lunes, 14 de octubre de 2013

Relato con Foto: La torre (4)



Llevo cinco años encerrado en esta torre. Para ser exactos, cinco años y trece días. Normalmente llevo muy bien la cuenta de las rayas que voy haciendo cada amanecer en la pared de la habitación, pero a veces, las menos, la mente me juega una mala pasada y discuto conmigo mismo por un día arriba o abajo. Entonces tengo que contar todas las rayitas desde el principio, un trabajo arduo que se multiplica por diez cuando me tropiezo y me equivoco a mitad de camino. En ocasiones, puedo estar contando durante horas.

Desde la ventana enrejada de mi habitación, muy cómoda por cierto, puedo ver el mar. Es lo único que veo. Las olas romper a mi alrededor y las gaviotas sobrevolándome, por eso sé que estoy cerca de tierra. No es una tontería, ¿una torre en mitad del mar? ¿Por qué no? Más rara aún fue mi llegada a esta cárcel, así que al principio no me extrañaba que lo estuviera. Solo cuando vi las primeras gaviotas a los cuatro meses de estar recluido aquí dentro, pude ubicarme más cerca de tierra firme.

No sé cómo di a parar aquí. Lo último que recuerdo de mi existencia antes de la torre es acostarme junto a mi mujer, en mi cama de dos por dos, taparme con el edredón nórdico y darle un beso de buenas noches. Teníamos planes para el día siguiente, que sería sábado. Íbamos a ir a un centro comercial a comprarnos ropa de abrigo porque nos íbamos de viaje a Londres. Cuando desperté, me encontraba tumbado en este catre, que he aprendido a apreciar, bajo una manta algo raída y rodeado de piedra húmeda y fría que he cubierto con telas y retales que me han dejado cuidadosamente junto a la puerta para que construyera una estancia más acogedora. Y creo que lo he conseguido.

Tengo que reconocer que no me volví loco de puro milagro. Lloré, grité, llamé a diestro y siniestro a toda persona conocida, incluso a aquellas que solo había visto de pasada, como al conductor del autobús que me llevaba todos los días al trabajo o al conserje nuevo de mi edificio de viviendas del que aún no me había aprendido el nombre (pero que inventé ex profeso para llamar a voz en grito). Me pelé los nudillos llamando a la puerta, golpeando las paredes. En vano. Nada ni nadie se inmutaba a mi alrededor. Nada se escuchaba, a excepción del rumor del mar y su loco movimiento.

Ahora ya lo tengo asumido. Sé que tengo que dormir para encontrar comida a la mañana siguiente, así que me aplico e intento estar acostado temprano. También durante la noche se renuevan mis recursos literarios: papel y lápiz con los que disfruto inventando historias, principalmente elucubrando sobre la torre y la razón de mi presencia aquí. En esas horas nocturnas, mi biblioteca crece y nuevos libros me acompañan en mis largos días de soledad y, aunque no todos son de mi gusto, he aprendido a valorarlos. Pero echo de menos la música, no sé si en algún momento la persona encargada de mi confort caerá en la cuenta de que quizá necesite oír de nuevo algo de música, de cualquier tipo, he dejado de ser caprichoso al respecto. Tengo que reconocer que alguna vez he intentado hacer trampa y hacerme el dormido, pero entonces, no ha habido ni comida ni papel ni lápiz ni libros. Ya no juego con eso.

Intento no pensar en mi mujer, ¿qué le habrán dicho? ¿Pensará que estoy muerto? ¿Creerá que he escapado? Son muchos años para seguir confiando en mí, entendería si me ha desterrado de su vida, aunque me dolería. Tampoco quiero pensar en mi vida anterior, que era plena, porque me hace sentir mal y ya he pasado por terribles épocas de depresión que no me conducen más que a la locura.

Por cierto, se me olvidó hacer la rayita de hoy, paro ya este relato en presente porque no puedo dejar de hacer esa rayita, por ella vivo cada día, es mi tarea más importante y si se me llegase a olvidar, no quiero ni pensar qué sería de mí.


4 comentarios:

  1. Pobrecillo, no? qué angustia... :O

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    1. Eso pretendía! Que provocara algo de angustia, jejeje

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  2. guauuuu... me he quedado con ganas de saber más!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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    1. ¡Eh! A ver si lo continúo y se convierte en algo más grande, no te creas, que ya lo había pensado.

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