jueves, 7 de noviembre de 2013

Mi familia es vampira: VI. Y la vida no sigue igual

El día que Roberto volvió del colegio y encontró que no había nadie en casa supo enseguida que había pasado algo. Tenía como un sexto sentido, le gustaba pensar que se debía a que su sino era ser vampiro y seguramente ellos lo tenían, pero lo cierto es que no era por eso, simplemente se daba cuenta de cosas antes que mucha gente porque era más observador.

Dejó la mochila junto al paragüero de la entrada y comenzó a mirar habitación por habitación. Fue primero a la cocina por si le habían dejado algún tipo de nota, pero nada; a su dormitorio, quizás la hubieran dejado allí, sobre la mesilla, nada; en el salón, pegada en la televisión, nada. No había nada ni nadie. Se asustó. No sabía qué hacer. Iba a llamar al móvil de su padre cuando la puerta de casa se abrió. Apareció Luis: “¡Te vengo a buscar!”. Ante las protestas de Roberto por que le contara inmediatamente lo que estaba sucediendo, Luis le respondió con un seco “ahora te lo cuento”, y se lo llevó a un coche que estaba aparcado frente a la entrada de casa. Él no sabía conducir y tampoco tenía edad, así que alguien debía de estar esperando en el asiento del conductor.

Y así era. Al volante iba un señor que nunca había visto antes. Tenía una cabeza grande, quizás algo desproporcionada para su cuerpo, pero llevaba una barba muy bien cuidada y unas gafas de diseño que le daban un aspecto más favorecedor. No dijo una palabra en todo el camino y Roberto se sintió intimidado por el traje, el silencio y la barba de ese señor. Luis no respondía a sus miradas, así que tendría que esperar a llegar allá dónde fuera que fuesen.

Llegaron a casa de su abuelo. Al menos se sentía aliviado por ir a un lugar conocido, seguramente dentro de casa estarían esperándoles sus padres y sus abuelos y le explicarían qué demonios estaba ocurriendo. Se bajaron los tres del coche y Roberto se sintió igualmente sorprendido de que ese señor, al que aún no le habían presentado, entrase con tanta naturalidad en casa de su abuelo. Con grandes zancadas, él intentaba seguir de cerca al señor y a su hermano recorriendo los pasillos hasta que se plantaron en la sala de la biblioteca. Allí, efectivamente, se encontraban sus padres y su abuela. Su madre estaba sentada en uno de los sillones mullidos del abuelo, ese en el que le gustaba tanto sentarse a leer. Tenía los ojos rojos e hinchados, como si hubiera estado llorando mucho tiempo y aún lo siguiera haciendo. Su padre aguardaba de pie junto a una estantería, la mirada perdida en la vista de la ventana hacia el jardín. Y su abuela hablaba por teléfono con tono decidido. Cuando entró corrió hacia su madre que le dio un abrazo de oso, como esos que hacía tiempo no le daba.

- ¿Qué ha pasado mamá?
- Hijo mío. Han secuestrado al abuelo.
- Pero… - no podía creer lo que acababa de escuchar. ¿De verdad habían secuestrado al abuelo? Y se lo había dicho así, sin paños calientes, la cosa tenía que ser muy seria. – Pero…
- Sí, hijo, y ahora necesitamos algo de ti… algo muy importante. – Su padre y su abuela lo rodearon y Roberto sintió como la sangre le acudía a la cabeza en masa, dejando su cuerpo casi descolorido, ¿qué podían necesitar de él? – Dime, ¿te envió tu abuelo un e-mail hace poco? Dime la verdad, no me voy a enfadar ni nada, pero es importante que nos cuentes la verdad.
- Pues, mamá, no te enfades, pero… - no le cabía duda de que lo iba a contar todo, se acordó de las películas de espías que tanto le gustaban y de cómo los malos cantaban a las primeras de cambio. No le gustó la comparación que se hizo a sí mismo, pero se obligó a continuar ante la mirada de ansiedad de su madre. – Pues, bueno, el abuelo sí que me envió un e-mail.
-¿ Y qué decía ese mensaje?
- Bueno, es que en el cumpleaños, hace dos semanas, le pedí que me contara la historia de su vida y me prometió que me enviaría un e-mail y hace una semana me lo envió.
- ¿Pero yo qué es lo que te dije? ¡Que dejaras el asunto en paz! – La voz de su madre se elevó de tono y lo miró con una mezcla de enfado y decepción que dejó a Roberto aún más abatido de lo que ya estaba. Luis lo condujo al otro sillón y su padre se encargó de consolar a su madre mientras su abuela iba a hablar con el señor de la barba recortada.

Las horas pasaban. Llevaba dos horas allí sentado, le dolía el culo, tenía hambre y la boca seca. Nadie le había ofrecido nada de comer ni de beber, a pesar de que no lo hacía desde el recreo en el colegio, y eso quedaba tan lejos que cada vez que lo pensaba se le venía a la cabeza su estómago vacío y protestón. Se sentía mal por sentir hambre cuando su abuelo estaba secuestrado. En su cabeza bullían cientos de pensamientos. Si su madre se había puesto así después de su confesión es que esa confesión tenía algo que ver con la desaparición de su abuelo. Pero ¿cómo había llegado nadie a leer un correo privado de él? Aunque hoy en día era muy fácil piratear los sistemas informáticos: sin duda, si alguien quería acceder a su correo personal, lo habría hecho sin problemas con unos cuantos conocimientos en ordenadores. Se sentía culpable. Su madre le había dicho que dejara estar el tema de los vampiros, que tuviera paciencia, que cuando llegara el momento se lo contarían todo. Pero no, él no podía haberse esperado, su deseo de saber más y más le había podido y eso había puesto en peligro a su abuelo.


Sonó el teléfono, su abuela se quedó tiesa, como esperando un segundo tono que vino inmediatamente. Se dio la vuelta y con paso firme y sereno se acercó a él. Lo cogió al tercer toque. La conversación fue corta, más que nada porque la abuela Celia no habló apenas nada, se limitó a asentir y a decir “de acuerdo”. Cuando colgó dijo: “Ya tenemos las instrucciones”. Todos se levantaron y fueron hacia el despacho del abuelo. Él se sintió tentado de seguir al pelotón, pero su hermano detuvo su impulso con el brazo: “Vamos a comer algo”. Quizás no estuviera tan mal comer algo después de todo. 

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