viernes, 20 de diciembre de 2013

Es viernes, mamá: Dibujando montañas



De esta imagen hace ya un tiempo, pero hasta ahora, por acumulación de temas (es que el chico es una fuente inagotable de ellos), no ha visto la luz: el chico ya dibuja cosas con significado.

Hasta hace poco, todo eran rayas sin sentido, garabatos hechos por el puro placer de ver un color en una hoja de papel (si es una hoja de papel importante para nosotros, sus padres, mejor), llenar todas las páginas de un cuaderno con rayas solitarias por la satisfacción de eso mismo, llenar todas las páginas de un cuaderno. Y ahora, ahora el chico dice que dibuja montañas y yo me lo tengo que creer porque, ¿qué veis vosotros en esa fotografía? Son montañas, unas montañas tan claras y emocionantes que todavía me maravillo de haber sido capaz de captar el momento en que comenzó a dibujar algo con sentido.

Luego han venido las carreteras, muy sofisticadas, eso sí, con su línea discontinua para separar los carriles; también el número seis (6), que le encanta hacer una y otra vez; y también su propia versión de lo que es un coche, este último concepto le cuesta pulirlo, pero es que no olvidemos que tiene dos años y medio.

Poco más que decir porque en este caso, en este post, eso de que una imagen vale más que mil palabras es una verdad como un templo.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Mi familia es vampira: IX. El plan continúa (1)

IX. 1

Salieron los tres atropelladamente del salón mientras Adrián observaba la oscuridad de la noche. ¿Había sido todo aquello un error? Sabían que no, conocían bien los planes de Adrián, no hacía falta que él se los desvelara. Habían tardado menos tiempo que el estipulado, apenas media hora, pero sería suficiente. Ahora llegaba quizás lo más complicado: Roberto debía meterse en una de las habitaciones del gran pasillo de salida sin ser visto. A su favor tenían que el mayordomo, como buen conocedor de su amo, no se había personado en la habitación para acompañarlos a la salida, así que estaban ellos solos recorriendo la distancia que había hasta la entrada. En menos de tres minutos, Roberto se escondía en la tercera habitación de la derecha, dejando a su hermano y a Charles solos y apresurados dirigiéndose a la salida.

La habitación estaba oscura, como todo en aquella casa, tan tétrica y destartalada a pesar de parecer lujosa y ostentosa. No quería mirar alrededor porque, aunque oscuro, la claridad de la luna hacía que se pudiera distinguir todo. Y  no quería hacerlo porque tenía miedo de lo que pudiera encontrar. No obstante era necesario que lo hiciera, si había actuado correctamente debería estar en una habitación-pasadizo, es decir, un modo de entrar en las entrañas de la mansión. Abrió los ojos lo más que pudo y miró fuertemente, tenía que acostumbrar sus ojos a esa nueva claridad. Desde dentro, la luna parecía tan poco terrorífica, todavía se acordaba cuando por la noche esa visión le fascinaba y le atemorizaba a la vez. Sí, debía ser la habitación correcta. En una esquina había una chimenea, se supone que sin uso real, tras ella debía encontrarse una rejilla así que avanzó sigilosamente sin querer tropezar con nada, lo cual era complicado.

Toda la estancia estaba llena de chismes, parecía como si aquella fuera la habitación de los trastos. En realidad estaba destinada a guardar todas las obras de arte que Adrián había ido acumulando a lo largo de toda su vida. Los cuadros normalmente los exponía en los largos pasillos de toda la casa pero las esculturas y muebles antiguos que colocaba por todas los espacios cuando organizaba algún evento, los amontonaba allí, detestaba tener tantos tiestos por medio. Ese había sido uno de los defectos de su mentor, Peter Rashford, menos mal que al fin aquella casa era suya y podía hacer con ella lo que le viniera en gana. Por eso Roberto debía andarse con cuidado de no hacer ningún ruido, el oído agudizado de Adrián se percataría inmediatamente de que alguien andaba por la casa, ya se lo dijo su abuela bien claro “si te enviamos a ti es porque a ti no puede hacerte nada aún. Pero también porque eres el único que tiene el tamaño suficiente para caber por el hueco de la chimenea sin problemas”. Le había instado a dejarlo, a no hacerlo, lo comprenderían perfectamente, tenía solo diez años, hacía apenas un mes que sabía de la historia familiar y puede que aún no la comprendiera del todo. Además, aquella era una aventura peligrosa, pero “confiamos en ti, eres uno de los nuestros al fin y al cabo, y los nuestros nunca han tenido una vida normal”. Cuando escuchó aquello supo que aquella misión debía ser para él. ¿Por qué la presencia de Luís? Simplemente para despistar. También Adrián había estado en lo cierto, habían enviado a “negociar” con él a las personas a las que menos daño podía hacer, sabían no obstante que nunca forzaría ni secuestraría a los nietos de Mario sin poder sacar algo en claro de ello. Pero el hecho de que no pudieran asalvajarse tan fácilmente les daba puntos a su favor, por eso los dejó marchar. No les servían para nada, ni siquiera para estar junto a él como vampiros consolidados, así que ese era un riesgo que debían correr y, afortunadamente, estuvieron en lo cierto y los dejó marchar. 

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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Carmen, mi suerte en la vida: X. La noche esotérica (1)

X. 1

Si me hubiera cogido con quince años, jamás me habría apuntado a una noche como esa. Siempre he sido muy cagona y lo espiritual y esotérico me ha dado más miedo que curiosidad. Pero a mi edad y con la suerte que mi vida me había ido deparando, un plan de esas características me apetecía horrores.

