viernes, 23 de agosto de 2013

Es viernes, mamá: Carne de porrazo




El chico es carne de porrazo. Lo veo a cada momento y por muy pequeña que sea la posibilidad de que se dé un golpe, se hace realidad como por arte de magia. No digamos ya si la posibilidad es de grandes dimensiones, entonces todo ocurre incluso más rápido.

Quiero pensar que todos los niños de dos años son carne de porrazo, que los atraen como si ellos fueran imanes, que el porrazo forma parte de sus vidas, igual que lo forma el jugar o el comer. Buscando razones a este hecho que me parece sorprendente, pero que ha perdido cierto efecto por lo usual que es ya en mi vida (y no digamos en la suya), he llegado a unas cuantas conclusiones:

- Tiene la estatura perfecta para irse dando con todo lo que se va encontrando. Ya no pasa ni raspando bajo la barra que hay en la cocina, pero él sigue acometiéndola como si pudiera. El resultado es el único que puede ser.

- Va andando sin mirar y corre con un estilo que llama el golpe a voces. No puede pasar otra cosa más que se caiga, se dé con el quicio de la puerta en la cabeza, con el pico de la mesa en la rodilla o como la vez más gorda de todas: se caiga y se dé con el tirador del cajón del mueble del salón en la ceja y necesite cinco puntos.

- No ve el peligro de sus actos. Normal, él no tiene por qué verlas, no tiene edad para ello. Pero para mí es como si viviera en un mundo lleno de picos, pinchos y agujeros en los que puede caer y hacerse daño. Veo peligros hasta donde no los hay.

Así que espero que esta etapa, porque creo firmemente en que es una etapa (no puede ser otra cosa), termine lo más pronto posible. Hasta entonces, nos tendremos que acostumbrar, el chico y yo, a que él es carne de porrazo.

jueves, 22 de agosto de 2013

Relato con Foto: Bajo la luna



Sí, eso que ves ahí es la luna.
Y bajo ella han pasado tantas cosas
que podrías vivir con miedo o con amor toda tu vida.


martes, 20 de agosto de 2013

Cosas de verano 3: Esas cosas que solo haces en verano...

Al principio de la temporada comencé a lanzar una serie de tuits en la cuenta de My Stories Project en Twitter bajo el hashtag de #verano. Eran cosas que solo haces o solo ves hacer en verano, un compendio de imágenes que montan lo que es esta estación en tu cabeza y que te producen ternura al verlas de nuevo e incluso nostalgia en algunas ocasiones.

De todos ellos, hubo dos que para mí siempre serán PURO VERANO. El primero de ellos era esas personas mayores, y no tan mayores, que salen a tomar el fresco a las puertas de las casas. Claro que esa imagen es más típica de los pueblos, pero es que vivo en uno y he vuelto a ver cómo la gente coge su silla de casa y sale y se junta a esas horas de la tarde-noche en la que una brisita más bien caliente acompaña el ambiente. Si decides pasear a esas horas, por otro lado el único momento del día en que puedes hacerlo sin riesgo de caer en redondo por el calor, les das las buenas noches a todos sin conocerlos ni ser vecinos directos, es la tradición.

La otra situación que me recordó a mi infancia fue ver a niños en bici a las doce de la mañana de un día entre semana. Eso solo lo ves en verano empezando por que en invierno los niños están en el cole y, segundo, porque las bicicletas son para el verano. Para un niño, la bici en verano debería seguir siendo ese "mejor regalo del mundo" con el que no puedes dejar de vivir cada día. Siempre habrá un verano marcado por la bicicleta. Seguro que al año siguiente ya será demasiado mayor, demasiado mayor, para estar dando bicicletazos de arriba a abajo, olvidando lo importante que fue para él hace tan solo doce meses.

Después, en el imaginario de cada uno están esas otras imágenes personales que, solo con notar la luz veraniega que entra a través de la ventana, te retrotrae a lo que fueron otros veranos. Y ahora también, con el chico dando bandazos por casa, sé que estamos creando lo que será su imaginario veraniego que recordará cuando pasen los años.

¿Qué es PURO VERANO para ti?

lunes, 19 de agosto de 2013

Relato con Foto: Leer, ese viaje




Experimentó una sensación de vértigo brutal cuando abrió las páginas del libro. No podía dejar de leer la historia que le devolvía el papel, no quería hacerlo. Durante un minuto su mente no supo distinguir lo que era real de lo que no lo era y le dio tanto miedo que cerró las tapas de golpe, con una fuerza que le sorprendió. Dejó el libro sobre la mesa y se quedó observándolo. Entonces lo cogió de nuevo, se arrellanó en el sofá y buscó la página por la que lo había dejado.

Con este Relato con Foto, otra de las cosas más aconsejables que hacer en verano, LEER.