jueves, 17 de octubre de 2013

Mi familia es vampira: IV. Más revelaciones


A la mañana siguiente se levantó temprano, pero no tanto como para pillar de nuevo a sus padres y a su hermano “haciendo eso que deben hacer todos los días sin que nadie se entere”. Su madre había vuelto a la cama y su padre estaba en el jardín luchando con el cortacésped, su hermano había salido bien temprano con Estela. ¿Su enésima reconciliación? Le había cogido cariño a esa chica, era la primera novia de su hermano que era amable con él y que no lo trataba como a un tonto. Así que aprovechó y rescató la carpeta marrón – estaba ansioso por saber qué era lo que escondía – y su libro sobre vampiros. Aunque ahora que lo pensaba bien, seguramente ese libro no contaría más que tópicos y mentiras, de todos modos lo leería. Escondió sus adquisiciones entre el colchón y el somier de su cama y se bajó a desayunar. Hoy no podría comer cereales con miel, demasiado dulce el día anterior, así que se hizo unas tostadas… ¿Y si se saltaba la regla y comía cereales? Total, sus padres no estaban en la cocina y no iban a saberlo. Pero en algún sitio había escuchado, o leído, que los vampiros tenían el olfato sobre desarrollado, ¿y si olían la miel? Esa era una de las razones por las que quería saber más sobre ellos, también sería una buena forma de conocerse a sí mismo cuando llegara el momento. Cogió las tostadas sin querer tentar a la suerte y subió a su cuarto lo más rápido posible aludiendo a sus tareas del colegio para no ayudar a su padre con el jardín.

Se sentó en el suelo, sobre la alfombra, y encendió el radiador, allí hacía un frío que pelaba. Se cubrió con el edredón nórdico y se colocó la gruesa carpeta marrón sobre las piernas cruzadas considerando seriamente si estaba bien aquello que estaba haciendo. Podría darle la carpeta a su hermano cuando volviera haciéndole prometer que no diría nada y asunto arreglado, pero sabía que nunca se lo perdonaría a sí mismo. Aquella carpeta tenía que tener datos interesantes sobre cómo eran los vampiros, qué hacían los de hoy en día, si había muchos – este era un tema que lo tenía en vilo –. No lo pensó más y la abrió. Se cayeron al suelo varios papeles pequeños con anotaciones a bolígrafo y a lápiz, direcciones, teléfonos, nombres, algunos de ellos le resultaban familiares, los puso a un lado ordenados, y sacó la montaña de papeles. Comenzó a verlos uno a uno.

Lo primero que hizo fue desplegar una hoja de papel enorme – lo más grande que él conocía en papel era un A3, y éste era más de dos veces este formato –. Contenía un árbol genealógico que acababa en su hermano y en él. Era muy curioso, la lista de antecesores llegaba muy arriba y, a su parecer, era casi infinita, Roberto pensó que seguramente si hubiera habido más papel se hubieran seguido añadiendo nombres. Se fijó en los apellidos, eran algo diferentes de los que conocía él. Por ejemplo, él era Roberto Carrasques Arennes, sin embargo en el papel no era Arennes lo que aparecía, sino Haretne, sonaba casi igual pero no era lo mismo. No le prestó mucha más atención seguramente eso sería el desarrollo de las palabras y los sonidos, lo había estudiado hacía poco en Lengua y Literatura, así que ¿por qué no le podía pasar lo mismo a su apellido?
El segundo documento era un cuaderno de ejercicios. Aquella parecía la letra de mamá y eran ejercicios de matemáticas, geografía… pero todo en una lengua muy extraña. No lo entendía para nada, sabía que eran matemáticas porque había números y que otros ejercicios eran de geografía porque había mapas, pero nada más. Lo dejó a un lado, si no podía descifrarlo no tenía sentido prestarle más atención.

