viernes, 8 de noviembre de 2013

Es viernes, mamá: Hago colecho



Imagen tomada de How to be a dad, una página interesante que no está mal visitar.

Hago colecho. No sabía que lo hacía hasta hace poco que leí un artículo en el que al tradicional "el niño se me despierta de madrugada y me tengo que acostar con él porque si no, es imposible" se le llama por este nombre más técnico. 

Frente a las diferentes tendencias con respecto al tema, yo no me postulo por ninguna: hago colecho porque el chico lo pide; disfruto con ello, aunque me gustaría pasar alguna noche durmiendo a pata suelta en mi cama "lal le" (grande). Porque el colecho es maravilloso (digo sin ironía alguna). Es un momento de una ternura difícil de superar: me coge la mano, me sonríe a cinco centímetros de la cara, me acaricia el pelo, me imita poniendo la mano bajo su mejilla... Hasta que se duerme, olvida mi presencia y comienza su fiesta nocturna: escala por la cama, se acuesta encima mía, me pega patadas en la cabeza (imaginad qué postura ha tomado ya), se coloca bajo mi espalda al rescoldo de mis riñones. Y yo acabo en un ladito de su cama de 90, aterida de frío porque no quiero moverme mucho no vaya a ser que se despierte, con los brazos a modo de casco antipatadas cubriendo mi cara e intentando taparlo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez... Resultado: necesito dormir ocho horas seguidas, al menos cuatro, porque esto del duermevela en el que me encuentro desde hace unos meses no es sano para nadie.

No sé en qué momento el chico comenzó a necesitar que alguien se acostara con él para dormirlo a primera hora (a las nueve es su hora mágica, pero ya no la mía) y a alguien que se acostara con él sobre las dos o tres de la mañana (a veces incluso antes, hasta hace poco, las doce de la noche). Bueno, a alguien no, a mí: "Mamá, a omí". Incluso de madrugada, una llamada exigente así se escucha en el silencio de la noche y yo me levanto como una autómata, levito (porque no recuerdo si he andado) el caminito que separa mi cama de la suya y me acuesto tomando mi postura tipo para la ocasión (recordad: brazos casco antipatadas, aterida de frío o lo que es lo mismo acurrucada en mí misma y cediéndole una de mis manos - "esa no, ota" - en propiedad hasta que cae dormido de nuevo). Al principio volvía a mi cama después de que se durmiera (de segundas es más rápido), luego me di cuenta de que era para nada, podía volver a mi cama hasta tres y cuatro veces, para eso, decidí hará una semana que, una vez que me levantaba la primera vez, me quedaría para siempre con él (forever and ever, of course, my dear).

Atrás quedó esa racha (nuestra vida se divide en rachas, porque no hay rutinas que duren mil años, no sabemos por qué) en que el chico se dormía solo (¡solo!) a eso de las nueve menos cuarto de la noche y ahí comenzaba la hora relax de los padres: cenábamos pronto, veíamos series a tutiplén, leíamos... Ahora el prime time se ha retrasado (como les pasa a las cadenas de la tele) y cuando hay suerte comienza a las diez, pero cuando no, puede hacerlo a las diez y media o más, ¿y quién tiene cuerpo a esa hora, después de haber estado acostada cerca de una hora, de ponerse a ver nada? Así tengo el disco duro, llenito de series.

En fin, que colechar, colecho. Encantada de hacerlo, pero con ganas de volver a dormir una noche entera en mi cama grande, con el señor M. a mi lado cuyas patadas, al menos, no son en la cara. Y aquí paz y después gloria

PD: Por cierto, también hemos tenido colecho en la cama "lal le" los tres miembros de mi pequefamilia y entre ellas, todas las que ilustra la imagen del comienzo del post.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Mi familia es vampira: VI. Y la vida no sigue igual

El día que Roberto volvió del colegio y encontró que no había nadie en casa supo enseguida que había pasado algo. Tenía como un sexto sentido, le gustaba pensar que se debía a que su sino era ser vampiro y seguramente ellos lo tenían, pero lo cierto es que no era por eso, simplemente se daba cuenta de cosas antes que mucha gente porque era más observador.

Dejó la mochila junto al paragüero de la entrada y comenzó a mirar habitación por habitación. Fue primero a la cocina por si le habían dejado algún tipo de nota, pero nada; a su dormitorio, quizás la hubieran dejado allí, sobre la mesilla, nada; en el salón, pegada en la televisión, nada. No había nada ni nadie. Se asustó. No sabía qué hacer. Iba a llamar al móvil de su padre cuando la puerta de casa se abrió. Apareció Luis: “¡Te vengo a buscar!”. Ante las protestas de Roberto por que le contara inmediatamente lo que estaba sucediendo, Luis le respondió con un seco “ahora te lo cuento”, y se lo llevó a un coche que estaba aparcado frente a la entrada de casa. Él no sabía conducir y tampoco tenía edad, así que alguien debía de estar esperando en el asiento del conductor.

