jueves, 26 de septiembre de 2013

Mi familia es vampira: II. El cumpleaños (y 2)

II.2

Tendría que posponer sus planes de investigación. Posiblemente la siesta fuera un mejor momento para hacerlo, todos dormían un poco después de comer y puede que Luis se fuera con Estela al cine.

En el campo de futbito estaban ya todos esperando y cuando los vieron aparecer empezaron a gritarles, pero el Chinche que estaba acostumbrado dijo: “O nos callamos o me llevo la pelota”, como si fuera suya, y comenzaron a jugar inmediatamente. Al final, se llevaron a  Rober a la esquina más alejada del campo de juego y le hicieron entrega de un regalo. Redondo. Abultado. Tan grande como la cabeza de Curro. Otro balón de fútbol. Habían puesto tres euros cada uno, la paga de una semana para muchos, y habían comprado el balón el día anterior. La madre de Damián los había llevado al centro comercial en su minibus. Hubiera sido más fácil comprar un balón nuevo de fondo común, pero pensaron que ese podía ser el viejo balón de Rober. Entonces todos se separaron y quedaron a las cinco en casa de Rober para ir al cine y celebrar su cumpleaños. Eso lo dejaba con muy poco margen de tiempo para buscar respuestas en casa.
Una vez de vuelta, Rober explicó sus planes de la tarde y su madre le advirtió que estuviese a tiempo para la cena, mandándolo al baño a lavarse las manos.

Durante la comida todo estuvo muy callado, por sorpresa Luis no estaba con Estela, “se habían dado un respiro”, no lo entendía. Parecía que todo se unía para no dejarlo investigar a sus anchas. Su padre se tumbó después en el sofá “¿no duermes en la cama?”, “no hijo hoy prefiero quedarme aquí”. Solo Tatiana cumplió las expectativas de Rober, se echó en su habitación y cerró la puerta. Bien, ahora solo tenía que esperar el momento adecuado.

- ¡Rober!
- ¡Qué mamá! - ¿Y ahora qué?
- ¡Dúchate ahora antes de que te haga la digestión!
- ¡Pero si me duché ayer! – Esto de hablar desde dos habitaciones diferentes era muy complicado.
- ¡O te duchas o no hay cine!

Otro obstáculo más.

Por fin acabó de ducharse, se puso el vaquero rápidamente y miró a uno y otro lado. Todos dormían, ¡el sábado era un día estupendo! Al pasar junto a su padre este suspiró tan fuerte que se sentó corriendo en el sillón de al lado del sofá con el mando a distancia de la tele en la mano. Falsa alarma, solo se dio la vuelta. Continuó su camino. Bajó con sumo cuidado las escaleras del trastero mirando hacia atrás constantemente, nada, no veía a nadie. “¡Mierda! Tenía que haber cogido la linterna”, pero no podía arriesgarse a subir y perder tanto tiempo, tendría que valer sin linterna. Abrió la puerta fácilmente y no vio nada. No vio nada que no le resultase familiar: las estanterías empotradas en la pared llenas de trastos y juguetes viejos, la bicicleta en un rincón medio oxidada, la cortadora de césped en el otro rincón, las herramientas de papá… ni rastro de los sillones de piel ni de la máquina de bombear sangre. Además, aquello era más grande anoche. Estuvo dando vueltas en círculos pero no vio nada, hasta que se dio cuenta de una fisura pequeña al fondo de la pared, justo detrás de las baldas donde estaban las herramientas. La palpó y notó que tenía algo incrustado. Lo presionó y un sonido leve pero lo suficientemente intenso como para despertar a toda la casa dio paso a la apertura de la pared. Ahí estaba todo: los sillones, la máquina, otra estantería llena de carpetas, la luz blanca…

- Canijo como te cojan papá y mamá te la vas a cargar de verdad.
- ¡Me has asustado! – Rober dio un respingo, el corazón le latía a doscientos.
- Más te asustarás si bajan, ¿qué haces aquí?
- Pues investigar – de repente se sentía con derecho a saber algo más y se portó delante de su hermano como sabía que no se comportaría delante de sus padres.
-  ¿Investigar qué?
- Pues lo que me contaron anoche, más bien, todo lo que no me contaron anoche.
- Si ellos decidieron contarte solo eso, tendría que bastarte. Ahora date media vuelta y no diré nada.
- No, Luis, quiero saber más. ¿Cómo puede ser que todos seáis vampiros y yo no? ¿Y desde cuándo esto es así?
- ¿Y desde cuándo el mundo es mundo? – Rober odiaba que su hermano lo remedara.
- Vamos, Luis – Rober cambió de táctica – por favor, déjame curiosear un poco y prometo que me voy en diez minutos.
- No, chaval, que esto no es una biblioteca… - su móvil vibró. – Es Estela, sube ahora mismo. – El móvil seguía vibrando y Rober no se movía – O subes o te… - y Luis corrió arriba mientras abría la tapa de su móvil.

Bien.

