viernes, 27 de diciembre de 2013

Es viernes, mamá: Mañanas navideñas



El chico está de vacaciones. Hasta el día 7 de enero es el dueño y señor de todos los lugares por los que pasa las 24 horas del día y a mí se me agotan las ideas para tenerlo entretenido. ¿Que si lo llevo a la guarde para que desfogue? ¡Pues claro! Cansar a un niño de dos años y medio es contraproducente para la salud de un adulto, la de sus pulmones y la de su equilibrio mental. Así que hacerlo tantos días seguidos se me antoja una tarea ingente.

Pero Papá Noel ha acudido en nuestra ayuda y ha dejado en casa de los abuelos un arsenal de juguetes con los que deslumbrar al chico durante unos días hasta que lleguen los Reyes Magos y luego, mi regalo, la vuelta al cole. Un coche teledirigido, una pizarra magnética, una granja de Playmobil y un camión de basura (sí, se quedó prendado de él y ha habido que regalárselo, amarillo y con ruidos ensordecedores, como casi todos los vehículos de juguete). En casa le esperaba una alfombra con carreteras con la que intentamos, en vano, que no se sentara directamente sobre el suelo (no os lleve a error la imagen, así aguantó media hora).

Así que por delante se nos presentan muchas mañanas de juegos navideños bajo techo - si el tiempo sigue como hasta ahora -, redescubriendo juguetes que tenía olvidados (como el de la foto, unas construcciones de maderas que tiene desde hace más de una año, pero que hasta ahora no ha sabido apreciar) y aprovechando sus nuevas adquisiciones. Cuando pasen los Reyes Magos, sin duda me convertiré en una de esas madres que hace desaparecer por arte de magia algún que otro juguete.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Mi familia es vampira: IX. El plan continúa (2)

Roberto seguía avanzando en la oscuridad. Su visión ya estaba hecha a la claridad platina de la luna, pero aquella estancia era como un campo de fútbol a pesar de lo pequeña que parecía al principio. La lentitud con la que se tenía que mover era pasmosa, a cada paso le asaltaba un busto de mármol o una mesita de café del siglo XVIII – se decía para sus adentros este siglo como quien piensa en cualquier otro número –. Había lienzos apoyados en sillas antiguas que olían a madera vieja y galanes que en la oscuridad se asemejaban a personas esperándole de pie. No escuchaba nada, ni fuera ni dentro, hasta que la puerta se abrió. Desde detrás de un sofá estilo isabelino, con un estampado horroroso pensó Roberto, pudo observar la calva del mayordomo de su primo moviéndose eficazmente entre todo aquel caos, parecía que en su mente aquello tenía un orden, cogía de un lado y colocaba en otro hasta que encontró lo que estaba buscando: un bastón de madera negra con otro pomo rojo transparente y otro insecto disecado dentro. Cuando lo cogió dio un gran suspiro y cerró inmediatamente la puerta dejándolo todo de nuevo a oscuras. Roberto no pudo aguantar la tentación de acercarse al paragüero que contenía un docena de bastones iguales, excepto en el color de madera y en el de la bola transparente. Y vio con asco que no era un insecto lo que se encontraba disecado dentro de cada uno de ellos, sino un murciélago, empequeñecido no sabía de qué forma, pero murciélago al fin al cabo. Después del susto inicial optó por hacerse con uno de esos bastones, puede que en lo que restaba de misión pudiera necesitarlo.

Continuó su trayectoria diagonal hacia la esquina de la chimenea y sobre ella, tal como le dijo su abuela Celia, vería tres bolas gigantes como de hierro negro, justo en la balda sobre la rejilla y situadas en el centro. Tendría que tener maña y algo de fuerza para moverlas ya que había que mover dos a la vez – él era diestro y la mano izquierda normalmente era inútil para asuntos que requirieran hacer fuerza –. E inmediatamente después mover la de en medio, con lo que tendría que ser también bastante rápido. Comenzó a intentarlo. No fue hasta la quinta vez que lo consiguió: las dos bolas pequeñas de los extremos se movieron profundamente hacia el fondo de la balda y la bola grande central la trasladó hacia la izquierda. Una vez hechos los movimientos escuchó un clic parecido al chasquillo que hace un pestillo al cerrarse y la rejilla que cubría el hueco de la chimenea se abrió lentamente.

Un aire frío casi glacial salía de aquel hueco. Roberto se ajustó el anorak y comenzó a bajar repitiéndose una y otra vez que no tendría miedo. Sin embargo, los escalones le invitaban precisamente a lo contrario, a salir pitando, aunque pensándolo bien era mejor continuar que volverse porque, ¿cómo salir de allí si no era con el abuelo? Así que empezó a descender. Debía tener cuidado, los peldaños estaban mohosos, oscuros de humedad y con sombras verduzcas en las esquinas, verduzcas como el vidrio de los vasos de té que les había ofrecido Adrián. No había luz en el pasadizo descendente pero al final, a lo lejos, podía observarse algo de claridad de nuevo en movimiento. Usó el bastón para tantear cada escalón, mira por donde le había buscado utilidad antes de lo esperado. Descubrió al final de la escalera que le seguía un corredor más fúnebre aún lleno de antorchas en ambas paredes, tan juntas estaban que parecía que las antorchas formaban un arco. No quería apoyar las manos en las paredes del corredor, podía ver cómo los gusanos salían y entraban entre las grietas de las piedras que conformaban aquella construcción, el musgo que parecía crecer de la piedra mismo parecía a su vez que lo engullía y todo volvía a comenzar cuando el gusano volvía a emerger hacia el exterior. Decidió que seguiría mirando hacia delante sin fijarse en los laterales a no ser que fuera estrictamente necesario.

Estuvo andando como diez minutos. Pensó en un momento dado que había ido en horizontal, nada de bajadas, a parte del tramo de escaleras del principio, por lo que sospechaba que ya debía estar debajo de la casa de enfrente de la de Adrián. Aún así dudaba mucho que sus vecinos supieran en primer lugar quién era la verdadera persona que vivía en la casa de enfrente y segundo que bajo ellos hubiera un intrincado laberinto de pasadizos y mazmorras.

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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Carmen, mi suerte en la vida: De cuando Carmen se fue a celebrar el día 25

Que Carmen se nos ha ido a celebrar el día 25 estando en pleno verano en el pueblo. Eso pasa por contar su vida de forma tan atemporal, pero bueno, nos gusta de todos modos.

"El día 25 en casa siempre ha sido un caos. Lo único seguro que pasa ese día es que el almuerzo son las sobras de la noche anterior. Una noche en que mi madre es capaz de hacer comida para un regimiento de infantería hambriento después de unas prácticas reales en un campo de batalla plagado de minas, sin ser capaz de medir los puñados de arroz que echarle al caldo del puchero cuando solo estoy yo como novedad a la mesa. Así que sí, el día 25 es un día de tranquilidad alimentaria, pero de desasosiego general porque:

- Ese día pueden aparecer el hermano de mi padre y su mujer. No me caen bien, ella siempre me ha mirado mal, diría que desde pequeña. Se queda hablando con mi hermana como si ella fuera la única mujer de la reunión y mi madre le deja el último café de la cafetera para vengarse de forma encubierta. Ahora tienen cafetera de cápsulas, así que lo que hace es reutilizar una cápsula ya usada para su taza. Me maravillo de los modos que tiene mi madre para dar rienda suelta a su imaginación.

- Mi abuela se pone melancólica y nos suele ir cogiendo a todos, uno por uno, para contarnos las mismas historias de siempre de sus Navidades de pequeña en el pueblo cuando no tenían nada que echarse a la boca y se reunían alrededor de un puchero del que tenían que sacar para diez por lo menos (no eran tantos hermanos, pero cada año aumenta el número de comensales). Al principio la evitaba, pensando que podría salvarme; últimamente procuro que me capte pronto porque tarde o temprano lo termina haciendo, así que cuanto antes mejor.

- Los vecinos de abajo en lugar de salir, entran de fiesta navideña con sus guitarras, sus cajas de sonido y un coro rociero de lo más profesional. Sabemos cuándo empiezan, pero no cuando acaban, así que ha habido años que nos hemos unido a la fiesta.

- El corazón ya no me da un vuelco cada vez que escucho un petardo, en el barrio de mis padres hay un gran nivel de tiradores de petardos a cual más enorme y sin tener en cuenta la hora a la que se tiran, en Navidad da igual, todas las horas son buenas.

- Gloria se acerca por la tarde, a veces lo hace con su madre y cuando eso pasa, las dos matriarcas mantienen una guerra soterrada sobre cuál de las dos ha hecho más cosas y mejor en Navidad. Hay un intercambio pasivo de recetas navideñas que no tendrá fruto alguno porque normalmente todo se zanja con: "Es que yo tengo como tradición ese plato y no creo que vaya a cambiar".

