jueves, 26 de diciembre de 2013

Mi familia es vampira: IX. El plan continúa (2)

Roberto seguía avanzando en la oscuridad. Su visión ya estaba hecha a la claridad platina de la luna, pero aquella estancia era como un campo de fútbol a pesar de lo pequeña que parecía al principio. La lentitud con la que se tenía que mover era pasmosa, a cada paso le asaltaba un busto de mármol o una mesita de café del siglo XVIII – se decía para sus adentros este siglo como quien piensa en cualquier otro número –. Había lienzos apoyados en sillas antiguas que olían a madera vieja y galanes que en la oscuridad se asemejaban a personas esperándole de pie. No escuchaba nada, ni fuera ni dentro, hasta que la puerta se abrió. Desde detrás de un sofá estilo isabelino, con un estampado horroroso pensó Roberto, pudo observar la calva del mayordomo de su primo moviéndose eficazmente entre todo aquel caos, parecía que en su mente aquello tenía un orden, cogía de un lado y colocaba en otro hasta que encontró lo que estaba buscando: un bastón de madera negra con otro pomo rojo transparente y otro insecto disecado dentro. Cuando lo cogió dio un gran suspiro y cerró inmediatamente la puerta dejándolo todo de nuevo a oscuras. Roberto no pudo aguantar la tentación de acercarse al paragüero que contenía un docena de bastones iguales, excepto en el color de madera y en el de la bola transparente. Y vio con asco que no era un insecto lo que se encontraba disecado dentro de cada uno de ellos, sino un murciélago, empequeñecido no sabía de qué forma, pero murciélago al fin al cabo. Después del susto inicial optó por hacerse con uno de esos bastones, puede que en lo que restaba de misión pudiera necesitarlo.

Continuó su trayectoria diagonal hacia la esquina de la chimenea y sobre ella, tal como le dijo su abuela Celia, vería tres bolas gigantes como de hierro negro, justo en la balda sobre la rejilla y situadas en el centro. Tendría que tener maña y algo de fuerza para moverlas ya que había que mover dos a la vez – él era diestro y la mano izquierda normalmente era inútil para asuntos que requirieran hacer fuerza –. E inmediatamente después mover la de en medio, con lo que tendría que ser también bastante rápido. Comenzó a intentarlo. No fue hasta la quinta vez que lo consiguió: las dos bolas pequeñas de los extremos se movieron profundamente hacia el fondo de la balda y la bola grande central la trasladó hacia la izquierda. Una vez hechos los movimientos escuchó un clic parecido al chasquillo que hace un pestillo al cerrarse y la rejilla que cubría el hueco de la chimenea se abrió lentamente.

Un aire frío casi glacial salía de aquel hueco. Roberto se ajustó el anorak y comenzó a bajar repitiéndose una y otra vez que no tendría miedo. Sin embargo, los escalones le invitaban precisamente a lo contrario, a salir pitando, aunque pensándolo bien era mejor continuar que volverse porque, ¿cómo salir de allí si no era con el abuelo? Así que empezó a descender. Debía tener cuidado, los peldaños estaban mohosos, oscuros de humedad y con sombras verduzcas en las esquinas, verduzcas como el vidrio de los vasos de té que les había ofrecido Adrián. No había luz en el pasadizo descendente pero al final, a lo lejos, podía observarse algo de claridad de nuevo en movimiento. Usó el bastón para tantear cada escalón, mira por donde le había buscado utilidad antes de lo esperado. Descubrió al final de la escalera que le seguía un corredor más fúnebre aún lleno de antorchas en ambas paredes, tan juntas estaban que parecía que las antorchas formaban un arco. No quería apoyar las manos en las paredes del corredor, podía ver cómo los gusanos salían y entraban entre las grietas de las piedras que conformaban aquella construcción, el musgo que parecía crecer de la piedra mismo parecía a su vez que lo engullía y todo volvía a comenzar cuando el gusano volvía a emerger hacia el exterior. Decidió que seguiría mirando hacia delante sin fijarse en los laterales a no ser que fuera estrictamente necesario.

Estuvo andando como diez minutos. Pensó en un momento dado que había ido en horizontal, nada de bajadas, a parte del tramo de escaleras del principio, por lo que sospechaba que ya debía estar debajo de la casa de enfrente de la de Adrián. Aún así dudaba mucho que sus vecinos supieran en primer lugar quién era la verdadera persona que vivía en la casa de enfrente y segundo que bajo ellos hubiera un intrincado laberinto de pasadizos y mazmorras.

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