viernes, 29 de noviembre de 2013

Es viernes, mamá: Comiendo mandarinas


El chico y yo nos hemos acostumbrado a comer mandarinas todas las tardes. Es decir "mandarina" y salir disparado para la cocina a coger un cuenco, a poder ser azul. De tal forma que he tenido que quitar del medio los boles de cerámica - que corrieron peligro en varias ocasiones - y colocar en su lugar los suyos de plástico, made in IKEA.

Comer algo con él es entrar en una competición: come más rápido que yo, abarca más y poco a poco se quiere ir haciendo con el control del cuenco. Así que decidí ponerle su mandarina en un cuenco (invariablemente azul) y yo ponerme mi mandarina en otro cuenco que intento que sea de cerámica para que vea la diferencia entre ambos. No ha servido de nada, él sigue con su carrera particular: come sus gajos rápidamente para poder empezar con los míos cuanto antes, intentando de nuevo hacerse con mi bol. Y luego me siento mal si como cosas a escondidas (como las galletas de chocolate, que para poder saborearlas al calor de la mesa camilla, les doy un mordisco y escondo tras el cojín) o engullo el batido de fresa que me ha apetecido para merendar (da igual que él tenga uno abierto en la mano, también me va a pedir con insistencia el mío).

Y es que como dice el señor M., a mí me gustan todas esas cosas que se les da a los niños.

4 comentarios:

  1. qué ternura! también yo disfruto con mis niños compartiendo el ratito de la fruta a trocitos (en sus correspondientes boles azules o de otros colores), y leyendo cuentos. Grandes momentos del día a día!

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  2. ¡Qué ricas las mandarinas! Me encantan. Y no me extraña nada que a tu hijo, a ti, os gusten tanto. Y también que te gusten ciertas cosas que suelen comer los nenes porque, a fin de cuentas, siempre queda en nosotros algo del niño que fuimos.

    Un abrazo.

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  3. jajajaja a mí me pasa lo mismo pero por fortuna a víctor aún no le ha entrado el afán de la competición ni del ansia aunque lo veo venir... aprovecharé mientras tanto...

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