jueves, 12 de septiembre de 2013

Mi familia es vampira: I. El descubrimiento (y 2)

I. 2

Roberto no sabía qué hacer. Enseguida se convenció de que no habían tenido un accidente. Entonces, si no era por un accidente tendría que ser alguna enfermedad, alguna enfermedad gorda, desde luego, para que tuvieran que bajar los tres a hacerse transfusiones de sangre. ¿Pero por qué él no estaba enfermo? ¿Y por qué bajaban a hacerlo de madrugada? ¿Por qué lo mantenían en secreto? Un escalofrío recorrió su espalda, pero cuando iba a dar un salto hacia atrás para subir corriendo a su habitación a dormir y despertarse y comportarse luego como si no hubiera visto nada, su madre lo cogió del brazo muy suavemente.

Lo atrajo hacia sí y le tocó el pelo de esa manera en que solo ella lo hacía, no sabía por qué pero la notaba nerviosa, y eso que ella era muy buena actriz, lo había demostrado cuando fue a hablar con su profesora sobre las malas notas que sacó en el último trimestre y volvieron a casa sin que se le escapara un solo grito. Increíble. Pero ahora la notaba nerviosa. “¿Qué ocurre mamá? ¿Estáis enfermos?”. La sonrisa que esbozó la relajó un poco y su padre lo animó a que se acercara, Luis simplemente tenía los ojos cerrados y estaba ausente, solo le había sobresaltado la apertura de la puerta pero cuando vio de quién se trataba se abstrajo de nuevo en la música de su Ipod.

Una vez dentro se le fue el miedo, ¿qué podía temer de sus padres? Aquello debía tener una explicación.

- Cariño, ¿por qué te has levantado tan temprano?
- Escuché ruido y bajé…
- Bueno, y ahora ¿qué?
- ¿Ahora qué? No sé, ¿qué estáis haciendo?... – como vio que sus padres no abrían la boca, continuó – ¿Puedo saberlo?
- ¡Qué más da ya! Tarde o temprano debe saberlo – dijo su padre. – Bien, Rober, esto que te vamos a contar es muy importante que entiendas que no debe saberlo nadie – su hermano miró de reojo, soltó un bufido y puso la música más alta. Cerró los ojos de nuevo antes de advertir la mirada de reprobación de su madre. – A ver, atiéndeme. – Roberto lo miró fijamente, estaba impaciente por que le contaran aquel secreto, se sentía como el protagonista de uno de esos libros de aventuras que siempre le traía su abuelo.

Cuando terminaron Roberto se fue a su habitación y cerró la puerta para poder “pensar”, como decía cada vez que se enfadaba y se quería quedar solo. Pero esta vez era de verdad, tenía que pensar en lo que le acababan de decir. ¿Cómo podía entender que sus padres y su hermano eran vampiros? Eso solo ocurría en los libros, él mismo había leído uno que le encantaba, “El pequeño vampiro”, los tenía todos. Pero no era eso solo, sus abuelos, sus tíos, sus primos… todos vampiros, ¿y él? No le gustó nada que le dijesen que todavía no había llegado el momento y que tendría que tener paciencia y que “con suerte” nunca tendría que necesitar aquello. El problema es que SÍ que quería aquello, todos en su familia lo eran, eran vampiros que necesitaban esas transfusiones para no convertirse en “vampiros de calle” como los había llamado su padre. 

Se quedó también pensando en la última frase “y creo que con esto debe bastar por ahora”. Debe bastar por ahora, encima de que no era vampiro como el resto de su familia le ocultaban cosas. Decididamente ese no era el día de cumpleaños que esperaba tener, menos mal que era sábado y se podía levantar tarde porque la cabeza le daba vueltas y más vueltas. 

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