Lo tercero era un diario, también de su madre. Al principio estaba escrito en ese idioma tan extraño, pero a partir de cierta fecha – más o menos cuando se casaron sus padres – comenzaba a escribir en castellano. Leyó: “he conocido a un hombre fantástico, es divertido, culto, le gusta la misma música que a mí, el mismo cine, los mismos libros… pero no es vampiro. Sé que a mi padre no le va a hacer gracia, pero quiero que sea algo más que mi amigo”. Se sintió como un intruso y dejó el diario también a un lado, no pensaba leer los sentimientos de su madre, no le parecía justo, además de que le daba un poco de vergüenza.

Se fue directamente a por un volumen de unas cincuenta páginas encuadernadas con una cubierta de piel color rojo y cerrado con un lazo de piel del mismo color. El tomo contenía muchos nombres y direcciones, era como un listado gigante: nombre – apellidos – dirección – teléfono – observaciones. En observaciones se podía leer de todo: “ha escapado y ahora está en paradero desconocido” o “no se ha quedado con nosotros, una lástima” o “muy bueno en buscar y encontrar desaparecidos”. Todas esas anotaciones eran muy emocionantes, ese listado era casi casi lo que más impresionó a Roberto. También era el cuaderno que formaba el grueso de la carpeta, después de ese documento ya no había mucho más, solo algunos papeles sueltos sin importancia, como si él tuviera la capacidad de juzgar qué era importante y qué no.

Guardó todos los papeles y cuadernos en la carpeta marrón y la metió en su mochila del colegio, la dejaría en su sitio a la primera ocasión. Lo guardó todo menos el volumen rojo, que volvió a esconder entre el colchón y el somier para seguir estudiándolo. Ahora tendría que ponerse a hacer las tareas del colegio si no quería llevarse una bronca de su padre.

Y haciendo estaba las tareas cuando su madre abrió la puerta. No sabía por qué pero esperaba verlo haciendo algo que no debía. “Cariño, el Chinche está al teléfono… otra vez. Le dices que hoy no puedes salir, es domingo y tienes que acabar las tareas”. Roberto salió a toda prisa para acabar con el Chinche cuanto antes, a su madre no le hacía gracia que perdiera el tiempo mientras estaba con los deberes del colegio. Y solo quería hablar de su cumpleaños, qué le habían regalado, si había caído algo de dinero para comprar juegos de la consola, la bici para irse los sábados por la mañana al parque… Vamos, que no lo dejó tranquilo hasta que obtuvo una promesa firme de que el sábado que viene irían a la tienda de viedojuegos en sus bicis para ver qué había de nuevo y comprar el próximo juego común.

Más tarde ese domingo, su hermano volvió con la cara larga. Algo había pasado. Probablemente sería la enésima ruptura definitiva con Estela, pero era mejor no preguntarle porque voló desde la puerta de la entrada hasta su habitación (esto es un decir, no voló, aunque fuera vampiro aún no tenía desarrollada esa capacidad, si es que la los vampiros de hoy en día la tenían). Así que, ante la perspectiva de pasar una tarde entera de domingo con sus padres en el salón, pidió permiso para irse a jugar a la consola a casa de Pedrito, el Chinche, donde podría hacerse un poquito más de rogar para lo del famoso juego de la consola.


Por la noche, una vez dadas las buenas noches y sintiéndose más mayor por aquello de tener diez años y un día y por todo lo que había pasado ese fin de semana: realmente era increíble que toda su familia fuera vampiro. Su cabeza bullía de actividad con tanta intensidad que cuando se quedó dormido eran más de la doce la noche. 

Descubre "Mi familia es vampira" desde el principio.

5 comentarios:

  1. Las descripciones me encantan!! jeje
    Besos guapa

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    1. Muchas gracias!! Me gusta crear bien la imagen, jejeje

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  2. No sé muy bien por dónde va a seguir esta historia... estoy intrigada!!! jeje
    Por cierto, te das cuenta de mi dualidad, no? :P
    Besitos

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    1. Pues desde ya te adelanto que pasan cosas muuuuy fuertes. Y ya decía yo que me sonaba de "algo"!! jajajaj

      Besos!

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  3. No sé muy bien por dónde va a seguir esta historia... estoy intrigada!!! jeje
    Por cierto, te das cuenta de mi dualidad, no? :P
    Besitos

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