viernes, 15 de noviembre de 2013

Es viernes, mamá: La caja de las tarjetas




El chico tiene muchos juguetes. Creo que los padres de hoy en día adolecemos de querer que no les falte un perejil a nuestros churumbeles, aunque sean coches del chino, total por uno con cincuenta... ¡No! Da igual de donde sean, la cuestión es que son juguetes, más juguetes, que se apilan en casa después de haber durado una tarde como novedad. Luego, se olvidan en la cesta, la caja o el rincón del salón, sea donde sea que se acumulen los juguetes en cada hogar (¡que pueden ser tantos y tan variados sitios!).

Y luego, cuando veo que todo está lleno hasta los topes, que salen cochecitos de entre los cojines, cebras de detrás del sofá, aviones de debajo de la tele, me doy cuenta de que el juguete en cuestión lleva tanto tiempo ahí escondido porque el chico ni siquiera lo ha echado de menos. Una pena. Y quiero puntualizar que yo no soy de las que más juguetes le compra al chico, he visto casos de saturación jugueteril grado mil que me ha vuelto loca hasta a mí. 

Tras este alegato a la moderación -que ahora que vienen las fiestas navideñas, somos más estupendos y magníficos que nunca (de hecho yo ya le he comprado al chico su juguete de parte de su abuela Lola, mira quién va a hablar) -, viene lo bueno: los niños se entretienen al final con lo más barato, lo más insignificante, lo más inesperado... Es algo que es vox pópuli, un dicho común entre padres y madres a las puertas de colegios y guarderías, moneda de cambio en las conversaciones maternas alrededor de una agradable mesa llena de cafés, batidos a medio terminar, pasteles, toallitas, pañuelos de papel llenos de mocos y servilletas manchadas de chocolate. El chico lleva dos semanas como loco con una caja de calcetines de Women'Secret que salió el otro día a relucir haciendo limpieza de armario. Me los regaló mi madre las navidades pasadas y yo mantenía la cajita ocupando un sitio precioso no sé por qué dentro del cajón. La saqué y en ese momento el chico pasaba por mi lado: "Toma, Guille, pa'ti". Sus ojos se abrieron como platos, me miró como si le estuviera cediendo el mayor tesoro del mundo y desde ese momento ha sido la caja de calcetines que más ha viajado del mundo mundial, se la ha llevado hasta de paseo al centro de Sevilla. Dentro guarda una baraja de Dino Tren, a cuyas cartas llama tarjetas gracias a que yo un día tuve la gran idea de nombrarlas así y ahora el niño va a todos lados diciéndole tarjetas a las cartas. Miro la caja y miro la cantidad de juguetes que se le amontonan por los rincones de casa y suspiro confundida por los extraños senderos mentales que sigue el chico. Mejor, aún no es materialista, ya llegará.

Pero todo tiene su comienzo y todo tiene su fin. En un repunte de estrés en el que me pongo a hablarle al chico como si él me pudiera a entender, una retahíla tal que así: "Hijomíodemivida, es que no lo entiendo, teniendo ahí tantos juguetes, tus colores, tus cuadernos, tus construcciones, ¿es que tienes que estar encima mía hincándome los codos por el cuerpo? ¡Es que no lo entiendo!". Pues parece que se le encendió una luz en esa cabecita suya y lleva el pobre jugando a las construcciones tres días seguidos: ha sido el redescubrimiento de la semana, sus construcciones. Y con ellas, la caja de tarjetas ha quedado relegada a un segundo plano, aunque aún sigue luchando por mantener su primer puesto porque la sigo viendo en diferentes sitios (el salón, el baño, su cuarto), lo que quiere decir que todavía la busca. ¡Bendita caja de tarjetas!


jueves, 14 de noviembre de 2013

Mi familia es vampira: VII. Un propósito difícil

Nunca una tostada con paté le había sentado tan bien ni le había parecido tan buena. Le hizo casi olvidar el motivo por el cual estaba sentado a las siete de la tarde en la cocina de su abuela un día entre semana. Su hermano lo acompañaba bebiendo un vaso de zumo, lo miraba de reojo como preguntándose si podía hablarle o no. Finalmente lo hizo.

