sábado, 19 de octubre de 2013

viernes, 18 de octubre de 2013

Es viernes, mamá: El parque




El tema del parque es un tema espinoso. Tengo varios puntos que explicar y me gustaría que no se me entendiera mal en esta primera afirmación que hago sin pelos en la lengua: "No me gustan los parquecitos para los niños", a pesar de que son el universo en el que se socializan, donde conocen a otros niños y pueden encontrar incluso a ese amigo que tendrán para toda la vida. Como se me amontonan los apartados, vayamos por partes:

- No es que yo sea una antisocial que no quiere relacionarse con otras mamás, no. Es que aún no puedo hacerlo de una forma fluida y normal porque el chico es demasiado pequeño como para que yo esté en los banquitos para papás de alrededor del parque solo mirando. Bajar a un parquecito implica mimetizarme con el entorno, convertirme en una más de ellos, entrar en su mundo. Porque el chico es pequeño, sí, se quiere subir a todos lados, su cuerpo le dice que puede (y puede) pero su edad le dice que no es estable, que no mire por donde va, que quiera bajar los escalones de tres en tres o tirarse por el hueco vacío que está junto al tobogán. Así que ahí me veo yo, cual sombra del chico, con una sonrisa impertérrita y hablando en dialecto infantil (esos tonos que nos salen a todos y que no entiendo, pero que salen y es así).

- Los parquecitos de niños de mi zona solo tienen arena. No hay ni uno con ese material de goma tan agradable, solo arena. En verano son de lo más engorrosos. Además, no es arena al uso, son piedrecitas pequeñas. A mí se me meten en las sandalias y el chico sube a casa con medio kilo en cada pie, poniendo el suelo perdido y resbaladizo. No me gusta, lo siento, y hasta que no deje de ser la mamá sombra, no me hará gracia bajar al parquecito.

- Veo el mundo infantil desde dentro, con toda su crueldad y tengo que reconocer que es salvaje. Encima, como yo soy la autoridad en el recinto, me vienen a mí y me dicen: "Esa me ha dicho guarra". Sí, señores, ¿y qué hago yo? Pues decirle, "¿Guarra? ¡Anda ya! Seguro que no has escuchado bien" - ha escuchado perfectamente. - "Tú, con no decirlo tú, tienes suficiente". ¿Qué puedo hacer? No puedo llamarle la atención a esa niña que ha llamado guarra a la otra. Y a la pobre niña que me ha venido a decirme eso la dejo con una cara de tristeza que me rompe el corazón.

- Soy la sombra y la vigilanta. El chico está en esa época en que va con su mochila de coches (su mochi) a todas partes. Es su extensión, su gran tesoro, ¿cómo decirle que no se lo baje al parquecito? ¿Cómo explicarle que cuando allí entra algo como su mochi pasa a formar parte de la comunidad? Los demás niños, a pesar de ser mayores que el chico no dejan de ser niños pequeños, y acuden a la novedad como zombis atraídos por carne fresca (no puedo evitar pensar en "The walking dead"). Empiezan a repartirse los coches mientras el chico, mi chico, se queda patidifuso tratando de controlar todo su arsenal de coches. Yo intento, con la sonrisa impertérrita, que comparta (porque los padres tenemos esa manía de que compartan, todos, sin excepción, además quedaría feo decirle a los niños que dejen en paz los juguetes del tuyo, muy feo); juego (¡juego!) con ellos para que él vea que se lo va a pasar bien... Pero a la vez estoy grabando en mi mente quién tiene qué coche. Al señor M. no le gusta bajar principalmente porque no sabe gestionar este tipo de asuntos.

- Ves cosas del mundo de los mayores muy feas, la maternidad también nos hace sacar lo peor de nosotros mismos. Observar cómo un par de madres se enzarzan en una discusión por algo que ha pasado entre sus hijos es triste; aunque más triste es ver cómo uno de esos niños, igual que su madre, empieza a perderle el respeto a esa otra persona mayor y no es reprendido por ello.