Todavía no me explico cómo Gloria, con sus antecedentes, no me había ofrecido una velada así en todo este tiempo, a pesar de que ella insista que fue por miramiento. ¿Miramientos? ¿Ella? ¿Conmigo? La conozco y seguro que le daba miedo lo que pudieran decir sus cartas. O equivocarse. Aunque no quisiera reconocerlo, era así. Pero esta noche, entre tanta mujer y tan diferentes unas de otras, se sentiría más envalentonada. Como digo, ya la conocía yo como si la hubiera parido, a veces eso sí que era como de otro mundo.

Las participantes al evento comenzaron a llegar a las ocho y media. Toñi júnior lo hizo la primera, con una sonrisa triunfal en su rostro:

- Le he dicho al padre de mis hijos que en septiembre pido el divorcio y me he venido para acá antes de que pudiera contestar.
- ¿Y por qué septiembre? – Gloria la miraba de hito en hito.
- Porque no me gusta estar ocupada en verano, no tengo ganas de papeleos y tonterías con estas calores.
- ¡Ah! Ahora que lo dices, tienes razón, pero, ¿no le estarás dando tiempo para prepararse? Quiero decir… - Gloria, por primera vez en su vida, buscaba las palabras más adecuadas.
- ¿La casa? Es de mis padres. Y el coche está a mi nombre porque cuando se compró, él tenía unos problemillas y no queríamos que se lo embargaran.
- Bueno, mejor. ¿Y los niños? - ¿Gloria preguntando por el destino de unos críos? Esto era el pueblo, es decir, el mundo al revés.
- Te aseguro que él no quiere quedárselos. Y si tenía alguna duda, espera a que los recoja mañana.
- ¿Mañana? – Yo me volví como un resorte, dejando al instante lo que estaba haciendo: preparando unos boles con patatas fritas.
- Claro, mañana. Esta noche va a ser muy larga.

De repente, el plan de la noche del sábado había tomado un cariz diferente, se había tornado un poco más oscuro.

Gloria preparó en mitad del salón su chiringuito tapando una mesa redonda que mi abuela solía tener en el zaguán con una bandeja de chucherías. Todo el mundo hablaba de esa mesa y de esas chucherías, pero nunca nadie cogía nada cuando llamaba a la puerta de casa. No he sabido por qué. La tapó con uno de esos enormes pañuelos para el pelo que había comprado expresamente para lucir estilismos rurales, aunque yo, en lo que llevaba de verano, no había visto en el pueblo a ninguna mujer con un pañuelo en la cabeza. Su pelo se lo recogió con el mismo turbante con el que llegó y, a pesar de mis dudas, lo hizo con la misma gracia que tuvo entonces. ¿Cómo había podido yo poner en tela de juicio la capacidad de mi amiga?

Dejó sus gafas de sol, esas gigantes que le ocupaban media cara, junto a la baraja de cartas del tarot “porque en estas cosas, crear el ambiente idóneo es esencial”. Esa baraja de cartas del tarot tenía una historia fascinante y yo la creía a pies juntillas. Podía tener cincuenta o cien años perfectamente, había pertenecido a la familia de Gloria toda su vida y tenía unos dibujos tan aterradores que me inquietaba tenerla bajo mi mismo techo. Como el libro de “El Exorcista”, que guardaba un sitio singular en la casa de Gloria y yo no podía dejar de mirarlo cada vez que iba allí porque tenía la sensación de que me vigilaba. Esas cartas habían predicho varias cosas en mi vida; otras aún las estaba aguardando, pero yo, aunque no era una crédula absoluta, les tenía bastante respeto. Sobre todo si la que las echaba era la madre de Gloria, esa mujer era bruja de verdad. Gloria se colocaría sus gafas para leernos el futuro y se tomaría varios gin-tonics de ese minibar que había organizado sobre el aparador, así que nuestro sino podría resultar algo oscuro y confuso.

¡Ay, si mi abuela se presentara allí en esos momentos y viera que sobre su tapete de croché ahora no descansaban marcos de fotos de bodas y comuniones, sino botellas de whisky y ginebra!

Todo Carmen aquí, conoce a Carmen desde el principio.

martes, 17 de diciembre de 2013

Martes libre: La importancia de escribir bien

Todos cometemos errores, me refiero a errores ortográficos. Incluso muchos de ellos los cometemos de forma consciente. ¿Uno que me gusta cometer una y otra vez? Poner solo el signo de exclamación final en una frase exclamativa. Sí, me encanta, lo confieso. Y cuando cedo a mi instinto y lo lanzo, un pinchazo de culpabilidad recorre mi espina dorsal.

Las nuevas formas de comunicación nos han dado tanto, tanto (como la canción); pero a la vez, nos han quitado tanto, tanto. Me duele horrores leer eso de "ola k ase" y, a la vez, me río una barbaridad cuando lo hago. Veo tan natural observar que escriben "haber cuando hacemos tal o cual cosa" que a veces se me escapa y tengo que borrar para poner "a ver cuando nos vemos" (creo que es de las faltas de ortografía más comunes). Me da tanto coraje cuando en Whatsapp las vocales tildadas me salen con la tilde al revés (`) que a veces tardo muchísimo en escribir un mensaje porque borro y vuelvo a escribir, lo que no es nada práctico en este medio de comunicación, en el que para cuando lanzo, ya han empezado a hablar de otro tema.

En fin, me gusta escribir bien, me gusta comerme un poquito la cabeza trabajando un tuit con todas sus letritas y sin simplificar ninguna palabra, pero también me gusta hacerme concesiones (recordad ese signo de exclamación final solitario). Escribir bien es importante y recordad que leer algo bien escrito es música para los ojos.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Relato con Foto: Una luna me persigue



Por mucho que corría, que pisaba el acelerador, era imposible perderla de vista. La luna seguía ahí, siguiéndome, en el horizonte de un lado de la carretera.