Y así era. Al volante iba un señor que nunca había visto antes. Tenía una cabeza grande, quizás algo desproporcionada para su cuerpo, pero llevaba una barba muy bien cuidada y unas gafas de diseño que le daban un aspecto más favorecedor. No dijo una palabra en todo el camino y Roberto se sintió intimidado por el traje, el silencio y la barba de ese señor. Luis no respondía a sus miradas, así que tendría que esperar a llegar allá dónde fuera que fuesen.

Llegaron a casa de su abuelo. Al menos se sentía aliviado por ir a un lugar conocido, seguramente dentro de casa estarían esperándoles sus padres y sus abuelos y le explicarían qué demonios estaba ocurriendo. Se bajaron los tres del coche y Roberto se sintió igualmente sorprendido de que ese señor, al que aún no le habían presentado, entrase con tanta naturalidad en casa de su abuelo. Con grandes zancadas, él intentaba seguir de cerca al señor y a su hermano recorriendo los pasillos hasta que se plantaron en la sala de la biblioteca. Allí, efectivamente, se encontraban sus padres y su abuela. Su madre estaba sentada en uno de los sillones mullidos del abuelo, ese en el que le gustaba tanto sentarse a leer. Tenía los ojos rojos e hinchados, como si hubiera estado llorando mucho tiempo y aún lo siguiera haciendo. Su padre aguardaba de pie junto a una estantería, la mirada perdida en la vista de la ventana hacia el jardín. Y su abuela hablaba por teléfono con tono decidido. Cuando entró corrió hacia su madre que le dio un abrazo de oso, como esos que hacía tiempo no le daba.

- ¿Qué ha pasado mamá?
- Hijo mío. Han secuestrado al abuelo.
- Pero… - no podía creer lo que acababa de escuchar. ¿De verdad habían secuestrado al abuelo? Y se lo había dicho así, sin paños calientes, la cosa tenía que ser muy seria. – Pero…
- Sí, hijo, y ahora necesitamos algo de ti… algo muy importante. – Su padre y su abuela lo rodearon y Roberto sintió como la sangre le acudía a la cabeza en masa, dejando su cuerpo casi descolorido, ¿qué podían necesitar de él? – Dime, ¿te envió tu abuelo un e-mail hace poco? Dime la verdad, no me voy a enfadar ni nada, pero es importante que nos cuentes la verdad.
- Pues, mamá, no te enfades, pero… - no le cabía duda de que lo iba a contar todo, se acordó de las películas de espías que tanto le gustaban y de cómo los malos cantaban a las primeras de cambio. No le gustó la comparación que se hizo a sí mismo, pero se obligó a continuar ante la mirada de ansiedad de su madre. – Pues, bueno, el abuelo sí que me envió un e-mail.
-¿ Y qué decía ese mensaje?
- Bueno, es que en el cumpleaños, hace dos semanas, le pedí que me contara la historia de su vida y me prometió que me enviaría un e-mail y hace una semana me lo envió.
- ¿Pero yo qué es lo que te dije? ¡Que dejaras el asunto en paz! – La voz de su madre se elevó de tono y lo miró con una mezcla de enfado y decepción que dejó a Roberto aún más abatido de lo que ya estaba. Luis lo condujo al otro sillón y su padre se encargó de consolar a su madre mientras su abuela iba a hablar con el señor de la barba recortada.

Las horas pasaban. Llevaba dos horas allí sentado, le dolía el culo, tenía hambre y la boca seca. Nadie le había ofrecido nada de comer ni de beber, a pesar de que no lo hacía desde el recreo en el colegio, y eso quedaba tan lejos que cada vez que lo pensaba se le venía a la cabeza su estómago vacío y protestón. Se sentía mal por sentir hambre cuando su abuelo estaba secuestrado. En su cabeza bullían cientos de pensamientos. Si su madre se había puesto así después de su confesión es que esa confesión tenía algo que ver con la desaparición de su abuelo. Pero ¿cómo había llegado nadie a leer un correo privado de él? Aunque hoy en día era muy fácil piratear los sistemas informáticos: sin duda, si alguien quería acceder a su correo personal, lo habría hecho sin problemas con unos cuantos conocimientos en ordenadores. Se sentía culpable. Su madre le había dicho que dejara estar el tema de los vampiros, que tuviera paciencia, que cuando llegara el momento se lo contarían todo. Pero no, él no podía haberse esperado, su deseo de saber más y más le había podido y eso había puesto en peligro a su abuelo.


Sonó el teléfono, su abuela se quedó tiesa, como esperando un segundo tono que vino inmediatamente. Se dio la vuelta y con paso firme y sereno se acercó a él. Lo cogió al tercer toque. La conversación fue corta, más que nada porque la abuela Celia no habló apenas nada, se limitó a asentir y a decir “de acuerdo”. Cuando colgó dijo: “Ya tenemos las instrucciones”. Todos se levantaron y fueron hacia el despacho del abuelo. Él se sintió tentado de seguir al pelotón, pero su hermano detuvo su impulso con el brazo: “Vamos a comer algo”. Quizás no estuviera tan mal comer algo después de todo. 