- Mi padre canta villancicos. Nos obliga a mi hermana y a mí a hacerlo. Es el único momento del año en que me siento más unida a ella.

Pero nos damos los regalos los unos a las otros porque Papá Noel es una tradición que cuajó en casa no sé en qué momento; comenzamos a recordar, igual que la abuela, muchas de las cosas que hemos vivido en Navidades anteriores y reímos hasta reventar en muchas ocasiones y sin reventar en otras tantas. Y los quiero a todos, lo sé todos los días del año, pero ese en particular es más peculiar que otros y queda aún más patente."

lunes, 23 de diciembre de 2013

Relato con Foto: De viaje



Un tren vacío, un paisaje que pasaba a una velocidad tan alta que no podía detenerse en los detalles y un libro que no tenía ganas de leer. Perfectas las dos horas de un viaje en las que podría imaginar otra vida y sentirse libre por primera vez en mucho tiempo. E imaginó otro viaje, pero este en coche, con el sol entrando a raudales por las ventanillas, la risa de unos niños y las canciones de una mujer. Y de repente se dio cuenta de que no estaba inventando nada, sino que aquello era un recuerdo, tan lejano en el tiempo que su mente lo había colado en su imaginación.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Es viernes, mamá: Dibujando montañas



De esta imagen hace ya un tiempo, pero hasta ahora, por acumulación de temas (es que el chico es una fuente inagotable de ellos), no ha visto la luz: el chico ya dibuja cosas con significado.

Hasta hace poco, todo eran rayas sin sentido, garabatos hechos por el puro placer de ver un color en una hoja de papel (si es una hoja de papel importante para nosotros, sus padres, mejor), llenar todas las páginas de un cuaderno con rayas solitarias por la satisfacción de eso mismo, llenar todas las páginas de un cuaderno. Y ahora, ahora el chico dice que dibuja montañas y yo me lo tengo que creer porque, ¿qué veis vosotros en esa fotografía? Son montañas, unas montañas tan claras y emocionantes que todavía me maravillo de haber sido capaz de captar el momento en que comenzó a dibujar algo con sentido.

Luego han venido las carreteras, muy sofisticadas, eso sí, con su línea discontinua para separar los carriles; también el número seis (6), que le encanta hacer una y otra vez; y también su propia versión de lo que es un coche, este último concepto le cuesta pulirlo, pero es que no olvidemos que tiene dos años y medio.

Poco más que decir porque en este caso, en este post, eso de que una imagen vale más que mil palabras es una verdad como un templo.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Mi familia es vampira: IX. El plan continúa (1)

IX. 1

Salieron los tres atropelladamente del salón mientras Adrián observaba la oscuridad de la noche. ¿Había sido todo aquello un error? Sabían que no, conocían bien los planes de Adrián, no hacía falta que él se los desvelara. Habían tardado menos tiempo que el estipulado, apenas media hora, pero sería suficiente. Ahora llegaba quizás lo más complicado: Roberto debía meterse en una de las habitaciones del gran pasillo de salida sin ser visto. A su favor tenían que el mayordomo, como buen conocedor de su amo, no se había personado en la habitación para acompañarlos a la salida, así que estaban ellos solos recorriendo la distancia que había hasta la entrada. En menos de tres minutos, Roberto se escondía en la tercera habitación de la derecha, dejando a su hermano y a Charles solos y apresurados dirigiéndose a la salida.

La habitación estaba oscura, como todo en aquella casa, tan tétrica y destartalada a pesar de parecer lujosa y ostentosa. No quería mirar alrededor porque, aunque oscuro, la claridad de la luna hacía que se pudiera distinguir todo. Y  no quería hacerlo porque tenía miedo de lo que pudiera encontrar. No obstante era necesario que lo hiciera, si había actuado correctamente debería estar en una habitación-pasadizo, es decir, un modo de entrar en las entrañas de la mansión. Abrió los ojos lo más que pudo y miró fuertemente, tenía que acostumbrar sus ojos a esa nueva claridad. Desde dentro, la luna parecía tan poco terrorífica, todavía se acordaba cuando por la noche esa visión le fascinaba y le atemorizaba a la vez. Sí, debía ser la habitación correcta. En una esquina había una chimenea, se supone que sin uso real, tras ella debía encontrarse una rejilla así que avanzó sigilosamente sin querer tropezar con nada, lo cual era complicado.

Toda la estancia estaba llena de chismes, parecía como si aquella fuera la habitación de los trastos. En realidad estaba destinada a guardar todas las obras de arte que Adrián había ido acumulando a lo largo de toda su vida. Los cuadros normalmente los exponía en los largos pasillos de toda la casa pero las esculturas y muebles antiguos que colocaba por todas los espacios cuando organizaba algún evento, los amontonaba allí, detestaba tener tantos tiestos por medio. Ese había sido uno de los defectos de su mentor, Peter Rashford, menos mal que al fin aquella casa era suya y podía hacer con ella lo que le viniera en gana. Por eso Roberto debía andarse con cuidado de no hacer ningún ruido, el oído agudizado de Adrián se percataría inmediatamente de que alguien andaba por la casa, ya se lo dijo su abuela bien claro “si te enviamos a ti es porque a ti no puede hacerte nada aún. Pero también porque eres el único que tiene el tamaño suficiente para caber por el hueco de la chimenea sin problemas”. Le había instado a dejarlo, a no hacerlo, lo comprenderían perfectamente, tenía solo diez años, hacía apenas un mes que sabía de la historia familiar y puede que aún no la comprendiera del todo. Además, aquella era una aventura peligrosa, pero “confiamos en ti, eres uno de los nuestros al fin y al cabo, y los nuestros nunca han tenido una vida normal”. Cuando escuchó aquello supo que aquella misión debía ser para él. ¿Por qué la presencia de Luís? Simplemente para despistar. También Adrián había estado en lo cierto, habían enviado a “negociar” con él a las personas a las que menos daño podía hacer, sabían no obstante que nunca forzaría ni secuestraría a los nietos de Mario sin poder sacar algo en claro de ello. Pero el hecho de que no pudieran asalvajarse tan fácilmente les daba puntos a su favor, por eso los dejó marchar. No les servían para nada, ni siquiera para estar junto a él como vampiros consolidados, así que ese era un riesgo que debían correr y, afortunadamente, estuvieron en lo cierto y los dejó marchar. 

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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Carmen, mi suerte en la vida: X. La noche esotérica (1)

X. 1

Si me hubiera cogido con quince años, jamás me habría apuntado a una noche como esa. Siempre he sido muy cagona y lo espiritual y esotérico me ha dado más miedo que curiosidad. Pero a mi edad y con la suerte que mi vida me había ido deparando, un plan de esas características me apetecía horrores.

Todavía no me explico cómo Gloria, con sus antecedentes, no me había ofrecido una velada así en todo este tiempo, a pesar de que ella insista que fue por miramiento. ¿Miramientos? ¿Ella? ¿Conmigo? La conozco y seguro que le daba miedo lo que pudieran decir sus cartas. O equivocarse. Aunque no quisiera reconocerlo, era así. Pero esta noche, entre tanta mujer y tan diferentes unas de otras, se sentiría más envalentonada. Como digo, ya la conocía yo como si la hubiera parido, a veces eso sí que era como de otro mundo.

Las participantes al evento comenzaron a llegar a las ocho y media. Toñi júnior lo hizo la primera, con una sonrisa triunfal en su rostro:

- Le he dicho al padre de mis hijos que en septiembre pido el divorcio y me he venido para acá antes de que pudiera contestar.
- ¿Y por qué septiembre? – Gloria la miraba de hito en hito.
- Porque no me gusta estar ocupada en verano, no tengo ganas de papeleos y tonterías con estas calores.
- ¡Ah! Ahora que lo dices, tienes razón, pero, ¿no le estarás dando tiempo para prepararse? Quiero decir… - Gloria, por primera vez en su vida, buscaba las palabras más adecuadas.
- ¿La casa? Es de mis padres. Y el coche está a mi nombre porque cuando se compró, él tenía unos problemillas y no queríamos que se lo embargaran.
- Bueno, mejor. ¿Y los niños? - ¿Gloria preguntando por el destino de unos críos? Esto era el pueblo, es decir, el mundo al revés.
- Te aseguro que él no quiere quedárselos. Y si tenía alguna duda, espera a que los recoja mañana.
- ¿Mañana? – Yo me volví como un resorte, dejando al instante lo que estaba haciendo: preparando unos boles con patatas fritas.
- Claro, mañana. Esta noche va a ser muy larga.

