viernes, 22 de noviembre de 2013

Es viernes, mamá: Una visita al teatro




En esta vida todo se basa en el principio de prueba y error. Aunque vayas con mucha seguridad a algo, la primera vez que lo haces no estás más que probando y si sale bien, pues estupendo. Y si sale mal, es decir, que ha sido un error, la próxima vez lo haces mejor o cambias aspectos para que simplemente salga.

Con los niños es lo mismo: todo en nuestra vida (la de los sufridos padres) se basa en prueba y error: había que llevar al chico por primera vez a un espectáculo ¿y qué pasó? Que fue un error. Pero si nunca lo hubiéramos llevado, jamás nos hubiésemos dado cuenta de eso y aún estaríamos con la duda.

En casa, el chico no es capaz de estar delante de la tele más de quince minutos seguidos (y ese tiempo lo hemos logrado ahora, antes no llegaba a los sesenta segundos). Si, yo soy de las que decía que la tele cuanto menos mejor, pero no hago más que acordarme de ese Tip del día de las @malasmadres en el que nos comemos nuestras palabras una por una. En este caso no ha habido mucha trascendencia, aprendí hace mucho a no sentar doctrina públicamente, que luego pasa lo que pasa. Volviendo al tema, el chico solo ha conseguido estar sentado en el sofá durante tres capítulos de Pocoyó seguidos (una locura la mía cuando lo hizo), pero ya está. Una película es algo que está a años luz, supongo que aún no entiende el tema argumento e historia. ¡Pero eran tantas las voces que me decían que lo llevara al cine! ¡Y yo tengo tantas ganas de hacerlo! No es que esté como loca de zamparme películas infantiles, ya no estoy para esos trotes, pero es emocionante, para qué voy a decir que no. Y como el cine está tan prohibitivo que gastarme siete u ocho euros solo por probar me parecía una locura, comencé por algo más económico: el teatro.

En el teatro de nuestro pueblo (digo pueblo, pero es como una ciudad) venía "El libro de la selva" (nada que ver con la peli, para decepción nuestra - de mi marido y mía - ). La entrada estaba a unos asequibles dos euros por persona, lo que quería decir que si la cosa iba mal, no iba a darnos mucho dolor de estómago salir por patas. ¿Y cómo fue? Mal. El chico duró sentado en su asiento como cinco minutos y por aquello de que apagaron las luces. Luego, la hora y media que duró la función fue lo siguiente: me tiro al suelo, subo y bajo las escaleras, me doy un golpe en la barbilla con el reposabrazos, lloro, salimos de la sala para que llore fuera (el primer gesto del padre del chico fue taparle la boca, lo que son las cosas hechas sin pensar, madre mía), corro por los pasillos exteriores, entramos de nuevo, vuelvo a revolcarme por el suelo. Termina la función. Terminó nuestra función. No pruebo más hasta que no pasen unos meses.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Mi familia es vampira: VIII. Una empresa difícil (1)

VIII. 1

La casa estaba totalmente a oscuras. Roberto nunca había viajado en avión. Y menos en un avión privado en mitad de la noche, así que la oscuridad y la grandiosidad de la casa aún no podían sorprenderle porque todavía estaba abrumado por el hecho de haber volado. Era la mansión donde sus abuelos se mudaron junto a Adrián y el tío de Celia después de huir de Londres. Charles, el amigo del abuelo, estaba con Luis y con él en la puerta y la miraba como quien miraba a un demonio. Se le veía en los ojos una sombra de miedo, algo que no habían percibido en los días anteriores, cuando estuvieron en casa de la abuela ultimando todos los detalles.

Luis había pasado por tres fases: la negación, la aceptación y la participación activa. Al principio dijo que él no podría hacerse responsable de una misión así “¡Si no soy capaz de mantener mi relación con Estela más de dos semanas seguidas!”. Luego aceptó que tenía que ayudar: “La familia a la que pertenezco es mucho más importante que mis miedos”, Roberto no sabía de dónde podría haber sacado una frase tan pomposa porque Luis no es que leyera demasiado y estaba seguro de que no podría haber salido de su cabeza así como así. Por último: “¡Me muero de ganas de terminar con todo esto y darle a ese Adrián en las narices!”. Roberto, sin embargo, había aceptado desde el principio que su papel estaba ayudando a su abuelo. Sería un poco por culpabilidad, desde luego, reconocía que su deseo desmesurado por conocer más y más sobre la vida de su familia y de su abuelo en particular había sido el causante de esta situación. Pero iba un poco más allá, sabía que su papel era ese del mismo modo que sabía que los sábados por la mañana estaba permitido desayunar cereales. Algo extraño, de todos era el más sereno, su madre no paraba de decirle lo orgullosa que estaba de él y lo abrazada continuamente. No cabía duda de que temía mucho por su hijo, pero no había otra salida.