Por eso, cuando miro la hora y van llegando las ocho, salto de alegría y digo: "¡Hala, para casa, a bañar! Recoge tus coches!". Y entonces, esos pequeños ayudan al chico a meter los coches en su mochi y veo que no todo es tan malo y me alegro y me preocupo a la vez por todo lo que va a tener que pasar el chico solo porque yo no voy a estar ahí siempre vigilando quién coge qué coche y él se las tendrá que ver solo en algún momento y llega un punto en que me agobio y... cojo al chico de la mano y se va dando saltos (perfeccionando su técnica, recuerden). Queda un poco, poco pero aún algo, hasta que baje y me quede en los banquitos para papás de alrededor del parquecito, menos mal que todavía es demasiado pequeño y debo estar con él dentro. (Claro, pienso que tendrá que pasar solo muchas cosas, no solo desenvolverse en ese micromundo que es el parquecito para niños).


jueves, 17 de octubre de 2013

Mi familia es vampira: IV. Más revelaciones


A la mañana siguiente se levantó temprano, pero no tanto como para pillar de nuevo a sus padres y a su hermano “haciendo eso que deben hacer todos los días sin que nadie se entere”. Su madre había vuelto a la cama y su padre estaba en el jardín luchando con el cortacésped, su hermano había salido bien temprano con Estela. ¿Su enésima reconciliación? Le había cogido cariño a esa chica, era la primera novia de su hermano que era amable con él y que no lo trataba como a un tonto. Así que aprovechó y rescató la carpeta marrón – estaba ansioso por saber qué era lo que escondía – y su libro sobre vampiros. Aunque ahora que lo pensaba bien, seguramente ese libro no contaría más que tópicos y mentiras, de todos modos lo leería. Escondió sus adquisiciones entre el colchón y el somier de su cama y se bajó a desayunar. Hoy no podría comer cereales con miel, demasiado dulce el día anterior, así que se hizo unas tostadas… ¿Y si se saltaba la regla y comía cereales? Total, sus padres no estaban en la cocina y no iban a saberlo. Pero en algún sitio había escuchado, o leído, que los vampiros tenían el olfato sobre desarrollado, ¿y si olían la miel? Esa era una de las razones por las que quería saber más sobre ellos, también sería una buena forma de conocerse a sí mismo cuando llegara el momento. Cogió las tostadas sin querer tentar a la suerte y subió a su cuarto lo más rápido posible aludiendo a sus tareas del colegio para no ayudar a su padre con el jardín.

Se sentó en el suelo, sobre la alfombra, y encendió el radiador, allí hacía un frío que pelaba. Se cubrió con el edredón nórdico y se colocó la gruesa carpeta marrón sobre las piernas cruzadas considerando seriamente si estaba bien aquello que estaba haciendo. Podría darle la carpeta a su hermano cuando volviera haciéndole prometer que no diría nada y asunto arreglado, pero sabía que nunca se lo perdonaría a sí mismo. Aquella carpeta tenía que tener datos interesantes sobre cómo eran los vampiros, qué hacían los de hoy en día, si había muchos – este era un tema que lo tenía en vilo –. No lo pensó más y la abrió. Se cayeron al suelo varios papeles pequeños con anotaciones a bolígrafo y a lápiz, direcciones, teléfonos, nombres, algunos de ellos le resultaban familiares, los puso a un lado ordenados, y sacó la montaña de papeles. Comenzó a verlos uno a uno.