De repente, el plan de la noche del sábado había tomado un cariz diferente, se había tornado un poco más oscuro.

Gloria preparó en mitad del salón su chiringuito tapando una mesa redonda que mi abuela solía tener en el zaguán con una bandeja de chucherías. Todo el mundo hablaba de esa mesa y de esas chucherías, pero nunca nadie cogía nada cuando llamaba a la puerta de casa. No he sabido por qué. La tapó con uno de esos enormes pañuelos para el pelo que había comprado expresamente para lucir estilismos rurales, aunque yo, en lo que llevaba de verano, no había visto en el pueblo a ninguna mujer con un pañuelo en la cabeza. Su pelo se lo recogió con el mismo turbante con el que llegó y, a pesar de mis dudas, lo hizo con la misma gracia que tuvo entonces. ¿Cómo había podido yo poner en tela de juicio la capacidad de mi amiga?

Dejó sus gafas de sol, esas gigantes que le ocupaban media cara, junto a la baraja de cartas del tarot “porque en estas cosas, crear el ambiente idóneo es esencial”. Esa baraja de cartas del tarot tenía una historia fascinante y yo la creía a pies juntillas. Podía tener cincuenta o cien años perfectamente, había pertenecido a la familia de Gloria toda su vida y tenía unos dibujos tan aterradores que me inquietaba tenerla bajo mi mismo techo. Como el libro de “El Exorcista”, que guardaba un sitio singular en la casa de Gloria y yo no podía dejar de mirarlo cada vez que iba allí porque tenía la sensación de que me vigilaba. Esas cartas habían predicho varias cosas en mi vida; otras aún las estaba aguardando, pero yo, aunque no era una crédula absoluta, les tenía bastante respeto. Sobre todo si la que las echaba era la madre de Gloria, esa mujer era bruja de verdad. Gloria se colocaría sus gafas para leernos el futuro y se tomaría varios gin-tonics de ese minibar que había organizado sobre el aparador, así que nuestro sino podría resultar algo oscuro y confuso.

¡Ay, si mi abuela se presentara allí en esos momentos y viera que sobre su tapete de croché ahora no descansaban marcos de fotos de bodas y comuniones, sino botellas de whisky y ginebra!

Todo Carmen aquí, conoce a Carmen desde el principio.

martes, 17 de diciembre de 2013

Martes libre: La importancia de escribir bien

Todos cometemos errores, me refiero a errores ortográficos. Incluso muchos de ellos los cometemos de forma consciente. ¿Uno que me gusta cometer una y otra vez? Poner solo el signo de exclamación final en una frase exclamativa. Sí, me encanta, lo confieso. Y cuando cedo a mi instinto y lo lanzo, un pinchazo de culpabilidad recorre mi espina dorsal.

Las nuevas formas de comunicación nos han dado tanto, tanto (como la canción); pero a la vez, nos han quitado tanto, tanto. Me duele horrores leer eso de "ola k ase" y, a la vez, me río una barbaridad cuando lo hago. Veo tan natural observar que escriben "haber cuando hacemos tal o cual cosa" que a veces se me escapa y tengo que borrar para poner "a ver cuando nos vemos" (creo que es de las faltas de ortografía más comunes). Me da tanto coraje cuando en Whatsapp las vocales tildadas me salen con la tilde al revés (`) que a veces tardo muchísimo en escribir un mensaje porque borro y vuelvo a escribir, lo que no es nada práctico en este medio de comunicación, en el que para cuando lanzo, ya han empezado a hablar de otro tema.

En fin, me gusta escribir bien, me gusta comerme un poquito la cabeza trabajando un tuit con todas sus letritas y sin simplificar ninguna palabra, pero también me gusta hacerme concesiones (recordad ese signo de exclamación final solitario). Escribir bien es importante y recordad que leer algo bien escrito es música para los ojos.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Relato con Foto: Una luna me persigue



Por mucho que corría, que pisaba el acelerador, era imposible perderla de vista. La luna seguía ahí, siguiéndome, en el horizonte de un lado de la carretera.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Es viernes, mamá: Te como a besos

¿Quién dijo que "te como a besos" es solo una expresión?

Aguantó así una milésima de segundo, es lo que tiene que tu madre sea tan pesada.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Mi familia es vampira



Hoy, por motivos de fuerza mayor, no habrá una nueva entrega de "Mi familia es vampira", pero pincha en su etiqueta en la columna de la derecha y podrás acceder a todas sus entradas y ponerte al día de esta historia diferente de vampiros con un protagonista muy especial, Rober.

martes, 3 de diciembre de 2013

Martes invernal: Sensación 2, el cuello vuelto


Continuando con las cosas propias del invierno que despiertan sensaciones estacionales, es decir, que solo puedes sentir en invierno y en ningún otro momento más del año, llegamos al cuello vuelto, quizá una de las prendas más características de esta época. Me encanta el cuello vuelto. Hay mucha gente, sin ir más lejos la gran señora M., que son incapaces de aguantarlo... Y no saben lo que se pierden.

Notar cómo el frío te da en la cara, en la nariz y en las mejillas, y tener el cuello a cubierto; sentir esa diferencia de temperatura, esas sensaciones tan contradictorias de frío y calor, en lugares tan cercanos del cuerpo es simplemente fenomenal. Vale, que puedes ir sin cuello vuelto y con una descomunal bufanda que te tape hasta las orejas, pero ¿y en casa? Recordemos situación: sur de España, aquí la calefacción central no se lleva, lo que viene siendo casi de serie en los hogares sureños españoles son los aires acondicionados. ¿Qué hay? Mesa de camilla. ¿Y qué ocurre? Que puedes estar súper a gusto viendo tu serie favorita, con la falda subida hasta las axilas y tu cuello a la intemperie. Y ahí el cuello vuelto juega un papel fundamental, diría que imprescindible.

Me gustan los cuellos vueltos tradicionales (me remito a la foto que encabeza este post); los cuellos vueltos caídos; los cuellos vueltos sin volver; los grandotes, los pequeños... En lana y en punto, lo mismo da. Y, por supuesto, me encantan los cuellos independientes de un chaleco... ¿Que a qué me refiero? Pues a este increíble cuello de lana que me ha hecho mi gran amiga 1.0 y 2.0 Vanesa, @Vanvaltri para sus seguidores en las redes sociales. Digamos que tengo un estiloso a la par que calentito cuello azul que estrené en cuanto me lo dio ayer por la tarde marca Mis Labores y Punto. Así sí, así sí se puede pasear por las calles con estas temperaturas... Quizá la sensación de la que hable el martes que viene. ;)


lunes, 2 de diciembre de 2013

Relato sin Foto: Cartas

Llevo un mes viviendo en este piso. Es justamente lo que quería: céntrico, techos altos, suelos de madera, calefacción central, ventanales grandes. Y un alquiler que, aunque caro, no deja de ser asequible para mí.

Vivo muy bien, de hecho, cualquiera diría que vivo como quiero, de esa forma en que lo dicen para referirse a que he encontrado todo lo que deseaba y que ahora lo disfruto. Sin embargo, no es así. No es así porque la incertidumbre nubla mis días y me quita la razón. La situación es la siguiente: la correspondencia del anterior inquilino sigue llegando a casa. Si fueran solo facturas o cartas bancarias, no me importaría, pero es que también llega su correspondencia digamos, íntima. En este mes en que llevo ocupando el piso han llegado cuatro cartas manuscritas, una por semana, invariablemente cada jueves.

La primera de ellas no me sorprendió. Al menos no lo hizo sobre manera porque ¿quién utiliza en estos tiempos este tipo de comunicación habiendo Internet? La dejé en una bandeja sobre la mesa del salón. La segunda me hizo gracia. Hablé para mí mismo riéndome de lo que había pasado y de la poca consideración de mi antecesor por no avisar a esta pobre persona que se afanaba por ponerse en contacto con él en el único sitio en que creería que se encontraría. La dejé en la bandeja del salón. La tercera me mosqueó porque me hizo sentirme responsable hasta cierto punto de la ignorancia en la que vivía esa persona que escribía sin descanso cada semana. El problema es que nunca llevaban remite, así que no podía contestar y comunicarle el cambio de domicilio de su conocido. Y la cuarta se convirtió en el aguijón que se clavó en mi cabeza en forma de curiosidad, primero latente, más tarde obsesiva. ¿Abro las cartas? ¿Violo la intimidad de una persona? ¿Lo hago en nombre de la responsabilidad y la buena intención cuando yo sé perfectamente que lo hago para saciar mi sed de conocimiento? Del antiguo ocupante del piso no sé nada, no puedo saber nada porque hay una inmobiliaria de por medio que me impide hacerlo. Y no quiero  ni puedo deshacerme de esos sobres que descansan sobre la mesa del salón. No sé por qué.