Descubre "Mi familia es vampira" desde el principio.

martes, 5 de noviembre de 2013

Martes variado: Accesibilidad, Lengua de Signos y divagaciones varias

Vivimos en una torre de Babel, son muchas las lenguas que se hablan en el mundo y aprenderlas no es fácil. Por eso aprender una nueva lengua tiene muchas connotaciones: por cada persona que lo hace, la comunicación gana puntos porque se colocan los cimientos para una nueva vía de ponerla en práctica; el enriquecimiento personal es inmenso; se desarrollan aptitudes... Y así podría seguir hasta el infinito enumerando aspectos solo positivos.

De pequeña, en el colegio, aprendí inglés; en las escuelas más generosas, daban a elegir entre inglés y francés; en secundaria incluso impartían latín y griego (lenguas ambas que sí di); en la universidad, las escuelas de idiomas ofrecían un abanico idiomático envidiable: inglés, francés, italiano, alemán, chino... (me quedé en inglés, francés e italiano, que no está mal picotear un poco de todo). Y ahora, de más mayor, he decidido ponerme manos a la obra con la Lengua de Signos Española (LSE). 

Mi curiosidad por esta lengua quizá venga por el compromiso que últimamente tengo tan en mente y tan presente con la accesibilidad. Gracias a mi trabajo como subtituladora de programas de televisión, he desarrollado una identificación con el fin último de este tipo de productos: que algo tan simple y tan esencial como es lo que echan por la tele pueda llegar a todas las personas. Que el que no veas algo sea porque no te guste, no porque no puedas. Que seas tú el que elige ver algo, no la tele la que elija por ti. Es una circunstancia que tenemos muy asumida aquellos que no sufrimos ningún tipo de discapacidad, tanto que no pensamos en ello. Sin embargo, está a años luz de normalizarse para los que sí tienen, en esta ocasión, una de tipo auditivo. Y asumiendo que la tecnología hace que no se pueda ofrecer el producto en las mismas condiciones a los oyentes y a las personas con discapacidad auditiva (tanto sordos como aquellos que sin serlo, tengan problemas), pongamos las cosas fáciles.

Cuando hay crisis, lo primero en lo que se recorta es en todo lo accesorio y, por desgracia, la adaptación de productos audiovisuales sigue siendo algo accesorio cuando se tendría que asumir y considerar su implantación como un requisito más en la producción. Lástima.

En fin, que al final me ha salido un alegato y no he hablado de lo contenta que estoy con mi nuevo curso de LSE, que espero aprender mucho, que la profesora es magnífica aunque me saben a poco las cuatro horas semanales (sobre todo porque somos muchos - algo de lo que alegrarse por otro lado -; y echo en falta dar más materia - o es a lo que he estado acostumbrada en mi vida de estudiante -). Y, una vez que te metes en esto, te dan por pensar tantas cosas, como que quizá habría que implantar una optativa en la formación reglada de LSE porque, que yo sepa, es más susceptible que utilice la Lengua de Signos que el griego. O también que lo que ha hecho Canal Sur con su segundo canal puede ser el comienzo de una nueva forma de ver la tele. O la calidez y generosidad que desprenden los músicos que han decidido incluir la LSE en sus canciones... Y con esto último, me despido, disfrutad de una canción de Rozalen muy chula en un vídeo en el que se hace fusión con la LSE. ¡A mí me encanta! (Siento que no salga la pantalla de Youtube, pero pinchad, pinchad, que os gustará!).

https://www.youtube.com/watch?v=iEsBFdQXx2A&feature=youtube_gdata_player

lunes, 4 de noviembre de 2013

Colaboración especial: Relato con Foto por @Vanvaltri





Conocía cada una de las ramas y las raíces de esos árboles. Había pasado tanto tiempo entre ellos... Con ella.


De repente, sonó el despertador y se despertó atormentado por esa imagen, por ese lugar, por ese recuerdo que seguía tan presente.

Tenía un presentimiento y no eran imaginaciones suyas. Lo tenía. Así que salió de casa y sus pies sabían perfectamente dónde iban a pesar del tiempo que había pasado.

Sin apenas darse cuenta llegó de nuevo a ese lugar... Todo seguía igual y esos miedos, esas inquietudes que le atormentaban, se esfumaron.

Ella estaba sentada en el que un día fue su árbol, el de los dos. Lo miró. Ambos sonrieron. Se sentó a su lado. Y allí se quedaron.

Vanesa Valencia
@Vanvaltri

* Esta es, espero, la primera de muchas colaboraciones de mi gran amiga Vanesa, @Vanvaltri en el mundo digital y con su casa en Mis labores y punto, un sitio donde da rienda suelta a su imaginación y te hace igual un fantasma para Halloween en un pispás que un batallón de aviones de chocolate para los compis de su hija. Esta vez, ni corta ni perezosa, se ha lanzado a otro tipo de DIY y ha escrito un relato con la fotografía que yo le proponía. Ha quedado genial. ¡Gracias, amiga!