Lo primero que hizo fue desplegar una hoja de papel enorme – lo más grande que él conocía en papel era un A3, y éste era más de dos veces este formato –. Contenía un árbol genealógico que acababa en su hermano y en él. Era muy curioso, la lista de antecesores llegaba muy arriba y, a su parecer, era casi infinita, Roberto pensó que seguramente si hubiera habido más papel se hubieran seguido añadiendo nombres. Se fijó en los apellidos, eran algo diferentes de los que conocía él. Por ejemplo, él era Roberto Carrasques Arennes, sin embargo en el papel no era Arennes lo que aparecía, sino Haretne, sonaba casi igual pero no era lo mismo. No le prestó mucha más atención seguramente eso sería el desarrollo de las palabras y los sonidos, lo había estudiado hacía poco en Lengua y Literatura, así que ¿por qué no le podía pasar lo mismo a su apellido?
El segundo documento era un cuaderno de ejercicios. Aquella parecía la letra de mamá y eran ejercicios de matemáticas, geografía… pero todo en una lengua muy extraña. No lo entendía para nada, sabía que eran matemáticas porque había números y que otros ejercicios eran de geografía porque había mapas, pero nada más. Lo dejó a un lado, si no podía descifrarlo no tenía sentido prestarle más atención.

Lo tercero era un diario, también de su madre. Al principio estaba escrito en ese idioma tan extraño, pero a partir de cierta fecha – más o menos cuando se casaron sus padres – comenzaba a escribir en castellano. Leyó: “he conocido a un hombre fantástico, es divertido, culto, le gusta la misma música que a mí, el mismo cine, los mismos libros… pero no es vampiro. Sé que a mi padre no le va a hacer gracia, pero quiero que sea algo más que mi amigo”. Se sintió como un intruso y dejó el diario también a un lado, no pensaba leer los sentimientos de su madre, no le parecía justo, además de que le daba un poco de vergüenza.

Se fue directamente a por un volumen de unas cincuenta páginas encuadernadas con una cubierta de piel color rojo y cerrado con un lazo de piel del mismo color. El tomo contenía muchos nombres y direcciones, era como un listado gigante: nombre – apellidos – dirección – teléfono – observaciones. En observaciones se podía leer de todo: “ha escapado y ahora está en paradero desconocido” o “no se ha quedado con nosotros, una lástima” o “muy bueno en buscar y encontrar desaparecidos”. Todas esas anotaciones eran muy emocionantes, ese listado era casi casi lo que más impresionó a Roberto. También era el cuaderno que formaba el grueso de la carpeta, después de ese documento ya no había mucho más, solo algunos papeles sueltos sin importancia, como si él tuviera la capacidad de juzgar qué era importante y qué no.

Guardó todos los papeles y cuadernos en la carpeta marrón y la metió en su mochila del colegio, la dejaría en su sitio a la primera ocasión. Lo guardó todo menos el volumen rojo, que volvió a esconder entre el colchón y el somier para seguir estudiándolo. Ahora tendría que ponerse a hacer las tareas del colegio si no quería llevarse una bronca de su padre.

Y haciendo estaba las tareas cuando su madre abrió la puerta. No sabía por qué pero esperaba verlo haciendo algo que no debía. “Cariño, el Chinche está al teléfono… otra vez. Le dices que hoy no puedes salir, es domingo y tienes que acabar las tareas”. Roberto salió a toda prisa para acabar con el Chinche cuanto antes, a su madre no le hacía gracia que perdiera el tiempo mientras estaba con los deberes del colegio. Y solo quería hablar de su cumpleaños, qué le habían regalado, si había caído algo de dinero para comprar juegos de la consola, la bici para irse los sábados por la mañana al parque… Vamos, que no lo dejó tranquilo hasta que obtuvo una promesa firme de que el sábado que viene irían a la tienda de viedojuegos en sus bicis para ver qué había de nuevo y comprar el próximo juego común.

Más tarde ese domingo, su hermano volvió con la cara larga. Algo había pasado. Probablemente sería la enésima ruptura definitiva con Estela, pero era mejor no preguntarle porque voló desde la puerta de la entrada hasta su habitación (esto es un decir, no voló, aunque fuera vampiro aún no tenía desarrollada esa capacidad, si es que la los vampiros de hoy en día la tenían). Así que, ante la perspectiva de pasar una tarde entera de domingo con sus padres en el salón, pidió permiso para irse a jugar a la consola a casa de Pedrito, el Chinche, donde podría hacerse un poquito más de rogar para lo del famoso juego de la consola.


