viernes, 29 de noviembre de 2013

Es viernes, mamá: Comiendo mandarinas


El chico y yo nos hemos acostumbrado a comer mandarinas todas las tardes. Es decir "mandarina" y salir disparado para la cocina a coger un cuenco, a poder ser azul. De tal forma que he tenido que quitar del medio los boles de cerámica - que corrieron peligro en varias ocasiones - y colocar en su lugar los suyos de plástico, made in IKEA.

Comer algo con él es entrar en una competición: come más rápido que yo, abarca más y poco a poco se quiere ir haciendo con el control del cuenco. Así que decidí ponerle su mandarina en un cuenco (invariablemente azul) y yo ponerme mi mandarina en otro cuenco que intento que sea de cerámica para que vea la diferencia entre ambos. No ha servido de nada, él sigue con su carrera particular: come sus gajos rápidamente para poder empezar con los míos cuanto antes, intentando de nuevo hacerse con mi bol. Y luego me siento mal si como cosas a escondidas (como las galletas de chocolate, que para poder saborearlas al calor de la mesa camilla, les doy un mordisco y escondo tras el cojín) o engullo el batido de fresa que me ha apetecido para merendar (da igual que él tenga uno abierto en la mano, también me va a pedir con insistencia el mío).

Y es que como dice el señor M., a mí me gustan todas esas cosas que se les da a los niños.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Mi familia es vampira: VIII. Una empresa difícil (y 2)

VIII. 2

Roberto miró fijamente a la cara de su interlocutor, Adrián. Tendría la misma edad que el abuelo, incluso le encontraba algo de parecido, un aire. ¿Cómo podía haber secuestrado Adrián a su propio primo? ¿Dónde lo tenía? Y lo peor, ¿qué podía haberle hecho? Todas esas preguntas quedarían respondidas en breve, pero Roberto se sentía fascinado por Adrián. Los ojos le brillaban de una forma fuera de lo normal, quizás – y eso ya lo pensaba él – el efecto se vería algo sobredimensionado por el titilar del fuego de la chimenea, pero aún así ese brillo natural no podría venir de otro sitio que del interior del propio Adrián. Su pelo, aunque cano, guardaba todavía un fuerte color negro, ¡tan diferente al abuelo! Nadie diría que ambos tenían en ese momento los mismos 70 años. El abuelo tenía un aspecto afable con toda esa cabellera blanca repeinada, esas arrugas alrededor de la boca y de la nariz y esas manos rugosas y suaves. Adrián no, este hombre tenía 70 años pero tenía aspecto de tener cuarenta y cinco. Sus manos largas, huesudas y afiladas, manoseaban un bastón con una bola de cristal ámbar en uno de los extremos donde había un insecto disecado dentro. El traje y los zapatos negros, sus piernas cruzadas y su media sonrisa, observando a sus tres “negociadores” le hacían parecer totalmente invencible.