Con el paso de los días – pasaron tres hasta que cogieron el avión a París – comenzaron a llegar todos sus tíos a casa de los abuelos. Lo miraban asintiendo una vez que les explicaban los planes. Una vez que él preguntó si Rodolfo, su primo que seguramente era más valiente que Luis y él juntos, podía participar en la misión, le contestaron con un no rotundo. “Rodolfo no está preparado para esto”, le respondieron y dejaron estar el tema. Ya había aprendido a no preguntar, pero se quedó pensativo.
Allí estaban, sin llamar a la puerta, ninguno de los tres daba el primer paso, pero la puerta se abrió sola. Los recibió un mayordomo al estilo antiguo, su cara alargada era blanca como la cera, grandes ojeras le llegaban hasta la barbilla y era calvo. Eso era lo que más destacaba de él porque, a pesar de la oscuridad la calva brillaba a la luz de la luna.

- Pasen, el señor les espera.

Los tres entraron con parsimonia. Desde luego no era para demostrar que no tenían miedo de nada, muy al contrario, entraron con esa tranquilidad porque se obligaron un poco a guardar las formas, si no fuera de ese modo hubieran salido corriendo inmediatamente. Todo estaba oscuro mientras avanzaban por un pasillo largo que iba hasta el fondo de la casa, dejando a ambos lados numerosas puertas cerradas. Al fondo, donde se dirigían, había otra puerta entornada desde la que salía algo de luz en movimiento. Seguro que había una chimenea encendida.

Así era, cuando la puerta se abrió lo primero que vino a sus ojos fue un enorme fuego al fondo de la estancia. Estaba todo forrado de telas de terciopelo rojo; no había luz eléctrica, sino candelabros con gruesas velas también rojas distribuidas por toda la habitación. El mobiliario tampoco era más moderno que eso, un gran aparador de color oscuro ocupaba casi toda una pared, en otra pared había un gran ventanal con grandes cortinajes negros - ¿o eran también rojos? -  y en la otra estaba la chimenea con varias baldas a los lados llenas de motivos bastante fúnebres: pequeños cráneos oscuros - ¿serían reales? –, una colección de dagas y varias fotografías antiguas.

De espaldas a la puerta, de un sillón sobresalía una cabeza llena de pelo negro algo encanecido desde donde se oyó: “Pasad todos y tomad asiento, debéis estar agotados”. Los tres miraron alrededor, el mayordomo había desaparecido y se vieron empujados por una fuerza invisible dentro de la habitación. Luis y Roberto se sentaron en el sofá de un lado y Charles tomó asiento en el otro sillón. En medio de todos una mesa baja de la misma madera que el aparador contenía una tetera con cuatro vasos pequeños de vidrio verduzco. 

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martes, 19 de noviembre de 2013

Aquellos días: En los que te das cuenta de que te haces mayor




Me estoy haciendo mayor. Aunque cada vez que cumplo un año ya me cuesta mantenerme sosegada y pensar solo en los regalos que me esperan a la hora de la merienda, como suelo decir yo, el que lo cumplas es señal de que lo has vivido. Son muchos los factores que hacen que un día cualquiera me dé cuenta de que el tiempo ha pasado (obviando, lógicamente, que ahora soy más consciente que nunca del paso del tiempo gracias al chico, cómo no). Aquí van algunos detalles que me hacen reflexionar:

- Estoy haciendo un curso de Lengua de Signos y mi profesora es más joven que yo. (Solo tres años, pero es más joven).

- Ya hace 11 años que terminé la carrera.

- No me gustan los dibujos de hoy en día que se nota a leguas que están hechos por ordenador.

- A veces salen noticias de cantantes que me gustaban cuando yo era joven y en la imagen aparecen personas mayores.

- Siento nostalgia muchas veces (y webs como la de "Yo fui a EGB" no me ayudan, jejeje).

- He limpiado de punta a punta mi pequeña mansión de 70 metros cuadrados y tengo jodida la ciática (hasta varios días después).

- El frío es un punto importante para decidir si salgo o no a dar un paseo.

- Me da pereza volver a ver "Harry Potter".

- Hago pucheros y cocidos en grandes cantidades para congelar varios tuppers (como mi madre).

- Corto fruta en tuppers para llevar (en lugar de comerme cualquier cosa donde me coja).

- Siempre llevo pañuelos de papel en el bolso.

- Limpio los zapatos.

- Digo en voz alta que no entiendo cómo un grupo de chavales - de unos 15 o 16 - se quedan hasta las tantas de la noche en los bancos de la plaza de enfrente de casa con el frío que hace (como si yo no lo hubiera hecho alguna vez).

- Cada vez me apetecen menos chuches.

Estos son algunas cosas, pero hay muchísimas más. Y son cosas que a mí, personalmente, me hacen ver que me he hecho mayor, ¿cuáles son las tuyas?

lunes, 18 de noviembre de 2013

Relato con Foto: Reescribe tu historia 2.

Le dieron la oportunidad de volver atrás en el tiempo, a un punto concreto de su vida en el que hiciera las cosas de modo diferente a como las hizo en su momento.

Eligió el día en que puso como primera opción estudiar algo que ni le gustaba ni le llenaba y no lo hizo.



Serie "Reescribe tu historia". ¿Qué decisión de tu vida cambiarías?