Así he estado días, una semana entera esperando que la quinta carta me saque de dudas y sea el acicate para hacer lo que debía haber hecho hace mucho tiempo: abrirlas todas y leer hasta el último punto. Saber el nombre del remitente y el del destinatario; la relación que existe entre ellos; cuán de profunda es esa relación, teniendo en cuenta que alguien se molesta en escribir cada semana aún sin recibir respuesta alguna.

Hoy es jueves y me he tomado el día libre. He dicho en el trabajo que me he levantado con el estómago mal, vomitando. No he mentido, no me encuentro bien, pero son los nervios. Estoy agazapado en la terraza del salón esperando al cartero, alto, pelo cano y cara amable, lo he visto alguna vez. Deseo con fervor verle arrastrando su carrito. Y ahí viene. Espero. Sale. Salgo. Me precipito por las escaleras. Abro el buzón. Hay una carta. Una sola carta. Manuscrita. Voy a abrirla mientras subo la escalera, pero hay algo diferente: esta vez el destinatario soy yo. Pone bien claro mi nombre, con la misma letra que las anteriores. Con esa "A" tan característica. Me paro en mitad de las escaleras y la sorpresa se torna en miedo mientras mi mente intenta gestionar lo que sucede dándole un mínimo matiz de normalidad. No puede hacerlo y le da a mis piernas la orden de que sigan subiendo las escaleras hasta llegar a casa. Una vez allí me siento y miro el sobre como si tuviera en mis manos una granada a punto de explotar: ¿le quito la anilla? Creo que no. Curiosidad y miedo se encuentran a partes iguales en mi estado de ánimo. Dejo la carta con las demás, aún como un autómata. Quizá espere al próximo jueves para ver si todo ha sido un error.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Es viernes, mamá: Comiendo mandarinas


El chico y yo nos hemos acostumbrado a comer mandarinas todas las tardes. Es decir "mandarina" y salir disparado para la cocina a coger un cuenco, a poder ser azul. De tal forma que he tenido que quitar del medio los boles de cerámica - que corrieron peligro en varias ocasiones - y colocar en su lugar los suyos de plástico, made in IKEA.

Comer algo con él es entrar en una competición: come más rápido que yo, abarca más y poco a poco se quiere ir haciendo con el control del cuenco. Así que decidí ponerle su mandarina en un cuenco (invariablemente azul) y yo ponerme mi mandarina en otro cuenco que intento que sea de cerámica para que vea la diferencia entre ambos. No ha servido de nada, él sigue con su carrera particular: come sus gajos rápidamente para poder empezar con los míos cuanto antes, intentando de nuevo hacerse con mi bol. Y luego me siento mal si como cosas a escondidas (como las galletas de chocolate, que para poder saborearlas al calor de la mesa camilla, les doy un mordisco y escondo tras el cojín) o engullo el batido de fresa que me ha apetecido para merendar (da igual que él tenga uno abierto en la mano, también me va a pedir con insistencia el mío).

Y es que como dice el señor M., a mí me gustan todas esas cosas que se les da a los niños.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Mi familia es vampira: VIII. Una empresa difícil (y 2)

VIII. 2

Roberto miró fijamente a la cara de su interlocutor, Adrián. Tendría la misma edad que el abuelo, incluso le encontraba algo de parecido, un aire. ¿Cómo podía haber secuestrado Adrián a su propio primo? ¿Dónde lo tenía? Y lo peor, ¿qué podía haberle hecho? Todas esas preguntas quedarían respondidas en breve, pero Roberto se sentía fascinado por Adrián. Los ojos le brillaban de una forma fuera de lo normal, quizás – y eso ya lo pensaba él – el efecto se vería algo sobredimensionado por el titilar del fuego de la chimenea, pero aún así ese brillo natural no podría venir de otro sitio que del interior del propio Adrián. Su pelo, aunque cano, guardaba todavía un fuerte color negro, ¡tan diferente al abuelo! Nadie diría que ambos tenían en ese momento los mismos 70 años. El abuelo tenía un aspecto afable con toda esa cabellera blanca repeinada, esas arrugas alrededor de la boca y de la nariz y esas manos rugosas y suaves. Adrián no, este hombre tenía 70 años pero tenía aspecto de tener cuarenta y cinco. Sus manos largas, huesudas y afiladas, manoseaban un bastón con una bola de cristal ámbar en uno de los extremos donde había un insecto disecado dentro. El traje y los zapatos negros, sus piernas cruzadas y su media sonrisa, observando a sus tres “negociadores” le hacían parecer totalmente invencible.

- ¿Y bien? ¿Vosotros sois los negociadores que Celia me ha enviado? – ninguno de los tres contestó, Charles comenzó a sacar unos papeles de la carpeta rojo intenso que traía consigo.
- Adrián, estos papeles son para ti. Una carta de Celia y un documento donde te cede sus propiedades en Londres.
- Vaya, no quiero comenzar por ahí, no soy… tan materialista. Dejadme adivinar, tú debes ser Luis, de las últimas adquisiciones de la familia. Eres tan igual a tu abuelo de joven, diría que dos gotas de agua. Seguro que jamás has sido libre. - Luis comenzó a vocalizar una pregunta, ¿qué quiere decir eso de libre? Pero no lo dejó – Sí, chico, se te ve en la mirada, seguro que aún estás en esa fase en que si te inyectas la suficiente sangre ajena puedes aguantar sin una dosis hasta una semana. – Soltó una carcajada y dejó ver una dentadura perfecta con unos colmillos muy desarrollados, aunque no tanto como para llamar la atención en la calle si no se ensañaban demasiado. Aún así Roberto no pudo evitar fijarse en ellos.
- Adrián, por favor, no hemos venido aquí para esto.
- Charles, querido, estoy conociendo a mi familia, estos chicos son familia mía y me siento algo melancólico. – Tal como lo decía parecía que no se sentía así en absoluto. – No sabía que Celia hiciera venir a dos críos a hablar conmigo, tú tienes que ser Roberto, ¿me equivoco? – Roberto negó con la cabeza. – Sí, en tus ojos veo que aún no estás entre nosotros. - Se quedó pensativo. - ¡Muy lista la prima Celia! Ahora caigo en la cuenta.
- ¡Adrián! – Charles se levantó y le fulminó con la mirada.
- Y tú Charles, ¿qué has tomado? ¿Qué es lo que te han  hecho tomar para hacerte inmune a mí? No sois tan ignorantes como pensaba, habéis venido los que no sois capaces de asalvajarse tan fácilmente. Un medio vampiro imberbe, un chaval que aún no ha evolucionado y un mortal con litros de suero inmune en sangre. Pues eso no os va a servir de nada.
- Adrián, en tu conversación con Celia exigiste dinero y sus propiedades en Londres es lo único que tienen para darte, no tiene más que eso…
- ¡Exigí que dejarais de investigar! Lo del dinero fue un ardid para que no os quedaran recursos para la investigación. Trae esos papeles. – Adrián también se había levantado y su altura era colosal bajo la mirada atónita por su reacción de los dos chicos que aún aguardaban sentados en el sofá, empequeñecidos. – Por supuesto que me quedaré con las posesiones de Londres, pero ¿qué pruebas me dais de que no vais a seguir investigando?
- Sabes que no somos los únicos que llevan a cabo este tipo de estudios, en todo el mundo hay muchos de nosotros que quieren llegar al gen de la diferencia.
- Sí, pero Mario es el líder de todos, si queda fuera de juego todo se ralentizará y yo podré… - Adrián calló.
- No, primo Adrián, no podemos garantizarte con ningún documento que vayamos a dejar las investigaciones. – Quien hablaba era Roberto, que se había levantado y miraba a su familiar desde abajo con un tono de humildad rayando, sin embargo, el orgullo. – No hay papel firmado en el que puedas confiar, así que solo te queda nuestra palabra. Sin dinero, solo con la pensión del abuelo para poder subsistir, dudo mucho que puedan llevar el ritmo de investigaciones que estaban llevando últimamente. – Hablaba con una seguridad que seguramente nacía del temblor imperceptible de sus piernas, temblor que creía que en cualquier momento lo iba a dejar caer en el suelo de madera. – Ni pruebas ni instrumental ni electricidad, todo eso no se puede pagar con la pensión de jubilación de un profesor de facultad. Has atacado la única fuente de ingresos que poseíamos.
- Hablas como tu abuelo, intentó convencerme con sus palabras, pero creo que ya ha sido suficiente, esto no sirve de nada, creía que hablaría con Celia y me ha enviado a un mequetrefe – miró a Charles – y a dos críos asustados – señaló con desdén a los hermanos. – Podéis iros, decidle a Celia que desde este momento esto no es un secuestro, es un funeral.