- ¿Y bien? ¿Vosotros sois los negociadores que Celia me ha enviado? – ninguno de los tres contestó, Charles comenzó a sacar unos papeles de la carpeta rojo intenso que traía consigo.
- Adrián, estos papeles son para ti. Una carta de Celia y un documento donde te cede sus propiedades en Londres.
- Vaya, no quiero comenzar por ahí, no soy… tan materialista. Dejadme adivinar, tú debes ser Luis, de las últimas adquisiciones de la familia. Eres tan igual a tu abuelo de joven, diría que dos gotas de agua. Seguro que jamás has sido libre. - Luis comenzó a vocalizar una pregunta, ¿qué quiere decir eso de libre? Pero no lo dejó – Sí, chico, se te ve en la mirada, seguro que aún estás en esa fase en que si te inyectas la suficiente sangre ajena puedes aguantar sin una dosis hasta una semana. – Soltó una carcajada y dejó ver una dentadura perfecta con unos colmillos muy desarrollados, aunque no tanto como para llamar la atención en la calle si no se ensañaban demasiado. Aún así Roberto no pudo evitar fijarse en ellos.
- Adrián, por favor, no hemos venido aquí para esto.
- Charles, querido, estoy conociendo a mi familia, estos chicos son familia mía y me siento algo melancólico. – Tal como lo decía parecía que no se sentía así en absoluto. – No sabía que Celia hiciera venir a dos críos a hablar conmigo, tú tienes que ser Roberto, ¿me equivoco? – Roberto negó con la cabeza. – Sí, en tus ojos veo que aún no estás entre nosotros. - Se quedó pensativo. - ¡Muy lista la prima Celia! Ahora caigo en la cuenta.
- ¡Adrián! – Charles se levantó y le fulminó con la mirada.
- Y tú Charles, ¿qué has tomado? ¿Qué es lo que te han  hecho tomar para hacerte inmune a mí? No sois tan ignorantes como pensaba, habéis venido los que no sois capaces de asalvajarse tan fácilmente. Un medio vampiro imberbe, un chaval que aún no ha evolucionado y un mortal con litros de suero inmune en sangre. Pues eso no os va a servir de nada.
- Adrián, en tu conversación con Celia exigiste dinero y sus propiedades en Londres es lo único que tienen para darte, no tiene más que eso…
- ¡Exigí que dejarais de investigar! Lo del dinero fue un ardid para que no os quedaran recursos para la investigación. Trae esos papeles. – Adrián también se había levantado y su altura era colosal bajo la mirada atónita por su reacción de los dos chicos que aún aguardaban sentados en el sofá, empequeñecidos. – Por supuesto que me quedaré con las posesiones de Londres, pero ¿qué pruebas me dais de que no vais a seguir investigando?
- Sabes que no somos los únicos que llevan a cabo este tipo de estudios, en todo el mundo hay muchos de nosotros que quieren llegar al gen de la diferencia.
- Sí, pero Mario es el líder de todos, si queda fuera de juego todo se ralentizará y yo podré… - Adrián calló.
- No, primo Adrián, no podemos garantizarte con ningún documento que vayamos a dejar las investigaciones. – Quien hablaba era Roberto, que se había levantado y miraba a su familiar desde abajo con un tono de humildad rayando, sin embargo, el orgullo. – No hay papel firmado en el que puedas confiar, así que solo te queda nuestra palabra. Sin dinero, solo con la pensión del abuelo para poder subsistir, dudo mucho que puedan llevar el ritmo de investigaciones que estaban llevando últimamente. – Hablaba con una seguridad que seguramente nacía del temblor imperceptible de sus piernas, temblor que creía que en cualquier momento lo iba a dejar caer en el suelo de madera. – Ni pruebas ni instrumental ni electricidad, todo eso no se puede pagar con la pensión de jubilación de un profesor de facultad. Has atacado la única fuente de ingresos que poseíamos.
- Hablas como tu abuelo, intentó convencerme con sus palabras, pero creo que ya ha sido suficiente, esto no sirve de nada, creía que hablaría con Celia y me ha enviado a un mequetrefe – miró a Charles – y a dos críos asustados – señaló con desdén a los hermanos. – Podéis iros, decidle a Celia que desde este momento esto no es un secuestro, es un funeral.

Roberto soltó un grito, Luis se revolvió en su asiento y se abalanzó sobre Adrián, pero éste abrió la boca y los colmillos que antes eran comedidamente grandes ahora eran inmensos. Luis retrocedió dos pasos, Charles intentó mediar en el amago de pelea y los tres se acercaron a la puerta de salida de la habitación dejando a un Adrián pensativo y observando la noche que había caído completamente a través de la ventana. Daba la espalda, pero es que no tenía nada que temer.

Descubre "Mi familia es vampira" desde el principio.

martes, 26 de noviembre de 2013

Martes invernal: Sensación 1, la mesa de camilla

Hay algunos movimientos blogueros que tienen las fotografías como protagonistas. Los bloggers se ponen de acuerdo en un día y lanzan imágenes relacionadas o con etiquetas comunes, por ejemplo. No es que no me interese hacerlo, me encantaría unirme a alguno de ellos, pero antes de conocerlos, tracé un planning muy estricto para My Stories Project y ahora me es imposible prescindir de cualquiera de sus temas, les tengo cariño a todos toditos: desde Carmen a "Mi familia es vampira", pasando inevitablemente por "Es viernes, mamá" y mi relato de los lunes.

