viernes, 1 de noviembre de 2013

Es viernes, mamá: El remanso del caos




Como si fuera un cansado guerrero, el caos ha tomado mi casa como su remanso de paz. Ha desperezado sus brazos y piernas, se ha estirado cuan largo es y ocupa rincones que yo ni siquiera sabía que existían. Más en concreto ha tomado el salón como su rehén y no sale de ahí ni con agua caliente. Y tiene un cómplice dentro de casa, un traidor que lo es sin saberlo, alguien que contribuye de forma activa y fundamental para que esta situación se haya hecho crónica en nuestras vidas, esa persona no es otra que... EL CHICO.

Yo nunca he sido ordenada, de hecho, el señor M. siempre ha ido detrás de mí quitando las cosas que yo tenía por medio, pero he decir que todo estaba controlado en mi cabeza. Era un caos ordenado. Hoy por hoy, las cosas del chico han invadido todas las estancias de la casa, aparecen cochecitos en los sitios más inverosímiles (en mi cajón de la mesilla de noche, cayendo de los bolsillos de los pantalones), su cantimplora está un minuto en el mueble y al siguiente en la cocina sin saber cómo ha llegado hasta allí; la moto (las dos ruedas) ha tomado el cuarto de baño como parking (esto es culpa nuestra, verdad, la hemos escondido ahí para sacarla solo en aquellos momentos en que nos sintamos preparados para ella).

Pero la situación más insostenible que ha llegado a cotas de tolerancia disparatadas es la que vivimos en el salón, nos hemos acostumbrados a ver la tele con tambores, xilófonos, tráilers, coches, libros... alrededor de la pantalla. Hasta yo veía algo en el suelo y lo metía a presión en los huecos del mueble porque mi cuerpo se había habituado a que eso fuera, efectivamente, lo natural en casa. Me molesta ordenar porque sé positiviamente que el chico lo va a desperdigar todo en milésimas de segundo, con un método bien estudiado y trabajado, perfeccionando una técnica sin igual. Ordeno con la misma sensación que llevo el coche al taller o me pongo en la cola de una administración pública (da igual cuál sea).

Creedme si os digo que ahora es la cocina la estancia que me resulta más fácil de mantener ordenada de la casa.


jueves, 31 de octubre de 2013

Mi familia es vampira: V. La sorpresa ( y 2)

V. 2

Allí nos distribuimos por los mismos barrios de los que habíamos huido. Muchos de nuestros antiguos vecinos se alegraron de vernos, pero otros no nos miraron nunca más a la cara. Allí acabé mis estudios, pero todavía quedaba algo más que hacer.

Cuando cumplí los dieciocho mi padre me dijo que Budapest de momento no tenía futuro, que no podría llegar más lejos de lo que había llegado él – era carpintero – y que quería algo más para mí, así que me planeó la huída a Londres. Ellos se quedarían allí, cuando fueran a buscarnos pondrían mil excusas y nos darían tiempo para terminar de escapar. Yo ya tenía totalmente asimilada mi condición de vampiro y desde el principio fui un vampiro limpio, nunca tomé sangre de otra persona o de algún animal. Sabía inyectarme la dosis exacta de sangre cada noche, si lo hacía podía hacer una vida normal por la mañana, podría aguantar la luz del sol sin problemas y el olor a ajo no me dañaría mi nariz - eso es broma, Rober, el ajo nunca nos ha producido nada de nada –.

Adrián se vino conmigo, íbamos a ser dos en esa huida. No éramos los primeros que lo hacían, Budapest estaba llena de jóvenes que querían salir de allí y siempre nos llegaban noticias de detenciones de personas saliendo del país. Intentaríamos que eso no ocurriera, si nos cogían estaríamos realmente perdidos.

Llegamos a Londres cuatro meses después de dejar nuestras casas. Allí teníamos un contacto: Peter Rashford, amigo de infancia de nuestros padres. No me preguntes cómo se conocieron porque no lo supe nunca. Nos alojamos en su casa y sí, también era vampiro. Era un hombre peculiar: rico, elegante, daba muchas fiestas, tenía dos coches, servicio doméstico y un montón de amigos de todo tipo. Yo me enamoré de su sobrina, Celia, tu abuela, nada más verla. Pero no se lo dije hasta varios años más tarde.