Por la noche, una vez dadas las buenas noches y sintiéndose más mayor por aquello de tener diez años y un día y por todo lo que había pasado ese fin de semana: realmente era increíble que toda su familia fuera vampiro. Su cabeza bullía de actividad con tanta intensidad que cuando se quedó dormido eran más de la doce la noche. 

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martes, 15 de octubre de 2013

Cosas "del Intenné": Interblogueando con Mis Labores y Punto








Una de mis mejores amigas se llama Vanesa. He perdido la cuenta de los años que hace que nos conocemos, ¿diez? ¿Doce? Estuvimos estudiando Periodismo en la misma promoción, pero nos conocimos haciendo un curso de diseño gráfico. Así son los caprichos de la vida. Después el destino ha querido que vivamos a cinco minutos la una de la otra y nuestra relación se haya consolidado: quedamos para tomar café, nuestros hijos (¡nuestros hijos!) juegan juntos, nuestros maridos quedan sin nosotras... Vamos, lo que se dice amistad 1.0 de toda la vida. Y es genial.

Pero es más genial que esa amistad haya dado el salto al mundo digital, entonces ni yo me llamo María ni ella Vanesa, somos @mystoriespro y @Vanvaltri. Nos dejamos comentarios en nuestros respectivos blogs y nos seguimos en Twitter e Instagram (dejemos Facebook como una extensión del 1.0). Y hemos pensado que, igual que nos invitamos a cenar en nuestras casas de ladrillo y cemento, ¿por qué no invitarnos a nuestras casas digitales? Su domicilio es Mis Labores y Punto, un sitio muy particular donde da cuenta de todo lo que por su cabeza pasa y es capaz de materializar: desde croché hasta recetas, pasando por tuneado de chocolatinas para los compis de cole de su hija que acaba de cumplir años. Una joya de DIY, vamos. 

¿Y de qué forma podría yo tener presencia en un blog como ese? Como mi capacidad para hacer un DIY - da igual el nivel de dificultad - es nula y cada una debe saber cuáles son sus límites, una receta ha sido nuestro punto en común. No es que me guste cocinar, al contrario, pero como tenemos que comer para vivir y no quiero hacerlo a base de fritanga y bocadillos, entrar en la cocina es un aro por el que tengo que pasar siempre que no hay tuppers de la señora M. a mano (ya he repetido en varias ocasiones que me encanta todo lo que rodea a la cocina, menos cocinar).

Hoy en Mis Labores y Punto, una receta made in My Stories Project, facilita y rápida, como no podía ser de otra forma: lomos de merluza con tomate. Aunque la autoría original parte de la gran señora M. (a la que le llegó la receta a través de una tía mía, así que podríamos sacarle ancestros a la receta todos los que queramos y más). Esta es nuestra primera experiencia en común de interblogueo y espero que no se quede ahí. Ahora le propongo a ella escribir un relato para el lunes o un artículo de Visto en Internet, por ejemplo, para el martes (que sé que se mueve mucho por la red y encuentra cosas chulísimas). Ahí queda el guante echado, @vanvaltri. ;)



Detalles a tener en cuenta en la foto: Vane (o @Vanvaltri) es la de la izquierda con un estupendo collar de trapillo hecho por ella. Yo ya se lo he dicho, que el trapillo es de las cosas que más me gustan, me ha prometido un cesto, no lo olvido, jejeje. Aunque me ha regalado ya camisetas tuneadas para el chico y para mí, mi llavero fresa y un llavero hecho con una cápsula reciclada de Nespresso.