Roberto soltó un grito, Luis se revolvió en su asiento y se abalanzó sobre Adrián, pero éste abrió la boca y los colmillos que antes eran comedidamente grandes ahora eran inmensos. Luis retrocedió dos pasos, Charles intentó mediar en el amago de pelea y los tres se acercaron a la puerta de salida de la habitación dejando a un Adrián pensativo y observando la noche que había caído completamente a través de la ventana. Daba la espalda, pero es que no tenía nada que temer.

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martes, 26 de noviembre de 2013

Martes invernal: Sensación 1, la mesa de camilla

Hay algunos movimientos blogueros que tienen las fotografías como protagonistas. Los bloggers se ponen de acuerdo en un día y lanzan imágenes relacionadas o con etiquetas comunes, por ejemplo. No es que no me interese hacerlo, me encantaría unirme a alguno de ellos, pero antes de conocerlos, tracé un planning muy estricto para My Stories Project y ahora me es imposible prescindir de cualquiera de sus temas, les tengo cariño a todos toditos: desde Carmen a "Mi familia es vampira", pasando inevitablemente por "Es viernes, mamá" y mi relato de los lunes.

Por eso, y escogiendo el día de tema libre que me he guardado para mí, es decir, el martes, he decidido lanzar mi propio movimiento. Eso sí, es un movimiento estacional, no durará más de cuatro entregas y, aunque todo girará alrededor de una imagen o varias, esta irá acompañada de texto. A veces, de mucho texto.

Hoy comienza la serie "Martes invernal", con la sensación número 1: la mesa de camilla.


Mi mundo siempre se ha dividido, estacionalmente hablando, en dos tecnologías: el aire acondicionado y la mesa de camilla (de ahora en adelante, la mesa camilla). Y el aire acondicionado llegó demasiado tarde a casa de mis padres.

Es muy cool andar en manga corta y descalzo por tu suelo de tarima flotante mientras fuera el termómetro tirita de frío soportando temperaturas negativas que harían ponerse azul al más atrevido. Yo sé que si conociera en persona a la calefacción central, me haría fan de ella. Sin embargo, no la conozco. El mayor contacto que he tenido con ella ha sido en algún viaje que queda tan lejano en el tiempo que casi no cuenta. Digamos entonces que mi experiencia vital se reduce a la mesa camilla. Ese artilugio que me absorbe las energías en cuanto enchufo la estufa y me tapas con los faldones. Ese artilugio que hace que me mimetice con el sofá, que mi vejiga se agrande y que pierda la vergüenza a la hora de pedir agua, chuches y hasta una cena para tres a la primera persona que se atreve a dejar su lugar alrededor de la mesa.

Estando bajo la mesa camilla, cualquier razón para salir de ella se me antoja irracional, ridícula. Podría estar horas, días, al calor de la estufa y nada ni nadie sería capaz de sacarme de ella con algo lo suficientemente poderoso como para hacerlo de buena gana. Su influencia es tal que, cuando me siento a una mesa con mantel (sirva de imagen el salón de una boda donde las mesas normalmente tienen mantel - normalmente -) me tapo con él y me decepciono al no sentir calor en mis piernas. Hasta ahí hemos llegado. 

Por eso he inaugurado esta sección con ella, con la mesa camilla, toda una protagonista en mis inviernos, característica sin la cual el invierno no existe en mi casa. ¡Viva la mesa camilla!

lunes, 25 de noviembre de 2013

Relato con Foto: Reescribe tu historia 3



Le dieron la oportunidad de volver atrás en el tiempo, a un punto concreto de su vida en el que hiciera las cosas de modo diferente a como las hizo en su momento.

Y eligió el día en que fue a esa barbacoa. Pero no lo eligió para cambiar de opinión, sino para poder vivir de nuevo el momento en que lo conoció a él y hacerlo sabiendo que de allí nacerían tantas cosas, todas buenas. Que ese día comenzaría un viaje emocionante, un viaje de dos, que luego se convertiría en un viaje de tres y que más tarde quizá hubiera que comprar un coche más grande porque se apuntaran más a la travesía. Se prometió no prestarle más atención de la que le prestó la primera vez que le habló a mediodía, que no recuerda pero él sí, para dejar que las cosas pasaran exactamente igual a como pasaron. Volver a vivir ese día mirándolo a los ojos sin poder decirle que reirían juntos, llorarían juntos e irían a un montón de sitios juntos. Porque como había leído en algún sitio, "Viajar a Marte / o al cuarto de la plancha / pero contigo" (Poema de Luis Alberto de Cuenca).

¿A que no todo el mundo tiene foto del día en que se conocieron? El señor M. es el tercero comenzando por la izquierda. Se sentó estratégicamente junto a mí, que soy la cuarta por la izquierda. Ese dato me lo reveló más tarde por supuesto. Y yo pensando que todo había sido fruto de la casualidad. ¡Bendita barbacoa! Más tarde, en casa, lo conocieron como "el barbacó" porque a esta le siguieron un montón de barbacoas más. Pero el sobrenombre no le duró mucho. Ha salido a relucir en alguna ocasión en el blog, cómo no hacerlo, pero creo que ya iba siendo hora de que protagonizase un pedacito de él y no apareciera como personaje en las andanzas del chico, que las vivimos/sufrimos a partes iguales. Este es el señor M. ;)))



Serie "Reescribe tu historia".

viernes, 22 de noviembre de 2013

Es viernes, mamá: Una visita al teatro




En esta vida todo se basa en el principio de prueba y error. Aunque vayas con mucha seguridad a algo, la primera vez que lo haces no estás más que probando y si sale bien, pues estupendo. Y si sale mal, es decir, que ha sido un error, la próxima vez lo haces mejor o cambias aspectos para que simplemente salga.

Con los niños es lo mismo: todo en nuestra vida (la de los sufridos padres) se basa en prueba y error: había que llevar al chico por primera vez a un espectáculo ¿y qué pasó? Que fue un error. Pero si nunca lo hubiéramos llevado, jamás nos hubiésemos dado cuenta de eso y aún estaríamos con la duda.

En casa, el chico no es capaz de estar delante de la tele más de quince minutos seguidos (y ese tiempo lo hemos logrado ahora, antes no llegaba a los sesenta segundos). Si, yo soy de las que decía que la tele cuanto menos mejor, pero no hago más que acordarme de ese Tip del día de las @malasmadres en el que nos comemos nuestras palabras una por una. En este caso no ha habido mucha trascendencia, aprendí hace mucho a no sentar doctrina públicamente, que luego pasa lo que pasa. Volviendo al tema, el chico solo ha conseguido estar sentado en el sofá durante tres capítulos de Pocoyó seguidos (una locura la mía cuando lo hizo), pero ya está. Una película es algo que está a años luz, supongo que aún no entiende el tema argumento e historia. ¡Pero eran tantas las voces que me decían que lo llevara al cine! ¡Y yo tengo tantas ganas de hacerlo! No es que esté como loca de zamparme películas infantiles, ya no estoy para esos trotes, pero es emocionante, para qué voy a decir que no. Y como el cine está tan prohibitivo que gastarme siete u ocho euros solo por probar me parecía una locura, comencé por algo más económico: el teatro.

En el teatro de nuestro pueblo (digo pueblo, pero es como una ciudad) venía "El libro de la selva" (nada que ver con la peli, para decepción nuestra - de mi marido y mía - ). La entrada estaba a unos asequibles dos euros por persona, lo que quería decir que si la cosa iba mal, no iba a darnos mucho dolor de estómago salir por patas. ¿Y cómo fue? Mal. El chico duró sentado en su asiento como cinco minutos y por aquello de que apagaron las luces. Luego, la hora y media que duró la función fue lo siguiente: me tiro al suelo, subo y bajo las escaleras, me doy un golpe en la barbilla con el reposabrazos, lloro, salimos de la sala para que llore fuera (el primer gesto del padre del chico fue taparle la boca, lo que son las cosas hechas sin pensar, madre mía), corro por los pasillos exteriores, entramos de nuevo, vuelvo a revolcarme por el suelo. Termina la función. Terminó nuestra función. No pruebo más hasta que no pasen unos meses.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Mi familia es vampira: VIII. Una empresa difícil (1)

VIII. 1

La casa estaba totalmente a oscuras. Roberto nunca había viajado en avión. Y menos en un avión privado en mitad de la noche, así que la oscuridad y la grandiosidad de la casa aún no podían sorprenderle porque todavía estaba abrumado por el hecho de haber volado. Era la mansión donde sus abuelos se mudaron junto a Adrián y el tío de Celia después de huir de Londres. Charles, el amigo del abuelo, estaba con Luis y con él en la puerta y la miraba como quien miraba a un demonio. Se le veía en los ojos una sombra de miedo, algo que no habían percibido en los días anteriores, cuando estuvieron en casa de la abuela ultimando todos los detalles.

