jueves, 21 de noviembre de 2013

Mi familia es vampira: VIII. Una empresa difícil (1)

VIII. 1

La casa estaba totalmente a oscuras. Roberto nunca había viajado en avión. Y menos en un avión privado en mitad de la noche, así que la oscuridad y la grandiosidad de la casa aún no podían sorprenderle porque todavía estaba abrumado por el hecho de haber volado. Era la mansión donde sus abuelos se mudaron junto a Adrián y el tío de Celia después de huir de Londres. Charles, el amigo del abuelo, estaba con Luis y con él en la puerta y la miraba como quien miraba a un demonio. Se le veía en los ojos una sombra de miedo, algo que no habían percibido en los días anteriores, cuando estuvieron en casa de la abuela ultimando todos los detalles.

Luis había pasado por tres fases: la negación, la aceptación y la participación activa. Al principio dijo que él no podría hacerse responsable de una misión así “¡Si no soy capaz de mantener mi relación con Estela más de dos semanas seguidas!”. Luego aceptó que tenía que ayudar: “La familia a la que pertenezco es mucho más importante que mis miedos”, Roberto no sabía de dónde podría haber sacado una frase tan pomposa porque Luis no es que leyera demasiado y estaba seguro de que no podría haber salido de su cabeza así como así. Por último: “¡Me muero de ganas de terminar con todo esto y darle a ese Adrián en las narices!”. Roberto, sin embargo, había aceptado desde el principio que su papel estaba ayudando a su abuelo. Sería un poco por culpabilidad, desde luego, reconocía que su deseo desmesurado por conocer más y más sobre la vida de su familia y de su abuelo en particular había sido el causante de esta situación. Pero iba un poco más allá, sabía que su papel era ese del mismo modo que sabía que los sábados por la mañana estaba permitido desayunar cereales. Algo extraño, de todos era el más sereno, su madre no paraba de decirle lo orgullosa que estaba de él y lo abrazada continuamente. No cabía duda de que temía mucho por su hijo, pero no había otra salida.

Con el paso de los días – pasaron tres hasta que cogieron el avión a París – comenzaron a llegar todos sus tíos a casa de los abuelos. Lo miraban asintiendo una vez que les explicaban los planes. Una vez que él preguntó si Rodolfo, su primo que seguramente era más valiente que Luis y él juntos, podía participar en la misión, le contestaron con un no rotundo. “Rodolfo no está preparado para esto”, le respondieron y dejaron estar el tema. Ya había aprendido a no preguntar, pero se quedó pensativo.
Allí estaban, sin llamar a la puerta, ninguno de los tres daba el primer paso, pero la puerta se abrió sola. Los recibió un mayordomo al estilo antiguo, su cara alargada era blanca como la cera, grandes ojeras le llegaban hasta la barbilla y era calvo. Eso era lo que más destacaba de él porque, a pesar de la oscuridad la calva brillaba a la luz de la luna.

- Pasen, el señor les espera.

Los tres entraron con parsimonia. Desde luego no era para demostrar que no tenían miedo de nada, muy al contrario, entraron con esa tranquilidad porque se obligaron un poco a guardar las formas, si no fuera de ese modo hubieran salido corriendo inmediatamente. Todo estaba oscuro mientras avanzaban por un pasillo largo que iba hasta el fondo de la casa, dejando a ambos lados numerosas puertas cerradas. Al fondo, donde se dirigían, había otra puerta entornada desde la que salía algo de luz en movimiento. Seguro que había una chimenea encendida.

Así era, cuando la puerta se abrió lo primero que vino a sus ojos fue un enorme fuego al fondo de la estancia. Estaba todo forrado de telas de terciopelo rojo; no había luz eléctrica, sino candelabros con gruesas velas también rojas distribuidas por toda la habitación. El mobiliario tampoco era más moderno que eso, un gran aparador de color oscuro ocupaba casi toda una pared, en otra pared había un gran ventanal con grandes cortinajes negros - ¿o eran también rojos? -  y en la otra estaba la chimenea con varias baldas a los lados llenas de motivos bastante fúnebres: pequeños cráneos oscuros - ¿serían reales? –, una colección de dagas y varias fotografías antiguas.

De espaldas a la puerta, de un sillón sobresalía una cabeza llena de pelo negro algo encanecido desde donde se oyó: “Pasad todos y tomad asiento, debéis estar agotados”. Los tres miraron alrededor, el mayordomo había desaparecido y se vieron empujados por una fuerza invisible dentro de la habitación. Luis y Roberto se sentaron en el sofá de un lado y Charles tomó asiento en el otro sillón. En medio de todos una mesa baja de la misma madera que el aparador contenía una tetera con cuatro vasos pequeños de vidrio verduzco. 

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