Por eso, y escogiendo el día de tema libre que me he guardado para mí, es decir, el martes, he decidido lanzar mi propio movimiento. Eso sí, es un movimiento estacional, no durará más de cuatro entregas y, aunque todo girará alrededor de una imagen o varias, esta irá acompañada de texto. A veces, de mucho texto.

Hoy comienza la serie "Martes invernal", con la sensación número 1: la mesa de camilla.


Mi mundo siempre se ha dividido, estacionalmente hablando, en dos tecnologías: el aire acondicionado y la mesa de camilla (de ahora en adelante, la mesa camilla). Y el aire acondicionado llegó demasiado tarde a casa de mis padres.

Es muy cool andar en manga corta y descalzo por tu suelo de tarima flotante mientras fuera el termómetro tirita de frío soportando temperaturas negativas que harían ponerse azul al más atrevido. Yo sé que si conociera en persona a la calefacción central, me haría fan de ella. Sin embargo, no la conozco. El mayor contacto que he tenido con ella ha sido en algún viaje que queda tan lejano en el tiempo que casi no cuenta. Digamos entonces que mi experiencia vital se reduce a la mesa camilla. Ese artilugio que me absorbe las energías en cuanto enchufo la estufa y me tapas con los faldones. Ese artilugio que hace que me mimetice con el sofá, que mi vejiga se agrande y que pierda la vergüenza a la hora de pedir agua, chuches y hasta una cena para tres a la primera persona que se atreve a dejar su lugar alrededor de la mesa.

Estando bajo la mesa camilla, cualquier razón para salir de ella se me antoja irracional, ridícula. Podría estar horas, días, al calor de la estufa y nada ni nadie sería capaz de sacarme de ella con algo lo suficientemente poderoso como para hacerlo de buena gana. Su influencia es tal que, cuando me siento a una mesa con mantel (sirva de imagen el salón de una boda donde las mesas normalmente tienen mantel - normalmente -) me tapo con él y me decepciono al no sentir calor en mis piernas. Hasta ahí hemos llegado. 

Por eso he inaugurado esta sección con ella, con la mesa camilla, toda una protagonista en mis inviernos, característica sin la cual el invierno no existe en mi casa. ¡Viva la mesa camilla!

lunes, 25 de noviembre de 2013

Relato con Foto: Reescribe tu historia 3



Le dieron la oportunidad de volver atrás en el tiempo, a un punto concreto de su vida en el que hiciera las cosas de modo diferente a como las hizo en su momento.

Y eligió el día en que fue a esa barbacoa. Pero no lo eligió para cambiar de opinión, sino para poder vivir de nuevo el momento en que lo conoció a él y hacerlo sabiendo que de allí nacerían tantas cosas, todas buenas. Que ese día comenzaría un viaje emocionante, un viaje de dos, que luego se convertiría en un viaje de tres y que más tarde quizá hubiera que comprar un coche más grande porque se apuntaran más a la travesía. Se prometió no prestarle más atención de la que le prestó la primera vez que le habló a mediodía, que no recuerda pero él sí, para dejar que las cosas pasaran exactamente igual a como pasaron. Volver a vivir ese día mirándolo a los ojos sin poder decirle que reirían juntos, llorarían juntos e irían a un montón de sitios juntos. Porque como había leído en algún sitio, "Viajar a Marte / o al cuarto de la plancha / pero contigo" (Poema de Luis Alberto de Cuenca).

¿A que no todo el mundo tiene foto del día en que se conocieron? El señor M. es el tercero comenzando por la izquierda. Se sentó estratégicamente junto a mí, que soy la cuarta por la izquierda. Ese dato me lo reveló más tarde por supuesto. Y yo pensando que todo había sido fruto de la casualidad. ¡Bendita barbacoa! Más tarde, en casa, lo conocieron como "el barbacó" porque a esta le siguieron un montón de barbacoas más. Pero el sobrenombre no le duró mucho. Ha salido a relucir en alguna ocasión en el blog, cómo no hacerlo, pero creo que ya iba siendo hora de que protagonizase un pedacito de él y no apareciera como personaje en las andanzas del chico, que las vivimos/sufrimos a partes iguales. Este es el señor M. ;)))



Serie "Reescribe tu historia".