Luis había pasado por tres fases: la negación, la aceptación y la participación activa. Al principio dijo que él no podría hacerse responsable de una misión así “¡Si no soy capaz de mantener mi relación con Estela más de dos semanas seguidas!”. Luego aceptó que tenía que ayudar: “La familia a la que pertenezco es mucho más importante que mis miedos”, Roberto no sabía de dónde podría haber sacado una frase tan pomposa porque Luis no es que leyera demasiado y estaba seguro de que no podría haber salido de su cabeza así como así. Por último: “¡Me muero de ganas de terminar con todo esto y darle a ese Adrián en las narices!”. Roberto, sin embargo, había aceptado desde el principio que su papel estaba ayudando a su abuelo. Sería un poco por culpabilidad, desde luego, reconocía que su deseo desmesurado por conocer más y más sobre la vida de su familia y de su abuelo en particular había sido el causante de esta situación. Pero iba un poco más allá, sabía que su papel era ese del mismo modo que sabía que los sábados por la mañana estaba permitido desayunar cereales. Algo extraño, de todos era el más sereno, su madre no paraba de decirle lo orgullosa que estaba de él y lo abrazada continuamente. No cabía duda de que temía mucho por su hijo, pero no había otra salida.

Con el paso de los días – pasaron tres hasta que cogieron el avión a París – comenzaron a llegar todos sus tíos a casa de los abuelos. Lo miraban asintiendo una vez que les explicaban los planes. Una vez que él preguntó si Rodolfo, su primo que seguramente era más valiente que Luis y él juntos, podía participar en la misión, le contestaron con un no rotundo. “Rodolfo no está preparado para esto”, le respondieron y dejaron estar el tema. Ya había aprendido a no preguntar, pero se quedó pensativo.
Allí estaban, sin llamar a la puerta, ninguno de los tres daba el primer paso, pero la puerta se abrió sola. Los recibió un mayordomo al estilo antiguo, su cara alargada era blanca como la cera, grandes ojeras le llegaban hasta la barbilla y era calvo. Eso era lo que más destacaba de él porque, a pesar de la oscuridad la calva brillaba a la luz de la luna.

- Pasen, el señor les espera.

Los tres entraron con parsimonia. Desde luego no era para demostrar que no tenían miedo de nada, muy al contrario, entraron con esa tranquilidad porque se obligaron un poco a guardar las formas, si no fuera de ese modo hubieran salido corriendo inmediatamente. Todo estaba oscuro mientras avanzaban por un pasillo largo que iba hasta el fondo de la casa, dejando a ambos lados numerosas puertas cerradas. Al fondo, donde se dirigían, había otra puerta entornada desde la que salía algo de luz en movimiento. Seguro que había una chimenea encendida.

Así era, cuando la puerta se abrió lo primero que vino a sus ojos fue un enorme fuego al fondo de la estancia. Estaba todo forrado de telas de terciopelo rojo; no había luz eléctrica, sino candelabros con gruesas velas también rojas distribuidas por toda la habitación. El mobiliario tampoco era más moderno que eso, un gran aparador de color oscuro ocupaba casi toda una pared, en otra pared había un gran ventanal con grandes cortinajes negros - ¿o eran también rojos? -  y en la otra estaba la chimenea con varias baldas a los lados llenas de motivos bastante fúnebres: pequeños cráneos oscuros - ¿serían reales? –, una colección de dagas y varias fotografías antiguas.

De espaldas a la puerta, de un sillón sobresalía una cabeza llena de pelo negro algo encanecido desde donde se oyó: “Pasad todos y tomad asiento, debéis estar agotados”. Los tres miraron alrededor, el mayordomo había desaparecido y se vieron empujados por una fuerza invisible dentro de la habitación. Luis y Roberto se sentaron en el sofá de un lado y Charles tomó asiento en el otro sillón. En medio de todos una mesa baja de la misma madera que el aparador contenía una tetera con cuatro vasos pequeños de vidrio verduzco. 

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martes, 19 de noviembre de 2013

Aquellos días: En los que te das cuenta de que te haces mayor




Me estoy haciendo mayor. Aunque cada vez que cumplo un año ya me cuesta mantenerme sosegada y pensar solo en los regalos que me esperan a la hora de la merienda, como suelo decir yo, el que lo cumplas es señal de que lo has vivido. Son muchos los factores que hacen que un día cualquiera me dé cuenta de que el tiempo ha pasado (obviando, lógicamente, que ahora soy más consciente que nunca del paso del tiempo gracias al chico, cómo no). Aquí van algunos detalles que me hacen reflexionar:

- Estoy haciendo un curso de Lengua de Signos y mi profesora es más joven que yo. (Solo tres años, pero es más joven).

- Ya hace 11 años que terminé la carrera.

- No me gustan los dibujos de hoy en día que se nota a leguas que están hechos por ordenador.

- A veces salen noticias de cantantes que me gustaban cuando yo era joven y en la imagen aparecen personas mayores.

- Siento nostalgia muchas veces (y webs como la de "Yo fui a EGB" no me ayudan, jejeje).

- He limpiado de punta a punta mi pequeña mansión de 70 metros cuadrados y tengo jodida la ciática (hasta varios días después).

- El frío es un punto importante para decidir si salgo o no a dar un paseo.

- Me da pereza volver a ver "Harry Potter".

- Hago pucheros y cocidos en grandes cantidades para congelar varios tuppers (como mi madre).

- Corto fruta en tuppers para llevar (en lugar de comerme cualquier cosa donde me coja).

- Siempre llevo pañuelos de papel en el bolso.

- Limpio los zapatos.

- Digo en voz alta que no entiendo cómo un grupo de chavales - de unos 15 o 16 - se quedan hasta las tantas de la noche en los bancos de la plaza de enfrente de casa con el frío que hace (como si yo no lo hubiera hecho alguna vez).

- Cada vez me apetecen menos chuches.

Estos son algunas cosas, pero hay muchísimas más. Y son cosas que a mí, personalmente, me hacen ver que me he hecho mayor, ¿cuáles son las tuyas?

lunes, 18 de noviembre de 2013

Relato con Foto: Reescribe tu historia 2.

Le dieron la oportunidad de volver atrás en el tiempo, a un punto concreto de su vida en el que hiciera las cosas de modo diferente a como las hizo en su momento.

Eligió el día en que puso como primera opción estudiar algo que ni le gustaba ni le llenaba y no lo hizo.



Serie "Reescribe tu historia". ¿Qué decisión de tu vida cambiarías?

viernes, 15 de noviembre de 2013

Es viernes, mamá: La caja de las tarjetas




El chico tiene muchos juguetes. Creo que los padres de hoy en día adolecemos de querer que no les falte un perejil a nuestros churumbeles, aunque sean coches del chino, total por uno con cincuenta... ¡No! Da igual de donde sean, la cuestión es que son juguetes, más juguetes, que se apilan en casa después de haber durado una tarde como novedad. Luego, se olvidan en la cesta, la caja o el rincón del salón, sea donde sea que se acumulen los juguetes en cada hogar (¡que pueden ser tantos y tan variados sitios!).

Y luego, cuando veo que todo está lleno hasta los topes, que salen cochecitos de entre los cojines, cebras de detrás del sofá, aviones de debajo de la tele, me doy cuenta de que el juguete en cuestión lleva tanto tiempo ahí escondido porque el chico ni siquiera lo ha echado de menos. Una pena. Y quiero puntualizar que yo no soy de las que más juguetes le compra al chico, he visto casos de saturación jugueteril grado mil que me ha vuelto loca hasta a mí. 

Tras este alegato a la moderación -que ahora que vienen las fiestas navideñas, somos más estupendos y magníficos que nunca (de hecho yo ya le he comprado al chico su juguete de parte de su abuela Lola, mira quién va a hablar) -, viene lo bueno: los niños se entretienen al final con lo más barato, lo más insignificante, lo más inesperado... Es algo que es vox pópuli, un dicho común entre padres y madres a las puertas de colegios y guarderías, moneda de cambio en las conversaciones maternas alrededor de una agradable mesa llena de cafés, batidos a medio terminar, pasteles, toallitas, pañuelos de papel llenos de mocos y servilletas manchadas de chocolate. El chico lleva dos semanas como loco con una caja de calcetines de Women'Secret que salió el otro día a relucir haciendo limpieza de armario. Me los regaló mi madre las navidades pasadas y yo mantenía la cajita ocupando un sitio precioso no sé por qué dentro del cajón. La saqué y en ese momento el chico pasaba por mi lado: "Toma, Guille, pa'ti". Sus ojos se abrieron como platos, me miró como si le estuviera cediendo el mayor tesoro del mundo y desde ese momento ha sido la caja de calcetines que más ha viajado del mundo mundial, se la ha llevado hasta de paseo al centro de Sevilla. Dentro guarda una baraja de Dino Tren, a cuyas cartas llama tarjetas gracias a que yo un día tuve la gran idea de nombrarlas así y ahora el niño va a todos lados diciéndole tarjetas a las cartas. Miro la caja y miro la cantidad de juguetes que se le amontonan por los rincones de casa y suspiro confundida por los extraños senderos mentales que sigue el chico. Mejor, aún no es materialista, ya llegará.