- Canijo, ¿qué te dijo el abuelo en ese mensaje?
- ¿De verdad quieres saberlo?
- Pues claro, si no, no te lo preguntaría.
- Primero dime qué sabes sobre el secuestro – su gesto debió de ser bastante decisivo porque su hermano se lo soltó a la primera.
- Parece que alguien vino anoche de madrugada y estuvo hablando con el abuelo. Alguien conocido porque llamaron a la puerta y él lo dejó pasar. La abuela se levantó pero los dejó solos enseguida. Cuando se levantó esta mañana, la biblioteca estaba revuelta, el ordenador portátil encendido y la ventana abierta.
- ¿Quién era el hombre que vino a ver al abuelo?
- Han dicho Adrián o algo así…
- ¿Adrián? – Roberto estaba pálido. Adrián era el primo de su abuelo, pero no podía ser que lo hubiera secuestrado, se llevaban bien, lo salvó en Londres y lo curó en París, ¿por qué le iba a hacer daño?
- ¿Lo conoces? – Luis lo miró suspicaz, como desconfiando.
- Sí, bueno, en la historia del abuelo había un Adrián, su primo. - Luis lo miraba esperando más información – y no era del todo bueno, pero hasta donde yo sé se volvió mejor y vivía en Francia.
- ¿Ya no sabes nada más?
- No.

Y la conversación quedó ahí porque su abuela apareció en la puerta de la cocina, tenía algo muy importante que decirles a sus nietos. Los hizo pasar al despacho, Luis se quedó más alejado y Roberto se sentó junto a su madre que más tranquila le cogió la mano apretándosela, infundiéndole calor y trasmitiéndole que no estaba enfadada con él.
  
EL RELATO DE LA ABUELA

El abuelo ha sido secuestrado por Adrián Arenne, su primo. Roberto, supongo que tú sabrás algo de él porque hemos leído la historia que te envió por e-mail, nuestro amigo Charles ha logrado entrar en la cuenta de Internet de Mario y ha ido a la bandeja de mensajes enviados.

Adrián no es trigo limpio. Una de las razones por la que nos fuimos de París no solo era que Peter, mi tío, estaba volviendo a la misma vida de antes y nosotros teníamos ya una familia que proteger. Viviendo junto a él no estábamos a salvo, demasiado libre albedrío para criar a unos niños pequeños. Adrián también se volvió un peligro constante. A pesar de que las transfusiones se perfeccionaron y que con ellas podía hacer una vida normal, parecía que nunca estaba satisfecho con nada, andaba siempre recriminando a vuestro abuelo que intentara negar su condición de vampiro con todas esas investigaciones. Había rachas que lo llevaba peor y dejaba las transfusiones de sangre, cuando algún escándalo era más sonado regresaba a ellas para dejar correr el tiempo y que la gente se olvidara del asunto.

No podíamos seguir así, el abuelo tenía un vínculo muy fuerte con su primo y si no nos alejábamos pronto nos iba a perjudicar mucho. A nosotros y a nuestros hijos. Así que cuando le llegó la oferta de la Universidad de Madrid fue como un milagro. A mí me faltó tiempo para hacer las maletas. Mario no estaba tan seguro, Adrián era la única familia que le quedaba. Hacía años que no sabía de sus padres, la Guerra Fría había roto cualquier tipo de comunicación. Él se sentía en cierta forma responsable de la vida de su primo, pero tuvo que mirar por sus hijos. Una noche hicimos las maletas y nos fuimos sin avisar y sin contarle a nadie adónde íbamos. Comenzaríamos de cero una nueva vida.

