lunes, 2 de diciembre de 2013

Relato sin Foto: Cartas

Llevo un mes viviendo en este piso. Es justamente lo que quería: céntrico, techos altos, suelos de madera, calefacción central, ventanales grandes. Y un alquiler que, aunque caro, no deja de ser asequible para mí.

Vivo muy bien, de hecho, cualquiera diría que vivo como quiero, de esa forma en que lo dicen para referirse a que he encontrado todo lo que deseaba y que ahora lo disfruto. Sin embargo, no es así. No es así porque la incertidumbre nubla mis días y me quita la razón. La situación es la siguiente: la correspondencia del anterior inquilino sigue llegando a casa. Si fueran solo facturas o cartas bancarias, no me importaría, pero es que también llega su correspondencia digamos, íntima. En este mes en que llevo ocupando el piso han llegado cuatro cartas manuscritas, una por semana, invariablemente cada jueves.

La primera de ellas no me sorprendió. Al menos no lo hizo sobre manera porque ¿quién utiliza en estos tiempos este tipo de comunicación habiendo Internet? La dejé en una bandeja sobre la mesa del salón. La segunda me hizo gracia. Hablé para mí mismo riéndome de lo que había pasado y de la poca consideración de mi antecesor por no avisar a esta pobre persona que se afanaba por ponerse en contacto con él en el único sitio en que creería que se encontraría. La dejé en la bandeja del salón. La tercera me mosqueó porque me hizo sentirme responsable hasta cierto punto de la ignorancia en la que vivía esa persona que escribía sin descanso cada semana. El problema es que nunca llevaban remite, así que no podía contestar y comunicarle el cambio de domicilio de su conocido. Y la cuarta se convirtió en el aguijón que se clavó en mi cabeza en forma de curiosidad, primero latente, más tarde obsesiva. ¿Abro las cartas? ¿Violo la intimidad de una persona? ¿Lo hago en nombre de la responsabilidad y la buena intención cuando yo sé perfectamente que lo hago para saciar mi sed de conocimiento? Del antiguo ocupante del piso no sé nada, no puedo saber nada porque hay una inmobiliaria de por medio que me impide hacerlo. Y no quiero  ni puedo deshacerme de esos sobres que descansan sobre la mesa del salón. No sé por qué.

Así he estado días, una semana entera esperando que la quinta carta me saque de dudas y sea el acicate para hacer lo que debía haber hecho hace mucho tiempo: abrirlas todas y leer hasta el último punto. Saber el nombre del remitente y el del destinatario; la relación que existe entre ellos; cuán de profunda es esa relación, teniendo en cuenta que alguien se molesta en escribir cada semana aún sin recibir respuesta alguna.

Hoy es jueves y me he tomado el día libre. He dicho en el trabajo que me he levantado con el estómago mal, vomitando. No he mentido, no me encuentro bien, pero son los nervios. Estoy agazapado en la terraza del salón esperando al cartero, alto, pelo cano y cara amable, lo he visto alguna vez. Deseo con fervor verle arrastrando su carrito. Y ahí viene. Espero. Sale. Salgo. Me precipito por las escaleras. Abro el buzón. Hay una carta. Una sola carta. Manuscrita. Voy a abrirla mientras subo la escalera, pero hay algo diferente: esta vez el destinatario soy yo. Pone bien claro mi nombre, con la misma letra que las anteriores. Con esa "A" tan característica. Me paro en mitad de las escaleras y la sorpresa se torna en miedo mientras mi mente intenta gestionar lo que sucede dándole un mínimo matiz de normalidad. No puede hacerlo y le da a mis piernas la orden de que sigan subiendo las escaleras hasta llegar a casa. Una vez allí me siento y miro el sobre como si tuviera en mis manos una granada a punto de explotar: ¿le quito la anilla? Creo que no. Curiosidad y miedo se encuentran a partes iguales en mi estado de ánimo. Dejo la carta con las demás, aún como un autómata. Quizá espere al próximo jueves para ver si todo ha sido un error.

4 comentarios:

  1. El misterio de las cartas...qué repelús... sobre todo si las cartas van a tu nombre y no tienes ni idea de lo que contienen ni de quién la envía :) ¿Habrá continuación?

    Un abrazo, María.

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    1. Ay, pues sí, es algo que da un poco de miedo, pero de eso trata el relato, jejeje...

      Besos!

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  2. Ayyyyyyyy yo las hubiese abierto!!!!! Relato genial, como siempre, y esperando si hay más... Anuchi

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    1. Ana, tú siempre has sido muy echá pa'lante! jajajaja, muuuchas gracias, guapetona, ya echaba de menos tus comentarios. Te tienes que poner al día de Carmen, ;)

      Un beso gordo!

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