Pero todo tiene su comienzo y todo tiene su fin. En un repunte de estrés en el que me pongo a hablarle al chico como si él me pudiera a entender, una retahíla tal que así: "Hijomíodemivida, es que no lo entiendo, teniendo ahí tantos juguetes, tus colores, tus cuadernos, tus construcciones, ¿es que tienes que estar encima mía hincándome los codos por el cuerpo? ¡Es que no lo entiendo!". Pues parece que se le encendió una luz en esa cabecita suya y lleva el pobre jugando a las construcciones tres días seguidos: ha sido el redescubrimiento de la semana, sus construcciones. Y con ellas, la caja de tarjetas ha quedado relegada a un segundo plano, aunque aún sigue luchando por mantener su primer puesto porque la sigo viendo en diferentes sitios (el salón, el baño, su cuarto), lo que quiere decir que todavía la busca. ¡Bendita caja de tarjetas!


jueves, 14 de noviembre de 2013

Mi familia es vampira: VII. Un propósito difícil

Nunca una tostada con paté le había sentado tan bien ni le había parecido tan buena. Le hizo casi olvidar el motivo por el cual estaba sentado a las siete de la tarde en la cocina de su abuela un día entre semana. Su hermano lo acompañaba bebiendo un vaso de zumo, lo miraba de reojo como preguntándose si podía hablarle o no. Finalmente lo hizo.

- Canijo, ¿qué te dijo el abuelo en ese mensaje?
- ¿De verdad quieres saberlo?
- Pues claro, si no, no te lo preguntaría.
- Primero dime qué sabes sobre el secuestro – su gesto debió de ser bastante decisivo porque su hermano se lo soltó a la primera.
- Parece que alguien vino anoche de madrugada y estuvo hablando con el abuelo. Alguien conocido porque llamaron a la puerta y él lo dejó pasar. La abuela se levantó pero los dejó solos enseguida. Cuando se levantó esta mañana, la biblioteca estaba revuelta, el ordenador portátil encendido y la ventana abierta.
- ¿Quién era el hombre que vino a ver al abuelo?
- Han dicho Adrián o algo así…
- ¿Adrián? – Roberto estaba pálido. Adrián era el primo de su abuelo, pero no podía ser que lo hubiera secuestrado, se llevaban bien, lo salvó en Londres y lo curó en París, ¿por qué le iba a hacer daño?
- ¿Lo conoces? – Luis lo miró suspicaz, como desconfiando.
- Sí, bueno, en la historia del abuelo había un Adrián, su primo. - Luis lo miraba esperando más información – y no era del todo bueno, pero hasta donde yo sé se volvió mejor y vivía en Francia.
- ¿Ya no sabes nada más?
- No.

Y la conversación quedó ahí porque su abuela apareció en la puerta de la cocina, tenía algo muy importante que decirles a sus nietos. Los hizo pasar al despacho, Luis se quedó más alejado y Roberto se sentó junto a su madre que más tranquila le cogió la mano apretándosela, infundiéndole calor y trasmitiéndole que no estaba enfadada con él.
  
EL RELATO DE LA ABUELA

El abuelo ha sido secuestrado por Adrián Arenne, su primo. Roberto, supongo que tú sabrás algo de él porque hemos leído la historia que te envió por e-mail, nuestro amigo Charles ha logrado entrar en la cuenta de Internet de Mario y ha ido a la bandeja de mensajes enviados.

Adrián no es trigo limpio. Una de las razones por la que nos fuimos de París no solo era que Peter, mi tío, estaba volviendo a la misma vida de antes y nosotros teníamos ya una familia que proteger. Viviendo junto a él no estábamos a salvo, demasiado libre albedrío para criar a unos niños pequeños. Adrián también se volvió un peligro constante. A pesar de que las transfusiones se perfeccionaron y que con ellas podía hacer una vida normal, parecía que nunca estaba satisfecho con nada, andaba siempre recriminando a vuestro abuelo que intentara negar su condición de vampiro con todas esas investigaciones. Había rachas que lo llevaba peor y dejaba las transfusiones de sangre, cuando algún escándalo era más sonado regresaba a ellas para dejar correr el tiempo y que la gente se olvidara del asunto.

No podíamos seguir así, el abuelo tenía un vínculo muy fuerte con su primo y si no nos alejábamos pronto nos iba a perjudicar mucho. A nosotros y a nuestros hijos. Así que cuando le llegó la oferta de la Universidad de Madrid fue como un milagro. A mí me faltó tiempo para hacer las maletas. Mario no estaba tan seguro, Adrián era la única familia que le quedaba. Hacía años que no sabía de sus padres, la Guerra Fría había roto cualquier tipo de comunicación. Él se sentía en cierta forma responsable de la vida de su primo, pero tuvo que mirar por sus hijos. Una noche hicimos las maletas y nos fuimos sin avisar y sin contarle a nadie adónde íbamos. Comenzaríamos de cero una nueva vida.

Aunque era cuestión de tiempo que Adrián nos encontrase, no sé por qué pensé que quizás cuando viera que nos habíamos ido de esa forma nos dejaría en paz, entendería que nosotros querríamos llevar otra clase de vida. Así ha sido hasta hace un par de meses. Adrián se puso en contacto con vuestro abuelo por e-mail, no sé cómo consiguió su dirección. Sin pensarlo dos veces, Mario le respondió y empezaron otra vez a estar en contacto. Le hacía muchas preguntas sobre sus investigaciones y el abuelo siempre le respondía con lo mismo, que había dejado hacía ya mucho tiempo ese aspecto de su vida, que era demasiado mayor para seguir con ese ritmo de trabajo y que ya lo único que quería era disfrutar de sus hijos y de sus nietos. A la misma vez comenzaron a salir noticias de atentados contra nuestros bancos de sangre, nuestros mercados. Ataques esporádicos pero continuos.

No, Roberto, no somos inmortales. Podemos, pero hemos elegido no serlo porque queremos vivir una vida normal, como la gente de a pie. Cuando te haces las transfusiones con sangre de un no vampiro nuestro organismo se va resintiendo, y aunque podemos vivir más que cualquier mortal, nuestra vida va tomando fecha de caducidad. Es un alivio para nosotros saber eso, aunque nuestra meta siempre ha sido encontrar el modo de inhibir la necesidad de sangre, eso es lo único que nos diferencia de los humanos. Una vez que encontremos y aislemos el gen que lo produce, podremos decir que hemos triunfado. Comenzaremos nuevas investigaciones para manipularlo y conseguir ser humanos.

Tu abuelo mentía cuando le decía a Adrián que había dejado la investigación de lado. Ha avanzado muchísimo y se ha relacionado con investigadores de todo el mundo. Charles es uno de ellos. Y además es un experto en informática – Charles asintió con la cabeza mientras seguía con gran interés el relato de la abuela –. Voló directamente desde Londres y gracias a él hemos conseguido saber qué pasó anoche aquí. Adrián interceptó el mensaje que tu abuelo te envió y donde te decía claramente que seguía investigando, era la prueba que necesitaba para secuestrarlo. Él no quiere que haya más investigaciones, no quiere bancos de sangre ni mercados ni nada. Él quiere que los vampiros salgan del mundo normal y vuelvan a ser salvajes, sembrando el pánico por las noches y atentando contra los humanos, como hace siglos ocurría en todo el mundo. Él no entiende que eso conllevaría de nuevo las cazas de brujas, las persecuciones, las sospechas infundadas, todo. Intuimos también que los ataques a nuestros mercados y bancos de sangre tienen que ver con él, pero necesitamos algo más de información.