Allí fui a la universidad, estudié Biología y me puse a trabajar para pagarme la estancia a pesar de que Rashford nos costeaba todo. Mi primo no hizo lo mismo, le fascinó la vida de nuestro anfitrión y llegó un momento en que no nos veíamos nunca, él vivía de noche y yo vivía de día. Cuando me licencié y comencé a trabajar en el laboratorio de la universidad como adjunto busqué un pequeño apartamento cerca del campus para independizarme y perdí el contacto con Rashford y con mi primo. Pero no con tu abuela. Ella vivía a dos manzanas de mí y empezamos a quedar para ir a escuchar música a los clubs, a almorzar, al cine... ella me mantenía informado de la vida de Adrián. No iba por buen camino, me dejó entrever que había noches que no se hacía las transfusiones, pero yo no podía creerlo: si no se hacía las transfusiones lo único que podía significar era que estaba atacando a personas. Así que no le daba mucho crédito a sus sensaciones.

Una noche, la primera noche que tu abuela estaba en mi casa cenando con unos amigos, llamaron a la puerta. Muy fuerte, muchos golpes seguidos. Fui a abrir corriendo, era Adrián. Tenía sangre en la camisa de su traje, la chaqueta rasgada y el pañuelo del cuello hecho jirones. Lo escondí en la cocina mientras despachaba a mis amigos y Celia y yo lo ayudamos a tranquilizarse. Lo perseguía la policía, no sabía adónde ir. Tenían un coche apostado en casa de Rashford, así que no podía volver allí. No quiso contar por qué lo buscaban, pero yo ya sabía por qué era.

Fue un escándalo en Londres. La nieta de uno de los decanos de la Facultad donde yo estudié apareció cerca de un río sin signos de violencia aparente, parecía que había muerto desangrada. La última persona con la que se le había visto era mi primo. Es muy largo de contar, pero al final tuvimos que huir todos. De nuevo. El decano llegó en sus investigaciones hasta el final y aunque al principio lo llamaron loco, cuando mostró más sucesos anteriores y más pruebas a su favor – era biólogo y podía descubrir muchas cosas – comenzaron a prestarle más atención, sobre todo los periódicos que estaban ansiosos por tener historias fantásticas de ese tipo, como que había un vampiro suelto por Londres. Las miradas se volvieron hacia mí cuando se supo que Adrián era mi primo. Antes de que se desatara una caza de brujas, todos: Peter Rashford, Celia, Adrián y yo salimos del país. Ninguno de los amigos, de los amigos vampiros que eran muchos, de Rashford se quiso mojar, así que nos encontramos otra vez escapando.

Fue en París donde me casé con Celia al poco tiempo de llegar. Adrián comenzó de nuevo a inyectarse sangre por las noches. Para esa época ya estaba todo más estudiado. Yo había llegado a la conclusión de que si nos transferíamos sangre de personas no vampiros, la calidad de vida podía subir muchísimo. Y, Roberto, como en Europa somos muchos, pronto se tejió una red de compra-venta de sangre que ha sido nuestra salvación hasta ahora. Hay clínicas de recogida de sangre en todos los países, prácticamente en todas las ciudades. A los que van a “donar” sangre se les paga convenientemente, porque son clínicas privadas, y todos tan contentos. Ellos creen que donan para gente enferma, pero qué más da, donan para nosotros que aunque no es una enfermedad, se le parece bastante. Con esta solución Adrián mejoró muchísimo. Parece que su sangre era demasiado tóxica para él y por eso dejó las transfusiones la primera vez, ahora sí que podría integrarse de verdad.

Años después, tu abuela y yo nos mudamos a Madrid, a mí me ofrecieron un trabajo en la Facultad de Biología. En París todo estaba saturado, el laboratorio donde trabajaba cada vez era más político que emprendedor, Rashford volvió a su vida de Londres, grandes cenas y fiestas, una vida desordenada y nos quería arrastrar con él. Antes de que esto ocurriera nos fuimos. Por aquel entonces ya habían nacido tus tíos y tu madre y no quería que ellos crecieran en ese ambiente. Así que nos mudamos a Madrid.

Y aquí, Roberto, hijo mío, la historia se acaba. Ya sabes el resto, soy decano de la Facultad de Biología, algo que me costó mucho conseguir. Secretamente sigo investigando nuestra condición y he llegado a muchas conclusiones muy interesantes. Sigo trabajando para integrarnos cien por cien en la sociedad y lo estoy logrando.

Ahora espero haber satisfecho tu curiosidad. Un beso muy grande.