Yo (o @mystoriespro) soy la de la derecha, poco que decir de mí que no conozcáis ya los que me visitáis por My Stories Project. Y sí, la foto que he puesto en mi presentación (la pestañita de arriba, "Hola") está cogida de esta, es que me gusta cómo quedó, le pasé un par de filtros y voilà!

lunes, 14 de octubre de 2013

Relato con Foto: La torre (4)



Llevo cinco años encerrado en esta torre. Para ser exactos, cinco años y trece días. Normalmente llevo muy bien la cuenta de las rayas que voy haciendo cada amanecer en la pared de la habitación, pero a veces, las menos, la mente me juega una mala pasada y discuto conmigo mismo por un día arriba o abajo. Entonces tengo que contar todas las rayitas desde el principio, un trabajo arduo que se multiplica por diez cuando me tropiezo y me equivoco a mitad de camino. En ocasiones, puedo estar contando durante horas.

Desde la ventana enrejada de mi habitación, muy cómoda por cierto, puedo ver el mar. Es lo único que veo. Las olas romper a mi alrededor y las gaviotas sobrevolándome, por eso sé que estoy cerca de tierra. No es una tontería, ¿una torre en mitad del mar? ¿Por qué no? Más rara aún fue mi llegada a esta cárcel, así que al principio no me extrañaba que lo estuviera. Solo cuando vi las primeras gaviotas a los cuatro meses de estar recluido aquí dentro, pude ubicarme más cerca de tierra firme.

No sé cómo di a parar aquí. Lo último que recuerdo de mi existencia antes de la torre es acostarme junto a mi mujer, en mi cama de dos por dos, taparme con el edredón nórdico y darle un beso de buenas noches. Teníamos planes para el día siguiente, que sería sábado. Íbamos a ir a un centro comercial a comprarnos ropa de abrigo porque nos íbamos de viaje a Londres. Cuando desperté, me encontraba tumbado en este catre, que he aprendido a apreciar, bajo una manta algo raída y rodeado de piedra húmeda y fría que he cubierto con telas y retales que me han dejado cuidadosamente junto a la puerta para que construyera una estancia más acogedora. Y creo que lo he conseguido.

Tengo que reconocer que no me volví loco de puro milagro. Lloré, grité, llamé a diestro y siniestro a toda persona conocida, incluso a aquellas que solo había visto de pasada, como al conductor del autobús que me llevaba todos los días al trabajo o al conserje nuevo de mi edificio de viviendas del que aún no me había aprendido el nombre (pero que inventé ex profeso para llamar a voz en grito). Me pelé los nudillos llamando a la puerta, golpeando las paredes. En vano. Nada ni nadie se inmutaba a mi alrededor. Nada se escuchaba, a excepción del rumor del mar y su loco movimiento.

Ahora ya lo tengo asumido. Sé que tengo que dormir para encontrar comida a la mañana siguiente, así que me aplico e intento estar acostado temprano. También durante la noche se renuevan mis recursos literarios: papel y lápiz con los que disfruto inventando historias, principalmente elucubrando sobre la torre y la razón de mi presencia aquí. En esas horas nocturnas, mi biblioteca crece y nuevos libros me acompañan en mis largos días de soledad y, aunque no todos son de mi gusto, he aprendido a valorarlos. Pero echo de menos la música, no sé si en algún momento la persona encargada de mi confort caerá en la cuenta de que quizá necesite oír de nuevo algo de música, de cualquier tipo, he dejado de ser caprichoso al respecto. Tengo que reconocer que alguna vez he intentado hacer trampa y hacerme el dormido, pero entonces, no ha habido ni comida ni papel ni lápiz ni libros. Ya no juego con eso.

Intento no pensar en mi mujer, ¿qué le habrán dicho? ¿Pensará que estoy muerto? ¿Creerá que he escapado? Son muchos años para seguir confiando en mí, entendería si me ha desterrado de su vida, aunque me dolería. Tampoco quiero pensar en mi vida anterior, que era plena, porque me hace sentir mal y ya he pasado por terribles épocas de depresión que no me conducen más que a la locura.

Por cierto, se me olvidó hacer la rayita de hoy, paro ya este relato en presente porque no puedo dejar de hacer esa rayita, por ella vivo cada día, es mi tarea más importante y si se me llegase a olvidar, no quiero ni pensar qué sería de mí.