; comenzamos a recordar, igual que la abuela, muchas de las cosas que hemos vivido en Navidades anteriores y reímos hasta reventar en muchas ocasiones y sin reventar en otras tantas. Y los quiero a todos, lo sé todos los días del año, pero ese en particular es más peculiar que otros y queda aún más patente."

lunes, 23 de diciembre de 2013

Relato con Foto: De viaje



Un tren vacío, un paisaje que pasaba a una velocidad tan alta que no podía detenerse en los detalles y un libro que no tenía ganas de leer. Perfectas las dos horas de un viaje en las que podría imaginar otra vida y sentirse libre por primera vez en mucho tiempo. E imaginó otro viaje, pero este en coche, con el sol entrando a raudales por las ventanillas, la risa de unos niños y las canciones de una mujer. Y de repente se dio cuenta de que no estaba inventando nada, sino que aquello era un recuerdo, tan lejano en el tiempo que su mente lo había colado en su imaginación.