Tu abuelo que te quiere,
Mario Arenne

El e-mail le había dejado totalmente anonadado. No sabía bien por dónde empezar a pensar. Es decir, había tanta información, tantas preguntas en el aire… Pero había prometido que no haría más preguntas. Sin embargo, ¿qué había sido de sus padres? ¿Los había vuelto a ver? ¿Y su primo Adrián? ¿Y ese tal Peter Rashford? ¿Qué pasó realmente para que se fueran de París? ¿Qué era lo que estaba estudiando y a qué conclusiones había llegado? Y una pregunta que lo tenía en vilo y que no se atrevía a preguntar a nadie: ¿era cierto que los vampiros eran inmortales? Le tranquilizaba que su abuelo siguiera teniendo palabra, pero su historia lo había dejado aún más confuso.

Descubre "Mi familia es vampira" desde el principio.

martes, 29 de octubre de 2013

Visto en Internet: Joan Linder

Esto de bloguear tiene una ventaja grande: conoces muchas cosas nuevas, te enteras de lo último y te enriqueces precisamente por lo que he dicho antes. Así, blogueando y visitando uno de los blogs de los que últimamente no me pierdo ni un post (¡Profeee!), descubrí uno de los proyectos artísticos de la neoyorquina Joan Linder: ha estado dibujando durante dos años su fregadero, dando cuenta de lo que ha sido su vida a través de él.




El encanto de ese fregadero es increíble, y es que supongo que el quid del artista es convertir en original y sorprendente hasta lo más sencillo y común de nuestras vidas. Y eso me gusta.

¿Cómo creéis que pinta vuestra vida a través de vuestro fregadero? Desde luego, hay pocas cosas más personales que esa, ¿no? Como yo no dibujo nada bien, quizá me ponga a echarle fotos a mi fregadero durante al menos un mes (aunque con lo mijita que me he vuelto últimamente, estaría muy muy limpio, ;)).

Por cierto, si queréis visitar, digitalmente hablando claro, a esta mujer, pinchad aquí.

Yo he cogido las fotos de esta entrevista interesantisima a la artista realizada en Frankie Magazine, por cierto, otro gran descubrimiento de sitio web que seguro que no dejaré de visitar.

PD: Lo he hecho, aquí está, una fotografía de mi fregadero a las ocho de la mañana. Está tuneada, ha pasado por una aplicación fotográfica del móvil, pero aún así no parece más que mi fregadero el martes por la mañana, recordándome que me fui a dormir sin recoger la cocina. Y es que unos son artistas y otros somos gente corriente.

  

Si los autores de las dos primeras imágenes de este post se sintieran agraviados con su publicación, por favor, pónganse en contacto conmigo y las retiraré inmediatamente. Gracias!


domingo, 27 de octubre de 2013

Relato con Foto: La butaca 5




La butaca 5 de la fila 8 siempre estaba vacía, pero nunca podía comprar la entrada que le pertenecía. Por más que lo intentaba, no lo lograba: en la taquilla siempre le decían que estaba reservada y a la hora de apagarse las luces, nadie ocupaba ese lugar.

Había pensado varias veces en sentarse a las bravas, casi con rencor, en ella. Una vez a oscuras, ninguna persona iba a reclamarle esa acción, sin embargo le invadía un sentimiento de culpabilidad y vergüenza, no era propio de él hacer ese tipo de cosas.

Al final, un día cualquiera, en una película de la que ya no recordaría el nombre una semana después, pudo acceder a la butaca 5 de la fila 8. La emoción le embargaba, una corriente eléctrica le corrió por los dedos cuando tocó el ticket y una expectación casi agobiante lo empujaba a esperar a las puertas de la sala, aún sabiendo que quedaba un poco para que abrieran. La taquillera le había mirado raro, lo sabía, cuando había soltado un grito de alegría y es que no esperaba una respuesta afirmativa a su pregunta de siempre.

Se abrieron las puertas y fue el primero en entrar. No quería que nadie notara su nerviosismo e intentó reprimirse andando despacio y despreocupado. Desde abajo, junto a la pantalla blanca gigante, vislumbró la butaca 5. Subió cada peldaño de la escalera con veneración y cuando llegó ante el objeto de su deseo se dejó abrazar por el azul de su tapizado y la comodidad de sus posabrazos. 

Nunca salió de aquella sala, en realidad, nunca salió de la butaca 5 de la fila 8. Recogieron su cuerpo al comienzo de la sesión siguiente cuando entraron los nuevos espectadores, estropeando su jornada porque lógicamente el cine cerró sus puertas ese día. Cuando volvieron a abrir, la butaca 5 de la fila 8 había desaparecido, en su lugar había un elocuente hueco vacío. Nunca más se vendería esa entrada y él se había salido con la suya.