¿Por qué os cuento todo esto? – y miró a Roberto y a Luís – porque os tengo que pedir vuestra ayuda para salvar al abuelo

Esta última frase dejó a ambos hermanos sorprendidos. Sobre todo porque aquella sería una empresa complicada y peligrosa y sus padres habían accedido a que ellos participaran. Luis notó cómo la sangre le venía de golpe a la cabeza. Si él no estaba preparado ni para pasar de curso, ¿cómo iba a estarlo para embarcarse en una misión para salvar a su abuelo de las garras de un hombre tan poderoso como era su primo Adrián? Roberto se quedó pensativo. Nunca le había tenido miedo a nada, más bien sus padres tenían que regañarlo constantemente para que aprendiera a ver el peligro en las cosas: fue el primero de su edad en saltar desde el trampolín más alto de la escuela, ante la mirada atónita de compañeros y profesores; el primero en tirarse por la barra en la excursión que hizo con su clase a un parque de bomberos; o el único que se enfrentó a los chicos mayores cuando les quitaron el balón en el campo de futbito. Desde ese día nunca más les volvieron a molestar. Sin embargo, esto era diferente. Era una misión en toda regla y él tenía diez años, solo diez años. Hace solo un mes se había sentido tan mayor, pero ahora se veía tan pequeño e inútil que le daba miedo pensarlo. Miedo, lo que nunca había tenido. 

Descubre "Mi familia es vampira" desde el principio.

martes, 12 de noviembre de 2013

Es martes, sigo buscando: Libro

Sigo buscando libro que me robe el corazón y el tiempo, que haga que los minutos vuelen más rápido si cabe, que me hagan no desear ponerme al día de mi series favoritas (son tantas ya las que esperan su turno en el disco duro que he dejado de contarlas), que me haga volver a él en busca de más en cuanto el chico me deja dos minutos libres. Ese libro en el que piense incluso cuando no lo esté leyendo, creando yo la historia hasta que veo por dónde ha cogido el autor. En fin, tengo mono de sentir esa sensación que hace años que no siento. Porque mi bloqueo literario está ya durando demasiado.

En el iPad tengo un par empezados (yo JAMÁS he leído varios libros a la vez, era una de esas señas de identidad que, como tantas, he ido perdiendo con el tiempo y con la que ya no me siento identificada). A saber: "Salvaje", de Cheryl Strayed; "Una madre sin superpoderes", de Molinos (ambos comprados en Amazon como Kindle Flash, a precio de risa - no más de dos euros -); en físico tengo "Cómo ser mujer" de Caitlin Moran, comenzado este verano en la playa y abandonado en cuanto llegué al calor del hogar (nunca mejor dicho porque era mediados de agosto y era bochornoso); y "Los ojos amarillos de los cocodrilos" de Katherine Pancol, olvidado casi antes de empezarlo. ¿Qué me pasa? ¿Son los libros o soy yo?

(- "Nuestra relación ya no es lo que era - le dije mirándole a la portada directamente, desafiante. 
- No soy yo, eres tú y lo sabes. - Me contestó decepcionado y sincero.")

Lo cierto es que no tengo tiempo, no tengo tiempo para nada. El blog, fuente incesante de satisfacciones, también contribuye a que el poco tiempo que voy sacando de aquí y de allá lo invierta en él. Y a veces el cansancio es tal que la cama es el único destino que considera mi mente y mi cuerpo, perderme en esa almohada nueva de viscolástica con la que me he hecho y dormir hasta que el chico me deje (si no sabéis de lo que hablo, pinchad aquí).

Aún así, la cabra tira al monte y en mi lista para Navidad, que ya estoy elaborando porque una es ante todo eficaz y previsora para lo que quiere, he incluido algunos títulos.

-  “El fin de los escribas” de Glenn Cooper (no me leí el primero, pero sí el segundo y no estaría mal terminar la historia, no porque sea una obra maestra, tan solo porque sé que seguro paso un buen rato).
- “The monument men” de Robert M. Edsel, un libro sobre un aspecto poco conocido de la II Guerra Mundial (¿puede ser? Sí, puede, por más tiempo que pase, nunca dejaré de conocer cosas nuevas sobre esta contienda). Además, de este último sale peli a finales de este año o principios del siguiente y podremos ver en acción a George Clooney en el papel de buscador y protector de obras de arte como integrante de una división especial creada para tal fin.
- “Un cadáver entre plato y plato” de Tom Hillenbrand: cocina, asesinato, investigación y una portada que me ha atraído mucho muchísimo (pero ya se sabe que, igual que no se debe comer por los ojos, tampoco elegir libro por sus portadas, a no ser que las ilustraciones sean un ingrediente principal).
-“ La verdad sobre el caso Harry Quebert” de Joël Dicker. No sé si habrá sido por su tremenda campaña comercial, pero me atrae sobre manera este libro.

Así que aún sigo buscando ese libro que me robe la respiración y la lectura vuelva a mí como una hija pródiga a la que no dejar escapar de nuevo.


lunes, 11 de noviembre de 2013

Relato con Foto: Reescribe tu historia




Le dieron la oportunidad de volver atrás en el tiempo, a un punto concreto de su vida en el que hiciera las cosas de modo diferente a como las hizo en su momento.

Eligió el día de su boda y no se casó.

Serie "Reescribe tu historia". ¿Qué decisión de tu vida cambiarías?

viernes, 8 de noviembre de 2013

Es viernes, mamá: Hago colecho



Imagen tomada de How to be a dad, una página interesante que no está mal visitar.

Hago colecho. No sabía que lo hacía hasta hace poco que leí un artículo en el que al tradicional "el niño se me despierta de madrugada y me tengo que acostar con él porque si no, es imposible" se le llama por este nombre más técnico. 

Frente a las diferentes tendencias con respecto al tema, yo no me postulo por ninguna: hago colecho porque el chico lo pide; disfruto con ello, aunque me gustaría pasar alguna noche durmiendo a pata suelta en mi cama "lal le" (grande). Porque el colecho es maravilloso (digo sin ironía alguna). Es un momento de una ternura difícil de superar: me coge la mano, me sonríe a cinco centímetros de la cara, me acaricia el pelo, me imita poniendo la mano bajo su mejilla... Hasta que se duerme, olvida mi presencia y comienza su fiesta nocturna: escala por la cama, se acuesta encima mía, me pega patadas en la cabeza (imaginad qué postura ha tomado ya), se coloca bajo mi espalda al rescoldo de mis riñones. Y yo acabo en un ladito de su cama de 90, aterida de frío porque no quiero moverme mucho no vaya a ser que se despierte, con los brazos a modo de casco antipatadas cubriendo mi cara e intentando taparlo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez... Resultado: necesito dormir ocho horas seguidas, al menos cuatro, porque esto del duermevela en el que me encuentro desde hace unos meses no es sano para nadie.

No sé en qué momento el chico comenzó a necesitar que alguien se acostara con él para dormirlo a primera hora (a las nueve es su hora mágica, pero ya no la mía) y a alguien que se acostara con él sobre las dos o tres de la mañana (a veces incluso antes, hasta hace poco, las doce de la noche). Bueno, a alguien no, a mí: "Mamá, a omí". Incluso de madrugada, una llamada exigente así se escucha en el silencio de la noche y yo me levanto como una autómata, levito (porque no recuerdo si he andado) el caminito que separa mi cama de la suya y me acuesto tomando mi postura tipo para la ocasión (recordad: brazos casco antipatadas, aterida de frío o lo que es lo mismo acurrucada en mí misma y cediéndole una de mis manos - "esa no, ota" - en propiedad hasta que cae dormido de nuevo). Al principio volvía a mi cama después de que se durmiera (de segundas es más rápido), luego me di cuenta de que era para nada, podía volver a mi cama hasta tres y cuatro veces, para eso, decidí hará una semana que, una vez que me levantaba la primera vez, me quedaría para siempre con él (forever and ever, of course, my dear).

Atrás quedó esa racha (nuestra vida se divide en rachas, porque no hay rutinas que duren mil años, no sabemos por qué) en que el chico se dormía solo (¡solo!) a eso de las nueve menos cuarto de la noche y ahí comenzaba la hora relax de los padres: cenábamos pronto, veíamos series a tutiplén, leíamos... Ahora el prime time se ha retrasado (como les pasa a las cadenas de la tele) y cuando hay suerte comienza a las diez, pero cuando no, puede hacerlo a las diez y media o más, ¿y quién tiene cuerpo a esa hora, después de haber estado acostada cerca de una hora, de ponerse a ver nada? Así tengo el disco duro, llenito de series.

En fin, que colechar, colecho. Encantada de hacerlo, pero con ganas de volver a dormir una noche entera en mi cama grande, con el señor M. a mi lado cuyas patadas, al menos, no son en la cara. Y aquí paz y después gloria

PD: Por cierto, también hemos tenido colecho en la cama "lal le" los tres miembros de mi pequefamilia y entre ellas, todas las que ilustra la imagen del comienzo del post.