Aunque era cuestión de tiempo que Adrián nos encontrase, no sé por qué pensé que quizás cuando viera que nos habíamos ido de esa forma nos dejaría en paz, entendería que nosotros querríamos llevar otra clase de vida. Así ha sido hasta hace un par de meses. Adrián se puso en contacto con vuestro abuelo por e-mail, no sé cómo consiguió su dirección. Sin pensarlo dos veces, Mario le respondió y empezaron otra vez a estar en contacto. Le hacía muchas preguntas sobre sus investigaciones y el abuelo siempre le respondía con lo mismo, que había dejado hacía ya mucho tiempo ese aspecto de su vida, que era demasiado mayor para seguir con ese ritmo de trabajo y que ya lo único que quería era disfrutar de sus hijos y de sus nietos. A la misma vez comenzaron a salir noticias de atentados contra nuestros bancos de sangre, nuestros mercados. Ataques esporádicos pero continuos.

No, Roberto, no somos inmortales. Podemos, pero hemos elegido no serlo porque queremos vivir una vida normal, como la gente de a pie. Cuando te haces las transfusiones con sangre de un no vampiro nuestro organismo se va resintiendo, y aunque podemos vivir más que cualquier mortal, nuestra vida va tomando fecha de caducidad. Es un alivio para nosotros saber eso, aunque nuestra meta siempre ha sido encontrar el modo de inhibir la necesidad de sangre, eso es lo único que nos diferencia de los humanos. Una vez que encontremos y aislemos el gen que lo produce, podremos decir que hemos triunfado. Comenzaremos nuevas investigaciones para manipularlo y conseguir ser humanos.

Tu abuelo mentía cuando le decía a Adrián que había dejado la investigación de lado. Ha avanzado muchísimo y se ha relacionado con investigadores de todo el mundo. Charles es uno de ellos. Y además es un experto en informática – Charles asintió con la cabeza mientras seguía con gran interés el relato de la abuela –. Voló directamente desde Londres y gracias a él hemos conseguido saber qué pasó anoche aquí. Adrián interceptó el mensaje que tu abuelo te envió y donde te decía claramente que seguía investigando, era la prueba que necesitaba para secuestrarlo. Él no quiere que haya más investigaciones, no quiere bancos de sangre ni mercados ni nada. Él quiere que los vampiros salgan del mundo normal y vuelvan a ser salvajes, sembrando el pánico por las noches y atentando contra los humanos, como hace siglos ocurría en todo el mundo. Él no entiende que eso conllevaría de nuevo las cazas de brujas, las persecuciones, las sospechas infundadas, todo. Intuimos también que los ataques a nuestros mercados y bancos de sangre tienen que ver con él, pero necesitamos algo más de información.

¿Por qué os cuento todo esto? – y miró a Roberto y a Luís – porque os tengo que pedir vuestra ayuda para salvar al abuelo

Esta última frase dejó a ambos hermanos sorprendidos. Sobre todo porque aquella sería una empresa complicada y peligrosa y sus padres habían accedido a que ellos participaran. Luis notó cómo la sangre le venía de golpe a la cabeza. Si él no estaba preparado ni para pasar de curso, ¿cómo iba a estarlo para embarcarse en una misión para salvar a su abuelo de las garras de un hombre tan poderoso como era su primo Adrián? Roberto se quedó pensativo. Nunca le había tenido miedo a nada, más bien sus padres tenían que regañarlo constantemente para que aprendiera a ver el peligro en las cosas: fue el primero de su edad en saltar desde el trampolín más alto de la escuela, ante la mirada atónita de compañeros y profesores; el primero en tirarse por la barra en la excursión que hizo con su clase a un parque de bomberos; o el único que se enfrentó a los chicos mayores cuando les quitaron el balón en el campo de futbito. Desde ese día nunca más les volvieron a molestar. Sin embargo, esto era diferente. Era una misión en toda regla y él tenía diez años, solo diez años. Hace solo un mes se había sentido tan mayor, pero ahora se veía tan pequeño e inútil que le daba miedo pensarlo. Miedo, lo que nunca había tenido. 