¿Por dónde empezaba? Tenía poco tiempo. Se acercó a las carpetas que estaban en las estanterías del fondo. ¿Cómo había estado esa habitación ahí escondida todo este tiempo y él no se había dado cuenta? Cogió la primera que vio, de color marrón y con aspecto de tener muchos muchos años y salió de la habitación. ¿Ahora cómo se cerraba esto? Su hermano ya bajaba de nuevo. Dejó la carpeta escondida con sus juguetes.

- Venga, canijo, se acabó la función.
- Solo quería mirar…
- Pues no hay nada más que ver… - pulsó en otro botón que estaba escondido junto a la cortadora de césped y la pared se cerró definitivamente. Tendría que volver más tarde a por la carpeta.

Vieron la última de Batman. Cuando salieron todos del cine estaban gritando que la escena de la moto y el camión fue brutal y que no les importaría ser Batman a ninguno de ellos. La madre de Damián los esperaba en diez minutos en la puerta, así que todos entraron en tropel en la tienda de videojuegos. Todos menos Rober, que se quedó en la librería.

- ¿Pero qué haces?
- Nada, Chinche, esperadme aquí que vuelvo en cero coma tres. – Y desapareció por las estanterías de libros. Vampiros, vampiros, vampiros…

- Señora, perdone, señora… - por fin lo miraba - ¿Libros sobre vampiros?
- Primero de todo no me llames señora y segundo, ¿qué vampiros? – La chica de pelo rojo y cola de caballo tan tirante que tenía que dolerle la cara lo miraba como si le hubiera hablado en chino.
- Pues de vampiros, que te cuenten de dónde vienen, sus costumbres…
- ¡Puaf! Otro friki.
- ¿Friki?
- Sí, otro, hace un mes uno igual… ¿Vampiros, vampiros? – y lo remedó. Odiaba que lo remedaran.
- Bueno, ¿y? – Rober no quería continuar la conversación.
- Al fondo, con los libros de ciencia ficción.

Fue corriendo y encontró solo tres ejemplares: “Vampiros” – un título revelador –, “Todo lo que necesitarías saber sobre el Conde Drácula” y “Amanecer de sangre”. Vale, se quedaba con “Vampiros”.

Llegó a casa a eso de las ocho y cuando abrió la puerta encontró todo apagado. “Estupendo, me abandonan en el día de mi cumpleaños”. Y cuando iba a dar un paso… ¡sorpresa! La luz se encendió y vio a toda su familia alrededor de la entradita tirando guirnaldas y globos y una enorme pancarta con un gran “Felicidades Roberto”. Estupendo, ¿y ahora dónde dejaba el libro? Lo escurrió por detrás del paragüero de la entrada. Ya tenía que rescatar dos cosas al final del día.

Le alegró tantísimo ver a sus abuelos que se abalanzó sobre ellos dando un salto de casi un metro y comenzó a dar besos y a ser besuqueado. Sus tíos Roberto y Sebastián, con sus respectivas mujeres, Elisa y Julia; sus primos, Rodolfo, Roberto y Sara; más primos, Elia, Iris y Marta; más primos, Marisa y Joaquín. Más tíos, tío Santiago y tía Mary (venía de Londres y había que llamarla tía Mary no tía María), sus respectivos, Casandra y Mike. Sus abuelos, los cuatro. Sus padres y su hermano. Estela no estaba, parece que la llamada no dio buenos resultados. Estaba tan feliz que por un momento olvidó eso que lo había tenido absorto durante todo el día.

Una tarta inmensa – tenía que serlo si de ella tenía que comer tanta gente – presidía el salón y los vasos estaban ya llenos de batido y refresco. Justo detrás de la tarta había un montón de regalos y uno de ellos era enorme ¡seguro que era la bicicleta! Se fue directo hacia ellos, pero Tatiana lo cogió por el brazo y le dijo que las velas primero que no podía hacer esperar más a los invitados, así que después de un eterno “Cumpleaños feliz” y un apresurado soplo de velas fotografiado por decenas de flashes se arrojó sobre su botín. Efectivamente, ahí estaba la bici, roja brillante, con las ruedas más grandes y el manillar más bajo, como él quería. Un pijama de invierno – seguro que este era de la abuela -, un pantalón vaquero con una camisa, un juego de la consola ¡genial!, unos botines de marca ¡tres puntos!, un chándal sin marca ¡un punto!, otro balón de fútbol – sin calificación –… El salón se llenó de papeles fantasía.

Estaba tan contento que no se dio cuenta cuando Rodolfo se puso detrás de él y le dijo al oído: “¡Bienvenido al club!”. Lo miró extrañado, sabía que solo podía estar refiriéndose a eso. 

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2 comentarios:

  1. madre mía!! me tengo que poner al día!!!!!

    ¿qué tal mini M???

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    Respuestas
    1. Hola, Pumi! No sabes la ilusión que me hace que te pases por aquí!!! Bueno, empecé nuevo proyecto porque había que hacer algo con la vida, no se puede ver pasar y ya está, ajjaja...

      Pues mini M. está más rebelde que nunca, pero si te acercas por aquí los viernes, es su día y podrás ir leyendo cómo crece y nos sorprendemos a cada minuto.

      Un besazo y espero que sigas visitándome aquí!

      Chao!!

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