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martes, 12 de noviembre de 2013

Es martes, sigo buscando: Libro

Sigo buscando libro que me robe el corazón y el tiempo, que haga que los minutos vuelen más rápido si cabe, que me hagan no desear ponerme al día de mi series favoritas (son tantas ya las que esperan su turno en el disco duro que he dejado de contarlas), que me haga volver a él en busca de más en cuanto el chico me deja dos minutos libres. Ese libro en el que piense incluso cuando no lo esté leyendo, creando yo la historia hasta que veo por dónde ha cogido el autor. En fin, tengo mono de sentir esa sensación que hace años que no siento. Porque mi bloqueo literario está ya durando demasiado.

En el iPad tengo un par empezados (yo JAMÁS he leído varios libros a la vez, era una de esas señas de identidad que, como tantas, he ido perdiendo con el tiempo y con la que ya no me siento identificada). A saber: "Salvaje", de Cheryl Strayed; "Una madre sin superpoderes", de Molinos (ambos comprados en Amazon como Kindle Flash, a precio de risa - no más de dos euros -); en físico tengo "Cómo ser mujer" de Caitlin Moran, comenzado este verano en la playa y abandonado en cuanto llegué al calor del hogar (nunca mejor dicho porque era mediados de agosto y era bochornoso); y "Los ojos amarillos de los cocodrilos" de Katherine Pancol, olvidado casi antes de empezarlo. ¿Qué me pasa? ¿Son los libros o soy yo?

(- "Nuestra relación ya no es lo que era - le dije mirándole a la portada directamente, desafiante. 
- No soy yo, eres tú y lo sabes. - Me contestó decepcionado y sincero.")

Lo cierto es que no tengo tiempo, no tengo tiempo para nada. El blog, fuente incesante de satisfacciones, también contribuye a que el poco tiempo que voy sacando de aquí y de allá lo invierta en él. Y a veces el cansancio es tal que la cama es el único destino que considera mi mente y mi cuerpo, perderme en esa almohada nueva de viscolástica con la que me he hecho y dormir hasta que el chico me deje (si no sabéis de lo que hablo, pinchad aquí).

Aún así, la cabra tira al monte y en mi lista para Navidad, que ya estoy elaborando porque una es ante todo eficaz y previsora para lo que quiere, he incluido algunos títulos.

-  “El fin de los escribas” de Glenn Cooper (no me leí el primero, pero sí el segundo y no estaría mal terminar la historia, no porque sea una obra maestra, tan solo porque sé que seguro paso un buen rato).
- “The monument men” de Robert M. Edsel, un libro sobre un aspecto poco conocido de la II Guerra Mundial (¿puede ser? Sí, puede, por más tiempo que pase, nunca dejaré de conocer cosas nuevas sobre esta contienda). Además, de este último sale peli a finales de este año o principios del siguiente y podremos ver en acción a George Clooney en el papel de buscador y protector de obras de arte como integrante de una división especial creada para tal fin.
- “Un cadáver entre plato y plato” de Tom Hillenbrand: cocina, asesinato, investigación y una portada que me ha atraído mucho muchísimo (pero ya se sabe que, igual que no se debe comer por los ojos, tampoco elegir libro por sus portadas, a no ser que las ilustraciones sean un ingrediente principal).
-“ La verdad sobre el caso Harry Quebert” de Joël Dicker. No sé si habrá sido por su tremenda campaña comercial, pero me atrae sobre manera este libro.

Así que aún sigo buscando ese libro que me robe la respiración y la lectura vuelva a mí como una hija pródiga a la que no dejar escapar de nuevo.


lunes, 11 de noviembre de 2013

Relato con Foto: Reescribe tu historia




Le dieron la oportunidad de volver atrás en el tiempo, a un punto concreto de su vida en el que hiciera las cosas de modo diferente a como las hizo en su momento.

Eligió el día de su boda y no se casó.

Serie "Reescribe tu historia". ¿Qué decisión de tu vida cambiarías?